7 Poemas de Sándor Petőfi

Al final de septiembre

Aún florecen los jardines en el valle; 
El álamo verdea ante mi ventana. 
Mas… mira allá: ¿ves el reino invernal? 
Un manto níveo cubre la montaña… 
En mi joven corazón el dorado verano 
reina aún, con plena primavera, 
pero la helada mano del invierno 
encanece mi oscura cabellera. 
Se marchitan las flores… Se extingue la vida… 
¡Siéntate sobre mi regazo, adorada! 
Si hoy tu cabeza descansa sobre mi pecho 
quizás llorarás sobre mi tumba mañana… 
Oh, dime: si antes moriré, ¿cubrirás 
mis restos con lienzo sepulcral, dolorosa? 
¿Dejarías mi nombre si el amor retorna? 
¿Me olvidarías por su llama fogosa? 
Si, ya viuda, tu velo un día caerse dejaras 
sobre mi lápida, ponlo cual bandera oscura; 
Saldré de mi tumba, llevándolo conmigo 
al mediar la noche, en la triste hora… 
Con tu velo de viuda secaré mi llanto 
por ti, que tan pronto me has olvidado; 
Vendaré con él mi corazón sangrante 
que aún, desde Allá, para siempre, te sigue amando.

La llanura

Romántico paisaje de pinares
en los abruptos Cárpatos,
tus valles admirables y montañas
no iluminan mis sueños.

Es en el llano extenso como el mar
donde mi hogar está
y mi alma libre vuela como un águila
por la estepa infinita.

Vuelan mis sueños sobre la ancha tierra,
desde las nubes veo
el sonriente paisaje que se extiende
desde el Tisza al Danubio.

Grandes rebaños, al son de los cencerros,
avanzan bajo el sol.
El pozo les espera, en Kis-Kunság
con amplios bebederos.

Galopa la yeguada, su redoble
viene en alas del viento,
resuenan las pezuñas entre los gritos
y el chasquido del látigo.

El trigo ondea, junto a las aldeas
bajo la brisa suave,
con sus vivos colores de esmeralda
el panorama brilla.

Del cañaveral vecino, en el crepúsculo,
llegan tímidos gansos,
si las cañas se agitan con el viento
alzan pronto el vuelo.

Más allá de los pueblos, en la estepa,
solitaria posada
espera a los sedientos bandoleros
camino a Kecskemét.

Tras la posada, un breve bosque de álamos
se alza en el arenal,
libre allí mora el chillador cernícalo
y nadie le persigue.

Tristemente vegeta la mimosa
y las flores del cardo
sombra y descanso dan a los lagartos
cuando arde el mediodía.

Desde lejanos árboles frutales
se alza la bruma azul
y unas torres remotas se dibujan
como iglesias de niebla.

Llanura hermosa, al menos para mi alma,
aquí nací, mi cuna
se meció aquí, cuando un día me muera
aquí mi tumba quede.  

Dias ensangrentados los que sueño

Días ensangrentados los que sueño,
días que el mundo van a derrumbar

y sobre los escombros de este mundo

vetusto, el mundo nuevo erigirán.


¡Ojalá que ya suene, que ya suene

la tronante trompeta de batalla!

¡El son de la pelea, el son guerrero

cuánto lo anhela mi alma arrebatada!


¡De un salto me coloco alegremente

en el lomo ensillado de mi potro,
entre las huestes de los adalides

galoparé borracho de alborozo!


Si mi pecho llegara a ser herido,

alguien sin duda vendará mi pecho,
alguien capaz de suturar sus bordes
con el bálsamo dulce de su beso.


Y si me atrapan alguien ha de haber

que venga hasta mi oscura bartolina

y la ilumine toda con sus ojos

brillantes como estrellas matutinas.

(Berkesz, 6 de noviembre de 1846) 

Versión de Fayad Jamís

Tú fuiste mi única flor

Tú fuiste mi única flor;
Ya, marchita, mi vida es un desierto.

Tú fuiste luz de mi esplendente sol;

Apagada, yo en noche me convierto.

Tú fuiste el ala de mi inspiración;

Rota, ni puedo ni volar ansío.

Tú fuiste de mi sangre único ardor;

Ya fría estás, y muérome de frío.

(Pest, enero de 1845) 

Versión de Juan Luis Estelrich

Tiembla el arbusto…

Tiembla el arbusto, porque
se posa la avecilla;
Si a mi recuerdo llegas,
¡Ah!, tiembla el alma mía.
A mi recuerdo llegas,
chiquilla, como el ave,
y eres de este gran mundo
el más grueso diamante.

Henchido va el Danubio,
sus márgenes rebasa;
Tampoco hay en mi pecho
lugar para mis ansias.
¿Me quieres, mi rosal?
Es tanto lo que te amo
que ni tu padre y madre
pueden quererte tanto.

Cuando nos vimos juntos,
¡qué grande era tu afecto
en el ardiente estío…;
Mas hoy es frío invierno!
Si es que ya no me quieres,
el Señor te bendiga; 
Mas si aún amor me guardas,
mil veces más bendita.

(Pest, 20 de noviembre de 1846) 

Canto nacional

¡Alzad, madgiares, que la Patria os llama!
¡Ahora o nunca! El momento ha llegado
y hay que elegir, pues éste es el dilema,
entre ser libres o seguir esclavos.
¡Por el Dios de los húngaros juremos,

que ya en la esclavitud no seguiremos!

Si siervos fuimos ya, y nuestros mayores
a esclavitud se vieron condenados,

los que libres vivieron y murieron
yacer no pueden bajo suelo esclavo

¡Por el Dios de los húngaros juremos,

que ya en la esclavitud no seguiremos!

Hombre ruin ha de ser y miserable
el que no ose morir, si es necesario;
El que egoísta, acaso haya antepuesto
su despreciable vida al honor patrio.

¡Por el Dios de los húngaros juremos,
que ya en la esclavitud no seguiremos!

¡Cuánto es mejor que la cadena el sable!
¡Cuánto más noblemente adorna el brazo!
En lugar de arrastrar más las cadenas,
el viejo sable esgrima nuestra mano.
¡Por el Dios de los húngaros juremos,
que ya en la esclavitud no seguiremos!

Y volverá otra vez el nombre húngaro
digno a ser ya de su esplendor pasado,
y de baldón y oprobio lavaremos
aquello que los siglos mancillaron.
¡Por el Dios de los húngaros juremos,
que ya en la esclavitud no seguiremos!

Y allí donde se eleven vuestras tumbas,
nuestros nietos caerán arrodillados,
y allí, a la par que la oración bendita,
el nombre nuestro asomará a los labios.
¡Por el Dios de los húngaros juremos,
que ya en la esclavitud no seguiremos!

(Pest, 13 de marzo de 1848) 

Canción de lobos

Ruge y retumba ronca la tormenta
por la enlutada bóveda del cielo,
y sobre el dorso de impetuosas ráfagas
cabalgan las deidades del invierno.

En el frígido erial donde vagamos
sin acierto buscando alguna senda,
ni un arbusto descubre la mirada
que el suspirado abrigo nos ofrezca.

Allá en la cueva el hambre que nos mata,
y fuera de ella el frío que nos hiela:
entrambos, como rudos cazadores,
sin piedad nos acosan por doquiera.

Y júntaseles otro en la batida:

del cargado fusil la saña fiera
deja sobre la nieve señaladas
con nuestra roja sangre nuestras huellas…

Tenemos frío, sí; tenemos hambre
y el mortífero plomo nos asedia;

Pero, ¿qué importa?… En cambio somos libres
¡Oh santa Libertad! ¡Bendita seas!

(Buda, enero de 1847) 

Sándor Petrovics, Sándor Petőfi (Kiskőrös, Hungría, 1 de enero de 1823 – Rumania, 31 de julio de 1849). Poeta y combatiente independentista.

Se educó en escuelas luteranas y evangélicas de Kecskemét y Pest y en el instituto de Aszód hasta los 16 años. En esa época su familia se arruinó por uno de los desbordamientos del Danubio, lo que obligó al futuro poeta a abandonar sus estudios y a intentar ganarse la vida trabajando como actor.

Inició muy joven su trayectoria literaria, creando una poesía revolucionaria en temas y formas respecto a la tradición poética de su país. Los temas fundamentales de su lírica fueron el amor y la libertad.

    En 1842 publicó su primer poema con el nombre de Sandor Petrovics, con el apellido de origen eslavo de su padre, pero ese mismo año lo cambió por el de Petöfi, que pretende ser su traducción húngara: “Petrovics (eslovaco) = hijo de Pedro = Petöfi (húngaro)”. De hecho, desde sus primeras obras y a pesar de su ascendencia, Petöfi se sintió siempre muy vinculado al nacionalismo magiar y llegó a ser el principal inspirador de los grupos radicales revolucionarios que propugnaban la independencia del Reino de Hungría fuera del imperio austríaco. Dos años después, en 1844, tras encontrar un empleo de periodista en Pest, publicó su primera colección de poemas que incluye el poema heroico-cómico El martillo del pueblo, con el que obtuvo gran éxito. En 1847 se casa con Julia Szendrey, con la que tuvo un hijo, pero de inmediato, en 1848, año de la revolución húngara contra los Habsburgo, se pone a la cabeza de la “juventud de Pest” y es uno de los jefes espirituales de la revuelta. En 1849 Sandor Petöfi desapareció en el campo de batalla de Segesvár, probablemente muerto bajo el fuego enemigo, tal y como había profetizado en sus poemas.

Obras principales:

A borozó “El bebedor de vino”(1842)

    Befordúltam a konyhára… “Volví a la cocina…”(1843)

    Az alföld “La llanura”(1844)

    János vitéz “Janos, el héroe” (1845)

    Fa leszek, ha… “Yo sería un árbol…”(1845)

    Egy gondolat bánt engemet “Un pensamiento me atormenta” (1846), poema revolucionario.

    Az apostol “El apóstol”(1848), poema narrativo.

    Nemzeti dal “Canto nacional” (1848), poema revolucionario.

Enlaces de interés :

 https://www.literaturaeuropea.es/autores/antologia-de-liricos-romanticos/petofi/

https://impedimentatransit.blogspot.com/2010/09/sandor-petofi.html



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