10 Poemas de Natalie Diaz

Hacia las puertas amaranto del amor y de la guerra

Esta noche la ciudad es destello.
               Lo que queda de un temporal de Agosto
es calor y humedad.  Tras la ventana abierta,
               la farola es una colmena en miel que podría cortar
con mi mano, mi palma un pozo de luz.

               En la televisión, bombas como campanillas de plata
tañen sobre un horizonte borroso—
               Lo único que sé sobre la guerra es vence
¿Qué es un muro sino un objeto que hay que empujar?
               ¿Qué es una alcoba sino un epicentro
de saqueo?  ¿Y qué puedo hacer con cien hogares
               sino abandonarlos como cartuchos gastados del deseo?

El zumbido de las ardientes, moléculas azules de ozono—
               un hipotálamo de clarines de caballería—
me llama para algo—tú,
               tan dispuesta a ser triturada.  Podría morirme.
Me inclino, te beso sentada en el sofá,
               imagino que estamos tendidas 
sobre aquel desierto enjoyado de escombros—
               la única aflicción es tu boca,
solo me duele no llegar a tu fondo—
               las explosiones son contra nosotras.

La guerra solo es
               un recordatorio de Misa.
El tañer de las campanas, tus suspiros.
               Las bombas, un carnaval de cuerpos, de tacto,
de todas las cosas que queremos disfrutar—
               un trozo de manzana empapado en vinagre,
una naranja roja henchida como un pecho—
               ellos que mendigan dientes.

Te quiero así—lo justo para crujirte 
               rumbo a un silencio hecho de pedazos de plata.

Allá afuera, los autos corren por las calles resbalosas.
               Mi boca está en tu cadera—
daría la vida por arrancar solo este pedazo tuyo,
               por vaciar tu brillante vestido sobre el piso,
mientras las largas y sombrías piernas de las bombas,
               me llevan a las puertas amaranto de la ciudad.

Ya no le llamo dormir.
Me arriesgaré a perder algo nuevo

como si quien pierde su luna rosada, la soltara.

Pero a veces, cuando me empeño en algo…en una maravilla, un dolor o una

línea de ella, es una tediosa y podrida
fruta de la que desprenderse,

a pesar de mi temblor.

Déjame decirle a la ansiedad, deseo, entonces.
Déjame decirle jardín.

Quizás esto es lo que quiso decir Lorca
cuando dijo, verde que te quiero verde —

porque cuando llega la sombra de la noche,
soy un campo lleno de eso, de cualquier preocupación lista para florecer en mi

pecho.

Mi mente en la oscuridad it’s a beast, desenfocada

hirviendo. Y si no está enyugada hasta el cansancio

debajo de la cadera y el arado de mi amante,
entonces soy otra noche vagando por el campo del deseo

desconcertada en su tenue resplandor verde,

bramando el prado entre la medianoche y la mañana.
El insomnio es así como la primavera: sorprendente
y con muchos pétalos,

la patada y el brinco de saltamontes dorados en mi frente.

Estoy golpeada en las hechizadas horas de la miseria.

Quiero su vida verde. Ella dentro mío
en una hora verde que no puedo detener.
Una vena verde en su garganta como un ala verde en mi boca

espina verde en el ojo. La quiero como un río, serpenteando.
Verde en movimiento verde, en movimiento.

Tan rápido como eso, así es como sucede:
I am a sleepwalker.

Y aunque dijiste que hoy te sentías mejor
y es tan tarde en este poema, está bien ser franca
para decir que no me siento bien

para pedirte que me cuentes una historia
sobre la hierba dulce que plantaste y cuéntala de nuevo
o, de nuevo:

hasta que pueda oler su dulce humo,
deja este campo trillado y sé delicada.

Alumno de primeras letras precisa examen más minuciosa de la subyugación serafímica anglicana de una reserva de indios salvajes

Los ángeles no vienen a la reserva

Murciélagos, tal vez, búhos o cuerpos moteados

También coyotes.  Todos ellos significan lo mismo—

muerte.  Y la muerte

come ángeles, supongo, porque nunca he visto un ángel

volar sobre este valle.

¿Gabriel? Nunca lo oí nombrar. Aunque conozco a un tipo llamado Gabi—

pasó por aquí para un powwow  y se quedó, típico

indio.  Seguro que tenía alas,

preso como era .Vuela en carros robados.  Donde quiera que llega,

niños crecen como calabazas en los vientres de las mujeres.

Como ya dije, ningún indio, que yo sepa, ha sido o ha visto nunca un ángel.

A lo mejor en un desfile de Navidad o algo así—

la iglesia Nazarena hace uno cada diciembre;

lo organiza la esposa del Pastor John.  Por supuesto,

el hijo del Pastor es el ángel—todo el mundo sabe que los ángeles son blancos.

Basta de pensar en ángeles-digo.  A los indios no les sirven.

¿Recuerdas lo que pasó la última vez

que cierto dios blanco vino, flotando en el océano?

La verdad, puede que haya ángeles, pero si hay ángeles

allá arriba, viviendo en las nubes o sentados en tronos sobre el mar, cubiertos

por mantos de terciopelo y anillos de oro, bebiendo whisky en copas de plata,

nos conviene que sigan ricos y gordos y feos, y

que se queden ahí-mismo, donde están—en sus lejanos cielos.

Más te vale nunca ver ángeles en la reserva Si algún día los ves,

te llevarán con ellos

a Sión u Oklahoma, o algún otro infierno que habrán diseñado para nosotros.

Mi hermano, mi herida

Él llamaba a los toros de la calle.
Ellos entraron como un río oscuro,
un aluvión de pechos y pezuñas.
Todo moviéndose debajo, destrozando. Engarzaron
sus cuernos por entre las paredes. La luz zumbó
por los agujeros como avispas con pintas amarillas. Mi boca
era un nido vacío destrozado.

Después, él estaba en la mesa.
Después, en las quijadas de un cerdo.
No estaba hambriento. Era una parada.
Era una manzana podrida. Se estaba atragantando.

De modo que le di un puñetazo en el estómago.
Marte salió volando
y se abrió o floreció.
¿Cuántos pequeños ojos rojos cerrados en las hojas?

Dijo: Miren. Miren. Y miraron.

Me dijo: Álzate la blusa. Y me la alcé.

Me deslizó su tenedor en las costillas.
Sí, cantó. Una herida en el costado de Jesús.
No paraba de sangrar.
Metió la mano
y encendió la lámpara.

Nunca supe que yo también era una lámpara, hasta que la luz
se desprendió de mí, se me escurrió por el muslo,
remontó vuelo y se me atragantó como un canario.
Canario en realidad significa canes, dijo.

Se puso los zapatos.
Comenzaste todo esto con la boca, señaló.
¿Adónde vas? le pregunté.
A pasearme en la noria de la feria, me contestó,
y se me subió adentro como una ventana.

Traducción de Miguel Falquez-Certain

(De Postcolonial Love Poem)

Por qué no hablo de flores cuando las conversaciones con mi hermano llegan a silencios incómodos

Perdónenme, guerras distantes, por traer

flores a casa.

             Wislawa Szmborska

En las montañas de Cachemira,
mi hermano baleó a muchos hombres,
hizo estallar cráneos de pieles morenas,
tiñó de carmesí la arena blanca del desierto. 

¿Qué se puede decir a un hombre
que ha recorrido un mundo así,
cuyas manos y cuyos ojos
lo han traicionado? 

¿Había flores por allá?  Pregunté

Esta fue su respuesta:

En una aldea, una turba de hombres
envolvió a una mujer en sábanas.
La mujer no se resistió.
Sus pies descalzos se arrastraban en el polvo.

La acostaron sobre el camino
y la apedrearon.

El primer hombre era su padre.
Lanzó dos piedras, una tras otra.
En el camino, el hermano de la mujer 
le había llenado los bolsillos de piedras.

La multitud era un enjambre
de abejas aturdidas. La andanada
de piedras contra su cuerpo
ahogó sus gemidos.

La sangre estalló en las sábanas
como un racimo de violetas,
como cien rosas en flor. 

Su tumba

Ella solía regresar, goteando agua espesa, de la turbera verde.
Ella caía a mis pies, ella recorría la piel negra
de sus encías, en una espantosa y maravillosa sonrisa–
y yo frotaba con mis manos sus orejas puntiagudas y sus
graciosos codos
y abrazaba el barril de su cuerpo, maravillada ante el modesto
arco perfecto de su cuello.
Necesitamos cuatro de nosotros para cargarla hacia el bosque.
No pensamos en la música,
pero, de todas maneras, empezó a llover
lentamente.
Su medio abalanzarse voraz, por invitación.
Su enorme y señorial satisfacción de haber estado persiguiendo algo.
Mi enorme y señorial satisfacción ante su chapoteo
de felicidad mientras irrumpía
entre los pinos broncos repasando mi cara con su
salvaje, ligeramente musgosa lengua.
¿El colibrí piensa que él mismo inventó su garganta carmesí?
Es demasiado sabio para eso, pienso.
Una perra vive quince años, eso si tienes suerte.
¿Las grullas que gruyen entre las nubes altas
piensan que todo es su propia música?

Una perra viene a ti y vive contigo en tu misma casa, pero no
por eso la posees, como no posees la lluvia, ni los
árboles, ni las leyes que les pertenecen a ellos.
¿La osa vagando arriba en la colina durante el otoño
piensa que ella sola ha imaginado el refugio y el reparo
de su largo sueño invernal?
Una perra nunca puede decirte lo que sabe de los
olores del mundo, pero comprendes, al mirarla, que lo que sabes
es casi nada.
¿La serpiente de agua con su columna de diamantes piensa
que el túnel negro en la orilla del estanque es un palacio
que ella misma ha hecho?
Ella me adelantaba vagabundeando a través de los campos, aunque volvía, o
me esperaba, o estaba en algún lado.
Ahora está enterrada bajo los pinos.
No lo discutiré, ni rezaré por nada más que humildad, y para
no estar enojada.
A través de los árboles pasa el sonido del viento, parloteando.
El olor de las agujas de pino, ¿qué es sino una prueba
de las infalibles energías?
¡Cuán fuerte era su cuerpo negro!
Cuán apto es el lugar de su tumba.
Cuán hermoso es su inquebrantable sueño.
Finalmente,
las resbalosas montañas de amor rompen
sobre nosotros.

(De Dog Songs)

El lamento de Asterión

Tú meándrica—tú riberina y plena—
¿por qué Teseo no pudo ser feliz contigo?
Permíteme ser tu tierna capitana, transportar
el hilo ultramarino que desenredaste
de tu madeja—guiar a los más perdidos a lo largo
del laberinto de tu cuerpo.
Avanza, siempre hacia abajo, dijiste.
Sé que otro nombre para sagrado es agua—
he sufrido el daño abrasante de la sed.
Sólo los que no tienen boca no se ungirían
con tu boca, no descenderían por el verde violáceo
serpenteando el bajío de tu clavícula,
estoy viva y atravieso para beber
en el torrente que fluye del esternón al pezón—
descalza, libre de ropajes, mareada
por las cintas verdiplata que nadan
por tus muñecas. Cómo cada una fluye, derramándose centelleante
en las cuencas ágatas de tus palmas. Naufragaré
en el canal profundo que se curva por las dunas
de tus caderas, hasta llegar a los diques de tus muslos.
En tus manos soy un navío que se aproxima,
un barco vacío, deseoso de ser timonel o timoneado,
anclado, atado—encadenado y pleno.
Más peregrinaje que vagabundeo. Más compasión
que asombro. Seguiré este mapa húmedo de ti
a lo largo de lo que sea que quede de los pasillos de mi vida.
Y si logras cerrar los ojos ante el Minotauro
que hay en mí, con cuernos retorcidos y pesados, podré encontrarte.
Avanza, siempre hacia abajo, lo haremos,
para belleza y satisfacción del apetito del monstruo.

Cuando mi hermano era un Azteca

vivía en el sótano y sacrificaba a mis padres
cada mañana. Algo espantoso. Imperdonable.
Pero ellos volvían por más. Lo amaban, era cuanto podían decir.

Todo comenzó con él rebotando por la Avenida de los Muertos,
mis padres caminando detrás como efigies en una procesión,
él podía arder sobre el piso en cualquier momento. Ellos no sabían

qué mas hacer salvo estar ahí para recogerlo cuando muriera.
Olvidaron quién estaba muriendo, quién estaba ya muerto. Mi hermano
dejó de ponerse la camisa cuando un carnaval de mujeres de pechos sucios

lo convirtió en su líder, siguiéndolo arriba y abajo de las escaleras.
Eran acróbatas, ondulaban, sacudiéndose como serpientes. Lo alimentaban
con diamantes molidos y fuego. Él devoraba sus regalos. Mis padres

le suplicaban que les arrancara los ojos. Él se creyó
Huitzilopochtli, un dios, mitad hombre, mitad colibrí. Mis padres
a sus pies, eran rotos chupadores de miel. Él les acercó su boca como espada,

los engulló, sacándoles el color hasta que las cejas les quedaron blancas.
Mi hermano los estrujó y descuartizó en el altar de sus celebraciones,
agitó en los puños sus corazones temblorosos,

mientras perros pulguientos corrían arriba y abajo de las escaleras lamiéndose el culo,
tirándose mordiscos. Los vecinos se sorprendían de que los corazones de mis padres
volvieran a crecer. Decía mucho de mis padres, o de los corazones de los padres.

Mi hermano los sumergió en cenotes, los tiró de los acantilados,
agujereó sus cráneos como vasos o jarras inservibles que fueran,
los despedazó para alimentar a los dioses que gobernaban

los coños de rata de las putas picadas de viruela
abriéndose de piernas en casas colgantes sin luz. Dormía
con la ropa oliendo a durazno podrido y cerillos, se enamoró

de las cucharas burbujeantes con las que lo alimentaban las mujeres-perro. Mis padres
perdieron el apetito de comida y de hijos. Como todos los reyes malvados, mi hermano,
el Azteca, llevaba una corona, una gorra de béisbol puesta hacia atrás

con la bandera de México bordada. Cuando la usaba
en el patio de la casa, que consideraba su Zócalo personal,
su rebaño sabía que él tenía el poder ese día, que poseía todas las joyas

que un monarca puede comer, fumar o inyectarse. Las esclavas
se aproximaban a la cerca y comían de su mano. Les daba para su maiz
por entre los eslabones de sus cadenas. Mis padres miraban desde la ventana,

lloraban de ver su casa convertida en un zoológico, y era su hijo el que estaba
encerrado en una jaula oxidada. El Azteca encontró su corte en un matorral
al otro lado de la calle, entre pavorreales. Mis padres cruzaban los dedos

para que no volviera, le ponían veladoras 
para que sí. Siempre regresaba con plumas de jade y turquesa, 
oliendo a la mierda de los pavorreales. Mis padres levantaban

lo que él dejó de sus cuerpos, intentaban sostenerse sin piernas,
eludir sus golpes con brazos ausentes, buscándose los dedos
para juntarlos y rezar, para salir de cualquier vientre negro al que mi hermano, 
el Azteca, los hubiese arrojado.

Eran los animales

Hoy mi hermano trajo un pedazo del arca

envuelto en una bolsa blanca de plástico.

Puso la bolsa sobre la mesa del comedor, la desató,

la abrió, revelando treinta centímetros de madera fracturada.

Dio un paso atrás y señaló hacia la mesa

con sus brazos y manos abiertas.

Es el arca, dijo.

¿Te refieres al arca de Noé? le pregunté.

¿Qué otra arca existe? respondió.

Lee la inscripción, me dijo,

anuncia lo que va a pasar al final.

¿Qué final? yo quise saber.

Él se rió, ¿qué quieres decir con “qué final”?

El final final.

Entonces la levantó. La bolsa de plástico cascabeleó.

Sus dedos estaban sedosos por las ampollas de la pipa.

Sostuvo el pedazo de madera dentada con tanta ternura.

Había olvidado que mi hermano podía ser tierno.

Lo puso encima de la mesa como las personas en la televisión

cuando temen que estas cosas quizás se activen

o exploten?—?lo puso justo al lado de mi taza de café vacía.

Eso decididamente no era arca?—? (no había ningún arca)

era la parte rota de un marco

con un diseño floral tallado en su superficie.

Puso la cabeza entre sus manos?—

No debería mostrarte esto?—?

Dios, ¿por qué se lo he mostrado?

Es ancestral?—?oh, Dios,

es tan antiguo.

Está bien, me rendí, ¿dónde lo has conseguido?

La chica, dijo. Oh, la chica.

¿Qué chica? pregunté.

Desearás no haberlo sabido nunca, me dijo.

Lo vi arrastrar sus dedos encallados

sobre el trabajo floral astillado de la madera—

Deberías leerlo. Pero, oh, no podrás soportarlo?—?

no importa cuántos libros hayas leído.

Estaba equivocado. Podía soportar el arca.

Podía incluso soportar sus dedos jodidos maravillosamente.

El modo en que casi brillaban.

Eran los animales?—?los animales lo que no podía admitir?—

ellos avanzaron y entraron en mi casa ,

rompieron el marco de la puerta con sus pezuñas y sus lomos,

marcharon frente a mí, entraron en mi cocina, entraron en mi hermano,

colas serpenteando por mis pies antes de desaparecer

como cables de aspiradora enrollándose en las huecos

de las clavículas de mi hermano, colmillos raspando las paredes,

intentando llegar a él?—?ñúes, cerdos,

los órices con sus negros cuernos conjuntados,

jabalíes, jaguares, pumas, rapaces. Los ocelotes

con sus caras matemáticas. Tantos tipos de cabra.

Tantos tipos de criatura.

Quería seguirlos, llegar hasta el fondo de esto,

pero mi hermano me detuvo?—

Esto es serio, dijo.

Tienes que entenderlo.

Puede salvarte.

Así que me senté, con mi hermano como un naufragio abierto

y las bestias fantásticas de dos en dos

llevándolo en procesión. Me senté, mientras el agua caía contra mis tobillos,

levantándose en torno a mí, llenó mi taza de café

antes de que la arrastrara lejos de la mesa.

Mi hermano?—?repleto de sombras?—

un casco de huesos, iluminado sólo por diente y  colmillo,

alzando su arca bien alta en el aire.

(De The Best American Poetry 2015)

Poema de amor postcolonial

Me enseñaron que las restañasangres pueden curar una mordedura de serpiente,
que pueden evitar una hemorragia—la mayoría de la gente olvidó esto
cuando terminó la guerra. La guerra terminó
dependiendo de qué guerra hables: las que comenzamos,
antes de ésas, hace milenos y de allí en adelante,
aquéllas que me iniciaron, que perdí y gané—
estas heridas irrestañables.
Me formaron las disputas. De modo que hago el amor y peor—
siempre otra campaña por la que hay que atravesar
una noche en el desierto por el destello de cañón de tu piel pálida
instalándose en la laguna plateada de humo en tu seno.
Me apeo de mi caballo negro, me doblego allí ante ti, te emancipo,
la intensa atracción de todos mis deseos—
aprendí a Beber en un país agobiado por sequías.
Nos disfrutamos hasta el dolor, dejamos marcas
del tamaño de piedras—cada una un cabujón bruñido
por nuestras bocas, yo, tu lapidaria, tu molinete lapidario,
girando—rojo moteado de verde—
los jaspes de nuestros deseos.
Hay flores del campo en mi desierto
que toman hasta veinte años para florecer.
Las semillas duermen como geodas debajo de la arena caliente de feldespato
hasta que una crecida desborda el arroyo, arrastrándolas
en su corriente cobriza, abriéndolas con la memoria—
recuerdan lo que les insufló su dios
en las costillas: despierten y sufran por sus vidas.
Donde tus manos estuvieron hay diamantes
en mis hombros, en mi espalda, en mis muslos—
soy tu culebra.
Me arrastro por ti en la tierra.
Tus caderas son cristales de roca peligrosos,
dos carneros de cuernos rosados que surgen de un arroyo tranquilo en el desierto
antes de que el cielo de noviembre desate un diluvio de cien años—
el desierto regresó de improviso a su mar prístino.
Surjan el heliotropo silvestre, la phacelia crenulata,
la phacelia campanularia que porta el morado de la forma en que una garganta puede portar
la forma de cualquier mano formidable—
Manos formidables fue como ella llamó a las mías.
Con el tiempo vendrán las lluvias, o tal vez no.
Hasta entonces, nos tocamos los cuerpos como heridas—
la guerra nunca terminó y de algún modo comienza nuevamente.

Traducción de Miguel Falquez-Certain

(De Postcolonial Love Poem)

Natalie Diaz (Needles, Estados Unidos,4 de septiembre de 1978). Poeta y educadora. Creció en la reserva de Fort Mojave en Needles.En la universidad jugó de base en el equipo de baloncesto femenino, llegando a la final de la NCAA en su primer año. Después de varios años como basquetbolista profesional en Asia y Europa, Natalie Diaz regresó al desierto de Mojave, como miembro de la comunidad india de Río Gila. Se graduó en Letras y realizó una maestría en poesía y ficción en 2006. Su primer poemario, When My Brother Was an Aztec [Cuando mi hermano era azteca], ganó un American Book Award en 2013. Natalie Díaz enseña poesía moderna y contemporánea en la Universidad Estatal de Arizona. Actualmente radica en Mojave Valley, Arizona, donde dirige un programa de revitalización de su idioma en la reserva Fort Mojave, con los mayores del lugar.

En el año 2021 le concedieron el Premio Pulitzer.

Otros premios recibidos son:

  • 2018 – Beca MacArthur 
  • 2015 – Beca de la Fundación PEN / Civitella Ranieri 
  • 2012 – Beca Literaria Lannan 
  • 2012 – Premio de narrativa 
  • 2007 – Premio Nimrod/Hardman Pablo Neruda de Poesía 
  • 2007 – Premio de ficción Tobias Wolff 
  • Beca Louis Untermeyer en poesía 

Enlaces de interés:

https://www.theguardian.com/books/2020/aug/18/postcolonial-love-poem-by-natalie-diaz-review-intimate-electric-and-defiant

https://www.pulitzer.org/winners/natalie-diaz

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