8 Poemas de Ada Negri

Yo era la compañera de las calles desconocidas

Yo era la compañera de las calles desconocidas
del mundo y en la sombra de la encrucijada,
en una vida lejana que era mía,
yo era como este que ya no me tuerce
el cuello, y mi corazón, dando señales
de hierro y cuerda a las carnes desnudas.

Tenías, como ahora, una chaqueta
gastada, una cara de cuchillo,
una boca de hambre y sarcasmo;
y fuiste sin rumbo, y fuiste sin
dolor, solo con tu miseria,
tú, gran señor de la libertad.

Lo sé. -Para ti no había y no hay lugar
en el mundo dibujado, ni en cuadros
tan distintos, con figuras de clasificaciones
claras.

“Hay alguien que te considera
un bárbaro y te exilia, y te tiene miedo”.
No soy yo, que pertenezco a tu raza.

¿Ya no me conoces?… Tal vez me parezco a ti,
más bella ahora, esbelta en mi
sutil vaina de terciopelo leonado
que me hace ver como una pantera.

Puedo peinarme en ondas, con la gracia
de las mujeres que pasan en carruaje;
y fingir la sonrisa, incluso en
el tormento, y mentir una promesa,
y ofrecer la mano y el té, dulcemente,
a quien, si vuelve la espalda a mi umbral,
hace que mi vida y mi nombre sean pedazos.

Tengo brazaletes de oro; pero pesan
en mis muñecas. Tengo un collar de rubíes,
pero no me lo pongo, porque la línea me parece
bermellón grabado por el cabestro en el cuello
de un “sospechoso” de Novantatré.

Seguiré siendo una gitana, en el fondo
de mi corazón. -No te molesta tu propia sangre.
y te envidio… Eres libre y fuerte:
tú no tienes padre, ni madre, ni hermanos
que vivan contigo, su destino
no se aferra: su cama está en el jardín de infantes.
Noche: su casa está en todo el mundo.
Mañana puedes matarme sin remordimiento,
para llevar a cabo tu oscura venganza contra la vida.

Amarte también puede, una mujer o una idea irremediablemente
amarga; y vivir para tu gran amor,
entonces tienes el tiempo y el sueño intactos.

Fuerte y libre entre tantos esclavos, adiós.
La que pasa es tu hermana;
la multitud se la traga, y todos van solos,
con el misterio de ellos mismos, hasta la muerte.

El desconocido

El desconocido que pasa
y te encuentra todavía digna
de una fugitiva palabra de deseo,
acaso porque en la sombra de la noche tan dulce de mayo
todavía brillan tus ojos,
todavía tiene veinte años la ligera figura deslizante,
no sabe que fuiste
amada por aquel que amaste,
amada en plena y soberbia
delicia de amor,
y en ti no hay mínimo rincón de la carne
o átomo del alma
que no tenga una marca de amor.
No sabe que viviste solo
para amar a aquel que amaba,
y ni aunque quisieras
podrían arrancar de ti
esa vestidura por el amor tejida.
Él, ignorante,
en ti ya no bella, en ti ya no joven.
saluda la gracia del dios:
respira, al pasar,
en ti ya marchita, en ti abandonada,
el aroma precioso del dios.

Nevada

Sobre los campos y sobre las calles,

 silenciosa y leve 

contorneándose, la nieve

 cae. 

En mil formas inmóviles

 sobre los techos y sobre los caminos

 sobre postes y en los jardines

 duerme. 

Danza la falda blanca 

en el amplio cielo graciosa,

 después sobre la tierra se posa 

cansada. 

Todo es paz alrededor

 cerrado en olvido profundo

indiferente el mundo 

calla. 

Pero en la calma inmensa

 vuelve a los recuerdos el corazón

 y en un tranquilo amor

 piensa.

No te he perdido, te has quedado…

No te he perdido. Te has quedado
en el fondo de mi ser. Eres tú, pero otra eres:
sin fronda ni flor, sin la risa brillante
que tenías en el tiempo que no vuelve,
sin aquel canto. Otra eres, más bella.
Amas, y no esperas ser amada: ante
cada flor que se abre o fruto que madura,
o párvulo que nace, al Dios de los campos
y de las estirpes das gracias de corazón.
Año tras año, dentro de ti, fuiste cambiando
rostro y sustancia. Cada dolor más firme
te hizo: a cada huella del paso
del tiempo, tu linfa oculta y verde
opusiste, como remedio. Ahora miras la luz
que no engaña; en su espejo contemplas
la vida perdurable. Y permaneces
como una edad sin nombre: humana
entre las humanas miserias, pero viviendo
solo de Dios y solo en Dios feliz.

Oh juventud sin tiempo, oh siempre
renovada esperanza, yo te confío
a los que vendrán, para que en la tierra
vuelva a florecer la primavera, y en el cielo
nazcan las estrellas cuando se oculte el sol.

Un hermano

Yo era la compañera de las calles desconocidas
del mundo y en la sombra de la encrucijada,
en una vida lejana que era mía,
yo era como este que ya no me tuerce
el cuello, y mi corazón, dando señales
de hierro y cuerda a las carnes desnudas.

Tenías, como ahora, una chaqueta
gastada, una cara de cuchillo,
una boca de hambre y sarcasmo;
y fuiste sin rumbo, y fuiste sin
dolor, solo con tu miseria,
tú, gran señor de la libertad.

Lo sé. -Para ti no había y no hay lugar
en el mundo dibujado, ni en cuadros
tan distintos, con figuras de clasificaciones
claras.

“Hay alguien que te considera
un bárbaro y te exilia, y te tiene miedo”.
No soy yo, que pertenezco a tu raza.

¿Ya no me conoces?… Tal vez me parezco a ti,
más bella ahora, esbelta en mi
sutil vaina de terciopelo leonado
que me hace ver como una pantera.

Puedo peinarme en ondas, con la gracia
de las mujeres que pasan en carruaje;
y fingir la sonrisa, incluso en
el tormento, y mentir una promesa,
y ofrecer la mano y el té, dulcemente,
a quien, si vuelve la espalda a mi umbral,
hace que mi vida y mi nombre sean pedazos.

Tengo brazaletes de oro; pero pesan
en mis muñecas. Tengo un collar de rubíes,
pero no me lo pongo, porque la línea me parece
bermellón grabado por el cabestro en el cuello
de un “sospechoso” de Novantatré.

Seguiré siendo una gitana, en el fondo
de mi corazón. -No te molesta tu propia sangre.
y te envidio… Eres libre y fuerte:
tú no tienes padre, ni madre, ni hermanos
que vivan contigo, su destino
no se aferra: su cama está en el jardín de infantes.
Noche: su casa está en todo el mundo.
Mañana puedes matarme sin remordimiento,
para llevar a cabo tu oscura venganza contra la vida.

Amarte también puede, una mujer o una idea irremediablemente
amarga; y vivir para tu gran amor,
entonces tienes el tiempo y el sueño intactos.

Fuerte y libre entre tantos esclavos, adiós.
La que pasa es tu hermana;
la multitud se la traga, y todos van solos,
con el misterio de ellos mismos, hasta la muerte.

El silencio

Hasta en tu cólera taciturna te amaba Ella…

cuando te encerrabas en ti mismo,
como en una armadura erizada de púas,

como detrás de una puerta ele bronce,
guardada con siete llaves.

Resignada, sin protestas,
estrujado el corazón de angustia
sufría tus largos silencios,

solo atreviéndose a seguir tus pasos,
con el suyo, acolchado ele sombras…

osando apenas furtivas caricias,
con su breve mano ligera,
más suave, cuanto más duro el yugo amoroso
que la ataba a ti…

Pero la expresión de tu cólera, Amado,
no se disipa; que extraviadas están
las llaves que cierran la puerta de bronce…

En vano la pequeña mano,
golpea noche y día la puerta,

Que despiadado y eterno
es el silencio de tu sepulcro.

Mi juventud

No te he perdido. Te has quedado
en el fondo de mi ser. Eres tú, pero otra eres:
sin fronda ni flor, sin la risa brillante
que tenías en el tiempo que no vuelve,
sin aquel canto. Otra eres, más bella.
Amas, y no esperas ser amada: ante
cada flor que se abre o fruto que madura,
o párvulo que nace, al Dios de los campos
y de las estirpes das gracias de corazón.
Año tras año, dentro de ti, fuiste cambiando
rostro y sustancia. Cada dolor más firme
te hizo: a cada huella del paso
del tiempo, tu linfa oculta y verde
opusiste, como remedio. Ahora miras la luz
que no engaña; en su espejo contemplas
la vida perdurable. Y permaneces
como una edad sin nombre: humana
entre las humanas miserias, pero viviendo
solo de Dios y solo en Dios feliz.

Oh juventud sin tiempo, oh siempre
renovada esperanza, yo te confío
a los que vendrán, para que en la tierra
vuelva a florecer la primavera, y en el cielo
nazcan las estrellas cuando se oculte el sol.

No ha llegado la noche

No ha llegado la noche todavía

y ya es de noche en esta habitación

donde ayer cabía el mundo entero

y hoy sobramos los dos y solo cabe

la noche, que ya tarda, sin final.

Ada Negri (Lodi, Italia, 3 de febrero de 1870-Milán,Italia, 11 de enero de 1945). Considerada como una de las voces más significativas de la lírica femenina italiana de finales del siglo XIX y comienzos del XX.  Nació en el seno de una familia muy humilde. Su padre murió cuando ella tenía un año, y su madre trabajó en una fábrica como tejedora. Junto a su abuela, Ada vivió una infancia solitaria, en la portería de una casa aristocrática desde donde observaba a la gente que pasaba por la calle. Gracias a los sacrificios de su madre, en 1887  pudo graduarse como maestra de primaria, y al año siguiente empezó a enseñar en la escuela de Motta Viscontti, un pueblo próximo a Milán.  En esta época empieza a componer sus primeros poemas, recogidos en el volumen Fatalidad (1892), en los que denuncia las míseras condiciones de vida de las clases bajas italianas. El éxito de su libro hizo que se le concediera el título de docente ad honorempor el que pudo ejercer como profesora en un centro de secundaria de Milán. En esta ciudad entró en contacto con miembros del partido socialista italiano, del que formaba parte Benito Mussolini. El tono de denuncia y los temas sociales continúan en su segundo libro, Tempestad (1894), lo que le valió el sobrenombre de “poetisa del Cuarto Estado”, es decir, del proletariado; ese mismo año consigue el Premio Milli por su poesía.En 1896 contrajo matrimonio con el empresario Federico Garlanda, con quien tuvo dos hijas, Bianca y Vittoria, que sobrevivió apenas un mes. A partir de entonces su poesía se hace más introspectiva, centrada fundamentalmente en la temática de la mujer y en los problemas existenciales, especialmente en la soledad humana: Maternidad (1904) y De lo profundo (1910). Separada de su marido, en 1913 viajó a Suiza donde permaneció hasta la entrada de Italia en la Primera Guerra Mundial y donde publicó  Exilio (1914). 
Instalada de nuevo en Milán, sus siguientes poemarios, influidos por la estética preciosista de Gabriele D’Anunzzio, se inspiran en su propia peripecia vital. Así ocurre en  El libro de Mara (1919)largo poema basado en  una turbulenta relación amorosa, escrito con una sinceridad inusual en una sociedad tan conservadora como la italiana;  Ventanas altas (1923) y Los cantos de la isla (1924). Sus últimos libros Vespertina, 1930, y El don, 1936), escritos en un estilo más depurado, expresan su concepción cristiana de la vida. 
Entre sus obras en prosa  destacan Las solitarias (1917), Estrella matutina (1921) y Hermanas (1929), en las que evoca  sus años de infancia.
En 1931 recibió el Premio Mussolini, lo que la consagró como una intelectual del régimen, y en 1940 se convierte en la primera mujer miembro de la Academia de Italia.

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