7 Poemas de Francisco de Quevedo

A una adúltera

Sólo en ti, Lesbia, vemos que ha perdido 
El adulterio la vergüenza al cielo, 
Pues que tan claramente y tan sin velo 
Has los hidalgos huesos ofendido. 

Por Dios, por ti, por mí, por tu marido, 
Que no sepa tu infamia todo el suelo: 
Cierra la puerta, vive con recelo, 
Que el pecado nació para escondido. 

No digo yo que dejes tus amigos, 
Mas digo que no es bien que sean notados 
De los pocos que son tus enemigos. 

Mira que tus vecinos, afrentados, 
Dicen que te deleitan los testigos 
De tus pecados más que tus pecados.

7 Poemas de Francisco de Quevedo

Soneto amoroso

A fugitivas sombras doy abrazos; 
en los sueños se cansa el alma mía; 
paso luchando a solas noche y día 
con un trasgo que traigo entre mis brazos. 

Cuando le quiero más ceñir con lazos, 
y viendo mi sudor, se me desvía, 
vuelvo con nueva fuerza a mi porfía, 
y temas con amor me hacen pedazos. 

Voyme a vengar en una imagen vana 
que no se aparta de los ojos míos; 
búrlame, y de burlarme corre ufana. 

Empiézola a seguir, fáltanme bríos; 
y como de alcanzarla tengo gana, 
hago correr tras ella el llanto en ríos.

7 Poemas de Francisco de Quevedo (2)

Poderoso caballero es Don Dinero

Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Nace en las Indias honrado,
Donde el mundo le acompaña;
Viene a morir en España,
Y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
Es hermoso, aunque sea fiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Son sus padres principales,
Y es de nobles descendiente,
Porque en las venas de Oriente
Todas las sangres son Reales.
Y pues es quien hace iguales
Al rico y al pordiosero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

¿A quién no le maravilla
Ver en su gloria, sin tasa,
Que es lo más ruin de su casa
Doña Blanca de Castilla?
Mas pues que su fuerza humilla
Al cobarde y al guerrero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Es tanta su majestad,
Aunque son sus duelos hartos,
Que aun con estar hecho cuartos
No pierde su calidad.
Pero pues da autoridad
Al gañán y al jornalero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Más valen en cualquier tierra
(Mirad si es harto sagaz)
Sus escudos en la paz
Que rodelas en la guerra.
Pues al natural destierra
Y hace propio al forastero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

7 Poemas de Francisco de Quevedo (3)

A un hombre de gran nariz

Érase un hombre a una nariz pegado,
Érase una nariz superlativa,
Érase una alquitara medio viva,
Érase un peje espada mal barbado;

Era un reloj de sol mal encarado.
Érase un elefante boca arriba,
Érase una nariz sayón y escriba,
Un Ovidio Nasón mal narigado.

Érase el espolón de una galera,
Érase una pirámide de Egito,
Los doce tribus de narices era;

Érase un naricísimo infinito,
Frisón archinariz, caratulera,
Sabañón garrafal morado y frito.

7 Poemas de Francisco de Quevedo (4)

Prevención para la vida y para la muerte

Si no temo perder lo que poseo, 
ni deseo tener lo que no gozo, 
poco de la Fortuna en mí el destrozo 
valdrá, cuando me elija actor o reo. 

Ya su familia reformó el deseo; 
no palidez al susto, o risa al gozo 
le debe de mi edad el postrer trozo, 
ni anhelar a la Parca su rodeo. 

Sólo ya el no querer es lo que quiero; 
prendas de la alma son las prendas mías; 
cobre el puesto la muerte, y el dinero. 

A las promesas miro como a espías; 
morir al paso de la edad espero: 
pues me trujeron, llévenme los días.

7 Poemas de Francisco de Quevedo (5)

A un avariento

En aqueste enterramiento
humilde, pobre y mezquino,
yace envuelto en oro fino
un hombre rico avariento.

Murió con cien mil dolores
sin poderlo remediar,
tan sólo por no gastar
ni aun gasta malos humores.

7 Poemas de Francisco de Quevedo (6)

Amor constante más allá de la muerte

Cerrar podrá mis ojos la postrera 
Sombra que me llevare el blanco día, 
Y podrá desatar esta alma mía 
Hora, a su afán ansioso lisonjera; 

Mas no de esotra parte en la ribera 
Dejará la memoria, en donde ardía: 
Nadar sabe mi llama el agua fría, 
Y perder el respeto a ley severa. 

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido, 
Venas, que humor a tanto fuego han dado, 
Médulas, que han gloriosamente ardido, 

Su cuerpo dejará, no su cuidado; 
Serán ceniza, mas tendrá sentido; 
Polvo serán, mas polvo enamorado.

7 Poemas de Francisco de Quevedo (7)

Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos (Madrid, 14 de septiembre de 1580-Villanueva de los Infantes, Ciudad Real, 8 de septiembre de 1645). Poeta, dramaturgo, narrador y político del Siglo de Oro español. Es reconocido como uno de los más notables poetas de la literatura española de todos los tiempos.

Quevedo nació en el seno de una familia de hidalgos provenientes de la aldea de Vejorís (Santiurde de Toranzo), en las montañas de Cantabria. Hijo de María de Santibáñez, dama de la reina, y de Pedro Gómez de Quevedo, secretario de la hermana del rey Felipe II, María de Austria, y más tarde lo fue de la reina Ana de Austria, cuarta esposa del rey Felipe II. La pareja tuvo cuatro hijas y dos hijos, siendo Quevedo el tercero. Nació cojo, con ambas piernas torcidas y una severa miopía; quizá por ello pasó una infancia solitaria y triste  en la Villa y Corte, rodeado de nobles y potentados, ya que, como hemos señalado, sus padres (y algunos otros familiares) desempeñaban altos cargos en Palacio, soportando las pullas de otros niños y entregándose compulsivamente a la lectura. Quevedo tuvo que superartambien el trauma de quedarse huérfano de padre a los seis años (1586), de forma que le nombraron por tutor a un pariente lejano, Agustín de Villanueva, del consejo de Aragón; en 1591, además, cuando contaba once años, falleció su hermano Pedro. 

De precoz inteligencia, lo llevaron al que desde 1609 sería rebautizado por su ampliación Colegio Imperial y en 1625 Reales Estudios de San Isidro, como seminario de nobles, pero entonces llamado Colegio de San Pedro y San Pablo, y allí, entre 1596 y 1600, estudió con los jesuitas lenguas clásicas, francés, italiano, filosofía, física, matemáticas, Gramática, Retórica y Humanidades y donde leyó a Cicerón, Seneca, a quien nombraría muchas veces como “Mi Séneca”, Cesar, Virgilio, Horacio, etc. y donde tradujo a Isócrates, Esopo, Aristófanes o Demóstenes.

El 20 de Octubre de 1596 se inscribe en la Facultad de Artes y Filosofía de Alcalá de Henares y estudia Dialéctica, Física, Lógica, Filosofía etc., hasta Junio de 1600 en que recibe el grado de Bachiller. El 20 de Noviembre de 1600 se matricula en Teología y el 31 de Diciembre obtiene la Licenciatura de Artes y Filosofía.

Entre 1601 y 1605 estudia en la Universidad de Valladolid donde el Duque de Lerma llevo la corte continuando sus estudios de Teología en la Universidad pinciana. Por estas fechas fallece su madre y en 1602 se le ve en Valladolid reiniciando sus estudios de Teología y es entonces cuando hace su primera salida al mundo de las letras, sería en el campo de la poesía en las Flores de poetas ilustres de España recogido en la antología generacional de Pedro de Espinosa en 1603. Tras tres años de estancia en Valladolid su fama como poeta le lleva a mantener correspondencia con los hombres más sabios de España. Su voto era temido en la provisión de cátedras. Conoce a Pablo Rubens, Miguel de Cervantes y sostiene su primer rifirrafe con Luis de Góngora.

Es un lugar común que durante la estancia de la Corte en Valladolid circularon los primeros poemas de Quevedo que imitaban o parodiaban los de Luis de Góngora bajo seudónimo (Miguel de Musa) o no, y el poeta cordobés detectó con rapidez al joven que minaba su reputación y ganaba fama a su costa, de forma que decidió atacarlo con una serie de poemas; Quevedo, o alguien que se hacía pasar por él, le contestó, y ese fue el comienzo de una enemistad que no terminó hasta la muerte de Góngora.

Durante su vida estudiantil, Quevedo escribió en castellano y bajo anonimato algunos opúsculos burlescos, desvergonzados y de mal gusto, de los que luego renegaría, pero que entonces lo hicieron muy popular a través de copias manuscritas que terminaron por abrumar y difamar a su autor, quien se vio obligado a denunciarlas a la Inquisición, no ya para impedir que se difundieran, sino por evitar también que se hicieran ricos a su costa los impresores que empezaron a difundirlas.

El 24 de Enero de 1606 se publican los acuerdos para trasladar la Corte nuevamente a Madrid señalándose el primer Consejo Real en la citada Villa el 6 de Abril de dicho año. Y es entonces cuando Quevedo termina hacia el Otoño el primero de sus Sueños, o sea, El Sueño del Juicio Final y que dedicó al Conde de Lemos, don Pedro Fernández de Castro, alternando esto con algunos rasgos, en prosa y verso, del genero festivo como las Epístolas del Caballero de la Tenaza.

En los albores de 1607, Quevedo comenzó a componer El Alguacil Endemoniado dedicado al marqués de Villanueva del Fresno y Barcarrota que, agradecido, a finales de aquel año le invitó a pasar una temporada en su casa de Villanueva del Fresno en la provincia de Badajoz, en cuyo retiro compuso El Sueño del Infierno, y que acabó a finales de Abril de 1608, con veintiocho años de edad. El resto del año 1608 y casi todo 1609 lo dedicó a la actividad de tipo clásico y erudito. Realizó las correctas versiones de los Trenos de Jeremías, en prosa y del Commonitorio, atribuido a Focílides, en verso; la traducción y comentario de Anacreonte , obras donde resalta el humanista y filólogo doctísimo; y la España defendida, una encendida defensa de la patria. En la versión de Anacreonte cita las obras Odium, en latín y la novela de Alquiles Stacio Alejandrino titulada Amores de Leucipe y Clitofonte, desaparecidas ambas.

A principios de 1609 tiene lugar, en la academia del Colegio Imperial de la Compañía de Jesús, una disertación sobre las Cien Conclusiones o formas de saber la verdadera destreza fundada en sciencia, y diez y ocho contradicciones a las de la común, (Madrid, 1608) que acababa de publicar el maestro de esgrima, que llego a serlo del Rey Felipe IV, don Luis Pacheco de Narváez. Quevedo, que ya criticó en El Sueño del Juicio Final y en el Buscón, su anterior libro de las grandezas de la espada, en que se declaran muchos secretos del que compuso el Comendador Gerónimo de Carranza (Madrid, 1600), contradijo las exposiciones del maestro de esgrima, replicó este, abogando en favor de sus tesis. Se encendieron en la discusión y don Francisco le remitió a la práctica. Y para la prueba convidó al maestro a que tomase con el la espada, el cual, aunque lo excusaba, alegando que la academia se había juntado para pelear con la razón y no con la espada, obligándole, sin embargo, los señores a salir con ella, y al primer encuentro le dio Don Francisco en la cabeza, derribándole el sombrero. Se retiró Narváez enojado y desde entonces fueron enemigos mortales.

Escribe este año de 1609 el Anacreon Castellano (abril de 1609) con dedicatoria al Duque de Osuna con quien trabó gran amistad. Dentro de la actividad frenética de estos años ingresa entre el 2 y el 12 de agosto de 1609 en la Hermandad y Congregación de Indignos Esclavos del Santísimo Sacramento, fundada en el edificio de los Trinitarios Descalzos, por fray Alonso de la Purificación y don Antonio Robles el 28 de Noviembre de 1608 y a la que pertenecían escritores y poetas como Miguel de Cervantes (desde el 17 de Abril de 1609); Salas Barbadillo (desde el 31 de Mayo), Vicente Espinel (desde el 5 de Julio) o Lope de Vega (24 de Enero de 1610). Con motivo de la llegada a Madrid, en Abril de aquel año 1609, de Don Luis de Góngora mantiene Quevedo su segundo rifirrafe con el y a quien dedica algún romance y el conocido soneto que comienza diciendo:

Yo te untaré mis versos con tocino/porque no me los muerdas Gongorilla/perro de los ingenios de Castilla/docto en pullas, cual mozo de camino…

Famosa es la sátira «A una nariz«, en la que se ensaña con el apéndice nasal de Góngora, pues en la época se creía que el rasgo físico más acusado de los judíos era ser narigudos). En su descargo, cabe decir que Góngora le correspondió casi con la misma violencia, tachándole de cojo, borracho («Francisco de Quebebo»), contrahecho y mal helenista:

Anacreonte español, no hay quien os tope, / que no os diga (con mucha cortesía) / que ya que vuestros pies son de elegía, / que vuestras suavidades son de arrope.

No obstante, Antonio Carreira o Amelia de Paz dudan de que dicha enemistad durase demasiado y sostienen que esas controversias eran ejercicios habituales en la poesía barroca; Góngora nunca nombra a Quevedo y las atribuciones de las sátiras a uno y otro son bastante dudosas; a la muerte de Góngora, Quevedo era un escritor casi inédito (pese a lo cual circulaban algo más que muchas copias manuscritas) y, por lo tanto, según el profesor Antonio Carreira, tal enemistad nunca pudo prolongarse demasiado tiempo más allá del desacuerdo entre el estilo conceptista que asumía Quevedo y el culterano que difundía Góngora, verdadera fuente de la mayor parte de estas sátiras y de su extensión en el tiempo, cuya pieza más representativa, Aguja de navegar cultos. Con la receta para hacer «Soledades» en un día (1625), apenas se entretiene en ataques personales.

En 1610, año en que el duque de Osuna es nombrado virrey de Sicilia, el dominico Antolín Montojo deniega a Quevedo la autorización para imprimir el Sueño del Juicio final. En 1611 debe trasladarse a Toledo a causa del pleito que sostiene contra la Torre de Juan Abad, y allí conoce al padre Juan de Mariana. Se gana la amistad de Félix Lope de Vega (hay numerosos elogios a Quevedo en los libros de Rimas del Fénix y Quevedo aprobó las Rimas humanas y divinas, de Tomé de Burguillos, heterónimo del Fénix), así como de Miguel de Cervantes (se le alaba en el Viaje del Parnaso, del alcalaíno, y Quevedo corresponde en La Perinola).

El 12 de Agosto de 1613 se halla en Madrid para procurar cobrar 6.670 maravedis que debían a su madre. Tornó a la Torre a tiempo de recogerse la cosecha, nombró un administrador y partió a finales de Septiembre rumbo a Palermo, reclamado por el Duque de Osuna, Virrey de Sicília desde Abril de 1611. Llegó don Francisco a Palermo a finales de Octubre de 1613 y pronto viajó, con asuntos de Estado, a Niza y Génova. De entonces data su traducción de la Carta del Cardenal Cesar Baronio a Felipe III tocante a la monarquía de Sicília y su Sátira contra los venecianos, bajo el nombre de una carta al archiduque Ferdinando por los uscoques, pueblos de la Croacia, en la frontera de Hungría, quejándose de los venecianos que posteriormente refundió e incluyo en su Mundo caduco y desvaríos de la edad.

A finales de la primavera de 1614 regresaba a Madrid, comisionado por Don Pedro Tellez Girón para conocer la opinión que se tenía del Virrey y de Italia. Volvió en Otoño a Sicília y estuvo presente cuando a finales de Agosto de 1615 se le nombró embajador para traer y presentar al rey don Felipe los pliegos del Parlamento con el último servicio y confirmación de los donativos ordinarios y extraordinarios. A su vez el Duque de Osuna le encargó la misión de conseguirle, por mediación de los duques de Lerma y Uceda el nombramiento de Virrey de Nápoles para el siguiente año.

Las negociaciones de Quevedo avanzaban satisfactoriamente; pero, si bien estaba entregado de lleno a la política, no se olvidaba de las letras, mucho menos en aquellos días en que apareció la segunda parte del Quijote y correspondiendo a los elogios de Cervantes del año anterior, compuso el Testamento de Don Quijote y pocas semanas antes el titulado Don Pereantón a las bodas del príncipe. Conseguidos sus propósitos regresa a finales de Julio de 1616 a Sicília, se traslada a Nápoles con el nuevo Virrey es comisionado nuevamente para trasladarse a Roma donde se entrevista con el Papa Paulo V en Abril de 1617; regresa a Nápoles y en enviado de urgencia a Madrid a donde llega el 24 de Julio.

Por cedula de 29 de Diciembre de 1617, se otorga el titulo de Caballero de la Orden de Santiago a Francisco de Quevedo cuya ceremonia de toma del habito se celebró en Febrero de 1618.

Regresa nuevamente a Nápoles de allí parte, por orden del duque de Osuna a conferenciar en Venecia “una diligencia de gran riesgo” que suponía la toma de Venecia, pero alguien delató la conjura y Quevedo huyó precipitadamente y salvó su vida vestido de pobre y con andrajos y gracias a su conocimiento no solo del italiano sino del dialecto veneciano. Llegó a Nápoles con la mala noticia de los sucesos antes de concluir el mes de Mayo y es enviado inmediatamente a Madrid para deshacer los malos efectos de los asuntos políticos.

En 1617 había comenzado la Política de Dios, gobierno de Cristo nuestro Señor, las negociaciones de su embajada interrumpieron el tratado, y en los albores de 1619 lo prosiguió y dejó a falta de los últimos retoques, que dio, en Torre de Juan Abad en la primavera de 1621. Del año 1619 data asimismo su discurso teológico sobre la primera y mas disimulada persecución de los judíos contra Cristo Jesús y contra la iglesia en favor de la sinagoga que firmó como Toribio de Armuelles y volvió a temas graves con su poema heroico A Cristo Resucitado.

Don Francisco invirtió el resto de 1619 en continuar una obra comenzada en 1609 o 1610: La vida de Fray Tomás de Villanueva.

Llega el Duque de Osuna a Madrid el 10 de Octubre de 1620 e inmediatamente, por orden del duque de Uceda, Quevedo era llevado preso como caballero de Santiago al convento-castillo de Uclés, residencia maestral de la Orden; sin conocerse las causas de su prisión, fue trasladado por mandato del Consejo de las Ordenes, a Torre de Juan Abad, dándole su casa por cárcel con apercibimiento de no salir de la Villa. Concluye su Política de Dios y los acontecimientos vinieron a vengarse por él. El 31 de Marzo de aquel año de 1621 muere Felipe III y en la consiguiente revolución al vencimiento del nuevo Rey, cae con estrépito el duque de Uceda, se salva el duque de Lerma gracias a su capelo de cardenal, cae también el presidente Acevedo y otros muchos personajes. Pero el sayo de la venganza cogió en medio al duque de Osuna que fue detenido el miércoles Santo, 7 de Abril. Estas noticias fueron llegando a Torre de Juan Abad y Quevedo, al ver caídos a Uceda y Acevedo, causantes de su destierro, dio fin a su Política de Dios y, para ganarse la voluntad del Conde de Olivares, nuevo valido del Rey, le remitió la obra en manuscrito con expresiva carta dedicatoria. Escribe la célebre  Carta del Rey don Fernando el Católico al primer virrey de Nápoles y por fin; para no desperdiciar su tiempo en la Torre, el 16 de Mayo, comenzó a redactar sus Grandes anales de quince días, y poco después, según se iban sucediendo los acontecimientos políticos, el Mundo Caduco y desvaríos de la edad. En el proceso contra Osuna es llamado a declarar el 8 de julio de 1621. Se le deja libre con vigilancia y en Septiembre se le retira la vigilancia pero se le impide salir de Madrid y ve salir impreso su Caballero de la Tenaza.

Cuando todo parecía resolverse el 4 de Enero de 1622 se le ordena que salga de Madrid “sin detenimiento alguno” y se fuese a la Torre de Juan Abad. Cae enfermo y se le permite, por no haber medico ni botica, trasladarse a Villanueva de los Infantes. Regresa a la Torre y el 6 de Abril escribe a “Dña. Mirena Riqueza” (Dña. Maria Enríquez), marquesa de Villamagna, remitiéndole y dedicándole el Sueño de la muerte que había escrito en su “Aldea”. Llegado Marzo de 1623, y por intercesión de Olivares, se le levanta el destierro sin que se hallara ni hiciera cargo ninguno. Sale para Madrid donde para ganarse el favor de Olivares le dirige la famosa Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos.

Llegado el año 1624 el Rey Felipe IV inició un viaje a Cádiz para defender las tierras de los ataques de Gran Bretaña y en cuya comitiva iban, entre otros, el Conde de Olivares, el almirante de Castilla, el duque del Infantado, y otros muchos grandes de España y a los que acompañaba, también, Quevedo, quien tuvo el alto honor de alojar al Rey en su humilde casa de Torre de Juan Abad a principios de Febrero de aquel año. La comitiva volvió el 19 de Abril a la corte.

El 25 de Septiembre de 1624 muere en la cárcel el gran duque de Osuna suceso doloroso para Don Francisco que tras la muerte de aquél escribiría cinco de sus mejores sonetos dedicados a su amigo, una poesía y los Dichos y hechos del Excelentísimo señor duque de Osuna en Flandes, Sicília y Nápoles obra perdida por serle sustraída en sus ultimas persecuciones.

Quedaba una rama de las letras aun no cultivada por Quevedo y esa era el teatro. Su primera comedia fue escrita en colaboración con Antonio de Mendoza y Mateo Montero y fue representada en el Real Alcázar el 9 de Julio de 1625. Escribió después muchos bailes (los mejores de nuestro teatro), loas, jácaras, diálogos y entremeses, que siguen la línea de los de Cervantes. Piezas magistrales son La Venta(de viveros), Los refranes del viejo celoso y El Zurdo alanceador. Escribió una tragicomedia, que no llegó a representarse, y una loa para la comedia de Tirso de Molina, Amor y celos hacen discretos, estrenada por Jerónima de Burgos. (“La Roma”) en traje de hombre.

A principios de 1626 asistió con su Majestad a la jornada de Aragón. Hubo cortes en Barbastro, Monzón y Barcelona. Estando en Monzón terminó su Cuento de cuentos y lo dedico el 17 de marzo a su amigo y testaferro don Alonso Mexia de Leiva, oriundo de un pueblo próximo a la Torre de Juan Abad y residente en Segura de la Sierra.

En la primavera de 1627 moría en su ciudad natal el 23 de Mayo, Luis De Góngora. En esas fechas el “cultismo” de Góngora hizo estragos y a las damas de la corte se les había pegado esa jerihabla, dando motivos a Quevedo para escribir su Aguja para navegar cultos y la Culta Latiniparla.

En Enero de 1629 siguió su actividad literaria en Madrid y pronto dedicó al Conde-Duque de Olivares las Obras de Fray Luis de León, acabó su Lince de Italia o zahorí español, opúsculo lleno de la experiencia política de sus años en Sicília y Nápoles y en Octubre de 1629 escribe el Chitón de las tarabillas.

El 2 de Mayo de 1631 vende Quevedo la vara de alguacil de la Torre de Juan Abad, a favor de Andrés González de Quintana, por once mil reales, pagados en dineros, vacas y toros; con cuya cantidad pudo rescatar unas joyas depositadas en el Consejo de Ordenes desde el proceso del Duque de Osuna. Y el 29 del mismo mes establecía un acuerdo con el Concejo de la Torre sobre cuentas, censos, etc., finalizando así, al menos por entonces, los veintidós pleitos que sostuvo con su Villa.

El mes de Junio de aquel año fue invitado por su amigo Don Antonio de Mendoza a escribir juntos una comedia para obsequiar a sus Majestades la noche de San Juan. La titularon Quien más miente medra más e invirtieron en su composición un solo día.

Durante el año 1632 escribe La Perinola. Al doctor Juan Pérez de Montalban la sátira mas celebre del siglo XVII y que causó gran revuelo. Decidió, ante la aparición de obras con su nombre, por la codicia de los libreros, entre ellas la Casa de los locos de Amor y El entremetido don Reimundo; imprimir todas sus obras, saliendo en esta ocasión en defensa de las obras de Luis de Góngora, demostrando su nobleza.

Decidido a editar todas sus producciones, aquel año de 1633 fue uno de los más prolíficos de Quevedo. A principios de él, recogió los materiales antiguos de su Doctrina moral del conocimiento propio, le adicionó dos tratados, el Modo de resignarse en la Voluntad de Dios nuestro Señor y La Doctrina para morir, o sea, la Prevención para la muerte; limó todo, lo refundió completamente y la dio por titulo La cuna y la sepultura.

Viaja en Marzo a Medinaceli, cercano a la Villa de Cetina y a la vuelta pierde a su hermana doña Margarita que había otorgado testamento en Madrid el 28 de Marzo de 1633 y siendo enterrada en la iglesia del convento real de Santo Domingo.

A fin de descansar viaja de nuevo a La Mancha, para unos días en Villanueva de los Infantes donde escribe una traducción de Séneca con el título De los remedios de cualquier fortuna dándole fin el 12 de Agosto en esta ciudad. Inmediatamente, y ya en la Torre de Juan Abad, empieza a escribir la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales y que le ocupó hasta el mes de Octubre. A finales de éste mes vuelve a Madrid, y sin apenas descansar se puso a recoger y refundir antiguos escritos suyos, como el Discurso de la vida y tiempo de Focílides y el Nombre, origen, intento, recomendación y descendencia de la doctrina estoica, tradujo el Manual de Epicteto y con todos éstos materiales formó un solo volumen: Epicteto y Focílides en español con consonantes. Con el origen de los estoicos, y su defensa contra Plutarco y la defensa de Epicuro contra la común opinión. Dedicó la obra en Madrid a 12 de Enero de 1634, a su buen amigo Don Juan de Herrera y la segunda parte o Defensa de Epicuro, a Rodrigo Caro, también amigo suyo.

A 26 de Febrero de 1634, servata forma Concilii tridentini, fueron casados por palabras de presente don Francisco de Quevedo, señor de la Villa de Juan Abad, del reino de Castilla, con la señora desta villa de Cetina… Así rezaba el documento matrimonial de Quevedo de 54 años con Doña Esperanza de Mendoza que pasaba los 50 años con tres hijos. En Cetina comenzó a escribir la Virtud militante contra las cuatro pestes del mundo, Envidia, Ingratitud, Soberbia y Avaricia, cuyo primer tratado, Envidia firmó allí el 5 de Abril de 1634. Y en cetina permaneció hasta finales de Abril y ya el 4 de Mayo se encuentra en Madrid en donde comunica al duque de Medinaceli su intención de ¡pleitear en Zaragoza! ¿Por qué? Por la dote de su mujer y que tras muchos avatares ni la injerencia del duque logró que Quevedo, tras perder los ochocientos ducados de renta que gozaba por la Iglesia del Caballerato, consiguiera cobrar los réditos de la dote de su mujer. Quevedo no la recuerda en ninguna de sus cartas a partir del 1º de Julio de 1634 y doña Esperanza en los documentos que firmó se llamó siempre viuda de su anterior marido, a excepción de uno, quizá por descuido del escribano, en que se la denomina “Señora de la Torre de Juan Abad”. Poco más de dos meses moraron juntos don Francisco y su esposa que se separaron definitivamente a últimos de 1636. Doña Esperanza murió en la fortaleza y palacio de Cetina el 30 de Diciembre de 1641, mientras él se encontraba preso en San Marcos de León.

A finales de Octubre parte, de nuevo, para su Torre de Juan Abad, mas triste que nunca, sin ilusiones, sin mujer y perdidos los ochocientos ducados anuales de renta eclesiástica. ¡Había echo un negocio redondo! Si llevaba algún dinero era de la venta realizada el 24 de Agosto, de sus dos casas en Madrid. No le que daban mas bienes que el censo de su Villa y el traspaso de los privilegios de sus libros.

En los primeros meses de 1635, Quevedo mantiene una abundante correspondencia con su amigo Sancho de Sandoval, residente en Béas de Segura (Jaén), dando a conocer en una de ellas el día en que nació, dato que se ignoraba. Vuelve a Madrid el 17 de Marzo, con la intención, manifestaba por él de regresar inmediatamente a la Torre, pero los acontecimientos le entretienen y el 6 de Junio de 1635, el Rey Luis XIII de Francia, declara la guerra a España.

Escribe, entonces, Quevedo su carta al serenísimo, muy alto y muy poderoso Luis XIII, Rey Cristianismo de Francia, por orden de Felipe IV, y en donde atacaba a la nación vecina, haciendo hincapié en la conducta inconsecuente y engañosa observada por los franceses con los españoles.

Por aquella época todavía perduraban y sangraban las heridas tras la publicación de La Perinola y todos sus enemigos se conjuraron y unieron para la batalla general: el maestro de armas Luis Pacheco de Narváez, Juan de Jáuregui, Pérez de Montalbán, Diego Niseno y otros, sacaron a la luz un libelo titulado El Tribunal de la justa venganza, erigido contra los escritos de D. Francisco de Quevedo, maestro de errores, doctor en desvergüenzas, licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades, catedrático de vicios y protodiablo entre los hombres.

Se publicó con el seudónimo de “El Licenciado Arnaldo Franco- Furt” a finales del otoño. Pacheco de Narváez (Franco- Fort) simula escribir en Sevilla y oculta el nombre de sus cómplices. No contestó Quevedo, pero sí, enterado de que el principal de los autores era Pacheco Narváez, mandó prenderle y este fue preso.

Escribe en aquellos días cuatro ensayos que integraron la segunda parte de la Virtud Militante y la chispeante Visita y anatomía de la cabeza del Cardenal Armando de Richelieu, hecha por la escuela medica de Montpellier y posteriormente compuso otra sátira, mas graciosa aun, compendio de todas sus ingeniosidades, el Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado, dirigido al hombre mas maldito del mundo.

En Noviembre de 1635 deja la corte y se instala en la Torre de Juan Abad Aprovecha para componer los tres últimos tratados de la Virtud militante y que anunció desde la Torre el 4 de Febrero de1636. Permaneció en su Torre de Juan Abad tres meses mas y escribió en ella todavía su magna obra La hora de todos y la Fortuna con seso, que terminó y que no firmó sino con su anagrama Nifroscaucod Diuque vasgello (Don Francisco de Quevedo y Villegas) el 12 de Marzo partiendo a mediados de Mayo para Madrid y su estancia es aprovechada por los escritores zaheridos en La Perinola para atacarle con nuevas invectivas. Don Francisco les contestó a todos, por última vez, con un gracioso romance que comenzaba:

Muchos dicen mal de mí,
Y yo digo mal de muchos,
Mi decir es mas valiente,
Por ser tantos y ser uno.

Pero Quevedo se cansa en Madrid y anhelando su Torre vuelve a ella a finales de Octubre, llegando a su villa el 4 de Noviembre y se pone enseguida a trabajar. Compone primero el Breve compendio de los servicios de Don Francisco Gómez de Sandoval, segundo duque de Lerma, después, la Relación en que se declaran las trazas con que Francia ha pretendido inquietar los ánimos de los fidelísimos flamencos a que se rebelasen contra su rey y señor natural. Se encontraba en plena labor cuando es reclamado por el Conde- duque. Se desconoce el motivo de tan apresurada llamada, pero tras un tiempo en Madrid, quiere salir de nuevo hacia la Torre, aunque, atendiendo las solicitudes del duque de Medinaceli, marcha con el en Abril de 1637 a su palacio de Cogollludo. Le sientan mal las aguas y en mayo cae gravemente enfermo, rechaza los médicos del duque, acorde con sus principios, y está a punto de fallecer aunque luego dirá que sanó por no curarse. Pero desde mayo hasta principios de diciembre no se encuentra con fuerzas para marchar a su Torre de Juan Abad en donde puede abandonar al fin la muletilla, hacer pinitos, andar a trompicones, irse restaurando y escribir.

Ante la situación política con Portugal y Francia, Quevedo regresa a Madrid en Mayo de 1638. El 7 de Septiembre se derrota a los franceses y Quevedo escribe poco mas tarde La sombra de Mos de la Forza se aparece a Gustavo Horn, preso en Viena, y le cuenta el lastimoso suceso que tuvieron las armas de Francia en Fueterrabía.

Regresa de nuevo a la Torre en Diciembre, pero apenas había tenido tiempo para descansar, cuando recibió orden del Rey y un propio del duque de Medinaceli para que marchase a Madrid. A toda prisa se dirigió a la Corte el 16 de Enero de 1639. Se hospeda en el palacio del duque, quien, sin duda trataba de consultar a Quevedo sobre el nombramiento que acababa de recibir de virrey de Aragón. El duque rechazó el nombramiento, curiosa coincidencia con Quevedo de no querer aceptar puesto alguno que les supusiera ser cómplices de la política del Conde-Duque. Sucede entonces a primeros de Diciembre que El Rey, al sentarse a la mesa, halló debajo de la servilleta el Memorial que comenzaba:

Católica, sacra y leal majestad,
Que Dios en la tierra os hizo deidad;
Un anciano pobre, sencillo y honrado,
Humilde os invoca, y os habla postrado.

Llamado el Conde-Duque, se practicaron averiguaciones y no tardó en presentarse el traidor, delatando a Quevedo. Sea quien fuere el delator, el Rey determinó prender a Quevedo, y el Conde- Duque darle un castigo ejemplar.

Quevedo supo el nombre de su delator pero siempre guardó silencio sobre el mismo, quien, ordenada la prisión para la noche del día 7 de Diciembre, tuvo la inconcebible desvergüenza de pasar “toda la tarde” con Don Francisco, “haciéndose guarda de sus miedos” en palabras de Quevedo. A las once de la noche al palacio del duque de Medinaceli dos alcaldes de corte, y con gran silencio y secreto, mientras uno de ellos fue a hablar al duque de parte del Rey, otro prendió a Quevedo, que se hallaba acostado, haciéndole vestirse a toda prisa y sin darle tiempo siquiera a ponerse camisa y capa a pesar del frío intensísimo. Se registraron vestidos, escritorios y cofres, se incautaron todos sus papeles. Sacaron al preso en coche hasta el Puente de Toledo, donde esperaba la justicia para acompañarle a San Marcos de León, perteneciente a la Orden de Santiago. Al cruzar el Puente de Toledo y ver al insigne escritor tan desabrigado, a su edad, tiritando de frío, Robles le proporcionó un ferreruelo de bayeta y dos camisas y uno de los alguaciles de corte, unas medias de paño, aliviándose un poco. Ni aun en la cárcel Quevedo, descansaron sus enemigos que pidieron al Conde- Duque su cabeza. El 10 de Enero de 1640 le quitan la jurisdicción de la Torre de Juan Abad y en Febrero sale desterrado de Madrid, el duque de Medinaceli. No hay la menor noticia de don Francisco en los seis primeros meses de su prisión en que empieza a escribir La constancia y paciencia del Santo Job, venía más que a propósito para su estado. No tardaron los acontecimientos políticos en darle la razón; el 7 de Junio de 1640 sucedía en Barcelona la triste jornada del Corpus de Sangre; el 4 de Diciembre se alzaba en rebeldía Portugal; en Andalucía había problemas con el duque de Medinasidonia; acrecentándose la división de los españoles por la ceguera de conservar en el Poder a un hombre injusto e inepto, al que para su desesperación, le llegaba la noticia de la impresión en Barcelona a mediados de 1641, del célebre Memorial.

Sin que se pudiera dulcificar su prisión Quevedo cae gravemente enfermo al sentirse morir, tuvo la debilidad de solicitar clemencia al Valido. El 7 de Diciembre de 1641 remitió a Olivares un memorial que no surgió efecto alguno y solo se suavizó tras la intervención del Padre jesuita Pedro Pimentel y el también jesuita Mauricio de Attdo, quien le visitaba a menudo.

A pesar de los rigores y los infortunios siguió su labor literaria en prisión escribiendo, si bien bajo seudónimo, los opúsculos Descifrase el alevoso manifiesto con que previno el levantamiento del duque de Berganza con el Reino de Portugal don Agustín Manuel de Vasconcellos y La rebelión de Barcelona no es por el huevo ni es por el fuero. Por aquellos días escribió El martirio pretensor del mártir, biografía de P. Marcelo Francisco Mastrili y escribió su gran tratado de la Providencia de Dios y que terminó en Diciembre de 1642. Terminaba también un Antídoto en defensa de Arias Montano y comenzó a escribir su Vida de San Pablo Apóstol.

El 23 de Enero de 1643, cae con formidable estrépito, el Conde- Duque, pero no llega la noticia a Quevedo hasta el 2 de Febrero. El 4 de Febrero don Francisco escribe un memorial a Felipe IV, suplicándole se sirviera mandarle desagraviar, pues seguía en prisión sin que se le hiciera cargo ni causa y le sustituyese la libertad, la honra, la hacienda y los papeles.

Era por entonces presidente del Consejo de Castilla don Juan Chumacero y Sotomayor, quien tomó a su cargo salvar al reo y consiguió vencer la resistencia del monarca, ofendido sin duda por los malos informes de Olivares, y, por fin, consiguió el excarcelamiento el 3 de Mayo de 1643.

Quevedo llega a primeros de Julio a Madrid y salen a recibirle el Duque del Infantado, con los de Maqueda y Nájera, a los que se les adelantó don Francisco de Oviedo, secretario del monarca y apasionado de don Francisco. Al ver el deplorable estado de salud, el duque de Medinaceli; le invitó a reponerse en su palacio de Cogollado; en donde residió hasta septiembre que volvió a Madrid haciendo los negocios de Medinaceli y disponiendo la publicación de alguna de sus obras; Marco Bruto y La vida de San Pablo que dedico, en homenaje y acción de gracias, a su libertador don Juan Chumacero.

A Quevedo no le sonrió la fortuna en la vida, como no le sonrió en los amores. Amó a Isabel, junto al Henares, su primera novia. Quiso a Amarilis penó mucho tiempo con Aminta. Luego se aficionó a Tirsis, a Filis, a Laura, a Antonia, a Flora, a Jacinta, a Carilina, a Inarda…, cuyos verdaderos nombres nos son desconocidos y que o le desdeñaron o no arraigaron en su corazón. Poco sabemos de Floris (La Ledesma), y ojalá no supiéramos nada de Doña Esperanza de Mendoza. Sin embargo, hubo otra, Lisi (Luisita de la Cerda, de la casa de Medinaceli), que fue su amor imposible y la que le dejo herido su corazón para siempre. Y es aquí donde conviene destruir la vulgar opinión de aquellos críticos y biógrafos que, con incomprensible ceguera, han tildado de poco tierno y aun de frió en los sentimientos amorosos, a nuestro escritor.

Pero decíamos que, con el corazón roto, sin fuerzas y cansado de Madrid, añora su Torre de Juan Abad, único patrimonio, sus amigos de Infantes y de Beas de Segura, la quietud y el regalo de la caza, parte hacia su “Aldea” a finales del mes de Octubre de aquel 1644. Va tan maltrecho que en Toledo y Consuegra le tienen por muerto, y llega a la Torre con más señales de difunto que de vivo.

En esta situación escribe en la Torre la Segunda parte de Marco Bruto, y a los pocos días, ante lo riguroso del tiempo, su enfermedad y la falta del medico y botica en la Torre de Juan Abad, el 10 de Enero de 1645, se traslada a Villanueva de los Infantes en casa de su amigo, el humanista Bartolomé Ximénez Patón. Pero, hacia el 15 de Abril empeora tanto, que abandona la casa de Ximénez Patón y pasa a, una celda del convento de Santo Domingo y era tal su situación que en el mes de Mayo se habla de su muerte.

Don Francisco quiere parar a Granada, con su concuñado el arzobispo, el medico le aconseja Toledo por su proximidad, pero Quevedo no solo no puede ponerse de viaje, sino ni moverse. Recibe las visitas de sus sobrinos Don Juan Carrillo y Aldrete y Don Pedro Aldrete Carrillo Quevedo y Villegas, que fue segundo señor de la Torre de Juan Abad.

El 21 de Julio recibe Quevedo la noticia de la muerte del Conde-Duque, fallecido en Toro, y aquí si, tuvo fuerzas para escribir a su tocayo Oviedo “Señor don Francisco, yo, que estuve muerto el día de San Marcos, viví para ver el fin de un hombre que decía había de ver el mío en cadenas”.

Pero no se dilató mucho de la muerte de don Francisco el 5 de Septiembre escribía unos renglones a Oviedo. Fue su última carta. Había hecho testamento el 26 de Abril y codicilo el 24 de Mayo. Dispuso que su cuerpo fuera sepultado, por vía de depósito, en la capilla mayor del convento de Santo Domingo, para que de allí le transfirieran a la Iglesia de Santo Domingo el Real de Madrid, al sepulcro de su hermana Margarita. Funda un mayorazgo que lega en su sobrino don Pedro Alderete.

Era el 8 de Septiembre de 1965 cuando expiraba don Francisco de Quevedo y Villegas, Caballero de la Orden de Santiago y Señor de la Torre de Juan Abad, días antes de cumplir 65 años. Sus amigos no respetaron su voluntad y de acuerdo con varios documentos históricos, sus restos estaban depositados en la cripta de Santo Tomás de la parroquia de Andrés Apóstol en la Capilla de los Bustos en la localidad de Villanueva de los Infantes donde murió.

Han tenido que pasar siglos para que en 2017 se identificasen sus restos en la parroquia de Villanueva de los Infantes y se confirmase así que nadie cumplió la voluntad del escritor de ser enterrado junto a su hermana.

La obra poética de Quevedo, que está constituida por unos 875 poemas, presenta ejemplos de casi todos los subgéneros de su época: poesía satírico-burlesca, amorosa, moral e inmoral, una parodia de la poesía heroica (el Poema de las necedades y locuras de Orlando, no concluido), poemas de circunstancias, descriptivos, religiosos (entre los cuales destacan sus impresionantes Salmos) y fúnebres. Pero además incluye poemas metafísicos y filosóficos de carácter neoestoico. Casi la mitad sus textos son satíricos; si a ello se le añade el hecho de que muchos de ellos circularon públicamente en vida del autor a través de copias manuscritas, se explica la fama de crítico severo y mordaz de su época con que se conoce, en parte, a Quevedo.

La primera impresión de sus poemas tuvo lugar en 1605, en la antología conocida con el nombre de Primera parte de las flores de poetas ilustres de España; incluye diecisiete poemas. Pero el resto fue publicado en forma póstuma en dos obras: El Parnaso español (1648) y Las Tres Musas Últimas Castellanas (1670). También se conservan dos manuscritos que coleccionaron sus obras: el llamado Cancionero antequerano y el Cancionero de 1628.

El cantautor español Paco Ibáñez musicalizó cuatro poemas de Quevedo: las letrillas satíricas «Poderoso caballero Don Dinero» y «Es amarga la verdad» y el cómico romance «Pinta a un doctor en medicina que se quería casar»

Enlaces de interés :

Fuente de la Bio: Fundación Francisco de Quevedo : http://www.franciscodequevedo.org

http://www.cervantesvirtual.com/portales/francisco_de_quevedo/

https://poetryalquimia.org/2018/09/14/francisco-de-quevedo-visual

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