“ Nosotras pensamos a través de nuestras madres “
V. Woolf
Esta página es de poesía pero también queremos dar presencia a algunas mujeres que, aunque no escribieron poesía, o no destacaron por ser poetas, su voz como mujeres, pioneras, pensadoras y/o escritoras es tan importante en la historia que creemos deben ser incluidas.
Este es el caso de la extraordinaria Virginia Woolf.
Una de nuestras Imprescindibles.
Y una de las mejores formas que hemos encontrado para hablar sobre Virginia es la excelente conferencia de Laura Freixas.
Virginia Woolf: huerto, jardín y campo de batalla/Laura Freixas.
De Virginia a Vita
Me gusta su caminar
a grandes pasos
con sus largas piernas
que parecen hayas,
una Vita rutilante,
rosada abundosa
como un racimo,
con perlas
por todos lados.
Tu abundante pecho:
sí, como un gran velero
con las velas
desplegadas, navegando.
Te he echado de menos.
Te echo de menos.
Te echaré de menos.

Virginia Woolf y Vita Sackville West
Objetos sólidos
LO ÚNICO QUE SE MOVÍA EN EL VASTO SEMICÍRCULO de la playa era una pequeña mancha negra. A medida que se acercaba al costillar y la espina dorsal del barco sardinero varado, se volvió evidente, gracias a una cierta dilución de su negrura, que la mancha en cuestión poseía cuatro piernas; y con cada momento que pasaba, se hacía más claro que la mancha estaba compuesta por la figura de dos hombres jóvenes. Aun desde lejos, en la mera silueta recortada contra la arena, se podía apreciar una inconfundible vitalidad en ellos; un indescriptible vigor en la forma como los cuerpos se acercaban y se alejaban, en un movimiento que, aunque leve, revelaba una violenta discusión que brotaba de las bocas diminutas de sus cabezas pequeñas y redondas. Al observar con más atención, esto quedaba corroborado por los repetidos movimientos de un bastón por el lado derecho. “¿Entonces me estás diciendo que… ¿De verdad crees que…?”, así parecía afirmar el bastón que se sacudía por la derecha, del lado de las olas, mientras trazaba largas rayas sobre la arena.
“¡Al diablo con la política!”, fueron las palabras que brotaron claramente del cuerpo de la izquierda y, mientras eran pronunciadas, las bocas, las narices, los mentones, los bigotitos, las gorras de paño, las botas de cuero, las chaquetas de cacería y las medias de rombos de los dos hablantes se volvieron cada vez más nítidas; el humo de sus pipas se elevaba en el aire; nada era tan sólido, tan vivo, tan duro, rojo, hirsuto y viril como estos dos cuerpos en kilómetros y kilómetros de mar y dunas de arena.
Se sentaron junto a las seis costillas y el lomo del barco sardinero negro. Ya saben la forma en que el cuerpo parece sacarse de encima una discusión y disculparse por la exaltación; echándose en algún lado y expresando con la laxitud de su postura la disposición a empezar algo nuevo, lo que sea que encuentre a mano. De modo que Charles, cuyo bastón había estado lacerando la playa a lo largo de medio kilómetro o más, comenzó a lanzar al agua trozos planos de pizarra tratando de que brincaran varias veces antes de hundirse, y John, que había exclamado aquello de “¡Al diablo con la política!”, empezó a hurgar con los dedos en la arena. A medida que su mano se hundía cada vez más profundamente, más allá de la muñeca —tanto que tuvo que subirse un poco más la manga—, sus ojos perdieron la intensidad o, mejor, el trasfondo de pensamiento y experiencia que les confiere esa profundidad inescrutable a los ojos de los adultos desapareció por completo, dejando solo la superficie clara y transparente, que no expresa más que asombro, característica de los ojos de los niños pequeños. No cabe duda de que el acto de escarbar en la arena tenía algo que ver con eso. John recordó que, después de cavar un rato, el agua rezuma en torno a los dedos y el agujero se vuelve, entonces, un foso, un pozo, un manantial, un canal secreto hacia el mar. Y mientras decidía cuál de estas cosas hacer, sin dejar de mover los dedos entre el agua, estos se cerraron alrededor de algo duro —un buen trozo de algo sólido— y poco a poco desprendieron un objeto irregular, que sacaron a la superficie. Después de limpiar la capa de arena que lo cubría, apareció un color verde. Era un trozo de vidrio, tan grueso que era casi opaco; la fricción del mar había borrado cualquier rastro de borde o forma, de modo que era imposible decir si había sido botella, vaso o ventana; no era más que un trozo de vidrio; era casi una piedra preciosa. Solo habría que engastarlo en un aro de oro, o perforarlo con un alambre, y se volvería una joya; parte de un collar o un destello verde mate sobre un dedo. Tal vez, a fin de cuentas, sí era realmente una gema, algo que usaría una princesa misteriosa que deslizara su dedo en el agua, mientras se sentaba en la popa del bote y escuchaba cantar a los esclavos que remaban para llevarla hasta el otro lado de la bahía. O quizás las paredes de roble de un cofre isabelino sumergido y repleto de tesoros habrían terminado por ceder y, después de rodar y rodar, sus esmeraldas habían llegado por fin hasta la playa. John le dio vueltas entre sus manos; lo levantó para mirarlo a contraluz; lo sostuvo de tal forma que su masa irregular tapó momentáneamente el cuerpo y el brazo derecho extendido de su amigo. El color verde se atenuaba o se intensificaba ligeramente según lo dirigía hacia el cielo o hacia el cuerpo. Eso le gustó y le intrigó; era un objeto duro, compacto y definido, comparado con la vaguedad del mar y la playa brumosa.
Entonces lo sorprendió un suspiro, un suspiro profundo, categórico, que lo hizo cobrar conciencia de que su amigo Charles ya había arrojado todas las piedras planas que había encontrado a su alcance, o había llegado a la conclusión de que no valía la pena arrojarlas. Se comieron sus emparedados uno junto al otro. Después de terminar, cuando estaban poniéndose de pie y sacudiéndose la arena, John tomó el trozo de vidrio y lo observó en silencio. Charles también lo miró. Pero al ver de inmediato que no era plano, empezó a rellenar su pipa mientras decía, con la energía con que se desecha una idea absurda:
—Volviendo a lo que estaba diciendo…
Charles no vio —y si lo hubiera visto apenas se habría dado cuenta— que, después de mirar el fragmento por un momento, como si vacilara, John lo metió en su bolsillo. Ese impulso, también, podría haber sido el mismo que empuja a un chiquillo a recoger un guijarro en un sendero lleno de piedras, para prometerle una vida de calor y seguridad sobre la repisa de la chimenea de su cuarto, mientras se deleita con la sensación de poder y bondad que dispensa un acto como este, convencido de que el corazón de la piedra late de felicidad cuando se siente elegida entre un millón de piedras como ella, para disfrutar de esa dicha en vez de pasar toda una vida de frío y humedad sobre el camino. “¡Fácilmente podría haber sido cualquier otra de los millones de piedras, pero fui yo, yo, yo!”
Independientemente de que este pensamiento cruzara o no por la cabeza de John, el trozo de vidrio recibió su lugar sobre la repisa de la chimenea, donde reposaba de manera contundente encima de una pequeña pila de facturas y cartas, y no solo servía como un excelente pisapapeles sino también como el sitio en el que los ojos del joven se posaban de manera natural cuando se desviaban de la lectura. Al ser observado una y otra vez, de manera semiconsciente, mientras estamos pensando en algo más, cualquier objeto se mezcla tan profundamente con la sustancia de la que están hechos los pensamientos que pierde su forma y se recompone, de un modo un poco distinto, hasta adquirir un aspecto ideal que asalta nuestra mente cuando menos lo esperamos. Fue así como John empezó a sentirse atraído por las vitrinas de las tiendas de regalos que encontraba durante sus paseos, solo porque veía algo que le recordaba el trozo de vidrio. Algo, cualquier cosa, con tal de que fuera un objeto más o menos redondo, tal vez con una llama moribunda escondida en el fondo de su masa, cualquier cosa —porcelana, vidrio, ámbar, piedra, mármol—, hasta el suave huevo curvado de un ave prehistórica podía llamar su atención. También adquirió la costumbre de mantener los ojos clavados al suelo, en especial cuando pasaba cerca de los baldíos a los que iban a parar los residuos de los hogares. Era frecuente encontrar allí objetos así, tirados, inservibles, sin forma, desechados. En pocos meses ya había recogido cuatro o cinco especímenes que ocuparon de igual modo un lugar sobre la repisa de la chimenea. También le resultaban útiles, pues un hombre que se está postulando al Parlamento, a punto de iniciar una brillante carrera, tiene cualquier cantidad de papeles que debe mantener en orden: direcciones de electores, propuestas de políticas, pedidos de donaciones, invitaciones a cenar y otros por el estilo.
Undía,al salir de sus oficinas en Temple para tomar un tren con el fin de reunirse con sus electores, sus ojos se posaron en un singular objeto que yacía, medio escondido, en una de esas delgadas franjas de césped que bordean los cimientos de los inmensos edificios judiciales. Solo podía tocarlo con la punta del bastón a través de las rejas, pero alcanzaba a ver que se trataba de un trozo de porcelana de una forma suma- mente llamativa, más parecido a una estrella de mar que a cualquier otra cosa: tallado, o roto accidentalmente, de manera que tenía cinco puntas irregulares pero inconfundibles. Aunque predominaba el color azul, este estaba cubierto por una especie de rayas o vetas verdes, y unas líneas de color carmesí le daban una exuberancia y un brillo de lo más atractivo. John estaba decidido a recogerlo y guardárselo, pero cuanto más trataba de alcanzarlo, más se alejaba este. Al final se vio obligado a regresar a sus oficinas e ingeniarse un aro de alambre que adaptó a la punta del bastón y con el cual, gracias a un gran cuidado y habilidad, por fin logró acercar el trozo de porcelana hasta dejarlo al alcance de sus manos. Cuando lo agarró, soltó una exclamación de triunfo. En ese momento sonó el reloj. Ya era imposible que llegara a su cita. La reu- nión se realizaría sin él. Pero ¿cómo se habría roto esta pieza de porcelana para adquirir esa forma tan prodigiosa? Un cuidadoso examen lo convenció de que la forma de estrella era accidental, lo cual hacía que todo se volviera más extraño, y parecía muy poco probable que existiese otro trozo como ese.
Instalado en un lado de la repisa, al otro extremo del trozo de vidrio que había sacado de la arena, parecía una criatura de otro mundo: estrafalario y fantástico como un arlequín. Parecía hacer piruetas en el espacio, titilando como una estrella intermitente. El contraste entre la porcelana tan vívida y alerta, y el vidrio, tan inexpresivo y contemplativo, le fascinaba y, asombrado e intrigado, se preguntó cómo era posible que los dos existieran en el mismo mundo, más aún, que los dos reposaran sobre el mismo listón de mármol, en el mismo salón. La pregunta quedó sin respuesta.
Empezó entonces a explorar las zonas en las que era más probable hallar objetos de porcelana rotos, como los baldíos aledaños a los ferrocarriles, los lugares en los que se había demolido alguna casa y los parques de los alrededores de Londres. Pero es raro arrojar una pieza de porcelana desde una gran altura; ese es uno de los actos humanos más extraños. Hay que encontrar un sitio en el que confluyan una casa muy alta y una mujer tan temerariamente impulsiva y apasionadamente recelosa como para arrojar sus vasijas o sus floreros por la ventana, sin pensar en quién pueda estar debajo. Era posible encontrar muchos objetos de porcelana rotos, pero que se habían roto en un tonto accidente domés- tico, sin propósito ni carácter. No obstante, en la medida en la que empezó a ahondar más en el tema, John no dejaba de asombrarse ante la inmensa variedad de formas que se podían encontrar solo en Londres, y se maravillaba todavía más al especular sobre las diferentes calidades y diseños. Llevaba a casa los mejores especímenes y los colocaba sobre la repisa de la chimenea, donde, sin embargo, su función se volvía cada vez más ornamental, pues los papeles que necesitaban ser mantenidos en orden se volvían cada vez más escasos.
John descuidó sus deberes, o los cumplía de manera distraída, o tal vez, cuando sus electores lo visitaban, salían desfavorablemente impresionados con el estado de la repisa de su chimenea. El caso es que no fue elegido para representarlos en el Parlamento, y cuando su amigo Charles, muy preocupado por el asunto, fue a ofrecerle sus condolencias, lo encontró tan poco abatido por el desastre que solo pudo suponer que se trataba de un asunto demasiado grave para lograr enten- derlo con una sola visita.
La verdad es que John había estado ese día en el parque de Barnes y, bajo un retamo espinoso, había encontrado un fragmento de hierro muy interesante. Era casi idéntico al trozo de vidrio en cuanto a la forma, grande y esférico, pero tan frío y pesado, tan negro y metálico, que evidentemente era ajeno a la Tierra y provenía de una estrella muerta o era en sí mismo el residuo de un satélite. El fragmento ejercía un peso enorme en su bolsillo; ejercía un peso enorme sobre la repisa e irradiaba frío. Y, sin embargo, el meteorito reposaba sobre el mismo listón de mármol, junto al trozo de vidrio y el pedazo de porcelana en forma de estrella.
Cuando sus ojos pasaban de uno a otro, la determinación de poseer objetos que superaran incluso a estos atormentaba al joven. Entonces se dedicó a la búsqueda de manera cada vez más decidida. Si no estuviera tan consumido por la ambición y convencido de que algún día un basurero recién descubierto lo iba a recompensar, las decepciones que había sufrido, por no hablar de la fatiga y las burlas, lo habrían hecho renunciar a su empeño. Armado con una bolsa y una vara larga acondicionada con un gancho ajustable, revolvía todos los depósitos de tierra; rastrillaba bajo marañas macizas de matorrales; hurgaba en todos los callejones y las rendijas en las que había aprendido que podía encontrar objetos des- echados de ese tipo. A medida que sus estándares se fueron volviendo más altos y su gusto más minucioso, las decepcio- nes se volvieron innumerables, pero siempre había un rayo de esperanza, algún trozo de porcelana o vidrio curiosamente marcado o partido, que lo incitaba a seguir. Así pasaron los días y John dejó de ser joven. Su carrera —nos referimos a su carrera política— quedó en el olvido. La gente dejó de visitarlo. Se volvió demasiado taciturno como para que valiera la pena invitarlo a cenar. Nunca hablaba con nadie sobre sus grandes ambiciones; a juzgar por la forma en que se comportaban, era evidente que no lo entendían.
Entonces se recostó en su sillón y observó a Charles mientras levantaba las piedras de la repisa una docena de veces y volvía a ponerlas de manera enfática sobre el mármol —para marcar sus opiniones sobre la conducta del gobierno—, pero sin reparar ni una sola vez en la existencia de las piedras.
—¿Qué fue realmente lo que pasó, John? —preguntó Charles de repente, al tiempo que se volvía hacia su amigo y lo miraba de frente—. ¿Qué fue lo que te hizo renunciar de esa manera de un momento a otro?
—Yo no he renunciado —contestó John.
—Pero ya no tienes ni la menor posibilidad —dijo Charles bruscamente.
—Pues no estoy de acuerdo contigo en eso —replicó John con convicción. Charles lo miró y se sintió profundamente incómodo; se hallaba asaltado por las dudas más extraordinarias; tenía la peculiar impresión de que estaban hablando sobre cosas distintas. Así que miró a su alrededor para encontrar algún alivio a su horrible sentimiento de depresión, pero la apariencia desordenada de la habitación terminó por deprimirlo todavía más. ¿Qué eran esa vara y esa bolsa de tela vieja que colgaban de la pared? Y luego, ¿qué eran todas esas piedras? Al mirar a John, advirtió en su expresión algo fijo y lejano que lo alarmó. Tuvo la certeza de que el mero aspecto de este hombre hacía imposible su aparición sobre una tarima. —Bonitas piedras —dijo de la manera más despreocupada que pudo y, alegando que tenía otra cita, se despidió de John… para siempre.

Una novela no escrita
SEMEJANTE EXPRESIÓN DE INFELICIDAD justificaba por sí sola que uno deslizara los ojos por el borde del periódico para fijarse en el rostro de aquella pobre mujer; una mujer insignificante de no ser por esa apariencia, que gra- cias a ella era casi un símbolo del destino humano. La vida es lo que vemos en los ojos de la gente; la vida es lo que la gente aprende y, después de haberlo aprendido, nunca puede desconocer, por más que trate de ocultarlo. ¿Qué? Que la vida es así, según parece. Cinco caras delante —cinco rostros adultos— y el conocimiento en cada una de ellas. Es extraño, sin embargo, ¡lo mucho que la gente quiere esconderlo! Señales de desconfianza en todos esos rostros: labios apretados, ojos entrecerrados, cada uno de los cinco haciendo algo para ocultar o suprimir su conocimiento. Uno fuma, otro lee, un tercero revisa anotaciones en un librito, un cuarto observa fijamente el mapa de la línea férrea que tiene enfrente, y la quinta, lo terrible de la quinta es que no hace absolutamente nada. Solo mira la vida. Ah, pero mi pobre y desgraciada mujer, por favor juega la partida, trata, por el bien de todos, ¡de esconderlo!
Como si me hubiera oído, ella levantó la mirada, se rebulló un poco en el asiento y suspiró. Parecía disculparse y, al mismo tiempo, decirme: “¡Si usted supiera!”. Luego volvió a observar la vida. “Pero si yo sé”, respondí mentalmente, mientras miraba de reojo el Times para no parecer grosera. “Yo lo sé todo. ‘Se anuncia oficialmente ayer en París la paz entre Alemania y los Aliados – El signor Nitti, primer ministro ita- liano – Colisión entre un tren de pasajeros y un tren de carga en Doncaster…’. Todos sabemos —el Times sabe—, pero fingimos no saber”. Mis ojos habían vuelto a reptar una vez más sobre el borde del periódico. Ella se estremeció, torció el brazo de manera extraña para llevárselo al centro de la espalda y movió la cabeza de un lado a otro. De nuevo, me sumergí en mi gran estanque de vida. “Toma lo que desees”, seguí diciendo, “nacimientos, muertes, matrimonios, la Circular de la Corte(1)los hábitos de las aves, Leonardo da Vinci, el crimen ocurrido en los montes de arena cerca de Blackpool, salarios altos y el costo de vida… ah, toma lo que quieras”, repetí, “¡todo está en el Times!”. De nuevo, ella movió la cabeza de un lado a otro con un cansancio infinito hasta que, como un trompo exhausto de dar vueltas, la cabeza reposó por fin sobre el cuello.
El Times no logró protegerme de una aflicción como la de ella, pero la presencia de otros seres humanos impedía entablar una conversación. Lo mejor que se podía hacer contra la vida era doblar el periódico hasta que formara un rectángu- lo perfecto, crujiente, grueso, impenetrable incluso a la vida. Una vez hecho esto, levanté la mirada rápidamente, armada con mi propio escudo. Pero ella atravesó mi escudo; clavó sus ojos en los míos, como si buscara en las profundidades de estos algún residuo de coraje que pudiera humedecer para convertirlo en arcilla. Pero su solo estremecimiento negó toda esperanza, disipó toda ilusión.
Y así seguimos traqueteando a lo largo de Surrey y entramos a Sussex. Pero por tener los ojos clavados en la vida, no me di cuenta de que los otros pasajeros se habían ido bajando, uno por uno, hasta que solo quedamos ella y yo, y el hombre que leía. Era la estación Three Bridges. Nos acercamos lentamente a la plataforma y nos detuvimos. ¿Nos abandonaría el hombre? Recé para que pasara una cosa o la otra, al final recé para que se quedara. En ese instante se puso de pie, arrugó el periódico con desprecio, como si fuera una cosa ya inservible, abrió la puerta con brusquedad y nos dejó solas.
Inclinándose un poco hacia delante, la desdichada mujer se dirigió a mí, modesta y tediosamente: habló de estaciones y de vacaciones, de hermanos en Eastbourne y de la época del año, que era, ya no recuerdo, si comienzos o finales. Pero cuando por fin despegó los ojos de la ventana y vio, yo lo sabía, tan solo la vida, ella susurró:
—La lejanía, esa es la desventaja de… —Ah, nos aproximábamos a la catástrofe—. Mi cuñada… —La amargura de su tono era como limón sobre acero helado y, hablando no conmigo sino para sí misma, murmuró—: Tonterías, diría ella, es lo que dice todo el mundo… —Y mientras hablaba, se movía nerviosamente, como si la piel de su espalda fuese la de un pollo desplumado en la vitrina de una carnicería.
—¡Ah, esa estúpida! —exclamó nerviosamente y de pronto se quedó callada, como si la enorme y estúpida vaca que pastaba en la pradera la hubiera alertado y la hubiera salvado de soltar una indiscreción. Luego se estremeció y enseguida hizo el mismo extraño movimiento de torsión que le había visto hacer antes, como si, después del espasmo, le ardiera o le picara un punto entre los hombros. Después volvió a verse de nuevo como la mujer más infeliz del mundo, y yo volví a reprochárselo, aunque no con la misma convicción, porque si había una razón, y si yo supiera la razón, desaparecería el estigma de la vida.
—¡Las cuñadas! —dije.
Ella frunció los labios, como si fuera a escupir veneno al oír esa palabra, y los dejó fruncidos. Pero lo único que hizo fue tomar su guante y restregar una mancha en el vidrio de la ventana. Lo restregó como quien quiere quitar algo para siempre: una imperfección, una impureza indeleble. De hecho, la mancha permaneció intacta a pesar de la fricción, y la mujer volvió a hundirse en el asiento, con el mismo estremecimiento y la torsión del brazo que yo ya esperaba. Algo me impulsó a tomar mi guante y frotar mi ventana. Ahí también había una manchita en el vidrio, que permaneció intacta a pesar de mis esfuerzos. Y luego fui yo quien sintió el espasmo, y doblé el brazo y me rasqué el centro de la espalda. Mi piel, también, se sintió como la piel húmeda de un pollo en la vitrina de la carnicería; un punto entre los hombros ardía y picaba, y se sentía pegajoso y adolorido. ¿Podría llegar hasta él? Subrepticiamente, traté de alcanzarlo. Entonces ella me vio y una sonrisa de infinita ironía, de infinita congoja, cruzó fugazmente por su cara. Pero ella se había comunicado, había compartido su secreto, había pasado su veneno; ya no hablaría más. Recostándome en mi esquina, ocultando mis ojos de los suyos, observando solamente las colinas y los valles, grises y púrpuras, del paisaje invernal, capté su mensaje, descifré su secreto, lo leí en su mirada.
Hilda es la cuñada. ¿Hilda? ¿Hilda? Hilda Marsh: Hilda la enérgica, la pechugona, la matrona. Hilda espera en la puerta con una moneda en la mano, mientras el taxi se acerca. “Pobre Minnie, más pobre que nunca, el mismo abrigo que tenía el año pasado. Bueno, bueno, con dos hijos, en estos tiempos, no se puede hacer nada más. No, Minnie, yo pago; aquí tiene, señor… nada de remilgos conmigo. Sigue, Minnie. Ay, si podría alzarte a ti, ¡cómo no voy a poder con tu canasta!”. Y así entran al comedor. “Llegó la tía Minnie, niños”.
Lentamente, cuchillos y tenedores descienden en vertical. Ellos se levantan (Bob y Bárbara), tienden la mano de manera rígida, luego vuelven a sus asientos y siguen mirando fijamente entre bocado y bocado. [Pero esto nos lo vamos a saltar: adornos, cortinas, la vajilla de tréboles, rectángulos amarillos de queso, cuadrados blancos de pan —saltar—, ah, ¡pero un momento! A mitad del almuerzo, uno de esos espasmos; Bob se queda mirándola, con la cuchara entre la boca. “Sigue con tu postre, Bob”; pero a Hilda le parece mal, “¿Por qué se tiene que retorcer así?”. Saltar, saltar, hasta que llegamos al rellano del piso superior; escaleras con barandas de bronce; piso de linóleo gastado; ah, ¡sí!, el cuartico que da sobre los tejados de Eastbourne: tejados que zigzaguean como los cuernos de las orugas, para allá, para acá, con rayas rojas y amarillas, y tejas negro azuladas]. Bueno, Minnie, la puerta se cierra; Hilda desciende pesadamente hacia el sótano; tú sueltas las correas de tu canasta, tiendes sobre la cama un modesto camisón, al lado, un par de pantuflas forradas en piel. El espejo… no, evitas el espejo. Dispones metódicamente los alfileres del sombrero. ¿Será que la cajita de nácar tiene algo adentro? La sacudes; es el mismo broche de perla que estaba ahí el año pasado; es todo. Y luego resoplar, suspirar, sentarse junto a la ventana. Son las tres en punto de una tarde de diciembre; está lloviznando; se ve un resplandor por el tragaluz de una gran tienda de cortinas; otra luz más fuerte en la habitación de una criada; esta última se apaga. Eso la deja sin nada que mirar. Un momento de vacío, luego, ¿en qué estás pensando? (Permítanme espiarla allá enfrente; está dormida o finge que duerme; entonces, ¿en qué pensará sentada junto a la ventana a las tres de la tarde? ¿Salud, dinero, cuentas, su Dios?) Sí, sentada en el borde de la silla, contemplando desde arriba los techos de Eastbourne, Minnie Marsh le reza a Dios. Eso está muy bien; y tal vez también restriegue la ventana, como para ver mejor a Dios; pero ¿qué Dios ve ella? ¿Quién es el Dios de Minnie Marsh, el Dios de las callecitas de Eastbourne, el Dios de las tres de la tarde? Yo también veo los tejados, veo el cielo; pero, ay, caramba, ¡eso de ver dioses! Se parece más al presidente Kruger que al príncipe Alberto(2) —es lo mejor que puedo hacer por él— y lo veo en una silla, con una levita negra, pero tampoco tan arriba; logro imaginar una o dos nubes para que se siente, y luego su mano, que se ve un poco detrás entre la nube, sostiene un bastón de mando, ¿o es un garrote? Negro, grueso, con púas. ¡El Dios de Minnie es un viejo bravucón! ¿Acaso fue él el que le mandó el picor, el rubor y la contorsión? ¿Esa es la razón por la que ella reza? Lo que restriega en la ventana es la mancha del pecado. ¡Ay, Minnie cometió un delito!
Tengo mi propio surtido de delitos. Los bosques revolotean y huyen; en verano hay campanillas; y en ese claro de allá, cuando llegue la primavera, habrá prímulas. Una separación, ¿podría ser? ¿Hace veinte años? ¿Una promesa incumplida? ¡Pero no fue Minnie quien incumplió! Ella era fiel. ¡Cómo cuidó a su madre! Todos sus ahorros en el sepulcro: coronas bajo el vidrio, narcisos en los jarrones. Pero divago… Un delito… Ellos dirían que se aferró a su pena, que ocultó su secreto —su sexo, dirían ellos, los científicos—, pero ¡qué tontería achacarle eso del sexo! No… más bien algo así: caminando por las calles de Croydon, hace veinte años, los rizos violetas de la cinta que adorna la vitrina de una mercería destellan con la luz eléctrica y llaman su atención. Ella se entretiene un rato, son más de las seis. Si corre, todavía alcanzará a llegar a tiempo. Empuja la puerta giratoria de vidrio. Hay descuentos. Muchas bandejas rebosantes de cintas. Ella se detiene, toma esta, acaricia aquella con rosas; no tiene que elegir, no tiene que comprar y cada bandeja esconde una sorpresa. “Cerramos a las siete”, y de pronto son las siete. Ella corre, se apresura, llega a casa, pero es demasiado tarde. Los vecinos, el médico, el hermanito, la jarra de agua hirviendo, quemado, el hospital, está muerto. ¿O es solo el impacto, la culpa? Ah, ¡pero los detalles no importan! Lo importante es lo que ella lleva adentro; la mancha, el delito, lo que debe expiar, siem- pre ahí entre sus hombros. “Sí”, parece asentir con la cabeza mientras me mira, “es lo que hice”.
Si lo hiciste, o lo que hiciste, no me importa; eso no es lo que quiero. La vitrina de la mercería enmarcada en violeta, eso servirá. Un poco prosaico, tal vez, un poco corriente, habiendo tantos delitos de dónde escoger, pero es que muchos… (déjenme espiarla otra vez: todavía duerme —¡o finge que duerme!—, pálida, agotada, la boca cerrada —una señal de terquedad, más de lo que uno esperaría—, ni rastros de sexo)… muchos delitos no son tu delito. Tu delito fue una tontería, solo el castigo es solemne… porque ahora se abre la puerta de la iglesia, y ella se sienta en una dura banca de madera, y luego se arrodilla en las baldosas color marrón, y cada día, en invierno, en verano, al atardecer, al amanecer (¡mírenla ahí!), ella reza. Todos sus pecados caen, caen, caen para siempre. La mancha los recibe y se inflama, y se pone roja y arde. Luego ella se retuerce. Los niños señalan con el dedo —“Bob hoy, al almuerzo”—, pero las ancianas son las peores.
En efecto, ya no puedes seguir rezando. Kruger ha desaparecido detrás de las nubes, como velado por un pincelazo gris al cual el pintor le ha añadido un toque de negro. Hasta la punta del garrote ha desaparecido. ¡Eso es lo que siempre ocurre! Tan pronto lo ves, tan pronto lo sientes, alguien inte- rrumpe. Ahora es Hilda.
¡Cuánto la odias! Ella cierra con llave incluso la puerta del baño por las noches, esa también, aunque lo único que quieres es agua fría, y a veces, cuando la noche ha sido mala, parece como si bañarse ayudara. Y John en el desayuno, los niños, las comidas son lo peor, y a veces hay amigos —los helechos no alcanzan a ocultarlos del todo— y ellos también lo presienten. Así que sales a la costa, donde las olas son grises, y los periódicos vuelan con el viento, y los refugios de cristal se han vuelto verdes y son helados, y las sillas cuestan dos centavos —demasiado—, porque debe de haber predicadores en la playa. Ah, ahí hay un negro, y ahí, un hombre extraño, y allá, otro con unos pericos, ¡pobres criaturitas! ¿Es que no hay nadie aquí que piense en Dios? Justo allá arriba, sobre el muelle, con su garrote. Pero no. No hay nada más en el cielo que ese gris, o si es azul, las nubes blancas lo ocultan. Y la música, es música militar. ¿Y qué están pescando aque- llos? ¿Sí atrapan algo? ¡Cómo miran los niños! Y bien, luego de regreso a casa, “¡de regreso a casa!”. Las palabras tienen sentido, tal vez las dijo el viejo de los bigotes… No, no, en realidad él no habló. Pero todo tiene sentido: los carteles contra las puertas, los avisos sobre las vitrinas, las frutas rojas en las canastas, las cabezas de mujer donde los peluqueros, todo dice “¡Minnie Marsh!”. Pero de repente un tirón. “¡Los huevos son más baratos!” ¡Eso es lo que siempre pasa! La estaba llevando al abismo, directamente a la locura, cuando, como un rebaño de ovejas soñadas, ella gira en otro sentido y se escapa por entre mis dedos. Los huevos son más baratos. Atada a las orillas del mundo, no hay ningún delito, ninguna pena, ninguna felicidad, ni ninguna locura para la pobre Minnie Marsh: nunca tarde para almorzar, nunca en medio de una tormenta sin impermeable, nunca totalmente ignorante del irrisorio precio de los huevos. Así que llega a casa y cepilla sus botas. ¿Te he entendido bien? Pero el rostro humano, el rostro humano que asoma por encima de la hoja impresa, contiene más, esconde más. Y ahora, con los ojos abiertos, ella observa; y en el ojo humano —¿cómo definirlo?— hay una ruptura, una división, como cuando acabas de asir el tallo y la mariposa se escapa, la polilla que gravita en la noche sobre la flor amarilla. Muévete, levanta la mano, fuera, hacia lo alto, lejos. Pero no voy a levantar la mano. Entonces quédate quieto, temblor, vida, alma, espíritu, lo que seas de Minnie Marsh. Yo, igual, en mi flor —el halcón sobre la colina— sola, ¿o cuál sería el valor de la vida? Elevarse; quedarse quieto en la noche, a mediodía; quedarse quieto sobre la colina. El aleteo de una mano —¡fuera, hacia lo alto!—, luego, suspendido de nuevo. Solo, invisible; viendo todo tan quieto allá abajo, todo tan hermoso. Sin que nadie vea, sin que a nadie le importe. Los ojos de los demás son nuestra prisión; sus pensamientos, nuestras jaulas. Aire por encima, aire por debajo. Y la luna y la inmortalidad… ¡Ay, pero caigo al suelo! ¿Tú también estás abajo? Tú, allá en la esquina. ¿Cómo te llamas? Mujer, Minnie Marsh, ¿o algún nombre parecido? Ahí está, pegada a su flor; abriendo su bolso, del que saca un cascarón, un huevo. ¿Quién estaba diciendo que los huevos eran más baratos? ¿Tú o yo? Ah, fuiste tú quien lo dijo, camino a casa, ¿recuerdas? Cuando ese caballero viejo abrió de repente su sombrilla, ¿o fue que estornudó? En todo caso, Kruger se fue y tú empezaste a “regresar a casa”, y cepillaste tus botas. Sí. Y ahora tiendes sobre tus rodillas un pañuelo al que arrojas diminutos fragmen- tos puntiagudos de cáscara de huevo —fragmentos de un mapa—, un rompecabezas. ¡Cómo quisiera armarlo! Si solo te quedaras quieta. Ella ha movido las rodillas, el mapa está otra vez desarmado. Por las faldas de los Andes, los bloques de mármol blanco van saltando y despeñándose, aplastando para siempre a todo un ejército de arrieros españoles, junto con su carga, el botín de Drake, oro y plata. Pero regresemos…
¿A qué? ¿A dónde? Ella abrió la puerta y, después de poner la sombrilla en el paragüero… El resto ya se sabe, lo mismo que el olorcillo a carne que llega del sótano, punto, punto, punto, pero lo que no puedo eliminar así, lo que debo atacar y dispersar —con la cabeza gacha, los ojos cerrados, el coraje de un batallón y la ceguera de un toro— son, indudablemente, las figuras tras los helechos, los pasajeros que viajaban por trabajo. Los he ocultado ahí todo este tiempo con la esperanza de que desaparecieran de alguna forma de la historia, o, mejor aún, de que surgieran —como en efecto deben hacerlo, si quiero que la historia se vuelva más rica y más redonda, que acumule más destino y tragedia, como deben hacerlo las historias—, para incluir a dos, si no a tres, de esos pasajeros y todo un seto de aspidistras. “Las frondas de la aspidistra solo escondían parcialmente al pasajero que viajaba por negocios…” Las azaleas lo ocultarían por completo y, además, me deleitarían con su rojo y blanco —placer que ansío y busco—, pero ¿azaleas en Eastbourne, en diciembre, en la mesa de los Marsh? No, no, no me atrevo. Allí todo son cortezas de pan y vinagreras, adornos y helechos. Tal vez más tarde haya un momento junto al mar. Más aún, al abrir alegremente algunos agujeros en aquel calado verde y asomarme por encima de la fortaleza de cristal tallado, siento un deseo de examinar y espiar al hombre de enfrente —uno es todo lo que puedo manejar—. James Moggridge, ¿no? ¿Al que los Marsh le dicen Jimmy? [Minnie, tienes que prometer no retor- certe hasta que aclare esto]. James Moggridge vende… —¿podríamos decir botones?—, pero todavía no es momento para hablar de ellos —los grandes y los pequeños, sobre aquellas largas tarjetas; algunos como ojos de pavo real, otros, dorado opaco; cuarzos ahumados algunos, y otros, rayos de coral—, pero digo que no hay tiempo para eso. Él es agente viajero y los jueves, su día en Eastbourne, almuerza en casa de los Marsh. Su cara roja, su ojitos fijos —en modo alguno ordinarios—, su enorme apetito (eso es una garantía; no mirará a Minnie hasta que el pan haya absorbido toda la salsa), la servilleta colgando del cuello en forma de rombo —pero eso es poco sofisticado e, independientemente de lo que piense el lector, a mí no me engaña—. Escapémonos ahora a la casa de los Moggridge, empecemos con eso. Bueno, los domingos, el propio James se encarga de remendar las botas de toda la familia. Además, es lector de Truth(3). Pero ¿su pasión? Las rosas… y su esposa, una enfermera retirada —interesante… Por Dios, ¡permítanme tener una mujer con un nombre que me guste!—. Pero no, ella pertenece a las criaturas no nacidas de la imaginación, criaturas ilícitas, pero no por ello menos queridas, como mis azaleas. ¿Cuántas mueren en cada novela que se escribe? Las mejores, las más queridas, mientras que Moggridge vive. Es culpa de la vida. Aquí está Minnie, comiéndose su huevo en este momento, enfrente de mí, y al final de la línea —¿ya pasamos Lewes?— debe de estar Jimmy… o ¿por qué se retuerce ella?
Debe de estar Moggridge —culpa de la vida—. La vida impone sus leyes, la vida bloquea el camino, la vida está detrás del helecho, la vida es la tirana, ay, ¡pero no el bravucón! No, porque yo les aseguro que vengo voluntariamente, vengo atraída por vaya a saber qué compulsión, a través de helechos y vinagreras, manchas en la mesa y botellas sucias. Vengo inevitablemente para alojarme en algún lugar de la carne firme, la columna fuerte —donde sea que pueda penetrar o apoyarme en la persona, en el alma— de Moggridge el hombre. La enorme estabilidad del material: la columna, resistente como barbas de ballena, recta como un roble; las costillas, ramas que se proyectan; la carne, tensa lona; los orificios rojos; la succión y regurgitación de las entrañas; mientras que desde arriba cae la carne en cubos color marrón y buches de cerveza que se mezclarán para convertirse en sangre de nuevo… y así llegamos a los ojos. Detrás de la aspidistra, estos atisban algo: negro, blanco, tristeza; ahora de nuevo el plato; detrás de la aspidistra, los ojos ven a la anciana: “La hermana de Marsh, Hilda es más mi tipo”; ahora el mantel. “Marsh sabría qué pasa con los Morris…”; hablan de eso; llega el queso; de nuevo el plato; lo hacen circular —los dedos enormes—; ahora la mujer de enfrente. “La hermana de Marsh… no se parece a Marsh; mujer desdichada y vieja… Deberías estar alimentando tus gallinas… Pero ¡por Dios! ¿Qué la hace retorcerse así? No lo que yo dije, ¿o sí? ¡Ay, ay, ay! Estas ancianas. ¡Ay, ay!”.
[Sí, Minnie, sé que te retorciste, pero, un momento… James Moggridge].
“¡Ay, ay, ay!” ¡Qué hermoso sonido! Como el golpe de un martillo sobre madera seca, como el latido del corazón de un viejo ballenero cuando las aguas se vuelven densas y el parque se encapota. “¡Ay, ay!”, doblan las campanas por el alma de los miserables, para aliviarlos y consolarlos, y envolverlos en lino diciendo: “Adiós. ¡Buena suerte!”, y luego, “¿Qué deseas?”, porque aunque Moggridge arrancaría su rosa por ella, eso ya pasó, se terminó. Y ahora, ¿qué sigue? “Señora, va a perder su tren”, porque ellos no esperan.
Esa es la manera de ser del hombre; ese es el sonido que reverbera; ahí están la catedral de San Pablo y los autobuses. Pero estamos limpiando la mesa. Ay, Moggridge, ¿no se queda usted? ¿Tiene que irse? ¿Va a recorrer Eastbourne esta tarde en uno de esos pequeños carruajes? ¿Es usted el hombre emparedado entre cajas de cartón verde, que a veces tiene las cortinas cerradas, y a veces se queda inmóvil, muy solemne, mirando al vacío como una esfinge, y siempre tiene esa apariencia fúnebre, un poco de enterrador, con el ataúd y el crepúsculo que rodea al caballo y al conductor? Por favor cuénteme, pero las puertas se cierran de un golpe. Nunca volveremos a encontrarnos. Moggridge, ¡adiós!
Sí, sí, ya voy. Hasta el último piso de la casa. Me demoro un momento. La forma en que el lodo da vueltas en la mente: el remolino que dejan estos monstruos, las aguas agitadas, la maleza que se mece, verde aquí, negra allá, buscando la arena, hasta que los átomos vuelven a ensamblarse poco a poco, el sedimento se filtra y uno vuelve a ver con los ojos, clara y tranquilamente, y llega a los labios una oración por los difuntos, un réquiem por las almas de aquellos a los que saludamos con una inclinación de cabeza, la gente que nunca volveremos a encontrarnos.
Ahora James Moggridge está muerto, se fue para siempre. Bueno, Minnie… “Ya no lo soporto”. Si ella dijo eso… (déjenme mirarla: está sacudiendo las cáscaras de huevo hacia las grietas del piso). Ciertamente lo dijo, recostándose contra la pared de la habitación, mientras pellizca las borlas que ribetean la cortina color vino. Pero cuando el yo le habla al yo, ¿quién está hablando? El alma enterrada, el espíritu empujado hasta las profundidades de la catacumba central. El yo que tomó los hábitos y se retiró del mundo —un cobarde, tal vez, sin embargo, de alguna manera hermoso, a medida que revolotea con su lámpara incansablemente por corredores oscuros—. “Ya no lo aguanto”, dice su espíritu. “Ese hombre al almuerzo, Hilda, los niños”. ¡Ay, cielos, sus sollozos! Es el espíritu aullando por su destino, el espíritu llevado de acá para allá, refugiándose en las capas menguantes —exiguos puntos de apoyo—, marchitos jirones del total del universo evanescente: amor, vida, fe, esposo, hijos, no sé qué esplendores y glorias vislumbraría en la infancia. “No para mí, no para mí”.
Pero luego… ¿los panecillos, el perro viejo y calvo? Paños para bisutería, eso es lo que debería imaginarme, y el consuelo de la ropa interior de lino. Si Minnie Marsh fuese atropellada y la llevaran al hospital, las enfermeras y los propios médicos exclamarían… Está la vista y la visión —está la distancia—, la mancha azul al final de la avenida, aunque, después de todo, el té está fuerte, el panecillo, caliente, y el perro —“Benny, a tu canasta, vamos, y ¡mira lo que te trajo mamá!”—. Así que agarras el guante que tiene el pulgar gastado, y desafiando una vez más el demonio invasor de eso que llaman descoserse, renuevas las fortificaciones, entretejiendo la lana gris, pasándola por dentro y por fuera.
Pasándola por dentro y por fuera, de un lado a otro y por encima, tejiendo una red a través de la cual el mismo Dios… sshh, ¡no pienses en Dios! ¡Qué puntadas tan tupidas! Debes sentirte orgullosa de tu remiendo. Que nada la perturbe. Dejemos que la luz se apague suavemente, y que las nubes muestren el interior de la primera hoja verde. Dejemos que el gorrión se pose en la rama y sacuda la gota de lluvia que cuelga de la esquina… ¿Por qué mirar hacia arriba? ¿Fue un sonido, un pensamiento? ¡Ay, cielos! ¿De vuelta a lo que hi- ciste, la vitrina con los rizos violeta? Pero Hilda va a venir. Ignominias, humillaciones, ¡ay, cierra esa brecha!
Después de zurcir el guante, Minnie Marsh lo deja en el cajón. Cierra el cajón con decisión. Alcanzo a ver su cara en el espejo. Tiene los labios apretados. El mentón hacia arriba. Luego se amarra los zapatos. Después se toca la garganta. ¿De qué es tu broche? ¿Muérdago o un osito? ¿Y qué ocurre? A menos de que esté muy equivocada, el pulso se ha acelerado, se acerca el momento, la trama se precipita, viene la tormenta. ¡Ha llegado la crisis! ¡Que Dios te proteja! Allá va ella. ¡Valor, valor! ¡Afróntalo, dale! ¡Por Dios santo, no te quedes ahora en el tapete de entrada! ¡Ahí está la puerta! Yo estoy de tu lado. ¡Habla! ¡Enfréntala, trastorna su alma!
—¡Ay, perdón! Sí, esto es Eastbourne. Yo se la alcanzo. Déjeme abrirle la puerta. —[Pero, Minnnie, aunque manten- gamos las apariencias, te he entendido y ahora estoy contigo].
—¿No tiene más equipaje?
—Muchas gracias, muy amable.
(Pero, ¿por qué miras a tu alrededor? Hilda no va a venir a la estación, ni John; y Moggridge está en camino hacia el otro extremo de Eastbourne).
—Voy a esperar aquí con mi maleta, señora, es lo más segu- ro. Él dijo que vendría a buscarme… Ah, ¡ahí está! Es mi hijo.
Y luego se van juntos.
Bueno, pero estoy confundida… ¡Vamos, Minnie, no come- tas una imprudencia! Un joven desconocido… ¡Deténganse! Voy a decirle… ¡Minnie! ¡Señorita Marsh! Pero no sé. Hay algo extraño en la forma en que su abrigo se agita con el viento. Ay, pero esto no puede ser, esto es una indecencia… Miren la forma en que él se inclina cuando llegan a la puerta. Ella encuentra su tiquete. ¿De qué se ríen? Y luego se van, por la calle, hombro a hombro… Bueno, ¡mi mundo ha llegado a su fin! ¿En qué me apoyo? ¿Qué es lo que sé? Esa no es Minnie. Moggridge nunca existió. ¿Quién soy yo? La vida ha quedado en los huesos.
Y, sin embargo, la última mirada que les echo —él bajando la acera y ella siguiéndolo mientras rodean el gran edificio— me llena de asombro, vuelve a colmarme. ¡Qué figuras tan misteriosas! Madre e hijo. ¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué van caminando por esa calle? ¿Dónde dormirán esta noche, y dónde mañana? Ay, cómo gira y se eleva, ¡me saca de nuevo a la superficie! Empiezo a caminar tras ellos. La gente pasa hacia un lado y hacia el otro. La luz blanca chisporrotea y se derrama. Ventanales. Claveles, crisantemos. Hiedra en jardines sombríos. Camiones de leche en la puerta. Dondequiera que voy, figuras misteriosas, las observo, dando vuelta a la esquina, madres e hijos; ustedes, ustedes, ustedes. Aprieto el paso, los sigo. Esto, supongo, debe de ser el mar. El paisaje es gris; opaco como cenizas; el agua murmura y se mueve. Si caigo de rodillas, si hago todo el ritual, la vieja pantomima, son ustedes, figuras desconocidas, lo que adoro; si abro mis brazos, es a ustedes a quienes abrazo, lo que atraigo hacia mí, ¡mundo encantador!
1- Se refiere al boletín oficial que envía todos los días la monarquía británica a la prensa para informar sobre las actividades realizadas por la realeza el día anterior [N. de laTrad.]
2- Se refiere al presidente Paul Kruger, líder político de los bóeres o colonos de origen holandés que vivían en Sudáfrica y se enfrentaron al Imperio británico por el control de su territorio en las guerras de los bóeres (1881 y 1899-1902). Su apariencia, de pelo y barba blancos, levita y sombrero de copa, contrasta con la del príncipe Alberto, el esposo de la reina Victoria. [N. de la trad.]
3- Publicación británica que, en tiempos de Virginia Woolf, se consideraba asociada al partido conservador. [N. de la trad.]

Adeline Virginia Woolf (con apellido de nacimiento Stephen, Londres, 25 de enero de 1882-Lewes, Sussex, 28 de marzo de 1941). Escritora, autora de novelas, cuentos, obras teatrales y demás obras literarias; considerada una de las más destacadas figuras del vanguardista modernismo anglosajón del siglo XX y del feminismo internacional.
Hija de Julia Jackson, modelo, quien descendía de una camarera de la Reina María Antonieta y de sir Leslie Stephen, crítico literario, historiador y alpinista famoso. El matrimonio tuvo dos hijas y dos hijos. Ambos eran viudos y tenían hijos anteriores ,Leslie una hija y Julia tres hijos, por lo que Virginia se crió en una familia numerosa, en un ambiente literario, rodeada de libros y educada con profesores particulares. La repentina muerte de su madre cuando Virginia tenia 13 años, y la de su hermana Stella dos años después, provocaron una profunda depresión en Virginia. En 1904 muere su padre por cáncer y Virginia fue brevemente ingresada. Posteriormente tuvo repetidas crisis nerviosas, las cuales parece ser que también tuvieron origen en el trauma por los abusos sexuales que ella y su hermana Vanessa padecieron a manos de sus medio hermanos George y Gerald Duckworth.
Después de estudiar en el King’s College de Cambridge y en el King’s College de Londres, Woolf se dedicó a la literatura, empezó a escribir artículos en el periódico “The Guardian” y para el suplemento literario de “The Times”. Además aceptó la invitación a impartir clases en el Morley College. una escuela para mujeres y hombres de la clase trabajadora, donde enseñó literatura e historia inglesa, de forma esporádica.
Virginia, su hermana Vanessa y su hermano Adrián, tras la muerte de su padre, vendieron la casa familiar de de Hyde Park Gate y se compraron una casa en el número 46 de Gordon Square en Bloomsbury, en la zona oeste de Londres, en el West End. Esta vivienda se convirtió en un centro de reunión de antiguos compañeros universitarios de Adrián, el hermano mayor. A estas reuniones acudían escritores como Forster, el economista Keynes, el pintor Grant, Roger Fry, crítico de arte y pintor, el escritor Lytton Strachey y los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein. Muy pronto, los hermanos decidieron formar un grupo, al que llamaron “Bloomsbury”. Los integrantes del grupo provenían en su mayoría de familias profesionales de clase media alta y constituían una pequeña élite intelectual, que tenía entre sus objetivos la búsqueda del conocimiento y del placer estético. También compartían todos la reacción contra la moral victoriana y el realismo del siglo XIX.
En las reuniones del grupo Bloomsbury Virginia conoció al ensayista Leonard Woolf.
Virginia y Leonard se casaron en 1912 y poco después la pareja compró una imprenta, Hogarth Press, y publicó obras de escritores, como Sigmund Freud y TS Eliot.

Virginia y Leonard
Woolf también comenzó a publicar sus propios escritos, comenzando con su primera novela, “The Voyage Out”, de 1915. Sin embargo, no alcanzó verdadero renombre hasta su cuarta novela, “Mrs. Dalloway” publicada en 1925, donde abordó temas como el feminismo, las enfermedades mentales y la homosexualidad.
En 1922 Virginia conoció a la escritora Vita Sackville-West. Las dos mujeres sostuvieron una relación amorosa que duró la mayor parte de los años 1920. Después de que acabó su romance, siguieron siendo amigas hasta la muerte de Woolf, en 1941.
Virginia Woolf fue pionera en establecer las bases de la teoría literaria feminista que consiste en decir que SÍ existe una diferencia entre la obra literaria creada por las mujeres y los hombres, pero que esa diferencia se debe simplemente a las condiciones de vida y no a ningún otro motivo.
El nombre de Virginia Woolf figura junto con el de James Joyce, Thomas Mann o Franz Kafka entre los grandes renovadores de la novela moderna. Experimentando con la estructura temporal y espacial de la narración, perfeccionó en sus novelas el monólogo interior, procedimiento por el que se intenta representar los pensamientos de un personaje en su forma primigenia, en su fluir inconsciente, tal y como surgen en la mente.
Woolf fue además pionera en la reflexión sobre la condición de la mujer, la identidad femenina y las relaciones de la mujer con el arte y la literatura, que desarrolló en algunos de sus ensayos; entre ellos, destaca por la repercusión que posteriormente tendría para el feminismo Una habitación propia (1932).
Algunas de sus obras más conocidas : La señora Dalloway (1925), Al faro (1927), Las olas (1931) y Orlando, inspirado en su amada Vita Sackville-West.
El día de la publicación de Orlando, Vita Sackville-West recibió un paquete que contenía no solo el libro impreso, sino también el manuscrito original de Virginia, encuadernado específicamente para ella en cuero de Níger y grabado con sus iniciales en el lomo.
Orlando, fué descrita por el hijo de Sackville-West, Nigel Nicolson, como «la más larga y encantadora carta de amor en la literatura».
Durante toda su vida, Virginia sufrió varias crisis, hoy hubiera sido diagnosticada de trastorno bipolar. Después de acabar el manuscrito de su última novela (publicada póstumamente), Entre actos, Woolf padeció una depresión parecida a la que había tenido en ocasiones anteriores. El estallido de la Segunda Guerra Mundial, la destrucción de su casa de Londres durante un bombardeo alemán y la fría acogida que tuvo su biografía sobre su amigo Roger Fry empeoraron su condición hasta que se vio incapaz de trabajar.
Virginia Woolf se suicido el 28 de marzo de 1941 adentrandose en el río Ouse, cercano a su casa. Se puso su abrigo, llenó sus bolsillos de piedras y se ahogó. Tenia 59 años.
Virginia se marchó dejando dos notas de despedida, una estaba dirigida a su esposo y la otra a su hermana, Vanessa.
A continuación reproducimos la nota dirigida a su esposo Leonard:
Dearest,
I feel certain that I am going mad again. I feel we can’t go through another of those terrible times. And I shan’t recover this time. I begin to hear voices, and I can’t concentrate. So I am doing what seems the best thing to do. You have given me the greatest possible happiness. You have been in every way all that anyone could be. I don’t think two people could have been happier till this terrible disease came. I can’t fight it any longer. I know that I am spoiling your life, that without me you could work. And you will I know. You see I can’t even write this properly. I can’t read. What I want to say is I owe all the happiness of my life to you. You have been entirely patient with me and incredibly good. I want to say that—everybody knows it. If anybody could have saved me it would have been you. Everything has gone from me but the certainty of your goodness. I can’t go on spoiling your life any longer. I don’t think two people could have been happier than we have been. V

Querido,
Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que voy a hacer lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices, hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decir que todo el mundo lo sabe. Si alguien podría haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas puedan haber sido más felices de lo que hemos sido tú y yo. V

Enlaces de interés :
https://www.milenio.com/cultura/virginia-woolf-cartas-amor-poeta-vita-sackville-west
https://www.elmundo.es/cultura/literatura/2018/01/25/5a69f4b8e5fdea44558b45b9.html




Maravillosa Virginia. Realmente una “Imprescindible”
¡Gracias!
Muchas gracias por su comentario.Le agradecemos su tiempo en leer y escribir . Saludos afectuosos.