4 Poemas y una carta de Gloria Anzaldúa

 “El acto de escribir es el acto de hacer el alma, la alquimia

 Gloria Anzaldúa

Esa brillante oscuridad

Has cerrado la puerta de nuevo

para huir de la oscuridad

pero en tu armario espera la noche.

Se impuso tu yo enterrado

me eligió para forzar una grieta

para oír la callada súplica

para ver a la bestia tras las rejas

de tus pestañas.

Yo soy la única de cara redonda,

de rasgos indios, morenos

en la facultad, el taller, la clase

la única que se atreve a enfrentarte.

Soy la carne en la que clavas tus uñas

mía es la mano que cortas aun aferrada a ella

mía la cara manchada por tu vómito

Me juego tu cordura

y la mía.

Quiero darte la espalda

lavarme las manos

pero ellas recuerdan cada marca

cada uña incrustada en la pared

mis pies reconocen cada piedra que pisas

cuando tropiezas yo también peligro

y recuerdo

a los/las que gritaban

empuja Gloria respira Gloria

siento sus manos alzándome, alentándome

hasta enfrentarme a la sangrante y palpitante oscuridad

que ahora trata de gritar

desde el espacio entre tus piernas

siento de nuevo las garras arañando mi tripa.

Recuerdo odiarle/me/les por presionarme

como ahora yo te presiono a ti

recuerdo el dique rompiéndose

anegando los muros

recuerdo abrir los ojos un día

sintiendo que algo ya no estaba.

No estaba el dolor, se fue el miedo

que me había acechado toda la vida.

Y entonces vi la presencia divina

era negra y llevaba mi nombre

me habló y yo le hablé.

Aquí estamos, cuatro mujeres cubiertas de culpa

vosotras por no pronunciar los nombres

yo por no tender antes mi mano.

No sé cuánto tiempo podré seguir invocando

a ese animal oscuro

sacándolo de ti, de mí

llamándolo dios o diosa

mientras todos dicen no no no.

Sé que soy esa Bestia que cerca tu casa

avizora tu ventana

y que te sientes mi presa.

Mas yo sé que la Bestia eres tú

tú su presa

tú la que le da luz

tú esa brillante oscuridad.

Y sé que todo se reduce a esto:

vida o muerte, life or death.

No basta

No basta con
decidir abrirte.

Debes hundirte los dedos
en el ombligo, con las dos manos
agrietarte,
derramar los lagartos y los sapos
las orquídeas y los girasoles,
virar al revés el laberinto.
Sacudirlo.

Sin embargo, no te vacías del todo.
Quizás una flema verde
se esconde en tu tos.
Tal vez no sabes que la tienes
hasta que un nudo
te crece en la garganta
y se convierte en rana.

Te cosquillea una sonrisa secreta
en el paladar
lleno de orgasmos diminutos.

Pero tarde o temprano
se revela.
La rana verde croa sin discreción.
Todos miran.

No basta con abrirte
una sola vez.
De nuevo debes hundirte los dedos
en el ombligo, con las dos manos
desgarrarte,
dejar caer ratas muertas y cucarachas
lluvia de primavera, mazorcas en capullo.
Virar al revés el laberinto.
Sacudirlo.

Esta vez debes soltarlo todo.
Enfrentar el rostro abierto del dragón
y dejar que el terror te trague.
—Te disuelves en su saliva
—nadie te reconoce hecha charco
—nadie te extraña
—ni siquiera te recuerdan
y el laberinto
tampoco es creación tuya.

Y has cruzado.
Y a tu alrededor espacio.
Sola. Con la nada.

Nadie te va a salvar.
Nadie te va a cortar la soga,
a cortar las gruesas espinas que te rodean.
Nadie vendrá a asaltar
los muros del castillo ni
a despertar con un beso tu nacimiento,
a bajar por tu pelo,
ni a montarte
en el caballo blanco.

No hay nadie que
te alimente el anhelo.
Acéptalo. Tendrás que
hacerlo, hacerlo tú misma.
Y a tu alrededor un vasto terreno.
Sola. Con la noche.
Tendrás que hacerte amiga de lo oscuro
si quieres dormir por las noches.

No basta con
soltar dos, tres veces,
cien. Pronto todo es
tedioso, insuficiente.
El rostro abierto de la noche
ya no te interesa.
Y pronto, otra vez, regresas
a tu elemento y
como un pez al aire
sales al descubierto
sólo entre respiros.
Pero ya tienes agallas
creciéndote en los senos.

Mexicana de este lado 

El viento agitando mis mangas

los pies hundidos en la arena

estoy en el punto donde la tierra toca el océano 

donde ambos se encuentran

una unión dulce

o un choque violento en otro tiempo y lugar.

Al otro lado de la frontera, en México,

austeras siluetas de casas abatidas por las olas,

acantilados desmoronándose en el mar,

olas de plata veteadas de espuma

cavan un agujero bajo la valla.

                                        Miro el mar atacar

la cerca en Border Field Park

      con sus buchones de agua,

y, cual domingo de Pascua, 

resucita la sangre morena de mis venas.

Oigo el llorido del mar, el respire del aire,

mi corazón se dispara con el latido del mar.

En la gris neblina del sol

el agudo aullido hambriento de las gaviotas,

el agrio olor del agua calándome.

Paso  por el agujero en la valla

         al otro lado

      Siento bajo mis dedos el gastado alambre

            oxidado tras 139 años

      del salado aliento del mar.

Bajo el cielo acerado

los niños mexicanos patean su balón de fútbol,

corriendo tras él entran en los USA.

        Apoyo mi mano sobre la cortina de acero– 

la valla metálica coronada de alambre de espino– 

        ondea desde el mar donde Tijuana toca San Diego 

  desplegándose sobre montañas 

   y mesetas

       y desiertos,

esta “Tortilla Curtain” se convierte en el río Grande

          que fluye por las llanuras 

    del Magic Valley de South Texas

          hasta vaciarse en el Golfo.

Una herida abierta de 1.950 millas

que divide un pueblo, una cultura,

que recorre la longitud de mi cuerpo,

que clava postes en mi carne,

                splits me splits me

me raja                me raja

Este es mi hogar

este delgado borde

       de alambre.

Pero la tierra no tiene costuras.

El mar no se puede vallar,

       no termina en las fronteras.

Para mostrar al hombre blanco lo que pensaba de su

arrogancia,

Yemayá hizo volar ese muro de espino.

Esta tierra fue una vez mexicana,

       fue siempre india

y aún es.

        Y     lo será de nuevo.

Yo soy un puente tendido

del mundo gabacho al del mojado,

lo pasado me estira pa’’tras

y lo presente pa’’delante,

Que la Virgen de Guadalupe me cuide

Ay ay ay, soy mexicana de este lado.

(Traducción : María López Ponz)

To Live in the Borderlands

To live in the borderlands means you

are neither hispana india negra Espanola

ni gabacha, eres mestiza, mulata, half-breed

caught in the crossfire between camps

while carrying all five races on your back

not knowing which side to turn to run from;

.

To live in the Borderlands means knowing

that the india in you, betrayed for 500 years,

is no longer speaking to you,

the mexicanas call you rajetas, that denying the Anglo inside you

is as bad as having denied the Indian or Black;

.

Cuando vives en la frontera

People walk through you, the wind steals your voice,

voz, you’re a burra, buey, scapegoat,

forerunner of a new race,

half and half –both woman and man, neither -a new gender;

.

To live in the Borderlands means to

put chile in the borscht,

eat whole wheat tortillas,

speak Tex-Mex with a Brooklyn accent;

be stopped by la migra at the border checkpoints;

.

Living in the Borderlands means you fight hard to

Resist the gold elixir beckoning from the bottle,

The pull of the gun barrel,

The rope crushing the hollow of your throat;

.

In the Borderlands

you are the battle ground

where enemies are kin to each other;

you are at home, a stranger,

the border disputes have been settled

the volley of shots have scattered the truce

you are wounded, lost in action

dead, fighting back;

.

To live in the Borderlands means

the mill with the razor white teeth wants to shred off

tiras your olive-red skin, crush out the kernel, your heart

pound you pinch you roll you out

smelling like white bread but dead;

.

To survive the Borderlands

you must live sin fronteras

be a crossroads.

****************

Vivir en la frontera

Vivir en la Frontera significa que tú

no eres ni hispana india negra española

ni gabacha, eres mestiza, mulata, híbrida

atrapada en el fuego cruzado entre los bandos

mientras llevas las cinco razas sobre tu espalda

sin saber para qué lado volverte, de cuál correr;

Vivir en la Frontera significa saber

que la india en ti, traicionada por 500 años,

ya no te está hablando,

que las mexicanas te llaman rajetas, que negar a la Anglo dentro tuyo

es tan malo como haber negado a la India o a la Negra;

Cuando vives en la frontera

la gente camina a través tuyo, el viento roba tu voz

eres una burra, buey, un chivo expiatorio,

anunciadora de una nueva raza,

mitad y mitad –tanto mujer como hombre, ninguno–

un nuevo género;

Vivir en la Frontera significa

poner chile en el borscht,

comer tortillas de maíz integral,

hablar Tex-Mex con acento de Brooklyn;

ser detenida por la migra en los puntos de control fronterizos;

Vivir en la Frontera significa que luchas duramente para

resistir el elixir de oro que te llama desde la botella,

el tirón del cañón de la pistola,

la soga aplastando el hueco de tu garganta;

En la Frontera

tú eres el campo de batalla

donde los enemigos están emparentados entre sí;

tú estás en casa, una extraña,

las disputas de límites han sido dirimidas

el estampido de los disparos ha hecho trizas la tregua

estás herida, perdida en acción

muerta, resistiendo;

Vivir en la Frontera significa

el molino con los blancos dientes de navaja quiere arrancar en tiras

tu piel rojo-oliva, exprimir la pulpa, tu corazón

pulverizarte apretarte alisarte

oliendo como pan blanco pero muerta;

Para sobrevivir en la Frontera debes vivir sin fronteras

ser un cruce de caminos.

Una carta a escritoras tercermundistas 

Gloria Anzaldúa
21 mayo 1980

Queridas mujeres de color, compañeras de la escritura.

Aquí al sol, estoy sentada encuerada, máquina de escribir contra las rodillas, tratando de epresentármelas en mi mente. Una Negra arrebujada sobre un escritorio en el quinto piso de alguna casa de vecindad en Nueva York. Una chicana sentada en un porche en el sur de Tejas, abanicándose contra los zancudos y el aire cálido, tratando de estimular las chispas ardientes de la escritura. Una mujer indígena andando a la escuela o al trabajo lamentando la falta de tiempo para tejer la escritura en su vida.

Una madre soltera lésbica asiáticoamericana, jalada en todas direcciones por sus hijos, amante o ex marido, y la escritura. No es fácil escribir esta carta. Empezó como poema, un poema largo. Traté de convertirlo en un ensayo, pero resultó rígido, frío. Aún no he desaprendido el lavado de cerebro, la mierda esotérica y el seudointelectualismo que la escuela ha forzado en mi escritura.

Cómo empezar de nuevo. Cómo aproximar la intimidad y la inmediación que quiero. ¿Cuál forma? Una carta, por supuesto.

Mis queridas hermanas, hay muchos peligros que confrontamos como mujeres de color. No podemos trascender los peligros, ni ascender sobre ellos. Tenemos que atravesarlos y esperar que no tengamos que repetir la acción.

No es probable ser amigas de gente literaria en lugares altos, la principiante de color es invisible en el mundo principal del hombre blanco y en el mundo feminista de las mujeres blancas, aunque en éste hay cambios graduales. La lesbiana de color no sólo es invisible, ni siquiera existe.

Nuestro lenguaje, también, es inaudible. Hablamos en lenguas como las repudiadas y locas. Porque ojos de blancos no quieren conocernos, no se molestan por aprender nuestro lenguaje, el lenguaje que nos refleja a nosotras, a nuestra cultura, a nuestro espíritu. Las escuelas a que asistimos o no asistimos no nos dieron las habilidades para escribir ni la confianza en que teníamos razón de usar los idiomas de nuestra clase y etnicidad. (Yo, por una, me especialicé y me hice adepta en el inglés por despecho, para desmentir a los arrogantes maestros racistas que pensaban que todos los niños Chicanos eran tontos y sucios.) Y no se nos enseñó español en primaria. Y no se nos exigió en la secundaria. Y aunque ahora escribo mis poemas en español tanto como en inglés siento el robo de mi lengua nativa.

Me falta imaginación dices

No. Me falta el lenguaje.
El lenguaje para clarificar
mi resistencia a las letradas.
Las palabras son una guerra para mí.
Amenazan a mi familia.
Para ganar la palabra
para describir la pérdida
tomo el riesgo de perder todo.
Podré crear un monstruo
el cuerpo y extensión de la palabra
hinchándose de colores y emocionante
amenazando a mi madre, caracterizada.
Su voz en la distancia
analfabeta ininteligible.
Estas son las palabras del monstruo. (1)

Cherríe Moraga

¿Quién nos dio el permiso de realizar el acto de escribir? ¿Por qué será que el escribir se siente tan innatural para mí? Hago cualquier cosa para posponerlo – vaciar la basura, contestar el teléfono. La voz vuelve a recurrir en mí: ¿Quién soy yo, una pobre Chicanita del campo, que piensa que puede escribir? ¿Cómo aún me atrevo a considerar hacerme escritora mientras me agachaba sobre las siembras de tomates, encorvada, encorvada bajo el sol caliente, manos ensanchadas y callosas, no apropiadas para sostener la pluma, embrutecida como animal estupefacto por el calor?

Qué difícil es para nosotras pensar que podemos ser escritoras, y más aun sentir y creer que podemos hacerlo. ¿Qué tenemos para contribuir, para dar?

Nuestras propias esperanzas nos condicionan. ¿Acaso no nos dice nuestra clase, nuestra cultura, tanto como el hombre blanco que el escribir no es para mujeres tal como nosotras? El hombre blanco habla: Quizás si raspas lo moreno de tu cara. Quizás si blanqueas tus huesos. Deja de hablar en lenguas, deja de escribir con la mano zurda (a). No cultives tu piel de color, ni tus lenguas en llamas si quieres tener éxito en un mundo de la mano derecha.

“El hombre, como todos los animales, teme y repele lo que no entiende, y la mera diferencia es apta a connotar algo maligno”. (2)

Pienso, sí, tal vez si vamos a la universidad. Tal vez si nos hacemos varón-mujeres o tan media clase como podamos. Tal vez si dejamos de amar a las mujeres, mereceremos tener algo que decir que valga decirse. Nos convencen que tenemos que cultivar el arte por el arte. Inclinarnos al toro sagrado, la forma. Poner cuadros y metacuadros alrededor de la escritura.

Lograr la distancia para ganar el título codiciado de “escritora literaria” o “escritora profesional”. Sobre todo no seas sencilla, ni directa, ni inmediata.

¿Por qué luchan contra nosotras? ¿Por qué creen que somos bestias peligrosas? ¿Por qué somos bestias peligrosas? Porque agitamos y frecuentemente quebramos las cómodas imágenes estereotípicas que los blancos tienen de nosotras: la sirvienta Negra, la niñera torpe con doce bebés chupándoles las tetas, la china de ojos sesgados con su mano experta – “Saben cómo tratar a un hombre en la cama”, la cara chata de la chicana, o la india, pasivamente reposada sobre su espalda, mientras el Hombre la chinga, estilo La Chingada.

La mujer tercermundista se rebela: Cancelamos, borramos tu señal de hombre blanco. Cuando vengas a tocar a nuestras puertas con tus estampas de goma para marcarnos la cara con TONTA, HISTERICA, PASIVA, PUTA, PERVERSA, cuando vengas con tu hierro de manear para quemar MI PROPIEDAD en nuestras nalgas, vomitaremos en tu boca la culpa, la abnegación y el odio de la raza que nos ha forzado a comer. Acabamos de ser cojines para tus temores proyectados. Estamos cansadas de ser tus corderos sacrificatorios y chivos expiatorios.

Puedo escribir esto y aun reconozco que muchas de nosotras, mujeres de color, las que hemos colgado títulos, credenciales y libros publicados alrededor de nuestros cuellos como collares de perlas los cuales agarramos como a la vida querida, estamos en peligro de contribuir a la invisibilidad de nuestras hermanas escritoras. “La Vendida”, la que se vendió.

El peligro de vender las ideologías de una misma. Para la mujer tercermundista que tiene, si acaso, un pie en el mundo feminista literario, la tentación es grande de adoptar las modas actuales de sentir y de teorizar, las últimas verdades a medias del pensamiento político, los axiomas psicológicos dirigidos a medias de la nueva era que son predicados por el establecimiento feminista blanco. Sus discípulas son notorias por “adoptar” a mujeres de color como su “causa” mientras aún esperan que nosotras nos adaptemos a sus expectativas y a su lenguaje.

Cómo nos atrevemos a salirnos de nuestras caras de color. Cómo nos atrevemos a revelar la carne humana bajo la piel y sangrar sangre roja como el pueblo blanco. Se lleva una energía y valor tremenda para no asentir, para no capitular a la definición del feminismo que a la mayoría de nosotras hace invisible.

Luisah Teish (b), al dirigirse a un grupo de escritoras feministas predominantemente blancas, tuvo esto que decir de la experiencia de las mujeres tercermundistas:

“Si no estás atrapada en el laberinto en que estamos nosotras es muy difícil explicarte las horas del día que no tenemos. Y las horas que no tenemos son horas que se traducen en habilidades para la sobrevivencia y el dinero. Y cuando se nos quita una de esas horas no quiere decir que es una que tendremos para reposarnos, mirar al techo o que es una hora que tendremos para hablar con una amiga. Para mí, es una hogaza de pan”.

¿Por qué me siento tan obligada a escribir? Porque la escritura me salva de esta complacencia que temo. Porque no tengo otra alternativa. Porque tengo que mantener vivo el espíritu de mi rebeldía y de mí misma. Porque el mundo que creo en la escritura me compensa por lo que el mundo real no me da. Al escribir, pongo el mundo en orden, le doy una agarradera para apoderarme de él. Escribo porque la vida no apacigua mis apetitos ni el hambre. Escribo para grabar lo que otros borran cuando hablo, para escribir nuevamente los cuentos malescritos acerca de mí, de ti. Para ser más íntima conmigo misma y contigo. Para descubrirme, preservarme, construirme, para lograr la autonomía. Para dispersar los mitos que soy una poeta loca o una pobre alma sufriente. Para convencerme a mí misna que soy valiosa y que lo que yo tengo que decir no es un saco de mierda. Para demostrar que sí puedo y sí escribiré, no importan sus admoniciones de lo contrario. Y escribiré todo lo inmencionable, no importan ni el grito del censor ni del público.

Finalmente, escribo porque temo escribir, pero tengo más miedo de no escribir.

El acto de escribir es el acto de hacer el alma, alquimia. Es la búsqueda de una misma, del centro del ser, que nosotras como mujeres hemos llegado a pensar como el “otro” -lo oscuro, lo femenino. ¿Qué no empezamos a escribir para reconciliar este otro dentro de nosotras? Sabíamos que éramos diferentes, apartadas, exiladas de lo que se considera “normal”, blanco-correcto. Y mientras que internalizamos este exilio, llegamos a ver ese extranjero dentro de nosotras y a menudo, como resultado, nos dividimos de nosotras mismas y una de otra. De allí en adelante hemos estado en búsqueda de ese ser, de la “otra” y de cada una. Y regresamos en espirales que se extienden y nunca al lugar de la niñez donde sucedió, primero en nuestras familias, con nuestras madres, con nuestros padres. El escribir es un instrumento para agujerear ese misterio pero también nos ampara, nos da un margen de distancia, nos ayuda a sobrevivir. ¿Y ésas que no sobreviven? Son el desperdicio de nosotras mismas: tanta carne tirada a los pies de la locura o del destino o del Estado.

24 mayo 80

Está oscuro y húmedo y ha llovido todo el día. Me encantan los días así.

Mientras estoy en cama puedo penetrar más adentro. Quizás hoy escriba desde ese centro profundo. Mientras busco las palabras y una voz para hablar de la escritura, miro de fijo mi mano morena agarrada de la pluma y pienso en ti, miles de millas de aquí agarrada de tu pluma. No estás sola.

“Pluma, me siento en casa haciendo una pirueta con su tinta, meneando las telarañas, dejando mi firma en las vidrieras. Pluma, cómo pude haberte temido. Estás absolutamente domesticada pero estoy enamorada de tu salvajismo. Tendré que dejarte cuando te pongas obvia, cuando pares de perseguir polvaredas. Lo más que me engañas, lo más que te quiero. Es cuando estoy cansada y he tomado demasiada cafeína o vino que atraviesas mis defensas y dices más de lo que intentaba. Me sorprendes, me estrujas hasta reconocer alguna parte de mí que había ocultado hasta de mí misma”. (Entrada en el diario)

Desde la cocina las voces de mis compañeras de casa caen sobre estas páginas. Puedo ver a una de ellas andar por los cuartos en su bata de albornoz, descalza lavando trastes, sacudiendo el mantel, limpiando con el aspirador. Derivando un cierto placer viéndola hacer estos quehaceres sencillos, pienso, “mintieron, no hay separación entre la vida y el escribir”.

El peligro de escribir es no fundir nuestra experiencia personal y nuestra perspectiva del mundo con la realidad social en que vivimos, nuestra historia, nuestra economía, y nuestra visión. Lo que nos valoriza a nosotras como seres humanas nos valoriza como escritoras.

No hay tema que sea demasiado trivial. El peligro es ser demasiado universal y humanitaria e invocar lo eterno para el sacrificio de lo particular y de lo femenino y el momento histórico específico.

El problema es enfocarse, concentrarse. El cuerpo se distrae, nos sabotea con cien estafas, una taza de café, sacar la punta a los lápices. Y ¿quién tiene el tiempo o la energía para escribir después de cuidar al marido o al amante, los hijos, y casi siempre otro trabajo fuera de casa? Los problemas parecen insuperables y sí son, pero dejan de ser insuperables una vez que nos decidimos, que aunque seamos casadas o tengamos hijos o trabajemos fuera de casa, vamos a hacer el tiempo para escribir.

Olvídate del “cuarto propio” (c) -escribe en la cocina, enciérrate en el baño. Escribe en el autobús o mientras haces fila en el Departamento de Beneficio Social o en el trabajo durante la comida, entre dormir y estar despierta. Yo escribo hasta sentada en el excusado.

No hay tiempos extendidos con la máquina de escribir a menos que seas rica o tengas un patrocinador (puede ser que ni tengas una máquina de escribir). Mientras lavas los pisos o la ropa escucha las palabras cantando en tu cuerpo. Cuando estés deprimida, enojada, herida, cuando la compasión y el amor te posean.

Cuando no puedas hacer nada más que escribir.

26 mayo 80

Queridas mujeres de color, me siento pesada y cansada y traigo un zumbido en la cabeza -demasiadas cervezas anoche. Pero tengo que terminar esta carta.

Mi incentivo, me invito a mí misma a comer pizza.

Así es que corto y pego y forro el piso con mis pedacitos de papel. Mi vida regada en el piso en pedacitos y piezas y trato de poner en algún orden trabajando contra el tiempo, preparándome psicológicamente con café descafeinado, tratando de rellenar los huecos.

Leslie, mi compañera de casa, entra y se pone de rodillas a leer mis fragmentos en el piso y dice, “Está bien, Gloria”. Y yo pienso: No tengo que regresar a Tejas, a mi familia de tierra, mezquites, nopales, serpientes de cascabel y correcaminos. Mi familia, esta comunidad de escritoras. Cómo pude haber vivido y sobrevivido tanto tiempo sin ella. Y recuerdo el aislamiento, vivir de nuevo el dolor.

“Calcular el daño es un acto peligroso”, escribe Cherríe Moraga (3).

Detenermos allí es aun más peligroso. Ahora entiendo por qué he resistido el acto de escribir, el compromiso de escribir. Escribir es confrontar nuestros demonios, verlos a la cara, y vivir para escribir de ellos. El miedo actúa como un imán, saca los demonios del closet y se meten en la tinta de nuestras plumas.

El tigre que cabalga sobre nuestras espaldas nunca nos deja solas. Pide que escriba constantemente hasta que empecemos a sentirnos que somos vampiras chupando la sangre de una experiencia demasiado fresca, que estamos chupando la sangre de la vida para darle de comer a la pluma. Escribir es la cosa más arriesgada que he hecho y la más peligrosa. Nellie Wong llama al escribir “el demonio de tres ojos chillando la verdad”(4).

Escribir es peligroso porque tenemos miedo de lo que la escritura revela: los temores, los corajes, la fuerza de una mujer bajo una opresión triple o cuádruple. Pero en ese mero acto se encuentra nuestra sobrevivencia porque una mujer que escribe tiene poder. Y a una mujer de poder se le teme.

“¿Qué significó decir para una Negra ser una artista durante la época de nuestras abuelas?… Es una pregunta con una respuesta tan cruel como para parar la sangre…” (5). Alice Walker

Nunca he visto tanto poder en la habilidad de conmover y transformar a otras como el de la escritura de las mujeres de color. Con estas mujeres, la soledad del escribir y el sentido de ser impotente se pueden dispersar.

Podemos andar entre nosotras hablando de nuestra escritura, leyendo nuestras obras en voz alta. Más y más cuando estoy sola, aunque todavía en comunión con cada una, la escritura me posee y me propulsa a saltar hacia un lugar sin tiempo, sin espacio, donde me olvido de mí misma y me siento parte del universo. Esto es el poder.

No creas en el papel, sino en tus entrañas, en tus tripas y del tejido vivo -escritura orgánica la llamo yo. Un poema trabaja para mí no cuando dice lo que quiero que diga y no cuando evoca lo que quiero. Trabaja cuando el tema con el que empecé se metamorfosea alquímicamente en otro distinto, uno que se ha descubierto, o destapado, por el poema mismo. Trabaja cuando me sorprende, cuando dice algo que he reprimido o he fingido no saber. El sentido y el valor de mi escritura se miden por el riesgo que corro yo y la desnudez que logro.

“Audre (Lorde) dijo que necesitamos elevar la voz. Hablar recio, decir cosas que trastornan y ser peligrosas y simplemente chingar, demonios, dejar que salga y que todos oigan quieran o no” (6). Kathy Kendell

Yo digo mujer mágica, vacíate a ti misma. Estrújate hasta percibir maneras nuevas de ver, estruja a tus lectores hasta lo mismo. Para el chirrido en su cabeza.

Tu piel debe ser lo suficientemente sensible para el beso más ligero y lo suficientemente gruesa para evitar las burlas. Si le vas a escupir en el ojo al mundo, asegúrate de que llevas la espalda contra el viento. Escribe de lo que más nos une a la vida, la sensación del cuerpo, las imágenes vistas, la extensión de la psique tranquila: momentos de alta intensidad, su movimiento, sonidos, pensamientos. Aunque pasamos hambre no somos pobres de experiencias.

“Pienso que muchas de nosotras hemos sido engañadas por los medios de comunicación para masas, por el acondicionamiento social de nuestras vidas que se deben vivir con grandes explosiones, como ‘enamorarnos’ o ‘rendirnos al albedrío’, y dejarnos hechizar por genios mágicos que realizan todo deseo nuestro, cada anhelo de la niñez. Los deseos, sueños y fantasías son partes importantes de nuestras vidas creativas. Son los pasos que una escritora integra en su técnica. Son el espectro de los recursos para alcanzar la verdad, el corazón de las cosas, la inmediación y el impacto del conflicto humano” (7). Nellie Wong

Muchas tienen una facilidad con las palabras. Se dan la etiqueta de profetas pero no ven.

Muchas tienen el talento de hablar pero no dicen nada. No las escuches. Muchas de las que tienen palabras y lengua no tienen oído, no pueden escuchar y no oirán.

No hay necesidad de que las palabras se enconen en la mente. Germinan en la boca abierta de una niña descalza entre las multitudes inquietas. Se secan en las torres de marfil y en las aulas de las universidades.

Tira lo abstracto y el aprendizaje académico, las reglas, el mapa y el compás. Tantea sin tapaojos. Para tocar más gente, las realidades personales y lo social se tienen que evocar -no a través de la retórica sino a través de la sangre y la pus y el sudor.

“Escribe con tus ojos de pintor, con oídos de músico, con pies de danzante.

Tú eres la profeta con pluma y antorcha. Escribe con lengua de fuego. No dejes que la pluma te destierre de ti misma. No dejes que la tinta se coagule en el bolígrafo. No dejes que el censor apague la chispa, ni que las mordazas te callen la voz. Pon tu mierda en el papel”.

No estamos reconciliadas con los opresores que afilan su gemido con nuestro lamento. No estamos reconciliadas.

Busca la musa dentro de ti misma. La voz que se encuentra enterrada debajo de ti, desentiérrala. No seas falsa, ni trates de venderla por un aplauso, ni para que te publiquen tu nombre.

Amor, Gloria

Escrito originalmente para “Words in Ours Pocket” (Palabras en nuestros bolsillos), editado por Celeste West de Bootlegger Press, San Francisco.

Notas de referencia

(1) De “It’s the Poverty” (Es la pobreza) de Loving in the War Years (Amando durante los años de guerra). Boston, South End Press, 1983; pp. 62-63.

(2) Alice Walker, editor. “What White Publisher Won’t Print” (Lo que las editoriales de blancos no imprimen”) en “I Love Myself When I am Laughing: A Zora Neale Hurston Reador (Me amo cuando me río: libro de lectura sobre Zora Neale Hurston). Nueva York, The Feminist Press, 1979; p. 169.

(3) “La güera”, de Cherríe Moraga, incluido en “Esta puente, mi espalda”.

(4) Nellie Wong, “Flows from the Dark of Monsters and Demons: Notes on Writing” (Derrames desde lo oscuro de monstruos y demonios: apuntes sobre la escritura). Radical Women pamphlet (panfleto de Mujeres radicales). San Francisco, 1979.

(5) “In Search of Our Mothers’ Gardens (En busca de los jardines de nuestras madres). Nueva York, Harcourt, Brace, Jovanocich, 1983; p. 233.

(6) Carta de Kathy Kendell, 10 de marzo de 1980, acerca de un taller dado por Audre Lorde Adrienne Rich y Meridel Leseur.

(7) Nellie Wong, Ibid.

Notas de la editora

(a) “La mano zurda” aquí representa lo que tradicionalmente no es aceptable a la sociedad dominante. Frecuentemente se refiere al mundo espiritual u oculto.

(b) Luisah Teish es escritora afroamericana y autora de “Jambalaya: The Natural Woman’s Book of Personal Charms and Rituals (El libro de hechizos y ritos personales para la mujer natural). Nueva York, Harper & Row, 1985.

(c) Anzaldúa se refiere a “A Room of One’s Own” (Un cuarto propio), libro de Virginia Woolf en el que declara que una sólo necesita dinero y un cuarto propio para escribir.

Artículo publicado en “Esta puente, mi espalda. Voces tercermundistas en los Estados Unidos”, editado por Cherríe Moraga y Ana Castillo. San Francisco, Ism Press Inc., 1988.

“Quiero la libertad de tallar y cincelar mi propia cara, de endurecer el sangrado con cenizas, de forjar a los propios dioses de mis entrañas”

G. Anzaldúa

Gloria Evangelina Anzaldúa (Valle del Rio Grande,(Texas) 26 de septiembre de 1942 – Santa Cruz (California), 15 de mayo del 2004). Poeta, académica, activista política chicana, feminista, escritora, crítica literaria, escritora de literatura infantil y periodista.

Hija de emigrantes mexicanos agricultores, los primeros diez años de su vida los pasó trasladándose con su familia como trabajadores migrantes por diferentes ranchos. Cuando tiene 14 años muere su padre y ella y sus 4 hermanos quedan solos con su madre. Anzaldúa trabaja unos años como maestra de escuela antes de ir a Austin para obtener su maestría. Se doctoró en literatura comparativa en la Universidad de Texas en Austin.

En 1977 se mudó a California  donde trabaja como catedrática en la Universidad Estatal de San Francisco; la Universidad de California en Santa Cruz; la Universidad Atlántica de Florida; y otras. En 1981, editó “This Bridge Called My Back: Writings by Radical Women of Color,” un libro que examinó los prejuicios en la comunidad feminista. Discutió su identidad como chicana, lesbiana, y una mujer mestiza en su escritura y cambió la perspectiva del movimiento feminista, y luchó para los derechos de los homosexuales, bisexuales, y transgénero.

Su obra destacada es Borderlands/La Frontera: The New Mestiza en 1987 .Se trataba inicialmente de un libro de poesía de 100 páginas al que decidió hacerle una introducción en prosa de cuatro apartados.

La obra publicada de Anzaldúa también incluye: Este Puente que se llama Mi Espalda: Escritos de Mujeres de Color Radicales (1981), una provocadora colección de ensayos y poemas, reconocida como el primer gran texto feminista multicultural; dos libros infantiles bilingües: Amigos del Otro Lado (1993) y Prietita y La Llorona (1995); Entrevistas (2000), una colección de entrevistas a modo de memoria; y Este Puente que llamamos Hogar: visiones radicales para la transformación (2002), una colección de ensayos, poesía y arte que examina el estado actual de la teoría feminista/mujerista, de la que fue co-editora. Su autobiografía “La prieta” se publica en inglés en la obra This Bridge Called My Back, y en español en Este Puente que se llama Mi Espalda: Escritos de Mujeres de Color Radicales.Hay que hacer notar que el espacio de Anzaldúa mezcla culturas —sincretismo religioso—, idiomas —inglés y español—, prosa y poesía, así como sexualidad y género.

Gloria Anzaldúa ganó numerosos premios, entre ellos el premio Before Columbus Foundation American Book Award en el año 1986 de su libro This Bridge Called My Back: Writings by Radical Women of Color, el Premio Lambda al Pequeño Libro Lésbico, un premio de Ficción del Fondo Nacional para las Artes, el premio a los Derechos Lésbicos, el premio Safo. En 1992 obtuvo el Sappho Award of Distinction. En 2001 ganó el prestigioso premio del American Studies Association Lifetime Achievement Award.

Enlaces de interés :

https://zaguan.unizar.es/record/94680/files/TAZ-TFG-2020-2323.pdf?version=1

https://we.riseup.net/assets/168533/este%20puente%20mi%20espalda.pdf

Maldita dualidad despótica

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