13 Poemas de Luis Cernuda

Unos cuerpos son como flores…

Unos cuerpos son como flores,
otros como puñales,
otros como cintas de agua;
pero todos, temprano o tarde,
serán quemaduras que en otro cuerpo se agranden,
convirtiendo por virtud del fuego a una piedra en un hombre.

Pero el hombre se agita en todas direcciones,
sueña con libertades, compite con el viento,
hasta que un día la quemadura se borra,
volviendo a ser piedra en el camino de nadie.

Yo, que no soy piedra, sino camino
que cruzan al pasar los pies desnudos,
muero de amor por todos ellos;
les doy mi cuerpo para que lo pisen,
aunque les lleve a una ambición o a una nube,
sin que ninguno comprenda
que ambiciones o nubes
no valen un amor que se entrega.

A un poeta muerto (F.G.L.)

Así como en la roca nunca vemos 
la clara flor abrirse, 
entre un pueblo hosco y duro 
no brilla hermosamente 
el fresco y alto ornato de la vida. 
Por esto te mataron, porque eras 
verdor en nuestra tierra árida 
y azul en nuestro oscuro aire. 

Leve es la parte de la vida 
que como dioses rescatan los poetas. 
El odio y destrucción perduran siempre 
sordamente en la entraña 
toda hiel sempiterna del español terrible, 
que acecha lo cimero 
con su piedra en la mano. 

Triste sino nacer 
con algún don ilustre 
aquí, donde los hombres 
en su miseria sólo saben 
el insulto, la mofa, el recelo profundo 
ante aquel que ilumina las palabras opacas 
por el oculto fuego originario. 

La sal de nuestro mundo eras, 
vivo estabas como un rayo de sol, 
y ya es tan sólo tu recuerdo 
quien yerra y pasa, acariciando 
el muro de los cuerpos 
con el dejo de las adormideras 
que nuestros predecesores ingirieron 
a orillas del olvido. 

Si tu ángel acude a la memoria, 
sombras son estos hombres 
que aún palpitan tras las malezas de la tierra; 
La muerte se diría 
más viva que la vida 
porque tú estás con ella, 
pasado el arco de tu vasto imperio, 
poblándola de pájaros y hojas 
con tu gracia y tu juventud incomparables. 

Aquí la primavera luce ahora. 
Mira los radiantes mancebos 
que vivo tanto amaste 
efímeros pasar junto al fulgor del mar. 
Desnudos cuerpos bellos que se llevan 
tras de sí los deseos 
con su exquisita forma, y sólo encierran 
amargo zumo, que no alberga su espíritu 
un destello de amor ni de alto pensamiento. 

Igual todo prosigue, 
como entonces, tan mágico, 
que parece imposible 
la sombra en que has caído. 
Mas un inmenso afán oculto advierte 
que su ignoto aguijón tan sólo puede 
aplacarse en nosotros con la muerte, 
como el afán del agua, 
a quien no basta esculpirse en las olas, 
sino perderse anónima 
en los limbos del mar. 

Pero antes no sabías 
la realidad más honda de este mundo: 
El odio, el triste odio de los hombres, 
que en ti señalar quiso 
por el acero horrible su victoria, 
con tu angustia postrera 
bajo la luz tranquila de Granada, 
distante entre cipreses y laureles, 
y entre tus propias gentes 
y por las mismas manos 
que un día servilmente te halagaran. 

Para el poeta la muerte es la victoria; 
Un viento demoníaco le impulsa por la vida, 
y si una fuerza ciega 
sin comprensión de amor 
transforma por un crimen 
a ti, cantor, en héroe, 
contempla en cambio, hermano, 
cómo entre la tristeza y el desdén 
un poder más magnánimo permite a tus amigos 
en un rincón pudrirse libremente. 

Tenga tu sombra paz, 
busque otros valles, 
un río donde del viento 
se lleve los sonidos entre juncos 
y lirios y el encanto 
tan viejo de las aguas elocuentes, 
en donde el eco como la gloria humana ruede, 
como ella de remoto, 
ajeno como ella y tan estéril. 

Halle tu gran afán enajenado 
el puro amor de un dios adolescente 
entre el verdor de las rosas eternas; 
Porque este ansia divina, perdida aquí en la tierra, 
tras de tanto dolor y dejamiento, 
con su propia grandeza nos advierte 
de alguna mente creadora inmensa, 
que concibe al poeta cual lengua de su gloria 
y luego le consuela a través de la muerte.

Oscuridad completa

No sé por qué, si la luz entra,

los hombres andan bien dormidos,

recogiendo la vida su apariencia

joven de nuevo, bella entre sonrisas.

.

No sé por qué he de cantar

o verter de mis labios vagamente palabras;

Palabras de mis ojos,

palabras de mis sueños perdidos en la nieve.

.

De mis sueños copiando los colores de nubes,

de mis sueños copiando nubes sobre la pampa.

No decía palabras

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Aunque sólo sea una esperanza,
porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe.

Vitín Cortezo, Blanca Pelegrín, Luis Cernuda, Carmen García Lasgoity, Manuel Altolaguirre y Carmen García Antón, Valencia,1937.(Biblioteca nacional,El Pais)

La familia

¿Recuerdas tú, recuerdas aún la escena

a que día tras día asististe paciente

en la niñez, remota como sueño de alba?

El silencio pesado, las cortinas caídas,

el círculo de luz sobre el mantel, solemne

como paño de altar, y alrededor sentado

aquel concilio familiar, que tantos ya cantaron,

bien que tú, de entraña dura, aún no lo has hecho.

Era a la cabecera el padre adusto,

la madre caprichosa estaba en frente,

con la hermana mayor imposible y desdichada,

y la menor más dulce, quizá no más dichosa, 

el  hogar contigo mismo componiendo,

la casa familiar, el nido de los hombres,

inconsistente y rígido, tal vidrio

que todos quiebran, pero nadie dobla.

Presidían mudos, graves, la penumbra,

ojos que no miraban los ojos de los otros,

mientras sus manos pálidas alzaban como hostia

un pedazo de pan, un fruto, una copa con agua,

y aunque entonces vivían en ellos presentiste,

tras la carne vestida, el doliente fantasma

que al rezo de los otros nunca calma

la amargura de haber vivido inútilmente.

Suya no fue la culpa si te hicieron

en un rato de olvido indiferente,

repitiendo tan sólo un gesto trasmitido

por otros y copiado sin una urgencia propia,

cuya intención y alcance no pensaban.


Tampoco fue tu culpa si no les comprendiste:

al menos has tenido la fuerza de ser franco

para con ellos y contigo mismo.

Se propusieron, como los hombres todos, lo durable,

lo que les aprovecha, aunque en torno miren

que nada dura en ellos ni aprovecha,

que nada es suyo, ni ese trago de agua

refrescando sus fauces en verano,

ni la llama que templa sus manos en invierno,

ni el cuerpo que penetran con deseo

dos soledades en una carne sola.

Ellos te dieron todo: cuando animal inerme

te atendieron con leche y con abrigo;

Después, cuando creció tu cuerpo a par del alma

con dios y con moral te proveyeron,

recibiendo deleite tras de azuzarte a veces

para tu fuerza tierna doblegar a sus leyes.


Te dieron todo, sí: vida que no pedías,

y con ella la muerte de dura compañera.

Pero algo más había, agazapado

dentro de ti, como alimaña en cueva oscura,

que no te dieron ellos, y eso eres:

fuerza de soledad, en ti pensarte vivo,

ganando tu verdad con tus errores.

Así, tan libremente, el agua brota y corre,

sin servidumbre de mover batanes,

irreductible al mar, que es su destino.

Aquel amor de ellos te apresaba

como prenda medida para otros,

y aquella generosidad, que comprar pretendía

tu asentimiento a cuánto

no era según el alma tuya.

A odiar entonces aprendiste el amor que no sabe

arder anónimo sin recompensa alguna.

El tiempo que pasó, desvaneciéndolos

como burbuja sobre la haz del agua,

rompió la pobre tiranía que levantaron,

y libre al fin quedaste, a solas con tu vida,

entre tantos de aquellos que, sin hogar ni gente,

dueños en vida son del ancho olvido.

Luego con embeleso probando cuanto era

costumbre suya prohibir en otros

y a cuyo trasgresor la excomunión seguía,

te acordaste de ellos, sonriendo apenado.

Cómo se engaña el hombre y cuán en vano

da reglas que prohíben y condenan.

¿Es toda acción humana, como estimas ahora,

fruto de imitación y de inconsciencia?

Por esta extraña llama hoy trémula en tus manos,

que aun deseándolo, temes ha de apagarse un día,

hasta ti trasmitida con la herencia humana

de experiencias inútiles y empresas inestables

obrando el bien y el mal sin proponérselo,

no prevalezcan las puertas del infierno

sobre vosotros ni vuestras obras de la carne,

oh padre taciturno que no le conociste,

oh madre melancólica que no le comprendiste.

Que a esas sombras remotas no perturbe

en los limbos finales de la nada

tu memoria como un remordimiento.

Este cónclave fantasmal que los evoca,

ofreciendo tu sangre tal bebida propicia

para hacer a los idos visibles un momento,

perdón y paz os traiga a ti y a ellos.

Como quien espera el alba(1941-1944)

Misiones pedagógicas ,Cuellar,Segovia,1932

Peregrino

¿Volver? Vuelva el que tenga,
tras largos años, tras un largo viaje,
cansancio del camino y la codicia
de su tierra, su casa, sus amigos,
del amor que al regreso fiel le espere.

Mas ¿tú? ¿volver? Regresar no piensas,
sino seguir libre adelante,
disponible por siempre, mozo o viejo,
sin hijo que te busque, como a Ulises,
sin Itaca que aguarde y sin Penélope.

Sigue, sigue adelante y no regreses,
fiel hasta el fin del camino y tu vida,
no eches de menos un destino más fácil,
tus pies sobre la tierra antes no hollada,
tus ojos frente a lo antes nunca visto.

Que ruido tan triste

Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman, 
parece como el viento que se mece en otoño 
sobre adolescentes mutilados, 
mientras las manos llueven, 
manos ligeras, manos egoístas, manos obscenas, 
cataratas de manos que fueron un día 
flores en el jardín de un diminuto bolsillo. 

Las flores son arena y los niños son hojas, 
y su leve ruido es amable al oído 
cuando ríen, cuando aman, cuando besan, 
cuando besan el fondo 
de un hombre joven y cansado 
porque antaño soñó mucho día y noche. 

Mas los niños no saben, 
ni tampoco las manos llueven como dicen; 
así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños, 
invoca los bolsillos que abandonan arena, 
arena de las flores, 
para que un día decoren su semblante de muerto.

He venido para ver

He venido para ver semblantes
amables como viejas escobas,
he venido para ver las sombras
que desde lejos me sonríen.

He venido para ver los muros
en el suelo o en pie indistintamente,
he venido para ver las cosas,
las cosas soñolientas por aquí.

He venido para ver los mares
dormidos en cestillo italiano,
he venido para ver las puertas,
el trabajo, los tejados, las virtudes
de color amarillo ya caduco.

He venido para ver la muerte
y su graciosa red de cazar mariposas,
he venido para esperarte
con los brazos un tanto en el aire,
he venido no sé por qué;
Un día abrí los ojos: he venido.

Por ello quiero saludar sin insistencia
a tantas cosas más que amables:
Los amigos de color celeste,
los días de color variable,
la libertad del color de mis ojos;

Los niñitos de seda tan clara,
los entierros aburridos como piedras,
la seguridad, ese insecto
que anida en los volantes de la luz.

Adiós, dulces amantes invisibles,
siento no haber dormido en vuestros brazos.
Vine por esos besos solamente;
Guardad los labios por si vuelvo.

Estoy cansado

Estar cansado tiene plumas, 
tiene plumas graciosas como un loro, 
plumas que desde luego nunca vuelan, 
mas balbucean igual que loro. 

Estoy cansado de las casas, 
prontamente en ruinas sin un gesto; 
estoy cansado de las cosas, 
con un latir de seda vueltas luego de espaldas. 

Estoy cansado de estar vivo, 
aunque más cansado sería el estar muerto; 
estoy cansado del estar cansado 
entre plumas ligeras sagazmente, 
plumas del loro aquel tan familiar o triste, 
el loro aquel del siempre estar cansado.

Si el hombre pudiera decir lo que ama

Si el hombre pudiera decir lo que ama, 
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo 
como una nube en la luz; 
si como muros que se derrumban, 
para saludar la verdad erguida en medio, 
pudiera derrumbar su cuerpo, 
dejando sólo la verdad de su amor, 
la verdad de sí mismo, 
que no se llama gloria, fortuna o ambición, 
sino amor o deseo, 
yo sería aquel que imaginaba; 
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos 
proclama ante los hombres la verdad ignorada, 
la verdad de su amor verdadero. 

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien 
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío; 
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina 
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera, 
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu 
como leños perdidos que el mar anega o levanta 
libremente, con la libertad del amor, 
la única libertad que me exalta, 
la única libertad por que muero. 

Tú justificas mi existencia: 
si no te conozco, no he vivido; 
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Concha Mendez y Luis Cernuda, Coyoacán, México,1960

Limbo

A Octavio Paz

La plaza sola (gris el aire, 
negros los árboles, la tierra 
manchada por la nieve), 
parecía, no realidad, mas copia 
triste sin realidad. Entonces, 
ante el umbral, dijiste: 
viviendo aquí serías 
fantasma de ti mismo. 

Inhóspita en su adorno 
parsimonioso, porcelanas, bronces, 
muebles chinos, la casa 
oscura toda era, 
pálidas sus ventanas sobre el río, 
y el color se escondía 
en un retablo español, en un lienzo 
francés, su brío amedrentado. 

Entre aquellos despojos, 
proyecto, el dueño estaba 
sentado junto a su retrato 
por artista a la moda en años idos, 
imagen fatua y fácil 
del dilettante, divertido entonces 
comprando lo que una fe creara 
en otro tiempo y otra tierra. 

Allí con sus iguales, 
damas imperativas bajo sus afeites, 
caballeros seguros de sí mismos, 
rito social cumplía, 
y entre el diálogo moroso, 
tú oyendo alguien me dijo: “Me ofrecieron 
la primera edición de un poeta raro, 
y la he comprado”, tu emoción callaste. 

Así, pensabas, el poeta 
vive para esto, para esto 
noches y días amargos, sin ayuda 
de nadie, en la contienda 
adonde, como el fénix, muere y nace, 
para que años después, siglos 
después, obtenga al fin el displicente 
favor de un grande en este mundo. 

Su vida ya puede excusarse, 
porque ha muerto del todo; 
su trabajo ahora cuenta, 
domesticado para el mundo de ellos, 
como otro objeto vano, 
otro ornamento inútil; 
y tú cobarde, mudo 
te despediste ahí, como el que asiente, 
más allá de la muerte, a la injusticia. 

Mejor la destrucción, el fuego.

La gloria del poeta

Demonio hermano mío, mi semejante,
te vi palidecer, colgado como la luna matinal,
oculto en una nube por el cielo,
entre las horribles montañas,
una llama a guisa de flor tras la menuda oreja tentadora,
blasfemando lleno de dicha ignorante,
igual que un niño cuando entona su plegaria,
y burlándote cruelmente al contemplar mi cansancio de la tierra.

Mas no eres tú,
amor mío hecho eternidad,
quien deba reír de este sueño, de esta impotencia, de esta caída,
porque somos chispas de un mismo fuego
y un mismo soplo nos lanzó sobre las ondas tenebrosas
de una extraña creación, donde los hombres,
se acaban como un fósforo al trepar los fatigosos años de sus vidas.

Tu carne como la mía
desea tras el agua y el sol el roce de la sombra;
nuestra palabra anhela
el muchacho semejante a una rama florida
que pliega la gracia de su aroma y color en el aire cálido de mayo;
nuestros ojos el mar monótono y diverso,
poblado por el grito de las aves grises en la tormenta,
nuestra mano hermosos versos que arrojar al desdén de los hombres.

Los hombres, tú los conoces hermano mío;
míralos como enderezan su invisible corona
mientras se borran en la sombra con sus mujeres al brazo,
carga de suficiencia inconsciente,
llevando a comedida distancia del pecho,
como sacerdotes católicos la forma de su triste dios,
los hijos conseguidos en unos minutos que se hurtaron al sueño,
para dedicarlos a la cohabitación, en la densa tiniebla conyugal
de sus cubiles, escalonados los unos sobre los otros.

Míralos perdidos en la naturaleza,
cómo enferman entre los graciosos castaños o los taciturnos plátanos.
Cómo levantan con avaricia el mentón,
sintiendo un miedo oscuro morderles los talones;
míralos cómo desertan de su trabajo el séptimo día autorizado.
Mientras la caja, el mostrador, la clínica, el bufete, el despacho oficial
dejan pasar el aire con callado rumor por su ámbito solitario.

Escúchalos brotar interminables palabras
aromatizadas de facilidad violenta,
reclamando un abrigo para el niñito encadenado bajo el sol divino
o una bebida tibia que resguarde aterciopeladamente
el clima de sus fauces,
a quienes dañaría la excesiva frialdad del agua natural.
Oye sus marmóreos preceptos
sobre lo útil, lo normal y lo hermoso;
óyelos dictar la ley al mundo, acotar el amor, dar canon a la belleza inexpresable,
mientras deleitan sus sentidos con altavoces delirantes;
contempla sus extraños cerebros
intentando levantar, hijo a hijo, un complicado edificio de arena
que negase con torva frente lívida la refulgente paz de las estrellas.

Estos son, hermano mío,
los seres con quienes muero a solas,
fantasmas que harán brotar un día
el solemne erudito, oráculo de estas palabras mías ante alumnos extraños,
obteniendo por ello renombre,
más una pequeña casa de campo en la angustiosa sierra inmediata a la capital;
en tanto tú, tras irisada niebla,
acaricias los rizos de tu cabellera
y contemplas con gesto distraído desde la altura
esta sucia tierra donde el poeta se ahoga.

Sabes, sin embargo que mi voz es la tuya,
que mi amor es el tuyo;
deja, oh, deja por una larga noche
resbalar tu cálido cuerpo oscuro,
ligero como un látigo
bajo el mío, momia de hastío sepulta en anónima yacija,
y que tus besos, ese venero inagotable,
viertan en mí la fiebre de una pasión a muerte entre los dos;
porque me cansa la vana tarea de las palabras,
como al niño las dulces piedrecillas
que arroja a un lago, para ver estremecerse su calma
con el reflejo de un gran ala misteriosa.

Es hora ya, es más que tiempo
de que tus manos cedan a mi vida
el amargo puñal codiciado del poeta;
de que lo hundas, con sólo un golpe limpio,
en este pecho sonoro y vibrante, idéntico a un laúd,
donde la muerte únicamente,
la muerte únicamente,
puede hacer resonar la melodía prometida.

Manuscrito de “Donde habite el olvido” de Cernuda

Donde habite el olvido

Donde habite el olvido, 
en los vastos jardines sin aurora; 
donde yo sólo sea 
memoria de una piedra sepultada entre ortigas 
sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. 

Donde mi nombre deje 
al cuerpo que designa en brazos de los siglos, 
donde el deseo no exista. 

En esa gran región donde el amor, ángel terrible, 
no esconda como acero 
en mi pecho su ala, 
sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento. 

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya, 
sometiendo a otra vida su vida, 
sin más horizonte que otros ojos frente a frente. 

Donde penas y dichas no sean más que nombres, 
cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo; 
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, 
disuelto en niebla, ausencia, 
ausencia leve como carne de niño. 

Allá, allá lejos; 
Donde habite el olvido.

Luis Cernuda Bidón (Sevilla,España, 21 de septiembre de 1902 – México, D.F., 5 de noviembre de 1963). Poeta español de la Generación del 27.

Estudió derecho en su ciudad natal bajo la dirección de Pedro Salinas, de quien fue discípulo y quien orientó, asimismo, sus primeros pasos de poeta. En 1928 conoció en Málaga a Emilio Prados y Manuel Altoaguirre y poco después, en Madrid, entabló amistad con Vicente Aleixandre y Federico García Lorca poetas todos ellos pertenecientes a la Generación del 27. En diferentes momentos de su vida dio clases de español en la universidad de Toulouse, en Inglaterra y en Estados Unidos.

Al igual que otros de sus compañeros de generación, sus primeras obras marcan un itinerario que parte de la «poesía pura» preconizada por  Juan Ramón Jimenez para luego desembocar en una estrecha afinidad con el surrealismo. Esta etapa, que dio comienzo con Perfil del aire (1927) y Égloga, elegía, oda (1928), logra su mayor expresión y madurez en Un río, un amor (1929) y Los placeres prohibidos (1931), libros en los que ya se muestra, en todo su esplendor, un Cernuda enamorado y rebelde, orgulloso de su diferencia. 

En sus volúmenes siguientes arraigó con originalidad y dominio la tradición romántica europea: Donde habite el olvido (1934), Invocaciones (1935). Los títulos que aparecieron a partir de este momento, más los ya publicados, fueron engrosando su obra poética completa bajo el sugestivo rótulo de La realidad y el deseo (1936); en 1964 se publicó póstumamente la edición número cuarenta. 

Cernuda, que tras la contienda civil española conoció el exilio del que jamás volvió, emprendió, bajo la influencia directa de la poesía anglosajona, un período en el que su obra poética se hace autobiografía y reflexión. Residente en Gran Bretaña, Estados Unidos y, por último, México, publicó sucesivamente, entre otros libros, Las nubes (1940), Como quien espera el alba (1947), Vivir sin estar viviendo(1949), Con las horas contadas (1956) y Desolación de la Quimera (1962).

Como prosista escribió: Variaciones sobre tema mexicano (1952), Ocnos (1942) y Estudios sobre poesía española contemporánea (1953).

Cernuda falleció en el exilio en México en 1963.

Enlaces de interés :

Luis Cernuda visual

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/c/cernuda.htm

https://cvc.cervantes.es/actcult/cernuda/biografia.htm

https://www.elmundo.es/elmundo/2011/06/20/cultura/1308554388.html

http://www.residencia.csic.es/cernuda/edaddeplata/vistopor/conchamendez.htm

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