13 Poemas y un cuento de Violeta Luna 

Mayarí

Mayarí:

Muñequita de trigo,

cuando pasen los años

y otro siglo recoja mis cordeles tendidos,

cuando empiecen las lluvias

y se agiten al viento

las melenas del frío,

has de oír otra música

en el pozo del tiempo.

Ha de haber otro gusto

en la nieve redonda

de tu fresa-sonrisa.

Mayarí:

«leve garza morena»

cuando crezcas en alas y en montañas de espuma,

cuando dejes de ser

este barco de estambres,

esta miel en pedazos,

cuando aprendas las cosas

y hagas cosas inmensas,

has de ver como vibran

tus violines guardados,

has de ver cómo saltas las primeras fogatas

sin quemarte la falda.

Mayarí:

arroyuelo de limas,

cuando quede en el aire tu pequeña cometa

y en sus hilos se aleje

tu liviana presencia,

ha de haber en mis brazos

una huella de espadas.

Cuando dejes de ser esta espiga de leche

y te vuelvas harina

para el pan de otro saco,

he de ver con tristeza

tus zapatos de niña,

tus juguetes heridos,

tus naranjas llorosas.

Mayarí:

despeinada caricia,

cuando el ruido te abrume,

no estaré en tus cuadernos

con mis letras cansadas,

ni dirás que estoy linda

con mi pelo canela.

Mayarí:

arbolito de menta,

cuando pasen los años

y te duela mi polvo,

simplemente vendrás,

sentirás mi perfume,

usará mis palabras,

tomarás mi lugar.

De: La sortija de la lluvia, 1980

Si supieras

Si supieras,
si sólo una milésima,
si sólo un pedacito,
un lado de mí misma conocieras
sabrías que estoy hecha de ciruelas,
de almendras y duraznos.
Sabrías que por dentro soy de azúcar,
que sólo un dedo tuyo
y un término rosado es suficiente
para que pierda mi alma el equilibrio.
Una mirada sola, clarísima y brillante,
un simple yo te quiero
podrían encender mi vieja lámpara
y hacer que tras la tarde
se moje de pasión alguna orquídea.
Si supieras
que sólo soy de vientos primitivos,
de aquellos que hacen fuego
y avivan las fogatas campesinas.
Si sólo una milésima,
un lado de mí misma conocieras
sabrías que estoy hecha de aceitunas,
de abejas y geranios,
sabrías que la noche es mi cuaderno
con un redondo verso que es la luna.
Sabrías que por dentro tengo cítaras,
que sólo una caricia
podría convertirme en oleaje,
en lluvia de amapolas y campanas.
Si supieras
que estoy de ti tan llena
que sólo bastaría que te acerques
para nacer de nuevo.
No sabes que soy frágil,
que sólo soy de piel ansiosa y húmeda
que sólo soy mujer,
así sencillamente,
sin rótulos ni farsas, tan sólo soy así:
aquella que te espera contra todo.

De: Memoria del humo(1987)

Cada uno

Cada uno construye su casa como quiere.
La pone sobre el aire,
la siembra en la cintura de la luna
o encima de las olas.

Cada uno
la pinta de manera diferente,
la baña con el cielo
y el oro verdidulce de la tarde.
La llena de jilgueros,
de música y hortensias.
Encima del verano la edifica.
Le pone una ventana al horizonte,
una terraza al mar
y un pájaro de bronce en el tejado.

Cada uno
la salva de la furia del invierno,
le pone verjas altas,
faroles importados de Neptuno,
estufas de Chicago
y espejos fabricados en Arabia.
Cada uno la mide y la corrige.
En forma vertical la va agrandando.
Le pone un tiembre eléctrico
y un número de plata.

La cuida del mendigo que la ensucia,
del niño que le roba una gardenia,
del pobre que la mira.

Cada uno acomoda su casa a su manera,
presume y aparenta,
construye su existencia tontamente
con trapos, pergaminos y billetes,
con vigas antisísmicas
coñac y pararrayos.

Qué lástima pero ninguno
construye a su medida su refugio
con sólo la verdad de cada día
y el sol bien compartido.
Qué lástima que nadie se haga casas
a prueba de mentiras, olvido y desamor.

Yo quiero hacer mi casa a mi manera
sin puertas ni cortinas.
La quiero dulce y tibia
en medio del camino de tus brazos.

Fotografía: Andrés Berrezueta,1987

Contradictoriamente

I

Si todo puede ser 

todo es posible. 

Posible que yo menstrue

la tarde en que me anheles con locura. 

Posible que haga sol

el día en que mi alma llueve tanto. 

Si todo puede ser

todo es posible. 

Posible que de pronto 

me caiga sobre el cuello el arco iris 

o el filo de un machete.

Posible que en el aire

me llegue la fragancia de un durazno 

o el acre desperdicio de un difunto. 

Y así como es posible

que llore sonriendo

o ría de dolor con estridencia, 

podría ser posible tanta náusea 

o tanto malestar en la mirada. 

Y yo puedo deciros

que todo me hace mal si está mal hecho, 

que todo me produce

un vómito de estrellas amarillas. 

Que cuanto más comprendo 

más náusea me sube a la cabeza.

II

Si todo puede ser 

todo es posible. 

Posible que me alegre 

con tantas aflicciones imprevistas, 

posible que me aflija

con tantas alegrías inventadas.

Contradictoriamente

ya nada me resulta transparente. 

Podríamos decir que me contagio 

de un mal ya sin memoria.

Si todo puede ser 

todo es posible. 

Posible que hasta el aire hiera tanto. 

Posible que haya heridas

que corran y se alarguen como el agua. 

Posible que en la tierra

en vez de cereales y hortalizas 

empiecen a crecer los niños muertos.

III

Hoy todo me hace mal y me desdigo, 

reniego por la vida que se queda 

pendiente de una rama en la quebrada. 

Reniego por la muerte que pernocta

al centro de adverbio negativo. 

Si todo puede ser

todo es posible.

Posible hasta yo mismo con mis letras, 

mi náusea, mi herida, mi mentira. 

Irremediablemente

por fin puedo deciros

que sólo la verdad es imposible.

Afuera de la trampa

Dejadme por favor vivir mi vida,
amándola,
mordiéndola,
quitándole el veneno,
limpiándola.
Dejadme que me salve o me condene,
dejadme que vomite,
que sangre,
que sonría,
que cante por el fin de tanta guerra,
que llore por la guerra de los fines.
Dejadme que en silencio
escriba en vuestra culpa una sentencia,
que borre la sentencia de la culpa.
Dejadme que me hunda,
que gima,
que flote en lo intermedio,
que sueñe,
que pueda en una esquina
pisar un alacrán inofensivo.
Dejadme cuantas veces
firmar cada recado sin mi nombre,
dejad que me equivoque,
Dejadme cuantas veces
firmar cada recado sin mi nombre,
dejad que me equivoque,
que llame con maldad al bueno malo.
dejadme simplemente
que cuente por decenas,
qué coma con la izquierda,
que te ame sin remedio.
Dejadme por favor vivir mi vida,
que escape,
que reniegue,
que grite por las lluvias que se enlodan,
que ría por el lodo que se enlluvia.
dejad, pero dejad
afuera de la trampa mi cabeza.

La hierba

Cuántas cosas que pude haberlas dicho
y no las dije.
Cuántas horas que pude disfrutarlas
y no fueron.
Cuántas letras que se quedaron sueltas
sin remedio.
Cuánta vida que pudo ser raíz
y es hoy astilla.

Por conservar las normas de algún juego,
por no poder salirme de las reglas
no pude ser gaviota
ni marinera espuma.
Y apenas me quedé como la hierba:
tenaz y humedecida.

 
 

 Amor sin rostro

Las caras de los otros son iguales.

Mezquinas y  acechantes.

Y aparte de la gente

también tienen cabellos los recuerdos,

la paz tiene una máscara,

la soledad un ojo.

Y en la alegría un diente.

El plumero

El tiempo del plumero ha sido corto. 
Esos tinteros negros
con su papel secante no han durado. 
Posiblemente vuelvan
al cabo de otro siglo y otra moda. 
Nosotros sin embargo
con esta misma cara y estos sueños 
jamás regresaremos.
Tal vez han de volver las viejas cosas: 
la tinta verde obscura
.y el uso de las góticas mayúsculas. 
Tal vez regrese el trompo,
la piedra de moler o el fresco pozo,
nosotros sin embargo
con nuestro amor de hierba
y nuestras iniciales de mortiño 
ya no nos amaremos.
Tan sólo para el hombre 
fracasa el reencuentro. 
No hay doble itinerario
ni dos adolescencias transparentes. 
No hay viajes de regreso 
ni la ocasión segunda y oportuna 
para decir al menos
perdón, adiós o gracias.

Los tiempos jubilosos


Aunque la piel se gaste
yo quiero despertar y hallarte cerca,
contigo amanecer día tras día.
Yo quiero detenerte,
quedarme en tu mirada para siempre. 
II
Y cuando caminemos 
y el aire nos divida
o se atraviese el miedo
serán tus ojos únicos
los que me den la mano. 
III 
Nos habla esta ciudad
con un idioma de alas y barcos,
esta ciudad de Seatlle
en donde resucitan los recuerdos.
Esta ciudad azul
tiene un costado ardiente
y tiene mil esquinas 
en donde se han amado nuestros pasos. 
IV
Hoy puedo agradecerte
por esta mariposa de placer, 
por esta gota ardiente 
que pones en mi piel alucinada, 
por esta luz de fresas
que traes en la punta del silencio.
Te doy amor las gracias
por este nuevo vino que me ofreces. 

Agujeros de la ausencia

Quizás lo más absurdo

es perderse en una mismo.

A veces me pregunto

que pudo haber pasado con mi vida

y cuando me perdí

en estos agujeros de la ausencia.

De: Estos bosques interiores Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2014

Duende libre

Sin ser Caperucita

ni el lobo de mentira

que acaba con el sueño de los niños,

sin ser Alí Baba

ni Blanca Nieves,

la piel del corazón

es sólo un duende bueno

que canta con la luna de febrero

y baila con la lluvia.

La piel del corazón es frágil,

se endulza con tan poco,

se quema con la luz de una mirada,

se crispa con la duda,

solloza con el néctar de la música

y se ríe bajo el viento.

La piel del corazón no piensa,

por eso es duende libre

que pasa conjugando

tan solo el verbo amar en cada tiempo.

Es loco y tonto duende

que suele desafiar los vendavales,

la necia eternidad

y hasta el vacío.

La piel del corazón

se rompe de obstinada y ardorosa,

se gasta en reencuentros

y en lánguidas historias.

Por esta loca piel

a veces nos volvemos tan minúsculos,

y siempre, siempre,

por este corazón

perdemos la cabeza.

De: La oculta candela ( 2005)


El pañolón de la abuela 

Cuando la abuela cubría sus hombros con el pañolón oscuro, algo importante debía resolver, no se trataba solamente de evadir el frío, puesto que estábamos acostumbrados al crudo clima de los páramos andinos.
Habíamos crecido entre el frailejón y la retama, debajo de las nubes más llorosas y los soles más fugaces.
El frío era parte de la piel, del pensamiento y de la vida. Y en ese paisaje neblinoso, límpido a veces, chorreante otras, cabalgábamos sobre los días con el corazón amoratado, igual a los racimos.
Sin embargo, esa mañana la abuela lucía diferente. Un aparente calor manaba de su porte. Envuelta en su atuendo se dirigía a la cocina. 
La antigua escalera de madera crujía con sus pasos. Nunca más he podido encontrar una escalera como esa : angosta y diminuta, con altos y agrietados pasamanos.
Lentamente atravesaba el patio y penetran a en su oscuro y tibio territorio. La cocina era de tierra, adobes y carrizos. Un horno enorme como el vientre de una loba y una hornilla de leña y de carbón. En un rincón una tonada inmensa, cuya helada agua la bebíamos en mates o carritos de latón. En el centro una mesa enana y colgando de los clavos mil utensilios y cachivaches, canastos, pailas, manojos de espigas y hierbas aromáticas. 
La abuela entraba a su recinto y allí era la dueña, la reina y la señora. Con un pedazo de sebo encendía el carbón y paraba la olleta, esa olleta de acero que brillaba y relinchaba. Al poco rato, un espeso chocolate humana junto al tiesto de tortillas.
Y fue esa mañana, mientras el desayuno llegaba maravillosamente al estómago cuando la abuela, fumándose un tabaco y apretándose de rato en rato la cabeza, nos confesó un secreto del tamaño de ese pueblo, de ese tiempo, de esa vida.
– Ustedes, hijos, no son lo que creen que son ni tienen lo que creen que tienen. Ustedes deberían llevar otro apellido y estar quien sabe muy lejos de aquí, tal vez en otro lugar diferente. Vuestro difunto abuelo, al que no conocieron, el único, el verdadero, fue un hombre sabio, inteligentísimo, el mejor orador de ese tiempo, por eso le decían el pico de oro …
Y ese personaje de nuestra infancia se quebró de pronto. Esa abuela sacrílega y grande se vino abajo. Cayó para quedarse hundida como una piedra ancestral o una semilla. Quedó como la huella de un tropel a media noche, como la marca de un hierro sensitivo.
Ahora, a la orilla del recuerdo, repito como Nietzsche: » es preciso tener un caos en el alma para poder dar a luz una estrella».
Quizás la abuela fue algo así como un caos, una mancha, una oveja negra, una oveja azul, pero la estrella podría estar aquí, en este libro. 


El pañolón de la Abuela, 2006. Eskeletra Editorial.

Invierno 

En estos días 
las calles son pupilas
y húmedas miradas apagándose .
La niebla se desmaya en las ventanas 
y adentro es la penumbra.
La lluvia ha recorrido el hemisferio 
dejando huellas tétricas,
han muerto las raíces de los Álamos
y nacen negros lagos.
La luz asoma débil 
detrás de una cortina de nostalgia. 
Se ha ido hasta la magia del silencio 
y sólo aulla el viento.
El invierno es hoy temible
con sus fauces de hielo y vendavales.
El ánimo se quiebra
esperando del sol un pedacito.
En medio de las piedras
se duermen el granizo con el lodo
y bajo las calzadas y adoquines 
se quedan remordidas
verdes lágrimas.


De: Ráfaga Menguante Y Otros Poemas, 2019 

Despedida 

Había yo jurado
no atravesar el túnel de los búhos;
pero al cruzar la ausencia 
con todos sus adioses
volví a caer al hueco, 
al agujero helado de los días,
los días sin tus brazos,
sin tu ternura extraña.
Y pongo por testigos elocuentes 
a tus zapatos viejos,
a tus camisas blancas
y tus sombreros mágicos. 
Solo ellos me reciben cada tarde
con la mudez del nunca,
del siempre o el hasta luego. 
Y acabo preguntándoles por ti,
por tu dolor de piernas 
o tu gastritis crónica. 
Tan solo el agua azul de tu botella 
responde con burbujas 
y con lloroso brillo.
Las huellas de tus dedos en mi sueño
no dicen del absurdo 
de cada despedida,
ni dicen de la muerte
de cada tiempo a medias.
Por eso entre las gasas de la noche
acaba tu perfil desmoronándose.

De: Ráfaga menguante y otros poemas,2019

Violeta Luna, Quito, 2021.Crédito de la fotografía ©Alexis Zaldumbide Manosalvas


Violeta Morayma Luna Carrera (Guayaquil, Ecuador, 24 de febrero de 1943). Poeta, narradora, crítica literaria, ensayista, periodista, activista por los derechos humanos de la mujer y catedrática.

Hija de Matilde Carrera Vásquez y de Sergio Luna, profesor. Violeta era la mayor de siete hermanos. Vivió sus primeros años en Guayaquil. En 1945 la familia se trasladó a San Gabriel, provincia de Carchi, donde su padre comenzó a trabajar en el Colegio Nacional Mixto José Julián Andrade.

En 1948 ingresó a la escuela Catalina Labouré de las monjas de la Caridad. En 1955 pasó al colegio José Julián Andrade, donde se desarrollo su talento para la escrituro, colaboró en varios periódicos murales y ganó varios concursos.

Fue becada en la Universidad Central del Ecuador, donde en 1967 obtuvo el título de Licenciada en Castellano y Literatura, y un Doctorado en Ciencias de la Educación. Durante ese periodo ya tenía escritos varios cuadernos de poesías.

Desde el 63 formó parte del grupo literario «Vigilia» junto a Rafael Herrera Gil que hacía poesía y a Raúl Armendáriz que escribía cuentos, entre otros.

En 1964, motivada por su profesor Galo Rene Pérez, en colaboración con su compañero Rafael Herrera Gil, publicó un volumen de ”Poesía Universitaria”. Poco después editó un segundo poemario «El Ventanal del agua», aparecido igualmente en la imprenta de la Universidad Central bajo los auspicios de su Rector Luis Verdesoto Salgado y fue comentado hasta en la revista «Nivel «de México.

En 1967 publicó su tercer poemario «Y con el sol me cubro» con prólogo de G. Humberto Mata. Ese año obtuvo su ingreso a la Casa de la Cultura donde conoció al poeta Euler Granda, médico, psiquiatra de profesión, quien trabajaba en la Dirección de Prisiones, con quien contrajo matrimonio. Entonces empezó una intensa vida intelectual concurriendo a tertulias literarias y trabó amistad con mujeres importantes, escritoras y artistas del Movimiento feminista ecuatoriano.

En 1968 comenzo a trabajar de profesora de Literatura al Colegio Nacional Manuela Cañizares donde permaneció hasta 1980. También el 68 nació la primera de sus cuatro hijas y editó un tomo de ficción con catorce cuentos cortos «Los pasos amarillos» con prólogo de Diego Viga.

El 69 obtuvo uno de los premios en el Concurso de Cuentos promovido por el Diario «El Comercio» y ganó el Tercer Premio en el XI Concurso Nacional de Poesía de «El Universo» con su composición «Cantos de Temor y de Blasfemia» que salió incluida como primera parte en 1970, dentro de su cuarto poemario: «Posiblemente el aire».

En 1973 publicó su sexto poemario «La Sortija de la lluvia» ,

En 1975 Horacio Hidrovo Peñaherrera la incluyó en su estudio «Voces poéticas del Ecuador».

En 1976 obtuvo el Tercer Premio de Concurso Nacional de Poesía organizado por el Diario «El Universo» con un poema largo, de 28 cantos, titulado «Posiblemente el Aire» que editó el Núcleo del Guayas de la CCE,

En 1980 pidió su traslado al Colegio Experimental Quito por estar más cercano a su domicilio. En 1984 fue invitada para formar parte del Jurado internacional del Premio Casa de las Américas en La Habana pero finalmente no acudió por estar en tramites de divorcio. Ese año editó «Corazón acróbata» en la Colección Populibro de la Universidad Central y fue electa miembro de la Sociedad de Escritores del Ecuador.

En 1987 entró a formar parte del grupo «Mujeres por los Derechos Humanos» con otras escritoras del país y publicó «Memorias del Humo» en el No. 84 de la Colección Básica de Escritores ecuatorianos de la Casa de la Cultura.

El 89 fue trasladada con permiso al Programa «Expedición Andina» del Convenio Internacional Andrés Bello para la educación, que está dedicado a producir material de radio, TV e impreso.

Desde el 89 tuvo a cargo la sección infantil del Diario «El Comercio».

Desde 1990 a 2001 residió en Estados Unidos y México.

Entre otros reconocimientos ha obtenido:

Premio A los mejores cuentos, 1969; Premio Nacional de Poesía Ismael Pérez Pazmiño, Diario El Universo, Guayaquil, 1970; Premio Nacional Jorge Carrera Andrade, Municipio del Distrito Metropolitano de Quito, 1994.

Libros publicados:

 Poesía:

Poesía universitaria (Quito, 1964); El ventanal del agua (Quito, 1965); Y con el sol me cubro (Quito, 1967); Posiblemente el aire(Quito, 1970); Ayer me llamaba primavera (Quito, 1973); La sortija de la lluvia(Guayaquil, 1980); Corazón acróbata (Quito, 1983); Memorias de humo (Quito, 1987); Las puertas de la hierba (Quito, 1994); Solo una vez la vida (Quito, 2000); La oculta candela (Quito, 2005); Poesía Junta (Quito, 2005), entre otros.

 Cuento: 

Los pasos amarillos (Quito, 1970).

Ensayo:

 La lírica ecuatoriana (Guayaquil, 1973).

Consta en las antologías: Lírica ecuatoriana contemporánea (Bogotá, 1979); Diez escritoras ecuatorianas y sus cuentos (Guayaquil, 1982); Poesía viva del Ecuador (Quito, 1990); Antología de narradoras ecuatorianas (Quito, 1997); Poesía erótica de mujeres: Antología del Ecuador (Quito, 2001).


Enlaces de interés:

    

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