7 Poemas de Luisa Govela

Más si osare

para los paisanos migrantes 

Parecemos bostezo del mar 

simples olas 

ovejas para el matadero 

la mosca en el pastel. 

Somos el blanco del cazador 

la nube que vuela sobre las balas 

el dedo en el gatillo 

mano de obra barata. 

Cuando enciende el vecino poderoso 

la antorcha cáustica de la pesadilla 

alzamos el rostro al porvenir 

siempre anhelado, siempre lejano, 

recibimos la bofetada en plena cara, 

la compasión, el odio, 

estallido de heridas. 

Nos llaman wetbacks, spics 

nombre escupido 

cavernarios      

palomas torcazas 

perdularios 

ángeles y querubines 

demonios       espíritus silvestres 

hijos de la Malinche 

cadáver derrumbado de la cima 

de la pirámide. 

Como para encerrarnos a piedra y lodo 

y abrir la llave del gas. 

Nos temen por ser inagotables como el mar, 

las líneas en la mano abierta. 

Con plumas de quetzal 

tejemos nuestros sueños 

con rosas labramos nuestros cantos. 

Encantadora de serpientes

Listo para zarpar, 

el viento estalla en rojas mariposas, 

aves del paraíso, 

besos de salamandra. 

Del suelo 

de las hojas 

de las ramas 

brotan las serpientes, 

hechizadas. 

Entran sinuosas a la danza 

entran zumbando como panales, 

de repente quedan quietas 

como fantasmas. 

Morenita soleada, 

gracia de flor desnuda, 

alada, imprevisible  

como las olas de la tarde. 

Conozco tus palmeras, 

cabellera de pájaros 

jugando con la brisa. 

Escribo con el agua de tus ríos, 

llamo por sus nombres a garzas y caimanes. 

Ven a mi lado un día, 

despliega alegremente, 

en medio de mi pecho, 

un río de sol y aguamarinas 

donde navegue mi alma.

Uvas deleitosas

Alegremente 

el tiempo fluye, 

primicia de arena 

flotando de duna en duna, 

los amantes se desnudan 

a gran velocidad. 

Se abre el abanico, 

estallido de uvas deleitosas 

entre el musgo de rocas. 

Un abrir y cerrar de paraguas 

chorrea nomeolvides 

y en todas las esquinas 

hay fuegos prominentes. 

Fragmentos del incendio 

huyen por la ventana. 

En la plaza, los toros ondearon pañuelos 

en honor de la casta 

y los globos cautivos 

levantaron el vuelo 

con los niños a cuestas. 

Las catedrales salieron a pasear 

por avenidas desbordantes 

de flores. 

Norte

Brama en el mar 

un Leviatán de olas 

que flagela la orilla 

con zarpazos 

de láminas grises. 

El viento lanza 

entre pinos  

un silbido implorante. 

La arena 

levanta el vuelo 

con capote de vidrio. 

Es hora de correr: 

raudas agujas 

laceran la piel. 

Los marineros firman 

testamentos fugaces, 

los aviones tiemblan 

escondidos 

en remotos armarios. 

El día es un músico ebrio 

que nos vuelve la espalda. 

El puente

para ADG 

«Y sus amigas, alrededor de la cama,  

estaban esperando para acoger al niño». 

Ányelos Siquelianós, La madre de Dante 

Tu mano, muy pequeña, 

al borde de la sábana. 

un puño diminuto al filo de la nieve, 

abriéndose, cerrándose,  

como capullo de alas. 

Y deslicé mi dedo en esa leve mano 

al filo de la nieve. 

lo sujetaste con firmeza y calor, 

alzando en vilo al corazón 

en medio de mis playas. 

Emergió el firmamento 

del hueco de tus manos, 

puente acribillado por una felicidad 

recién inaugurada, 

oleaje de violines 

disparando sus rumores de agua. 

Emperador de un río de corazones, 

conquistador plenamente indefenso. 

Cómo olvidar esa mirada en busca de mi voz. 

Cómo olvidar ese primer encuentro 

en que asumí la vida y su arcoíris. 

Lentas y hondas doblaron las campanas. 

La ciudad fue bañada por un aura nupcial 

de primavera. 

Las calles lucían limpias, 

iridiscentes, claras 

y las rosas llameantes florecían para ti. 

Por bellas avenidas llenas de un aire blanco,  

perfumando las cuatro esquinas del sueño, 

desfilaron los árboles 

alzando los jubilosos brazos, 

cantando himnos de gozo. 

Nosotros que no sabíamos nada 

les enseñamos el arte de la levitación. 

Con ese puente,  

puramente instintivo 

tendido por tu mano, 

mi copa desbordaba olas de luz, 

almendras de alegría, 

mil promesas de misterios y dicha, 

hijo mío. 

Igual que un río

a la memoria de RGG 

«Abre tu corazón 

igual que un río…» 

Jaime Sabines 

Con un presagio de alas 

se han abierto las puertas del recuerdo. 

Aletean las palabras y se echan a volar, 

disparadas al filo de magueyes. 

El tiempo se devana  

en la queja 

de palomas distantes. 

Qué solo has quedado, padre, 

dormido en el silencio de las flores. 

En el naufragio de los signos, 

busco la huella fiel: 

te doy un crisantemo. 

hay un poco de música en esa flor. 

Vecinos del océano, 

Circundados por lagunas y ríos, 

fuimos la nave indócil de hermanos bifurcados, 

bogando en el caudal paterno. 

bañabas las heridas,  

a la luz de raíces de un aromado abrazo 

en tanto que la fruta maduraba. 

Eras un río de nubes, 

trotando por las calles 

de una ciudad de agua. 

Soy la prolongación de tus pasos 

en la acera de lluvia. 

Súbitamente irrumpió la tristeza 

por calladas estancias. 

Te has ido de repente 

en medio de febrero 

en medio de la casa. 

Viajero silencioso del último tranvía, 

sin adioses de musgo 

ni gritos estridentes. 

Ese día,  

solos en la otra orilla, 

el llanto entre las manos, 

tu mujer y tus hijos 

hablamos sin palabras. 

¿Acaso puedes verme, me oyes entre sueños? 

Haz que el viento del norte juegue con los espejos. 

Ven, camina por las calles de mis venas. 

Sólo queda un sollozo de truenos 

y ataúdes de luna. 

El pinar umbrío teje una red de sombras 

en la arena. 

El hermano menor

para Eduardo 

«Las almas de los indios tarascos, 

al morir, se elevan al cielo, en alas  

de las mariposas Monarca». 

Leyenda tarasca 

Aquí bajo mis manos invento tu silencio, 

millones de alas de oro se llevaron tu alma 

antes del fin del sueño. 

Cuánto depende del parpadeo 

de un conductor nocturno. 

Adolescente de rostro divagante, 

estrenabas la vida y florecías, 

gota de luz que brota 

en el bosque de alas amarillas 

donde el olvido se adelgaza. 

Me miras, hermanito, 

desde tu muerte joven 

y sólo puedo amarte 

alegre, dolorosamente. 

Hoy recuerdo tu risa, 

aroma de naranja en primavera, 

calendario solar 

desplomado en la orilla 

un octubre lejano. 

Vives en el espejo 

de las húmedas calles 

del puerto de la infancia, 

en el eco distante  

que flota por los muros 

de la vieja casona del abuelo, 

derruida por el ciclón de otoño. 

Vuelas en mi memoria, 

mariposa de ausencia. 

Dan ganas de ser árbol 

y alojarte en mi tronco, 

leve litoral de alas, 

surcando el aire tibio.

Luisa Govela, María Luisa Govela Sierra de Domínguez (Tampico, Tamaulipas, México, 1943). Poeta, escritora y profesora.

Lic. en Lengua y LIteratura Hispánicas (UNAM) Lic. en Lengua Inglesa (UAT) Maestría en Educación (ICEST). Ha sido catedrática y funcionaria en diversas instituciones educativas. Fue colaboradora del periódico El Sol de Tampico de 1931 a 1993. 

Obra publicada :

Tiempo de palabras (1993), Península del viento (1997), Claraboya (2005), El enemigo entrañable (2013), Criaturas supersticiosas (2015), Cruce de cebra (2016).

Una reelección de su obra aparece en la antología Poetas Tamaulipecos del siglo XX, publicada por el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes en el año 2000.

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