10 Poemas de Carlos Germán Belli 

Papá, Mamá

Papá, mamá,

para que yo, Pocho y Mario

sigamos todo el tiempo en el linaje humano,

cuánto luchasteis vosotros

a pesar de los bajos salarios del Perú,

y tras de tanto tan sólo me digo:

«venid, muerte, para que yo abandone

este linaje humano,

y nunca vuelva a él,

y de entre otros linajes escoja al fin

una faz de risco,

una faz de olmo,

una faz de búho».

Carlos ,sus padres y su hermano Alfonso

Amanuense

Ya descuajeringándome, ya hipando

hasta las cachas de cansado ya,

inmensos montes todo el día alzando

de acá para acullá de bofes voy,

fuera cien mil palmos con mi lengua,

cayéndome a pedazos tal mis padres,

aunque en verdad yo por mi seso raso,

y aun por lonjas y levas y mandones,

que a la zaga me van dejando estable

ya a más hasta el gollete no poder,

al pie de mis hijuelas avergonzado,

cual un pobre amanuense del Perú.

Belli y su esposa Carmela Benavente

Oh Hada Cibernética

Oh Hada Cibernética

cuándo harás que los huesos de mis manos

se muevan alegremente

para escribir al fin lo que yo desee

a la hora que me venga en gana

y los encajes de mis órganos secretos

tengan facciones sosegadas

en las últimas horas de día

mientras la sangre circule como un bálsamo a lo largo de mis cuerpo.

Algún dia el amor

Algún día el amor yo al fin alcanzaré,

tal como es entre mis mayores muertos:

no dentro de los ojos, sino fuera,

invisible, mas perenne,

si de fuego no, de aire.

La cara de mis hijas

Este cielo del mundo siempre alto,

antes jamás mirado tan de cerca,

que de repente veo en el redor,

en una y otra de mis ambas hijas,

cuando perdidas ya las esperanzas

que alguna vez al fin brillara acá

una mínima luz del firmamento,

lo oscuro en mil centellas desatando;

que en cambio veo ahora por doquier,

a diario a tutiplén encegueciéndome

todo aquello que ajeno yo creía,

y en paz quedo conmigo y con el mundo

por mirar esa luz inalcanzable,

aunque sea en la cara de mis hijas.

La tortilla

Si luego de tanto escoger un huevo,

y con él  freír la rica tortilla

sazonada bien con sal y pimienta,

y  del alma y cuerpo los profundos óleos,

para que por fin el garguero cruce

y sea ya el sumo bolo alimenticio

albergado nunca en humano vientre;

¡qué jeringa! si aquella tortilla

segundos no más de ser comida antes,

repentinamente una vuelta sufra

en la gran sartén del azar del día,

cual si un invisible tenedor filoso

le pinche y le coja su faz recién frita,

el envés poniendo así boca arriba,

no de blancas claras ni de yemas áureas,

mas un emplasto sí de mortal cicuta.

Sextina de los desiguales

Un asno soy ahora, y miro a yegua

bocado del caballo y no del asno,

y después rozo un pétalo de rosa,

con estas ramas cuando mudo en olmo,

en tanto que mi lumbre de gran día

el  pubis ilumina de la noche.

Desde siempre amé a la secreta noche,

exactamente igual como a la yegua,

una esquiva por ser yo siempre día,

y la otra por mirarme no más asno,

que ni cuando me cambio en ufano olmo,

conquistar puedo a la exquisita rosa.

Cuánto he soñado por ceñir a rosa,

o adentrarme en el alma de la noche,

mas solitario como día u olmo

he quedado y aun ante rauda yegua,

inalcanzable en mis momentos de asno,

tan desvalido como el propio día.

Si noche huye mi ardiente luz de día,

y por pobre olmo olvídame la rosa,

¿cómo me las veré luciendo en asno?

Que sea como fuere, ajena noche,

no huyáis del día; ni del asno, ¡oh yegua!;

ni vos, flor, del eterno inmóvil olmo.

Mas sé bien que la rosa nunca a olmo

pertenecerá ni la noche al día,

ni un híbrido de mí querrá la yegua;

y sólo alcanzo espinas de la rosa,

en tanto que la impenetrable noche

me esquiva por ser día y olmo y asno.

Aunque mil atributos tengo de asno,

en mi destino pienso siendo olmo,

ante la orilla misma de la noche;

pues si fugaz mi paso cuando día,

o inmóvil punto al lado de la rosa,

que vivo y muero por la fina yegua.

¡Ay! ni olmo a la medida de la rosa,

y aun menos asno de la esquiva yegua,

mas yo día ando siempre tras la noche.

Poema

Nuestro amor no está en nuestros respectivos

y castos genitales, nuestro amor

tampoco en nuestra boca, ni en las manos:

todo nuestro amor guárdase con palpito

bajo la sangre pura de los ojos.

Mi amor, tu amor esperan que la muerte

se robe los huesos, el diente y la uña,

esperan que en el valle solamente

tus ojos y mis ojos queden juntos,

mirándose ya fuera de sus órbitas,

más bien como dos astros, como uno.

En el coto de la mente

En las vedadas aguas cristalinas

del exclusivo coto de la mente,

un buen día nadar como un delfín, guardando tras un alto promontorio la ropa protectora pieza a pieza,

en tanto entre las ondas transparentes, sumergido por vez primera a fondo sin pensar

nunca que al retorno en fin al borde de la firme superficie,

el invisible dueño del paraje

la ropa alce furioso para siempre

y cuán desguarnecido quede allí, aquel que los arneses despojóse,

para con premeditación nadar,

entre sedosas aguas, pero ajenas,

sin pez siquiera ser, ni pastor menos.

Asir la forma que se va

Hay quienes creen en la Divinidad, únicamente acosados por el pavor ante la posible nada.

Igualmente hay quienes adoran la forma artística ante el temor de que termine por

desintegrarse para siempre. Pero en este caso la angustia no es la única causa, sino que

a la vez hay una tácita devoción, tan antigua como los propios objetos estéticos. Es la

fe en la forma, no por el riesgo del vacío, sino por el puro placer de disfrutarla.

Igualmente como cuando se adora a la Divinidad por sí misma, y aun si no existiera. En

realidad, ni espuria ni imputable a barrocos o parnasianos decadentes. No hay que

avergonzarse de ella. No hay que reducirla a la postración. Obrar así no es otra cosa

que renegar de nuestro continente. Porque los cuerpos en que moramos también poseen un

contorno, también una estructura donde se encuentran en perfecto orden y concierto los

secretos órganos vitales. Aferrémonos a ella, como nos aferramos a nuestra forma corporal,

ante el embate del tiempo, ante la aproximación de la ineludible muerte.

Carlos Germán Belli (Lima ,Perú, 15 de septiembre de 1927). Poeta, traductor, profesor y periodista.

Vivió de niño dos años en Amsterdam y estudió luego en el colegio Raimondi. Ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y a la Pontifica Universidad Católica, pero no realizó una carrera académica, pues entró a trabajar desde muy joven en la administración pública y, más tarde, en el periodismo. 

Su primer libro, titulado Poemas, lo publicó a los 31 años, en 1958. A este le seguirían Dentro & fuera (1960), ¡Oh hada cibernética! (1961),Por el monte abajo (1966),El pie sobre el cuello (1967),  Sextinas y otros poemas (1970), En alabanza del bolo alimenticio(1979), Los talleres del tiempo (1992), iSalve, Spes! (2003), Los versos juntos. Poesía completa (2008). 

En 1980 se graduó como doctor en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos con una tesis sobre la poesía de Carlos Oquendo de Amat.

Premios:

 Premio Nacional de Poesía  en 1962, Premio de Fomento a la Cultura (otorgado por la Sociedad Nacional de Industrias) en 1986, Premio Iberamericano de Poesía Pablo Neruda 2006, el Premio Casa de las Américas de Poesía José Lezama (2009) y ha sido propuesto al Premio Cervantes y al Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En dos ocasiones ha recibido, además, la beca Guggenheim (1969 y 1987). En 1982 fue incorporado a la Academia Peruana de la Lengua.

Enlaces de interés :

http://www.casadelaliteratura.gob.pe/carlos-german-belli-cumple-90-anos-poesia-cielo-suelo/

https://fdocuments.ec/document/mas-1958-de-carlos-german-belli.html?page=14

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