Berceuse
Fais ton lit et couche-toi
et regarde par la fenêtre
comment grandissent au-dehors
le printemps et la tristesse
le ciel n’est qu’un immense
chagrin bleu
et les arbres éclatent de sanglots
à chaque éclosion de fleurs.
Toi, ne pleure pas, enlève tes habits
enlève ta vie,
élance-toi nue, et réjouis-toi
d’être seule
dans le printemps
dans le ciel dans les arbres
dans la lumière
réjouis-toi de ne pas te lever
plus parler, plus répondre
plus marcher.
Ne pense pas au froid ne bouge pas
sur ton corps blanc
le soleil descendra
quand les maisons d’en face
seront démolies
et aussi les cheminées et
les antennes de la télévision.
Canción de cuna
Haz tu cama y acuéstate
y mira por la ventana
cómo crecen afuera
la primavera y la tristeza;
el cielo no es más que una inmensa
pena azul
y los árboles estallan en sollozos
con cada flor que se abre.
Tú, no llores, quítate la ropa,
quítate la vida,
lánzate desnuda y alégrate
de estar sola
en la primavera,
en el cielo, en los árboles,
en la luz;
alégrate de no levantarte,
de no hablar más, de no responder más,
de no caminar más.
No pienses en el frío, no te muevas;
sobre tu cuerpo blanco
bajará el sol
cuando las casas de enfrente
sean demolidas,
y también las chimeneas y
las antenas de televisión.

Pas encore
Pas mourir
pas encore
trop tôt le couteau
le poison, trop tôt
Je m’aime encore
J’aime mes mains qui fument
qui écrivent
qui tiennent la cigarette
la plume
le verre
J’aime mes mains qui tremblent
qui nettoient malgré tout
qui bougent
Les ongles y poussent encore
mes mains
remettent les lunettes en place
pour que j’écrive
Todavía no
No morir
todavía no
demasiado pronto el cuchillo
el veneno, demasiado pronto
Todavía me amo
Amo mis manos que fuman
que escriben
Que sostienen el cigarrillo
La pluma
La copa.
Amo mis manos que tiemblan
que limpian a pesar de todo
que se mueven
Las uñas todavía crecen
mis manos
acomodan los anteojos en su sitio
para que yo escriba
De Clous (Zoé, 2016)

Incluso Tú
La luz se apagó
nada tiene sentido
sin forma las figuras se alargan
hasta mi corazón que ahora
pronuncia la palabra
que entre golpes y miedos
no podía pronunciar
En las inmóviles calles sin vida
un hombre caminaba bajo la lluvia
y lloraba, recuerdas.
Dónde has terminado amor mío
no me atrevo a mirarte
así de dura es la distancia
entre los dos
y sin embargo te sigo buscando
Negra y amorfa
camino por la ciudad
de quienes son felices en pueblos
majestuosamente silenciosos
donde nadie me conoce
me detengo en umbrales extraños
y apoyo la frente en puertas cerradas
En las inmóviles calles sin vida
un hombre caminaba bajo la lluvia y lloraba
Recuerdas nuestras dudas
Las tardes blancas y silenciosas
se alejaban volando
y me sentaba en los bancos de siempre
mirando el agua segura
de que incluso tú te habías marchado.

Lentement, il s’habituait…
Lentement, il s’habituait à ce qu’elle laissât, oubliât des choses
chez lui.
Des allumettes, un mouchoir quand elle avait pleuré, une
écharpe de ses enfants, ses gants, ses lunettes parfois.
Lui, en général, il dormait quand elle partait, il était fatigué.
Il savait qu’elle restait là, chez lui, à fumer des cigarettes et à
penser à Dieu sait quoi.
C’est le matin qu’il découvrait les objets oubliés.
Elle ne cessait pas d’oublier et de laisser ses affaires chez lui.
Son soutien-gorge.
Ses cigarettes.
Son briquet, un livre d’enfant,
Son étui à lunettes
Ses sandales
(Elle devait rentrer à pieds nus)
Ses mouchoirs
Ses cheveux, surtout ses cheveux
Il y en avait partout, de ses cheveux
Sur l’oreiller, dans la salle de bain, dans la cuisine.
Un véritable cauchemar.
Ses cheveux noirs, partout, dans tout l’appartement.
La dernière fois, elle avait oublié ses mains.
Deux mains sans bagues, posées sur le rebord de la table,
immobiles, saignant un peu aux poignets où elle les avait
sectionnées.
Lentamente, él se acostumbraba…
Lentamente, él se acostumbraba a que ella dejara, olvidara cosas
en su casa.
Cerillas, un pañuelo cuando lloró, una
bufanda de sus hijos, sus guantes, sus anteojos a veces.
Él, en general, dormía cuando ella se iba, estaba cansado.
Sabía que ella se quedaba ahí, en su casa, fumando cigarrillos y
[pensando en Dios sabe qué.
Por la mañana descubría los objetos olvidados.
Ella no dejaba de olvidar y dejar cosas en su casa.
Su brasier.
Sus cigarrillos.
Su encendedor, un libro para niños.
Su estuche de anteojos
Sus sandalias
(De seguro regresaba descalza)
Sus pañuelos
Su cabello, sobre todo su cabello
Estaba por todos lados, su cabello
En la almohada, en el cuarto de baño, en la cocina.
Una verdadera pesadilla.
Su cabello negro, en todas partes, en todo el apartamento.
La última vez, olvidó sus manos.
Dos manos sin anillos, posadas sobre el borde de la mesa,
inmóviles, sangrando un poco en los puños donde ella las había
cercenado.

Aucune raison de changer de trottoir
Dans le crépuscule perdant son équilibre
un oiseau libre s’envole de travers
sur la terre il n’y a que des semailles
silence indicible
et insupportable
attente
Hier tout était plus beau
la musique dans les arbres
le vent dans mes cheveux
et dans tes mains tendues
le soleil
Maintenant il neige sur mes paupières
mon corps
est lourd comme le rocher
mais aucune raison de changer de trottoir
et aucune raison de
s’en aller dans les montagnes
Nincs miért jàrdàt cserélni
Az egyensúlyàt vesztett alkonyatban
ferdén felrepül egy szabad madàr
a földön csak vetés van
kimondhatatlan csönd
és elviselhetetlen
vàrakozàs
Tegnap szebb volt minden az ének
a fàk lombjaiban
hajamban a szél
kinyújtott kezedben
a nap
Most szemhéjaimra hull a hó
testem
súlyos akàr a szikla
és nincs miért jàrdàt cserélni
és nincs miért
kimenni a hegyekre
(version en húngaro)
No hay razón para cambiar de senda
En el crepúsculo que pierde su equilibrio
un pájaro libre alza ladeado el vuelo
sobre la tierra solo hay semillas
silencio indecible
e insoportable
espera
Ayer todo era más hermoso
la música en los árboles
el viento en mi cabello
y en tus manos tendidas
el sol
Ahora nieva sobre mis párpados
mi cuerpo
es pesado como la roca
pero no hay razón para cambiar de senda
y ninguna razón para
irse a las montañas

Une fois plus tard je parlerai de quelque chose de beau
Une fois plus tard je parlerai
de quelque chose de beau
de douces choses tendres
avec une imperceptible tristesse
un soir quand le ciel se remplira de beauté
quand les maisons se feront grises
et tout sera brouillard
Là sous la pluie
parmi les maisons monochromes
je parlerai de l’empire
des feuilles d’automne
car il sera octobre
Derrière le brouillard
vous vous taisez
le col relevé
les mains frileuses dans les poches
sans lumière comme l’ombre
Et la pluie glisse sur nos têtes nues
sous nos cols
douce tendre pluie
tombe sur les maisons sur les arbres
et le ciel devient toujours plus beau
Et la beauté descendra sur vous
avec une imperceptible tristesse
et vous comprendrez que dorénavant
ce sera toujours l’automne
Algún día hablaré de algo hermoso
Algún día hablaré
de algo hermoso,
de cosas dulces y tiernas,
con una imperceptible tristeza,
una tarde cuando el cielo se llene de belleza,
cuando las casas se vuelvan grises
y todo sea niebla.
Allí, bajo la lluvia,
entre las casas monocromas,
hablaré del imperio
de las hojas de otoño,
pues será octubre.
Tras la niebla,
guardáis silencio,
con el cuello alzado,
las manos frioleras en los bolsillos,
sin luz, como la sombra.
Y la lluvia resbala sobre nuestras cabezas descubiertas,
bajo nuestros cuellos;
dulce y tierna lluvia,
cae sobre las casas, sobre los árboles,
y el cielo se vuelve cada vez más hermoso.
Y la belleza descenderá sobre vosotros
con una imperceptible tristeza,
y comprenderéis que, en adelante,
siempre será otoño.

Agota Kristof (Csikvánd, Hungría, 30 de octubre de 1935 – Neuchâtel, Suiza, 27 de julio de 2011). Poeta, novelista, dramaturga húngara que escribió sus obras en francés. Premio Schiller (premio de literatura suiza)1988. Premio del Estado de Austria de Literatura Europea, 2008. Premio Kossuth del Estado húngaro, 2010.
Hija de Antónia Turchányi, profesora de artes y de Kálmán Kristóf, maestro de escuela.
Agota tiene tres años cuando estalla la Segunda Guerra Mundial. Su primera infancia se desarrolla en Csikvánd, “un pueblecito que no tiene ni estación, ni electricidad, ni agua corriente, ni teléfono” y donde la pobreza y el hambre están omnipresentes. Creció entre gallinas, ocas y patos, en una granja carente de toda comodidad: electricidad, teléfono, agua corriente y pan de cada día. Con la guerra, llegó el hambre a su infancia. Su padre es el único maestro del pueblo y, hasta que es llamado a filas, la “castiga” con frecuencia a leer, lo que ella ya sabe hacer con solo cuatro años. En el último relato de C’est égal, recuerda aquella figura austera a la que nunca llegó a querer realmente: «Jamás paseó mi padre conmigo de la mano».
Cuando tiene nueve, en 1944, un año antes de que finalice la guerra, su familia se traslada a Köszeg.
A los catorce es ingresada en un internado, en Szombathely, muy cerca de la frontera austro-húngara. «Separada de mis padres y mis hermanos, ingreso en un internado de una ciudad desconocida, donde, para soportar el dolor de la separación, solo me queda una solución: escribir… Fue un desgarro terrible. No teníamos permiso para salir, pero yo, los domingos, me escapaba y volvía a casa».
Kristof es buena alumna, destaca especialmente en matemáticas, sin embargo a los dieciocho se casa con su profesor de historia y abandona los estudios. La falta de recursos y formación la llevan a trabajar en una fábrica textil.
En 1956, con veintiún años, atraviesa ilegalmente la frontera hacia Austria con su marido —implicado en la revolución contra el régimen pro-soviético— y su hija de cuatro meses. Solo lleva con ella dos bolsas: una con biberones, pañales y algo de ropa para el bebé, y otra con varios diccionarios de alemán, pensando que se instalarán en Austria. Al otro lado del telón de acero quedan su familia, sus primeros textos, sobre todo poemas, y el diario donde hablaba de sus desgracias en una escritura secreta.
Acogidos en un primer momento en un centro de refugiados de Viena y luego en Lausana —donde los empresarios industriales buscaban mano de obra barata— la autora, su marido y su hija serán finalmente enviados a Valangin, cerca de Neuchâtel, en Suiza, donde Agota vuelve a encontrar el mundo fabril: trabaja en cadena durante diez horas al día en una fábrica de relojes situada en la pequeña localidad de Fontainemelon.
Jornadas de trabajo tristes, veladas silenciosas, salario miserable. Aislamiento. Soledad. Algunos de sus compatriotas no lo resisten. En su obra autobiográfica «La analfabeta» nos deja el relato de como vivían :
“(…) En la fábrica, toda la gente es agradable con nosotros. Nos sonríen, nos hablan, pero no entendemos nada. Aquí es donde empieza el desierto. Desierto social, desierto cultural. (…)
Esperábamos algo al llegar aquí. No sabíamos qué esperábamos, pero ciertamente no era esto: jornadas de trabajo tristes, veladas silenciosas, esta vida solidificada, sin cambios, sin sorpresas, sin esperanza.
Desde un punto de vista puramente material vivimos un poquito mejor que antes. (…) Pero si tenemos en cuenta lo que hemos perdido, es evidente que lo pagamos demasiado caro. (…)
Como explicarle, sin ofenderle, y con las pocas palabras que sé de francés, que su bello país no es más que un desierto para nosotros, los refugiados, un desierto que hemos atravesado para llegar a lo que se llama “integración”, “asimilación”. En ese momento, todavía no sé que algunos nunca lo lograrán.
Dos de los nuestros han regresado a Hungría, a pesar de la pena de prisión que les espera. Otros dos, más jóvenes, solteros, se han ido más lejos, a Estados Unidos, a Canadá. Otros cuatro, más lejos aún: tan lejos como les ha sido posible ir, más allá de la gran frontera. Esas cuatro personas, que formaban parte de mis conocidos, se suicidaron durante los dos primeros años de nuestro exilio. Uno, con barbitúricos; otro, con gas, y dos con una soga. La más joven tenía 18 años. Se llamaba Gisèle. (…)”
Esos suicidios, que parecen una enfermedad infecciosa que se propaga entre los refugiados, inspirarán más tarde su obra de teatro La epidemia.
Por las noches, después del duro día de trabajo y de haber acostado a su hija, sigue escribiendo poemas en húngaro. La monótona cadencia de las máquinas la ayuda a encontrar el ritmo para sus versos. Su poesía es publicada en una prestigiosa revista dirigida por un grupo de disidentes húngaros, pero pronto abandonará el género y la lengua.
Con veintiséis años deja de trabajar para ocuparse de su familia y, tras seguir unos cursos de francés, comienza a escribir teatro en esta lengua.
Su trayectoria literaria comenzó en el terreno de la poesía y el teatro. Y lo hizo desde el exilio: el tema principal en toda su obra. Agota asumió la lengua francesa para su obra y toda su escritura se desarrolló en ese idioma.
A partir de entonces la autora renuncia al húngaro y a la poesía como medios de expresión literaria. Escribir en francés, el idioma que le habían impuesto el destino, la suerte, las circunstancias, es otra forma de exilio. Esta lengua extranjera —“enemiga”, como ella dice— le sirve también para liberarse de sentimentalismos idiomáticos y afilar su escritura, siempre en búsqueda de la palabra justa, esencial.
Agota escribe a mano, sin preocuparse de su ortografía, un poco como le viene, sobre cualquier superficie: hojas de papel, trozos de cartón, facturas, reverso de las cartas recibidas… también en cuadernos. Cuando considera que ya tiene suficiente material, utiliza su máquina de escribir para filtrar y ordenar sus textos.
La fortuna literaria de Kristof comenzó en 1986, cuando su primera novela, escrita en francés, después de ser rechazada por Gallimard, fuera publicada por Du Seuil. La aceptación fue unánime y las traducciones a los principales idiomas no se hizo esperar. El gran cuaderno fue como la tituló y es una trilogía que completan otros dos títulos: La prueba y La tercera mentira. Le sucederían otras novelas igualmente difundidas y traducidas. Una de ellas, Ayer, fue llevada al cine bajo la dirección de Silvio Soldini.
Pasa una rata será su primera pieza teatral. A esta le seguirá John y Joe, la primera escenificada, que se presentó en el Café du Marché de Neuchâtel. “Así comienza mi «carrera» de autora dramática. El éxito de esta obra, representada durante varios meses, me proporcionó en aquella época una gran felicidad y me animó a seguir escribiendo»” .
Desde 1972 se dedica a escribir teatro al ritmo de prácticamente una obra al año. Sus manuscritos, sin embargo, envejecen encima de una estantería. Por suerte, alguien le recomienda que envíe sus textos teatrales a la radio. Entre 1978 y 1983 la Radio Suiza Francófona estrena cinco de ellas, que serán leídas por actores profesionales. Esas primeras obras aparecerán firmadas con el seudónimo de Zaïk —el apellido de su abuela materna, de origen checo—. Unas veces firma Zaïk, otras Zaïk Kristof, algunas incluso como Kristof Zaïk. No firmará como Agota Kristof hasta la llegada de su primera novela El gran cuaderno, publicada en francés, logrando una recepción magnífica y buenas críticas.
El estilo breve, conciso, implacable y minimalista de la escritora empieza a fraguarse en su teatro. El minimalismo de su palabra se deja también ver en los decorados que, al igual que las referencias espaciales y temporales, se reducen al máximo. En algunas obras indica “puede representarse sin decorado”.
La ausencia de nombres propios en varias de sus obras despoja además a sus personajes de una de las principales marcas de identidad. En Pasa una rata, por ejemplo, el nombre deja de ser algo inamovible, cambia según las circunstancias. En La carretera, los personajes son meras cualidades: Cantante, Jardinero, Bailarina, Mujer triste, Mujer alegre, Número 1, Número 2… En La hora gris, simples entes: Ella, Él. Trata así de transmitir la insignificancia del individuo, la ausencia de verdad absoluta, lo aleatorio de la identidad.
La Analfabeta es su obra más autobiográfica. Una obra breve divivida en once capítulos, donde la autora narra sus momentos más significativos con una prosa deliciosa y auténtica, sin cursilerías ni adornos absurdos nos lleva al mundo interior de una mujer migrante que desconoce el francés y sé reconoce como una analfabeta. ¿Cómo encajar de nuevo en el mundo, si las palabras y el idioma que conoce, están diluyendo su significado?
En una entrevista a sus setenta años, Kristof, como en tantas otras oportunidades, volvió sobre el tema, con una reflexión que debería ser meditada por todos los que se asoman a la posibilidad del destierro:
A menudo pienso en eso. Creo que allí (en Hungría) habría sido
más feliz. La gente es más cordial. Tal vez habría escrito más. Aquí pasé
doce años sin poder escribir. En francés no podía y el húngaro
se me iba perdiendo. Y la fábrica… Aunque peor que la fábrica
fue luego trabajar en la consulta de un dentista. En un sitio
no se podía hablar, en el otro no paraba… Mi marido se empeñó
en que nos fuéramos. Muchas veces he pensado que más habría
valido que él hubiera pasado dos años en la cárcel que yo
cinco en una fábrica. Suiza me parecía desierto. La pasé mal.
Agota Kristof comenzó como poeta y terminó como poeta, a pesar de la conocida fortuna de narraciones y dramas. Nunca dejó de lamentar el extravío de sus poemas de juventud . Al final de su existencia, cuando ya había dejado atrás el interés por la escritura, se ocupó de reunir todos sus poemas en un libro con un nada inesperado título: Clavos. Casi todos, menos ocho, escritos en húngaro (el resto de su producción narrativa y dramática, como ya sabemos la redactó en en francés, la “lengua enemiga”) y cuya publicación, por razones no del todo conocidas, tuvo que esperar hasta 2016, cinco años después de su muerte.
Agota murió el 27 de julio de 2011 en su casa de Neuchâtel. Su legado está en los Swiss Literary Archives in Berna.
“No puedo volver a leer mis libros, porque me hieren de verdad, o tal vez sea porque me parezco demasiado a mi escritura seca, negativa, desesperanzada.”
Recibió numerosos premios como :
Premio Europeo de Literatura Francesa por El gran cuaderno, 1986
Premio Schiller (premio de literatura suiza)1988
Ruban de la Francophonie1988,
Prix du livre inter (premio literario de la radio francesa)1992
Premio Alberto Moravia, 1998
Premio Gottfried Keller 2001
Prix Schiller a toda su obra, 2005
Preis der SWR-Bestenliste,2006
Premio del Estado de Austria de Literatura Europea, 2008
Premio del instituto de Neufchâtel, 2009
Premio Kossuth del Estado húngaro, 2010
Enlaces de interés :
https://www.zendalibros.com/los-monstruos-de-agota/
https://prodavinci.com/agota-kristof-clavos-poesia-completa/




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¡Gracias!
¡Larga vida poetica!
Abrazo Hugo