10 Poemas de Rosa Díaz

Yo soy aquel esperma

Yo soy aquel esperma

que ganó la batalla

y el óvulo fue mío.

Allí se congregaban

mis hermanos de orígenes

cuando yo, incipiente persona,

fuera Caín remoto

de millares de Abel.

Mi crimen concluyó.

De una sangre incolora

se mancharon mis manos

para poder ser forma.

De: «La célula infinita» col. Algo nuestro, Sevilla 1980.

Paseo en solitario de nona a víspera

El camino y el día huyen de nosotros, como una

embriaguez. Y coronada de un sagrado follaje la

ciudad ilustre eleva su cabeza de sacerdotisa, allí,

resplandeciente.

Friedrich Hölderlin

¿Veis esa vena abierta, esa hemorragia añil

que entra a la ciudad saltando sus murallas?

Es

una conflagración que me salpica,

que me hiere y me cae.

Por la piedra va degollado todo

el lapislázuli y todos los pretiles

se empapan en su sangre.

(Y acorralado y yertoazul de asombro

en mi pecho se esconde el homicidio).

De: «Cantábile para cuerda enamorada» Diputación Provincial de Huelva, 1983.

La Sibila encuentra sus manos y las manos usadas de la ciudad

Llegaron

cuando estaba en el vientre de mi madre

y las sentí crecer, crecer, crecerme.

Vinieron

cuando yo ya tenía cuentos y golosinas.

No las sentí,

tan solo vi sus ojos pasar entre las cosas,

su lengua de cometa bajar a los zapatos.

Entonces ya volvieron a mezclarse en el pan,

en los fonendoscopios y en las hostias,

en todos los rosarios y las reglas.

Volvieron a buscarme, porque era

la rebelión de las manos usadas

y pasaron el hueco de mi boca

como un inmenso sábalo

que nadaba hacia abajo de mi voz

hasta coger mi grito,

que, después, cosieron a sus frentes.

De: «La doncella cincelada» col. Alcalá- Poesía, Madrid 1988. Premio Ciudad de Alcalá de Henares, 1987.

Introducción a una historia memorable

(Verona, Piazza delle Erbe)

Busco pimienta para el estofado

y yerbaluisa para el dolor de menstruo.

Me es igual que te manden

los güelfos o los gibelinos,

pero dile a tu amo que no le amaré nunca

con el pecho de Julia Capuleto.

Vivo a cierta distancia

de la inocencia;

de ahí que no precise de frailes

expertos en botánica.

El veneno siempre ha corrido de mi parte.

De: «Tenebrario» col. Esquío, El Ferrol 1993. Accésit del Premio Esquío, 1993.

Inventario

He oído decir ―siempre hay personas insensatas― que el amor es grande, o

más bien, lo más grande. Y yo hago esta cuenta:

Vive en la punta de los dedos. En el diente. En la gota de lágrima. En unos

cuantos litros de sangre. En el estuche del corazón y en las sinrazones de las

neuronas. Es decir, dentro de nuestra propia pequeñez.

La conclusión que saco es que el amor es chico y solo la nada es grande.

De:  Juan-Juan» col. Provincia, León 1994. Premio Fray Bernardino de Sahagún-Bienal de León, 1994.

La víscera de cristal

Enamorarse es una enfermedad.

Es un desbarajuste. La incoherencia

que te reúne con alguien, casi siempre

ni muy alto ni demasiado delgado,

que entre otros asaltos,

te acosa con la respiración

vía telefónica a extrañas horas.

Ese alguien nunca te convendrá.

Es incómodo y nada idealista.

Llama a las cosas por su nombre.

A la poesía, por ejemplo,

suele decirle imbecilidad.

Aunque se bebe lo que escribo

en un ático, y agujerea mis palabras

con puro fuego. Y luego (como si lo viera)

tira los papeles chamuscados

al inodoro y pulsa la cisterna.

Así me baja a los ruidos de los atanores.

A las tajeas reales donde conviven

la rata y la cucaracha. Allí

se despintan mis besos

y por mis proyectos indecentes se pasea

toda la porquería de la ciudad.

Y esto pasa como si nada.

Sin que nadie te pida permiso. Cuando

estás cuadrando inventario

o escribes a un cliente moroso.

Cuando están los bancos abiertos

y no te pagan los cheques al portador

por falta de fondo. Cuando no sabes

qué hacer con las ganas de amar.

Con el vaho que sale de tu camisa

porque el corazón es como un barco.

Como un absurdo disparate

que amordaza tu sensatez.

Entonces

recapacitas. Consultas con la nevera

y pones cubos de hielo

en las neuronas con la que decides

pensar algo razonable. Lo malo

es que luego el hielo se derrite

y tiene el mismo componente

de las lágrimas.

De: «Perfecto amor» col. Melibea, Talavera de la Reina 1996. Accésit del Premio Rafael Morales, 1996.

Siempre supe que un hijo…

Siempre supe que un hijo

era una enredadera por la casa

escapada a la tierra desde siempre

por intentar llegar a las ventanas.

Además de esa lanza de Longino

sobre un amor interminable. Nada

menos nuestro que un hijo. Amarlo

es amar la aventura de sus alas,

comprender la paciencia de las olas

y aprender a besar a la distancia.

Y en el instituto, un niño de la primera fila te pregunta qué es besar a la

distancia. Una, además de pensar que la poesía no es para bárbaros,

comprende por qué a Borges le gustaba tanto hablar de metáforas. ¿Cómo

mentar un instinto por vía exclusiva del raciocinio? Es que te quedas

verdaderamente en bragas. Mira hijo, la distancia, aquí, es un recurso, para

que un beso, en este caso, llegue a un destino intangible, como a una

estantería de la memoria.

Lo que os dije, en bragas totalmente.

Al poeta Antonio Luis Baena, cuando le preguntan cuánto hace de la muerte

de su hijo, dice: ayer.

Yo, al pensar dónde vive mi hijo, siento que las tres calles más abajo es

Nueva York. Y es que, cuando se echa el cerrojo después de cenar, te

puedes sentir tan pobre como la madre de Bodas de sangre, tan sin un hijo

que llevarte a la boca.

Los niños se afeitan… ―qué bueno Pepe Hierro―. Las niñas se vistieron de

blanco…

¡Todo es tan deprisa! Yo salí vestida de blanco. Recuerdo el olor a iglesia y

el olor a éter, a clínica, a niño chico, a niños que no quieren comer, a fiebre,

a susto, a jarabe. Crecen. No conseguí escribir en muchos años. Perdí todos

los trenes, pero la poesía, que es un fugitivo arañazo, pasaba en el aroma del

café y en el rito rumoroso de las tazas. En la cocina el hervor de las ollas. El

niño chico enciende la luz del horno. Se ríe, hace palmitas y se deja abrazar

por toda nuestra sangre. Por toda la expresión del grito añejo. De los

inevitables ayes humildemente absueltos en la boca, para alejar el llanto de

los niños y equipararse al agua, al pan, a la ternura.

No tuve tiempo de escribir. Apenas leía algo. Iba de Spinoza a Pascal. Hacía

flanes de huevos y leche frita. Mi ordinaria nevera tenía sorpresas para

golosos. También, cómo no, había su migajita de arsénico para esa muerte

por entregas que es la vida.

Mi Juan sabía escucharme. Y vais a permitirme mentarlo así, como las

madres populares y rurales y la madre de Hamlet. En ese ofertorio de la

entraña donde está la raíz del amor y del instinto. Mi Juan sabía escucharme.

Se sentaba en un sillón o paseaba la estancia con un interminable cigarro.

No fumes, Juan, el cáncer de pulmón. Y otra vulgaridad, mi Juan es las

niñas de mis ojos y no está. Se ha ido como el niño de la

flor de la champaca. Di tú hombrecito, dónde fuiste, que tu madre ha leído ya el

Ramayana.

Él es feliz. Pero como la felicidad es un pájaro chico y endeblito que vuela

muy corto, sé que sufre porque tiene el mismo hueco de mi corazón. No

fumes, Juan ―digo yo―, estés donde estés.

Y este piano bar de mi casa toca una partitura con demasiados silencios,

para nosotros que nos acostumbramos al allegro con motto y al vivace. Se

ha ido el mar y el campo. Porque antes, arriba de la playa, había una casa

con los brazos abiertos. Y en Albaida estabais protegidos por la pared de la

yedra, quedó escrito en papel kodak por el ojo de pez de la Nikon.

La yedra siempre protegió a mi familia. Alejarnos de ella fue tentar la suerte

de lo indeseable.

Os hablé de la paciencia de las olas y ahora le alquilo al mar las dos

habitaciones de mis hijos.

En fin. La verdad es que hay que vivir con la lanza de Longino puesta como

si fuera una pincelada del Divino Morales.

De: «Monólogos con la SE 30» con estudio de Rogelio Reyes Cano, col. Endymion, Madrid 2000. Premio Aljabibe, 2000.

Las confabulaciones

Pasó por el color de la desesperanza que viene a ser la calle de los pobres.

Se vistió como las vendedoras de La farola, con la falda larga, el anorak

y los pelos indóciles.

Traspasó el puzle étnico de aquella Yugoslavia donde los vecinos tomaban

el té y el mate, y compartían las pastas y las galletas caseras a la caída

del sol.

Tuvo cuidado con el material destructivo, con el asco y las abominaciones.

Se olvidó de rezar a los dioses que tienen comercio con la carne y ponen

ángeles con espadas en los libros sagrados para que así fracase todo intento

de razonamiento.

Se cobijó en las miradas de los niños que no sabían cómo construirse la

merienda, ni de qué estante pendería la vacuna contra la corrosiva

enfermedad de la suciedad y el hambre.

Anduvo zigzagueando para que no la rozaran ―en lo posible― las

salpicaduras del odio: donde las infusiones y las tortas de harina sin

fermentar, ahora las espoletas de las bombas, la sangre granate y seca de los

que tomaron café juntos.

Bajó a las esquinas donde habita el pillaje, el tiro en la nuca y el miedo. Sí,

sobre todo el miedo, que te hace delatar a tu vecino. Ese que escardaba la

tierra y recolectaba en ella, o aquel otro que viajaba con maletín y coches

requeteusados.

Los dioses vienen a tener alas. Todos planean hábilmente con los aviones, y

abren sus panzas donde ordenadamente se encuentran confabuladas la

tortura y la maledicencia.

―Pones el dedo en la llaga, lo haces bien, nena. Pero seguro que tú también

entras en la estadística donde se hacen aportaciones para la compra de la

nitroglicerina.

De: «El color de la sangre de las princesas» Col. Melibea, Talavera de la Reina 2003. Accésit del Premio Rafael Morales, 2001.

Fabricación de la ternura

Si llega mamá, lo mejor lo mejor que hago es buscar a la gata. ¡Chilindrina,

Lindra, Gatona, Abriguito de Pieles! ¿Dónde estás? Y subo a la azotea por si

anda acechando a las avispas, o duerme, o se esconde entre las macetas, o se

escapa escaleras abajo y, limpiamente, salta al techo de la capilla de la

Esperancita sabiendo que allí no la puedo alcanzar. Entonces le digo ¡Baja,

Gatona, que está aquí la abuela!

Y cuando buenamente se deja y le doy alcance, se la llevo a mamá y mamá

la coge y le dice una letanía de palabras, le hace carantoñas, le acaricia la

barriga, el cuellecito y se la sienta en el regazo.

Entonces mi madre se vuelve tierna y tiene una aureola de indefensa bondad

que se busca el mejor sitio de mi corazón, y da con el recoveco donde

guardo las lágrimas dulces que se hacen de amor y no de la experiencia de la

vida.

Y empiezo a saber de la ternura de mi madre, y del acurrucamiento que me

haría cuando yo estaba encaprichada en la riada de su leche. Y, pensando, le

deshollino el alma. Comprendo la telaraña que la envolvió, su mundo triste,

el raído argumento que le otorgó la historia y el ruin parapeto que

construyen los que quieren ser fuertes para ocultar su debilidad, la cáscara

hostil que cobija a la almendra…

Y todo se vuelve diáfano y misterioso a la vez, porque cuando ella no está,

cojo a la gata, me la llevo a la cara, la beso y le digo gata mamá, y es

curioso ¿cómo es que el animal me mira con los ojos grandes, verdes y

humanos que tenía mi abuela?

De: «Gata mamá» col. Hiperión, Madrid 2003. Premio Ciudad de Jaén, 2003.

Descubrir la guerra

Seis años, dulces, seis años dulces,

poblados ya de pútrida enseñanza.

A. Costafreda

Otro descubrimiento fue la guerra,

porque guardaba miles de secretos

que estaba prohibido repetirlos

en las conversaciones del colegio.

Algo de vida o muerte o de ir

a la cárcel por lo menos.

Supimos, que los “rojos”

ni eran colorados ni perversos,

sino personas con otras ideas

que fusilaban en los cementerios

los de “Falange”, que en nada tenía

que ver esa palabra con los huesos

y sí con “los camisas viejas”, que tampoco

eran viejas, pero tenían en el pecho

un yugo y siete flechas, y cantaban

el “Cara al sol” y otros himnos siniestros como

“El novio de la muerte”:

que sonaba al compás y al son del miedo.

Los “rojos”, con otros uniformes,

también cantando coplas de otros versos,

y también fusilaban a los otros

como si todo fuera un mismo juego.

Y así, regodeándose en voz baja

le subían los enigmas al silencio

y para rematarlo y concluirlo

cuando hablaban las monjas de estos hechos,

contaban lo que hacían los masones

para hacer en sus logias sacrilegios

con las Sagradas Formas.

¡Qué misterio…!

Porque mi abuela se indignaba

y decía que aquello no era cierto,

y acababa explicando que mi abuelo

era masón, y jamás hizo eso

porque era el hombre más inteligente,

más honrado y más bueno

que existía en la tierra.

Después, ya con el tiempo

vino el rey de los Hunos, pero ese

era menos cruento.

De: «Hiel de abeja» col. Ancha del Carmen, Málaga, 2005.


Rosa Diaz (Sevilla, España, 24 de Diciembre, 1946). Poeta, narradora y ensayista. Vocal por Sevilla de la Asociación Colegial de Escritores de España, miembro de la Asociación de Críticos Andaluces «Críticos del Sur», coordinadora del Ciclo Aula Atenea y asidua articulista de ABC de Sevilla.

A los ocho años ingresa en el Conservatorio Oficial de Música para estudiar solfeo y piano y desde muy pequeña comienza a escribir un diario con aspiraciones literarias.

En 1964 obtiene su primer galardón literario, convocado para estudiantes de la Escuela de Magisterio de Sevilla, por el Excmo. Ateneo de la ciudad en colaboración con la Cátedra de Literatura de la Universidad Hispalense.

En 1967 contrae matrimonio. Nacen sus hijos. En 1979 le conceden el Premio Searus a su trabajo Con las manos abiertas.

Con motivo del homenaje que la ciudad de Sevilla rinde a Antonio Machado en 1979, toma contacto con el  Grupo Poético Gallo de Vidrio del que formaría parte, y en cuya colección publicará en 1980 La célula infinita. 

En los años ochenta destacaría el homenaje al poeta Almotamid de Sevilla y el itinerario sevillano de Luis Cernuda, con la colaboración del escritor Julio Manuel de la Rosa, y la creación de la tertulia “El desván”, iniciada con Juan Sierra, baluarte vivo de la Generación del 27, y seguida de una pléyade de narradores y poetas sevillanos  pertenecientes a las distintas tendencias de la ciudad.

A partir de 1980 va obteniendo una serie de galardones literarios que le facilitan la publicación de muchas de sus obras de poesía. Así publica en 1983 Cantábile para cuerda enamora, en 1985 Casacripta y en 1986 Tótem.

Tras la edición de su libro Juan-Juan en la col. Provincia, León, 1994, se inicia una asidua colaboración con la revista literaria Zurgai, relacionándola con su director, Pablo González de Langarika y con una serie de poetas afines como José Fernández de la Sota y Amalia Iglesia entre otros.

A partir del nacimiento de su primer nieto en 1989, empieza a dar forma a una serie de libros infantiles que más tarde verán la luz en distintas editoriales españolas, entre ellas Hiperión y Anaya.

Además ha publicado también en numerosas revistas nacionales e internacionales. Ha leído presentaciones y escrito reseña sobre autores como, Pablo García Baena, Chantal Maillar o Luis García Montero, etc.

Miembro en ciclos y congresos en España, México, Cuba, Marruecos y Colombia, entre otras.

Entre otros he obtenido los siguientes premios: «Certamen literario para estudiantes de la Escuela de Magisterio» (Cátedra de Literatura de la Universidad de Sevilla, 1965)», «José Mª Morón 1983», «Barro 1984», «Ciudad de Alcalá de Guadaíra 1986», «Ruta de la Plata 1986», «Ciudad de Alcalá de Henares» 1987″, «Miguel Hernández» 1992″, «Fray Luis de León» 1992″, Accésit del Esquío 1993″, «Fray Bernardino de Sahagún»1994», «Accésit del Rafael Morales 1996», «Aljabibe» 2000″,»Accésit del Rafael Morales 2002, «Ciudad de Jaén» 2003, VI Premio Nacional de Poesía Infantil «Charo González»(2013) por «Romance de las espinas».

Enlaces de interés :

Página de la autora : https://rosadiazpoeta.com

https://www.abc.es/sevilla/cultura/sevi-rosa-diaz-poeta-sevilla-muchos-poetas-y-pocos-editores-200306220300-161104_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.abc.es%2Fsevilla%2Fcultura%2Fsevi-rosa-diaz-poeta-sevilla-muchos-poetas-y-pocos-editores-200306220300-161104_noticia.html

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