12 Poemas de Olvido García Valdés

El rey Cophetua y la muchacha mendiga

                                                        Burne-Jones

Ella tiene los pies como Marilyn Monroe
y una tierna
indefensión en los hombros.
Están en una sala y la ventana
descorre sus cortinas a un atardecer
boscoso,
pero es como si fuera
una esfera
de cristal. No se miran.
Él la mira a ella. Ella a lo lejos.
Hace ya mucho tiempo que él la había soñado
como un aire
de cigüeñas, una luz,
y ahora estaba allí.
Tantas vidas que no parecen ciertas
en una sola vida.
Campanillas azules en la mano.
Él sabe que se irá. No hablan
y el momento está lleno de voz,
voz acunada, lejana.
El amor es una enfermedad,
campanillas azules. Siempre en ti,
como en el sueño, volviendo
siempre en ti. Tan incierta
la luz. Como en el sueño.

De “Exposición” 1979

pues no, entonces tiene usted que salir, hablar
con las criaturas; era en la cola del supermercado, una
anciana respondía a otra que se quejaba, no sabía
si estaba deprimida, no quería comer ni salir de casa
                                                                                                   ella había
soñado que el mar entraba en la ciudad, era Santander, quizá
los años treinta, pero no parecía, se había hecho de noche
conversaban y al salir a la calle vio que el mar llegaba
hasta casi allí, se inquietaron, al doblar una esquina
las olas golpeaban la catedral y las casas —parecía
otra ciudad—, no sabía qué hacer, se despidieron
tenía que volver a su cuarto en una planta baja
despertó con angustia, ¿quiénes eran?, pensó
en el mar amenazante, pensó que eran dos
los que importaban, lo oscuro y diáfano
del sueño, aquel cuarto al que iba, y
la voz de la anciana, hablar
con las criaturas

muda y hosca, se niega
a entrar en casa, a pesar
de la noche, a pesar del buen sentido.
Él le habla
con paciencia o la empuja y golpea
con el puño. La insensata materia
que el alma es, su obstinación eficaz
o, contigua y exenta,
esta vibración azul del azul
luminoso y oscuro. Sólo
me interesa el vacío. 
Ocurrió el mismo año 
en que frascos y líquidos 
se arrojaban contra la pared,
a oscuras, en aquella alcoba
italiana. Eran innumerables
los huesos del cuerpo, incomprensibles
sus nombres. Sincronizado
estrictamente, rápido
y melancólico, con este azul,
aquel salto, olor de carbonilla,
adherido a la piel.

De “Caza nocturna” 1997

la distancia entre quien habla

y por ejemplo dice mi pecho y quien sirve

de soporte a esa habla

y dice por ejemplo yo es la que atraviesa

la retórica, toda la lengua. El sonido

que bandadas producen

es externo, el encharcamiento

estacional de las tierras

llanas, ese espejo, pecho desnudo,

graznidos para lo vulnerable

Del ojo al hueso (1997-2000)

recordar este sábado:
las tumbas excavadas en la roca,
en semicírculos, mirando
hacia el este,
y la puerta de la muralla abierta
a campos roturados, al silencio
y la luz del oeste. Necesito
los ojos de los lobos
para ver. O el amor y su contacto
extremo, ese filo,
una intimidad solo formulable
con distancia, con una despiedad
cargada de cuidado.
Así, aquella nota, reconocer en ella
la costumbre antropófaga, un hombre come
una mujer, reconocer
también la carne en carne
viva, los ojos y su atención extrema,
el tiempo y lo que ocurrió.
Alguien lo dijo de otro modo: creí
que éramos infelices muchas veces; ahora
la miseria parece que era solo un aspecto
de nuestra felicidad. La dicha
no eleva sino cae
como una lluvia mansa. Recordar
aquel sábado en febrero
tan semejante a este de noviembre.
Cerrar los ojos. Fatigarse subiendo,
tú sin voz,
con un cuaderno en el que anotas
lo que quieres decir.
La no materialidad de las palabras
nos da calor y extrañeza, mano
que aprieta el hombro,
aliento cálido sobre el jersey.
Para el resecamiento un aljibe de agua,
los ojos de los lobos
para ver. El contexto
es todo, transparente
aire frío. Aproximadamente así:
campesinos del Tíbet
sentados en el suelo, en semicírculos,
aprendiendo a leer al final del invierno,
cuando el trabajo es poco, se trata
de una foto reciente, están
muy abrigados; o una paliza
de una violencia extrema
a un muchacho, y que el tiempo
pase, que cure, como una foto antigua.
Tres mariposas, a la luz de la lámpara,
han venido al cristal.

el mundo ya no habla. Como pueblos
de abandonadas minas, la memoria; como chabolas
próximas a cercas. Forman red
los olivos y circula
el tractor entre ellos. Hace falta
dulzura para ser. ¿Se desatan
los nudos? Todo es ahora plano,
tiene blandos los ojos y manchas
en la piel. Hay muertos diminutos,
una escala de ángeles que alertan
al durmiente, y el pozo, las arcadas,
los jazmines. Duele de no sentir.

El alma es por la muerte y de la muerte,
pequeño ser que oficia
desde la imprecación. La parca
del pasado lo advertía: cuerpo,
aquí comienza
otro ciclo, eres tú y eres nada.

Afectos de la memoria, húmedo
verde limón, azuladas
hortensias. Y la oscura figura:
la mano de los anillos y la mano
quemada son ya la misma mano, arenques 
con su luz. ¿Cómo arraiga el olivo? Quieto
fulgor, mira la arena negra.

entre lo literal de lo que ve
y escucha, y otro lugar no evidente
abre su ojo la inquietud. Al lado,
mano pálida de quien convive
con la muerte, cráneo hirsuto. Atendemos
a la oquedad, máscaras que una boca
elabora; distanciada y carnal,
mueve el discurso, lo expande
y desordena, lo concentra, lo apacienta
o dispersa como el lobo a sus corderos.
El sonido de un gong. Es literal
la muerte y las palabras, las bromas
luego de hombres solos, broma y risa
literal. Todo sentido visible, todo
lo visible produce y niega su sentido.
Si respiras en la madrugada, si ves
cómo vuelven imágenes, contémplalas
venir, apaciéntalas, deja que estalle
la inquietud como corderos.

conozco una pareja de cuervos, sé que tienen
un tiempo semejante al de los hombres
para vivir; podría visitarlos,
pasear juntos
hasta los sauces de la orilla.
Hoy he hablado con alguien por quien sentí afecto,
le encontré satisfecho y próspero;
su enemigo murió. La muerte
siempre es de frío.

 ella, los pájaros (1994)

La caída del Ícaro

1

Los atardeceres se suceden,
hace frío
y las casas de adobe en las afueras
se reflejan sobre charcos quietos.
Tierra removida.
Los atardeceres se suceden,

Cézanne elevó la «nature morte»
a una altura
en que las cosas exteriormente muertas
cobran vida, dice Kandinsky.
Vida es emoción.
Pero quedará de vosotros
lo que ha quedado de los hombres
que vivieron antes, previene Lucrecio.
Es poco: polvo, alguna imagen tópica
y restos de edificios.
El alma muere con el cuerpo.
El alma es el cuerpo. O tres fotografías
quedan, si alguien muere.

También un gesto inexplicable,
díscolo para los ojos, desafío,
erizado. Cuerpo es lo otro.
Irreconocible. Dolor.
Sólo cuerpo. Cuerpo es no yo.
No yo.

Lo quieto de las cosas
en el atardecer. La quietud,
por ejemplo, de los edificios.
El ensombrecimiento
mudo y apagado.

Como ojos,
dos piedras azules me miran
desde un anillo.
Los anillos
cuidadosamente extraídos
al final.
Como aquél de azabache y plata
o este otro de un pálido, pálido rosa.
Rostros y luces
nitidamente se reflejan en él.

En la noche corro por un campo
que desciende, corro entre arbustos
y choco con algo vivo
que trata de ovillarse, de encogerse.
Es un niño pequeño, le pregunto
quién es y contesta que nadie.

Esta respiración honda
y este nudo en la pelvis
que se deshace y fluye. Esto soy yo
y al mismo tiempo
dolor en la nuca y en los ojos.

Terminada la juventud,
se está a merced del miedo.

2

Verde. Verde. Agua. Marrón.
Todo mojado, embarrado.
Es invierno. Es perceptible
en el silencio y en brillos
como del aire.
Yo soy muy pequeña.
Un cuerpo caminando.
Un cuerpo solo;
lo enfermo en la piel, en la mirada.
El asombro, la dureza absoluta
en los ojos. Lo impenetrable.
La descompensación
entre lo interno y lo externo.
Un cuerpo enfermo que avanza.

Desde un interior de cristales muy amplios
contemplo los árboles.
Hay un viento ligero, un movimiento
silencioso de hojas y ramas.
Como algo desconocido
y en suspenso. Más allá.
Como una luz
sesgada y quieta. Lo verde
que hiere o acaricia. Brisa
verde. Y si yo hubiera muerto
eso sería también así.

Exposición (1990)

cuando ya no hay sol
pero las paredes de adobe
son aún rosadas,
cuando todavía los pájaros
revolotean
y después van quedándose
quietos, desaparecen,
cuando el verde de la cebada
se recobra, los cardos
se elevan,
el almendro en el palomar derruido,
poco a poco se va yendo la luz,
el adobe es ahora
muy pálido, muy pálido,
el espacio del valle
se ahonda

ella, los pájaros (1994)

Es raro que seamos tantos en el mundo,

tantos en esta ciudad

y que no haya nadie,

casi nadie a quien no mentir.

Ayer leía fragmentos

de literatura autobiográfica,

alguien se describía salvaje

o masoquista en un desierto

africano y hablaba con un ojo

puesto en su salvajez —así decía

y otro puesto en Europa;

resultaba curioso

que no hubiera manera de tomárselo en serio.

Qué distinto hablaría, pensé,

una mujer, ciertas mujeres cuyos nombres

me vinieron a la cabeza,

o que bien ese otro

modo de no contar las cosas y contarlas

que algunos hombres tienen

si no son en exceso afirmativos

o mercaderes; no mentir,

no mirarse el ombligo, no ser

delicuescente, no llegar

al decálogo.

De caza nocturna

este conocido temblor

de las hojas con la brisa y este verde

de abril como un vómito

en la luz. Suficientes

aún las antiguas palabras:

no percibe el cadáver

dulzura ni calor y sí, en cambio,

el silencio y el frío,

puesto que se percibe lo que se es.

Discontinua vivencia, porque todas

aquí somos iguales. Como mirlos

y mirlos esbeltos en el canto y en el negro

intercambian sonidos:

acepta la vida, el acorchamiento

de la vida, desecha

la vieja hybris, nada

pierde quien muere, nada gana

tampoco. Es nítido

el sonido tras la lluvia,

se percibe ahora el tren

con violencia veloz, el obsesivo

zureo de palomas.

confía en la gracia se dijo y esa noche

desapareció la prenda, pasó el día

en labor de traducción carta

de lejos, una palabra busca

mi corazón, contienen los espejos

el invisible gesto a plena luz que escamotea

                                             niños

calcinados, todo en el campo ocurre a la vista

del aire, y de los ojos la confianza qué es, qué es

lo falso, qué hace de lo falso verdad

pudo

la madre pasar inadvertida, y en la historia cómo

pudimos no ver nada se preguntan quienes todo

tuvieron a los ojos, arañas de luz y palabras

afables, bulle la penumbra en los párpados

  así era, ha

de ser el anillo de un grosor y una talla, sudor frío, rue

Cujas, todo baila en la mandorla, no es el mundo

continuo, tiene grietas, la bondad

un hueco entre las manos

Confía en la gracia (Tusquets 2020)

Olvido García Valdés (Santianes de Pravia, Asturias,España, 2 de diciembre de1950). Poeta,ensayista y traductora, licenciada en Filología Románica por la Universidad de Oviedo y en Filosofía por la Universidad de Valladolid.

Ha sido catedrática de Lengua Castellana y Literatura. Ha sido también directora del Instituto Cervantes de Toulouse y directora general del Libro y Fomento de la Lectura.

Fué co-directora de la revista Los Infolios y miembro del consejo editor de la revista El signo del gorrión.

 Premio Ícaro de Literatura (1990), Premio Leonor de Poesía (1993), Premio Nacional de Poesía (2007), Premio de las Letras de Asturias ( 2016) y Premio Iberoamericano de Poesía “Pablo Neruda” en 2021.

Algunos de sus libros han sido traducidos al francés, inglés, polaco, italiano y sueco. Los poemas de Olvido G. Valdes no suelen llevar titulo y casi todos inician con minúscula.

Obra poética publicada:

El tercer jardín – Ediciones del Faro, Valladolid – 1986.
Exposición – 1990 -Premio Ícaro de Literatura.
Ella, los pájaros – Soria, 1994 – Premio Leonor de Poesía.
Caza nocturna, Ave del Paraíso – 2004
Del ojo al hueso – 2001.
La poesía, ese cuerpo extraño (Antología) – 2005.
Y todos estábamos vivos – 2006 – Premio Nacional de Poesía 2007.
Esa polilla que delante de mí revolotea. Poesía reunida (1982-2008) – 2008.

Confía en la gracia (Tusquets 2020)

Taducciones:

Pier Paolo Pasolini – La religión de mi tiempo – 1997.
Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva – El canto y la ceniza. Antología poética (en colaboración con Monika Zgustova) – 2005.
Pier Paolo Pasolini – Larga carretera de arena – 2007.

Es asimismo autora del ensayo biográfico Teresa de Jesús, de textos para catálogos de artes plásticas (Zush, Kiefer, Vicente Rojo, Tàpies, Juan Soriano, Bienal de Venecia 2001, Broto…) y de numerosos ensayos de reflexión literaria. 

Enlaces de interés :

Olvido García Valdés: “Como te habla un poema, no te habla nadie”

https://www.elmundo.es/cultura/2016/07/28/57990cb9268e3e89128b45d8.html

https://www.diariovasco.com/culturas/libros/olvidogarciavaldes-20190310001648-ntvo.html

https://www.patrimonionacional.es/actualidad/noticias/olvido-garcia-valdes-gana-el-xxxi-premio-reina-sofia-de-poesia-iberoamericana

Nota : Esta entrada ha sido actualizada el 26/05/2022, debido a que la autora Olvido Garcia Valdés ha sido galardonada con el XXXI Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2022. El galardón de poesía más importante en español y portugués.

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