6 Poemas de Gertrud Kolmar

Die alte frau

Heut bin ich krank, nur heute, und morgen bin ich gesund.

Heut bin ich arm, nur heute, und morgen bin ich reich.

Einst aber werde ich immer so sitzen,

In dunkles Schultertuch frierend verkrochen, mit

     hüstelnder, rasselnder Kehle,

Mühsam hinschlurfen und an den Kachelofen knöchrige

     Hände tun.

Dann werde ich alt sein.

Meiner Haare finstere Amselschwingen sind grau,

Meine Lippen bestaubte, verdorrte Blüten,

Und nichts weiß mein Leib mehr vom Fallen und Steigen der

     roten springenden Brunnen des Blutes.

Ich starb vielleicht Lange schon vor meinem Tode.

Und doch war ich jung.

War lieb und recht einem Manne wie das braune nährende

     Brot seiner hungrigen Hand,

War süß wie ein Labetrunk seinem dürstenden Munde.

Ich lächelte

Und meiner Arme weiche, schwellende Nattern lockten

     umschlingend in Zauberwald.

Aus meiner Schulter sproßte rauchblauer Flügel,

Und ich lag an der breiteren buschigen Brust,

Abwärts rauschend, ein weißes Wasser, vom Herzen des

     Tannenfelsens.

Aber es kam der Tag und die Stunde kam,

Da das bittere Korn in Reife stand, da ich ernten mußte.

Und die Sichel schnitt meine Seele.

»Geh’,« sprach ich, »Lieber, geh’.

Siehe, mein Haar weht Altweiberfäden,

Abendnebel näßt schon die Wange,

Und meine Blume schauert welkend in Frösten.

Furchen durchziehn mein Gesicht,

Schwarze Gräben die herbstliche Weide.

Geh’; denn ich liebe dich sehr.«

Still nahm ich die goldene Krone vom Haupt und verhüllte

     mein Antlitz.

Er ging,

Und seine heimatlosen Schritte trugen wohl anderem

     Rastort ihn zu unter helleren Augensternen.

Meine Augen sind trüb geworden und bringen Garn und

     Nadelöhr kaum noch zusammen.

Meine Augen tränen müde unter den faltig schweren,

     rotumränderten Lidern.

Selten

Dämmert wieder aus mattem Blick der schwache,

     fernvergangene Schein

Eines Sommertages,

Da mein leichtes, rieselndes Kleid durch Schaumkraut-

     wiesen floß

Und meine Sehnsucht Lerchenjubel in den offenen Himmel

   warf.

(de Welten, 1937)

La mujer vieja 

Hoy estoy enferma. Mañana estoy curada.

Hoy soy pobre, sólo hoy. Mañana soy rica.

.

Pero un día me quedaré para siempre así,

envuelta, tiritando de frío, en un oscuro chal, la garganta

tosiendo, carraspeando,

arrastraré los pies con esfuerzo y pondré las manos huesudas

ante la estufa de cerámica.

.

Entonces seré vieja.

Mis cabellos, sombrías alas de mirlo, son grises,

mis labios, flores secas cubiertas de polvo,

y ya nada sabe mi cuerpo de las cascadas y saltos de las

rojas fuentes de la sangre.

.

Muerte quizá

mucho antes de mi muerte.

Y sin embargo fui joven.

.

Amante y buena con un hombre, como el pan moreno,

nutritivo, para su mano hambrienta.

Dulce como un refresco para la sed de su boca.

.

Sonreí,

y mis brazos, culebras flexibles, turgentes, estrechándole

lo atrajeron hacia el bosque encantado.

De mi hombro brotó un ala azul como el humo,

yo estaba tendida contra un pecho más ancho, frondoso,

murmurando hacia abajo un agua blanca, del corazón

de las rocas de abetos.

.

Pero llegó el día, la hora llegó,

en la que la amarga semilla estuvo madura,

en la que hube de recoger la cosecha.

.

Y la hoz cortó mi alma.

“Vete”, dije. “¡Amado, vete!.

Mira, en mis cabellos ondean hebras de vieja

la niebla del crepúsculo humedece ya mi mejilla,

y mi flor se marchita estremecida de frío.

Surcan mi rostro las arrugas,

fosos negros los pastos de otoño.

Vete, porque te quiero mucho”.

En silencio retiré la corona de oro de mi cabeza

y me cubrí el rostro.

Se marchó.

Sus pasos apátridas sin duda le llevaron a otro lugar

de descanso, bajo unas pupilas más duras.

Mis ojos están turbios y apenas logran unir

el hilo y el ojo de la aguja.

Mis ojos lloran bajo los párpados fatigados,

rugosos, ribeteados de rojo.

.

Rara vez

Vuelve a resplandecer en la mirada sin brillo

el débil reflejo, desaparecido hace tiempo,

de un día de verano,

cuando mi vestido ligero, chorreando, fluía

por los prados cubiertos de flores de berro.

Y mi nostalgia lanzaba al cielo abierto el grito alegre

de la alondra.


Aus dem dunkel

Aus dem Dunkel komme ich, eine Frau.

Ich trage ein Kind und weiß nicht mehr, wessen;

Einmal hab’ ich’s gewußt.

Aber nun ist kein Mann mehr für mich…

Alle sind hinter mir eingesunken wie Rinnsal,

Das die Erde trank.

Ich gehe weiter und weiter.

Denn ich will vor Tag ins Gebirge, und die Gestirne

schwinden schon.

Aus dem Dunkel komme ich.

Durch finstere Gassen schritt ich einsam,

Da jäh vorstürzendes Licht mit Krallen die sanfte Schwärz

zerriß,

Der Pardel die Hirschkuh,

Und weit aufgestoßene Tür häßliches Kreischen, wüstes

Gejohle, tierisches Brüllen spie.

Trunkene wälzten sich…

Ich schüttelte das am Wege vom Saum meines Kleides.

Und ich wanderte über den verödeten Markt.

Blätter schwammen in Lachen, die den Mond spiegelten.

Magere, gierige Hunde berochen Abfälle auf den Steinen.

Früchte faulten zertreten,

Und ein Greis in Lumpen quälte noch immer sein armes

Saitenspiel

Und sang mit dünner, mißtönig klagender Stimme

Ungehört.

Und diese Früchte waren einst in Sonne und Tau gereift,

Träumend noch vom Duft und Glück der liebenden Blüte,

Doch der wimmernde Bettler

Vergaß das längst und kannte nichts anderes mehr als Hunger

und Durst.

Vor dem Schlosse des Mächtigen stand ich still,

Und da ich die unterste Stufe trat,

Zerbarst der fleischrote Porphyr knackend an meiner Sohle. –

Ich wendete mich

Und schaute empor zu dem kahlen Fenster, der späten Kerze

des Denkenden,

Der sann und sann und nie seiner Frage Erlösung fand,

Und zu dem verhüllten Lämpchen des Kranken, der doch

nicht lernte,

Wie er sterben sollte.

Unter dem Brückenbogen

Zankten zwei scheußliche Gerippe sich um Gold.

Ich hob meine Armut als grauen Schild vor mein Antlitz

Und zog ungefährdet vorbei.

Im Fernen redet der Fluß mit seinen Ufern.

Nun strauchl’ ich den steinigen, widerstrebenden Pfad hinan.

Felsgeröll, Stachelsträucher verwunden die blinden, tastenden

Hände:

Eine Höhle wartet,

Die im tiefsten Geklüft den erzgrünen Raben herbergt, der

keinen Namen hat.

Da werde ich eingehn,

Unter dem Schutz der großen schattenden Schwinge mich

niederkauern und ruhn,

Verdämmernd dem stummen wachsenden Wort meines

Kindes lauschen

Und schlafen, die Stirn gen Osten geneigt,
Bis Sonnenaufgang.

(1937)

De la oscuridad

De la oscuridad vengo yo, una mujer.
Llevo un niño, no sé de quién;
en otro tiempo lo supe.
Pero no hay más hombre para mí…
Todos se han hundido a mi paso, como un riachuelo
que bebió la tierra.
Avanzo más y más lejos.
Porque quiero alcanzar las montañas antes de que se haga de día,
y se apagen las estrellas.

Vengo de la oscuridad.
Caminé sola por callejones oscuros
cuando de pronto se abalanzó una luz, despedazando con sus garras
la suave negrura,
el leopardo a la cierva,
y una puerta abierta del todo escupió una espantosa algarabía,
un griterío salvaje, un aullido animal.
Unos borrachos se revolcaron…
Todo esto lo sacudí del borde de mis ropas por el camino.

Y atravesé el mercado desierto.
Las hojas nadaban en los charcos, que reflejaban la luna.
Perros flacos, ansiosos, olisqueaban desperdicios sobre las piedras.
Pisoteadas, se pudrían las frutas,
y un viejo cubierto de harapos seguía torturando su pobre
instrumento de cuerda.
Cantaba en voz baja un desafinado lamento,
sin ser oído.
Y aquellas frutas que en otro tiempo maduraron al sol, con el rocío,
aún soñaban con el perfume y la dicha de la amorosa flor,
pero el mendigo quejumbroso
hacía tiempo que lo había olvidado y no conocía ya
más que el hambre y la sed.

Ante el palacio del poderoso me detuve en silencio,
y cuando pisé el escalón más bajo,
el porfirio rojo carne estalló, partiéndose bajo mi suela.
Me volví
y miré hacia arriba, hacia la ventana vacía, la tardía vela del pensador,
que meditaba, meditaba, y jamás se libró de su pregunta,
y hacia la lamparilla velada del enfermo que, por supuesto, no estudió
la forma en la que habría de morir.
Bajo los arcos del puente
dos esqueletos horribles se pegaban por el oro.
Yo alcé mi pobreza como un escudo gris ante mi rostro
y seguí mi camino sin ser molestada.

A lo lejos el río habla con sus orillas.

Ahora tropiezo al subir por el sendero de piedra, recalcitrante.
Los guijarros, los matorrales de espinas hieren las manos
que tantean a ciegas:
espera una gruta,
que en la más profunda hendidura alberga al cuervo verde metálico,
el que no tiene nombre.
Entraré ahí,
me acurrucaré bajo la sombra de sus grandes alas y descansaré.
Amodorrada escucharé cómo crece la muda voz de mi hijo
y dormiré, con la frente inclinada hacia el este,
hasta la salida del sol.

(1937)

Se cree que esta es la ultima foto de la familia Chodziesner alrededor de 1937 en su casa en Finkenkrug. Gertrud Kolmar es la mujer que está de pie en el extremo izquierdo.

El ángel en el bosque

Dame tu mano, tu mano querida, y ven conmigo,

pues queremos alejarnos de los hombres.

Son mezquinos, ruines, y su mezquina ruindad nos odia

y mortifica.

Sus ojos rondan maliciosos por nuestro rostro y su oído ávido

manosea las palabras de nuestra boca.

Recogen beleño…

Así que huyamos

a los campos soñadores que, gentiles, con flores y hierba,

confortan nuestros pies vagabundos,

al borde del río que, con paciencia, carga sobre su espalda

imponentes fardos, pesados barcos repletos de mercancías,

con los animales del bosque, que no murmuran.

Ven.

La niebla del otoño vela y humedece el musgo con brillos

mates, esmeralda.

Ruedan las hojas del haya, tesoro de monedas de bronce dorado.

Por delante de nuestros pasos, llama roja, temblorosa,

salta la ardilla.

Alisos negros, retorcidos, silban junto al pantano

en el resplandor cobrizo del atardecer.

Ven.

Porque el sol se ha puesto, se ha acostado en su cueva

y su aliento cálido, rojizo, se apaga.

Ahora se abre una bóveda.

Bajo el arco azul grisáceo entre las coronadas columnas

de los árboles estará el ángel,

alto, esbelto, sin alas.

Su semblante es dolor.

Y su vestido tiene la palidez glacial de las estrellas

que centellean en las noches de invierno.

El que es,

que no habla, no debe, sólo es,

que no conoce maldición alguna ni trae la bendición y que no

peregrina a las ciudades al encuentro de lo que muere:

no nos mira

en su silencio de plata.

Pero nosotros le miramos,

porque somos dos y estamos desamparados.

Tal vez

caiga una hoja seca, marrón, sobre su hombro,

resbale.

Nosotros la recogeremos y la guardaremos,

antes de seguir adelante.

Ven, amigo mío; conmigo, ven.

La escalera en casa de mi padre es oscura, tortuosa, estrecha,

pero ahora es la casa de la huérfana, y en ella

vive gente extraña.

Llévame.

En la puerta la vieja llave oxidada se resiste

a mis débiles manos.

Ahora chirriando se cierra.

Mírame ahora en la oscuridad, tú, desde hoy mi patria.

Pues tus brazos se erigirán para mí en muros protectores,

y tu corazón será mi aposento y tu ojo mi ventana,

por la que brilla el amanecer.

Y la frente se alza a tu paso.

Tú eres mi casa en cualquier calle del mundo, en cualquier

hondonada, en cualquier colina.

Tú, mi techo, languidecerás conmigo extenuado

bajo el mediodía abrasador, te estremecerás conmigo

cuando azote una tormenta de nieve.

Pasaremos hambre y sed, juntos resistiremos,

juntos un día caeremos al borde del camino, cubierto de polvo,

y lloraremos…

Mío

No sé cuándo vendrá

Para que pueda tocarle con mis manos:

Con rizos oscuros en la frente

y un lazo rojo.

No sé si vendrá

para que mis ojos puedan verle:

Sus pies, pequeños y torpes

incapaces de caminar rápido.

El camino es largo, muy largo:

¿Cómo se atreverá a hacer esa caminata?

Pero sin duda mi felicidad, mi gran fortuna

nace en sus diminutas manos.

De : Gedichte(Poemas), 1917

Servir

Tú que combinas y disuelves las sustancias, las enfrías y las pones al

rojo, las reduces y potencias,

tú que activas los ácidos, torturas los minerales, encierras una mezcla

secreta en cápsulas, la haces entrar en ebullición en tubos y

crisoles, 

aun cuando lo que cueces no sea el alcahest ni el león rojo o el blanco,

adepto de una alquimia que me parece extraña y prodigiosa:

tú, señor del fuego, al que domas en una jaula de metal, que ahora se

encoge, arrastrándose como un animal de rapiña al acecho,

presto a saltar,

que una vez rebotó, destrozó los barrotes, cerró sus fieras garras en

torno a tus miembros (¡ay, me da miedo pensarlo!):

quiero atizar una llama distinta, un ascua dulce, mansa, que en el fogón

me acaricie, ronronee y juegue como un pequeño gato

doméstico;

pues quiero preparar platos variados, una modesta comida que te

alegre,

cuando, cansado, y aún así con una sonrisa, regreses a mis aposentos

en penumbra.

¿Por qué me censuráis?

¿Por qué os burláis de mí?

¿Porque mi mundo es chato, con pocos pasos que dar en un cuadrado,

entre muros estrechos,

repleto de cosas baladíes, sin gloria, de insignificantes quehaceres,

colmado con el entrechocar de las escudillas, el borboteo de los

pucheros, los desagradables vahos de las grasas que

transpiran, de la leche que rebosa?

¿Porque alzo panzudos botes de harina, abro cajitas de especias, rallo la

nuez mosca,

peso hierbas, exprimo el zumo de los limones en copa de cristal, bato

las yemas amarillo dorado en el cuenco azul…? 

.

Sí,

¿acaso sabéis lo que el molinillo turco de cobre vio en Sarajevo,

y en Eger, Bohemia, mi jarra, resplandeciente, roja y con manchas

blancas como la amanita muscaria del bosque?

¿Sabéis

que para mí grandes barcos que sueltan un humo negro surcan todos

los mares, que se arrastran con cargamentos de todas las

costas,

que cuando las semillas pálidas corren entre mis dedos, me miran los

plácidos rostros de los hombres de Rangún

o canta el semblante más oscuro del negro que cosecha en los campos

de arroz de Carolina del sur?

¿Que del cofrecillo de madera del té surge, invisible, una india con

alhajas de plata, entre el ondear y el tremolar de sus vestidos

de color ocre y terracota?

Con el picor de la cebolla me llega el eco de las potentes voces de los

campesinos búlgaros.

Y yo pregunto a las gotas que manan espesas si no las provocó el olivo

de mi lejana patria perdida.

.

¡Ah, soleada pradera, con la que desborda mi estrecha y medrosa

cocina,

con el cinturón de viboreras, de aquileas, de cebadilla, de escabiosas,

con las vacas a manchas que pacen tranquilas, las rítmicas sacudidas de

sus rabos como borlas,

ah,  cenefa castaño dorada que entretejen el rojo de la amapola y el azul

de la flor del trigo,

que exhala la calma del mediodía y el cálido aroma

del futuro pan!

Cuando eché unas migas en la mantequilla caliente, rizada,

la sartén ennegrecida aún transmitió el golpear de mil martillos en las

venas de la tierra,

en el crepitar aún silbó furibundo el hierro martirizado,

al que, arrebatado a la madre, violentado en los hornos, se le obligó a

tomar forma.

Cuando mi cuchara, tallada por mano experta, probó la sopa

humeante,

sobre el humilde tejado creció de nuevo una rama de tilo, en flor,

rodeada por coros de abejas.

.

Viene mi amigo y come.

Mira, todas las criaturas estaban a mi servicio, para que yo sirviese al

Único.

El amor, hoy como ayer, puso la mesa.

Toma pues con amor lo que hay en la fuente:

¡que sea del agrado de tus ojos, que su olor te resulte agradable, y que

lo que te lleves a la boca te colme!

El camino que quiero tomar lleva al esfuerzo

El camino que quiero tomar lleva a la escasez

El camino que quiero tomar lleva a la muerte

El camino que quiero tomar lleva al lamento.

Y cada hito tiene una lengua,

y todos los guijarros gritan,

gritan de aflicción donde una chica jadeante se cayó, rápida,

fugaz, abandonada, cansada y enferma.

El camino que quiero tomar lleva a la escasez

El camino que quiero tomar lleva a la muerte

¡Y aún así lo tomaré!

Chicas estúpidas sufriendo vergüenza y tormento:

Hubo mil antes de mi.

Habrá mil después de mi.

Seré la número mil uno.

Mis labios en la boca de un extraño:

Y moriré mujer como un perro sarnoso.

¿No estás horrorizada? No.

El latido de mi corazón sobre el pecho de un extraño:

¡Reíd, ojos míos, antes de que tengáis que llorar!

Y no llorarás sola.

El camino que quiero tomar lleva a la escasez

El camino que quiero tomar lleva a la muerte

Pena y lamentos, melancólico esfuerzo:

¡Lo sé y aún así lo tomaré!

Gertrud Käthe Chodziesner, Gertrud Kolmar, ( Berlín, Alemania, 10 de diciembre de 1894 -3, Auschwitz, Polonia, 2 de marzo de 1943). Poeta y escritora. Considerada una de las mejores poetas en alemán.

Gertrud Kolmar provenía de una familia judía alemana de clase media. Hija de Elise Schoenflies y de Ludwig Chodziesner, abogado de defensa criminal . Creció en el barrio berlinés de Charlottenburg , en Berlín-Westend actual , y se educó en varias escuelas privadas , siendo la última una universidad agrícola y de economía doméstica para mujeres en Elbisbach, cerca de Leipzig . Trabajó como maestra de jardín de infancia , aprendió ruso y completó un curso en 1915/1916 para profesores de idiomas en Berlín, donde se graduó con un diploma en inglés y francés . Durante los dos últimos años de la Primera Guerra Mundial también trabajó como intérprete de  la correspondencia de soldados en un campo de prisioneros de guerra en Döberitz , cerca de Berlín. Cuando trabajaba como intérprete conoció al oficial Karl Jodel. La relación termina con la separación y, ante la insistencia de los padres, con el aborto de su hijo. A la joven le resultó difícil hacer frente a estos acontecimientos que Influirán en su obra literaria posterior.

En 1917 apareció su primer libro, ‘Poemas’, ( Gedichte ), bajo el seudónimo de Gertrud Kolmar , siendo Kolmar el nombre alemán de la ciudad de Chodziez en la antigua provincia prusiana de Posen, de la que procedía su familia. Después de la guerra, trabajó como institutriz para varias familias en Berlín, y brevemente, en 1927, en Hamburgo , como maestra de minusválidos. En ese mismo año emprendió un viaje de estudios a Francia; permaneció en París y Dijon , donde se capacitó para ser intérprete. En 1928, regresó a la casa de su familia debido a la delicada salud de su madre quién falleció en marzo de 1930. En ese tiempo Gertrud trabajó como secretaria de su padre . Gertrud desarrollo su actividad literaria casi en solitario.  La bohemia berlinesa le espantaba, y también cualquier mínimo contacto con los círculos literarios (exceptuando su relación de amistad personal e intelectual con su primo el filósofo  Walter Benjamin quien reconoció en ella no sólo una excelente escritora y poeta, sino también una verdadera alma gemela.). La madre de Gertrud, Elise Schoenflies, era hermana de la madre de Walter Benjamin, uno de los pensadores y escritores más importantes del siglo XX.

A finales de la década de 1920, sus poemas comenzaron a aparecer en varias revistas literarias y antologías. En 1928 fue el año en el que la autora empezó a ser conocida en los círculos literarios gracias a su primo Walter Benjamin, que publicó dos de sus poemas en Literarische Welt (Mundo Literario): Los Grandes Fuegos Artificiales El Escudo de Armas de Zina, este último parte de una serie inspirada en unos sellos coleccionables de escudos de ciudades que regalaban con unos paquetes de café.

Entre 1930 y 1931, Gertrud escribió su única novela, “La madre judía”. No consta que Gertrud enviara el manuscrito a ninguna editorial. La novela no se publicó hasta 1965.

En 1934, la editorial de Victor Otto Stomp “Die Rabenpresse” publicó su segundo volumen de poemas, “Escudos de armas de Preussian”. Esta publicación coloca al editor en una lista de editores indeseables de la Asociación Alemana del Comercio del Libro. Por esa época, se carteó con el químico y poeta, Karl Joseph Keller, a quien está dedicada buena parte de los poemas de Mundos (escrito en 1937). Se vieron pocas veces, porque el amor que él sintió por sus poemas no se ratificó con la presencia de ella, y terminó la relación en 1939, cuando él (que tenía miedo de que lo relacionaran con una judía) llevaba dos años casado.

En septiembre de 1935, se dictaron las leyes raciales de Nüremberg para preservar la pureza de la sangre alemana. Como consecuencia, muchos judíos abandonaron Alemania, entre ellos los tres hermanos de la poeta y la mayoría de sus parientes y amigos. Así, Gertrud y su padre se quedaron solos en Berlín.

La familia Chodziesner, como resultado de la intensificación de la persecución de los judíos bajo el nacionalsocialismo , tuvo que vender su casa en el suburbio berlinés de Finkenkrug, que, para la imaginación de Kolmar, se convirtió en su “paraíso perdido” ( das verlorene Paradies ), y se instalaron en un piso en un bloque de apartamentos llamado ‘Jewishhome’ ( Judenhaus ) en el suburbio berlinés de Schöneberg .

Su tercer libro , Die Frau und die Tiere (La mujer y los animales) salió a la luz bajo la imprenta de un editor judío en agosto de 1938 pero fue reducido a cenizas después de la noche del Kristallnacht, o Noche de los cristales rotos, del 9 de noviembre de 1938. Según datos oficiales del gobierno alemán (lo cual es altamente cuestionable)  murieron 91 judíos aquella noche, se quemaron 191 sinagogas, unos 7.000 comercios fueron saqueados y 26.000 judíos fueron arrestados y trasladados a los campos de concentración de Dachau, Buchenwald, Mauthausen y Sachsenhausen. 

El 30 de enero de 1939 Hitler anunció en su discurso en el Reichstag la aniquilación de todos los judíos europeos.

“No quiero y no puedo dejar a papá solo, a su edad y en su situación”,

repite Gertrud Kolmar en alguna de las muchas cartas que entre 1938 y 1943 envió a su hermana Hilde, que entretanto se había establecido en Suiza. Todos sus parientes y amigos insistieron para que tanto Gertrud como su padre, Ludwig Chodziesner, abandonaran Alemania cuanto antes. Las propuestas que hicieron y las gestiones que llevaron a cabo fueron muy variadas. Pero parece ser que su padre se negó a salir del país y ella no quiso abandonarle, de modo que aceptó su destino.

El 23 de octubre de 1941 entró en vigor la prohibición definitiva de emigrar para los judíos. 

A partir de 1941 Gertrud fue utilizada para trabajos forzados en la industria armamentista. Las duras condiciones del horario y del ambiente en la fábrica, así como las de la convivencia en la casa de judíos, hicieron que su dedicación a la poesía resultara cada vez más difícil. Apenas disponía de un espacio para estar sola. Compartía habitación con su padre, del que únicamente la separaba una cortina. Por eso se acostaba temprano y se despertaba en mitad de la noche, con el ruido que hacían otros habitantes de la casa cuando se iban a dormir. Entonces se dedicaba a realizar el esfuerzo intelectual de crear una nueva obra, esfuerzo que, como Kafka, comparó con un parto: “¡los dolores a veces son atroces!” Al alba —”cuando ya he empujado al niño unos cuantos centímetros”— podía volver a dormitar un poco. Por la mañana temprano escribía el resto, mientras se vestía para dirigirse a la fábrica, a pesar de sentirse agotada y de que casi siempre le dolía la cabeza. El cansancio tras una de esas sesiones de “resaca” o de parto poético era tal, que impedía que la noche siguiente nada ni nadie la despertaran.

En septiembre de 1942 su padre fue deportado al gueto de Theresienstadt y asesinado allí en febrero de 1943.

Gertrud Kolmar fue arrestada el 27 de febrero de 1943 durante la llamada acción de la fábrica y deportada al campo de concentración de Auschwitz el 3 de marzo de 1943.

La fecha y las circunstancias de su muerte no se conocen con exactitud. No se sabe si murió de frío en el convoy, como tantos judíos a los que se llevaban en camisa a temperaturas de hasta veinte grados bajo cero, o si fue asesinada en el campo de exterminio.

Su primo Walter Benjamin se había quitado la vida el 26 de septiembre de 1940 en Portbou, (España), tras ingerir una dosis letal de morfina en un hotel del pequeño pueblo, ante la desesperación del filósofo al verse capturado.

No se publicó mucho del trabajo de Gertrud durante su vida, pero ahora se la considera una de las poetas de habla alemana más importantes del siglo XX. A pesar de la publicación de sus obras completas en 1955, su carácter místico y poético sigue siendo en gran parte desconocido. Lo poco que se sabe de la poeta proviene principalmente de las mencionadas cartas a su hermana menor Hilde, que escribió entre 1938 y su deportación.

La recopilación de todas esas cartas no es sólo un documento inestimable para conocer las condiciones en las que vivió la poeta durante sus últimos años, como tantos otros perseguidos por el régimen del nazismo. Proporcionan información sobre sus lecturas, sobre su personal concepción de la poesía y la vida, además de su propia interpretación de algunos de los poemas y obras que escribió. En ellas se expresa su intento por resistir mediante la palabra en una época en la que, conminada al silencio, llegó incluso a escribir versos en hebreo. Las cartas de su hermana, no se han conservado.

Gertrud Kolmar no solo era una gran poeta sino que tenía un espíritu extraordinario. No se permitió expresar ninguna queja, sino que incluso procuró dar ánimos a los demás, a los que se habían marchado de Alemania huyendo de las constantes vejaciones y del peligro de una muerte segura.  En una de sus cartas escribió :

“Créeme si te digo que, venga lo que venga, no me sentiré desdichada, no desesperaré, porque sé que sigo el camino que desde dentro me está destinado…” 

En otra misiva a su hermana Hilda, al hablar de su trabajo forzado en la fabrica expresa :

Desde el momento en que lo acepté en mi corazón (el trabajo forzado diario), desapareció la presión que pesaba sobre mí. Estaba decidida a considerarlo como una enseñanza y a aprender tanto como fuera posible. De ese modo soy libre en medio de mi falta de libertad. Así quiero presentarme también ante mi destino, aunque sea  alto como una torre, aunque sea negro como una nube amenazadora”.

En otra carta, fechada en marzo de 1939, Gertrud, haciéndose eco de unas palabras de Hamlet, escribe:

“Todo es estar preparado.”

Y añade:

Considero el estar preparada para realizar una obra por lo menos tan importante como la obra misma, y la obra a su vez mucho más importante que el éxito que traiga consigo… El hecho de que lo que escribo aporte algo a otros seres humanos, con todo lo halagüeño que es, no me satisface tanto como el crear en sí. Me ocurre con mis pequeñas obras como a una madre con su hijo recién nacido. Claro que se alegra con el entusiasmo del padre, de los abuelos, con las felicitaciones de los parientes, pero lo principal sigue siendo, su mayor alegría consiste en haberlo traído al mundo. “

Así es como Gertrud Kolmar consideraba sus dos últimas obras, para ella las mejores: Mundos, un ciclo de 35 poemas, y el drama titulado Noche, una leyenda dramática sobre el emperador romano Tiberio. Junto con esa carta envió una copia de ambos libros a su hermana:

En cierto modo habrás de tenerlos en ‘depósito’, bajo custodia, porque no sé lo que me depara el destino, a dónde me llevará.”

En otra carta, de noviembre de 1942, se despide de su hermana con estas palabras:

“¡Sé feliz, a pesar de todo!” 








El 24 de febrero de 1993, se colocó una placa en su honor en Haus Ahornallee 37, en el barrio berlinés de Charlottenburg donde creció. Su nombre también se le dio a una calle de Berlín que atraviesa directamente el antiguo emplazamiento de la Cancillería del III Reich.




Enlaces de interés :

https://www.kulturring.org/konkret/frauen-persoenlichkeiten/index.php?frauen-persoenlichkeiten=strassennamen&id=164

https://letraslibres.com/revista-espana/la-lucha-con-el-angel/

http://www.heroinas.net/2019/09/gertrud-kolmar-poeta-y-escritora-de.html

https://www.letapiriste.org/mundos-en-cenizas-i-la-vida-y-la-obra-de-gertrud-kolmar/

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