6 Poemas de Toriko Takarabe  財部鳥子

Field Notes  —En Bahu-Tun De Jilin—

Hice un viaje con mi padre en las vacaciones de verano de la primaria,

en un pasado remoto, ya casi inexistente.

A un caserío llamado Bahu-tun de Jilin…

a un caserío llamado Bahu-tun…

Mi padre ordenó a mi madre que me cortara el pelo al rape

y que me dejara así, hasta que naciera un niño triste con la cabeza rapada

y luego,

enfilamos a una región tan lejana, donde todavía se practicaba,

decían, el matrimonio prostitucional

Para obtener información folklórica

como dos hombres de viaje,

abordamos una canoa de madera que lanzaba un chillido,

y atravesamos el río Songhua

Un caserío con sauces hermosos,

construido por el aroma del agua,

a la orilla se congregaban muchos habitantes para observar la llegada    

de la familia extranjera.

Después de varias preguntas y respuestas,

mi padre anotó en su cuaderno lo siguiente:

(Será lícito decir que la canoa, hecha con aparente

descuido, es un instrumento cotidiano, propio del pueblo

manchurio. La actual es de olmo, y la elaboran entre dos

carpinteros en ocho meses. El costo de la producción es

aproximadamente doscientos yenes, y cada una aguanta

cuatro años de uso continuo. El ingreso diario por canoa es 30 yenes.)

Al verme de espalda cuando oriné agachada en la ribera,

el viejo del caserío descubrió mi identidad y le rogó a mi padre

que me concediera en calidad de esposa para su hijo,

diciendo que le daría a cambio lo que fuera, oro, plata, seda, burro.

Depende del precio –dijo mi padre con aplomo.

Después de repartir cigarros a los habitantes, descendió

con el viejo a la orilla bajo el resplandor candente,

y empezaron a negociar, contando hojas fi ludas de sauce según la tradición

(En invierno se utilizan arvejas. En el negocio se utilizan objetos indivisibles)

Mi padre volvió solo con las hojas de sauce pegadas tanto

en los hombros como en la espalda

Me propuso mil yenes para comprarte, ¿quieres ser mujer ahora?

¿Qué tal?, me dijo con risa.

No estoy segura si fue una parte de la recolección

folklórica de mi padre,

ya que se trata de un pasado tan remoto.

Para evitar que los habitantes secuestraran a la chica que valía mil yenes,

me apuró mi padre, tenemos que apresurarnos.

Seguimos caminando sin parar, volteando hacia el rincón del techo de yeso blanco

De mi padre emanaba un aroma húmedo a sangre.

Tú eres un niño, me dijo mi padre,

 tú eres un niño.

Prendí fuego al cigarro que mi padre tenía entre los labios.

En el río se sacudía una canoa.

Cuando salté al barco con una simulada agilidad de niño,

las olas de la orilla bajo la sombra larga del crepúsculo

se burlan… Byon, Byon, Byon

El agua y Mongolia

No pienso en el mar cuando tomo agua.
De pie en la cocina,
sólo alzo la mirada hacia el sucio ventilador azul.

No siento ni en el corazón ni en la espalda
las oleadas lejanas de la boca del río o de la bahía.
Que en medio de la llanura de Mongolia, parecida al mar, haya un paso
con televisor
no se me ocurre, tampoco que el cuerpo humano
sea casi por completo de agua
ni que el alma sea de agua.

Cuando tomo agua,
con cariño corre una oveja por la tráquea
como una pincelada pianísima.
En ese instante el cuerpo sosegado
tiembla con fuerza,
pero no pienso en los mongoles que persiguen las ovejas cuando el agua atraviesa la garganta

Ni tú pensarás cuando tomas agua en hombres mongoles.
Ante el eco del sonido gutural,
no se te ocurrirá pensar

que los mongoles caminan hacia la orilla
a grandes zancadas con botas largas de cuero de oveja

Caminen, hasta donde resplandece el agua.
Al soplar el viento sobre la llanura seca de la orilla,
los pastos bajitos ondulan, como si las ovejas estuvieran dormitando.
Los pastos secos se erizan susurrantes contra el viento, la agilidad de los susurros movedizos,
¡qué brincos tan suaves!: –nada de esto
lo pensarán cuando el agua atraviesa la garganta.

Sólo de un vaso transparente
tomamos agua a borbotones sin pensar en nada. Es lo más lógico.

La muerte que siempre veo

Vestida de azul celeste,

mi hermana aparecía y desaparecía en un bosquecillo.

Con una flor de peonía, casi del tamaño de su cara,

mi hermana, ay, se cae debajo del puente.

Al fondo de ese río del valle lejano,

permanezco despierto,

para recogerla en mis brazos.

Una herida azul

atraviesa mis brazos

Desorientadas por un fuego corredizo que viene del campo,

ya ni mi hermana ni yo nos encontramos allí.

Un grito sollozante que se escucha

en medio de los maíces no es mío.

Al despertarme,

me doy cuenta:

abandoné a mi hermana

en la inmensa garganta del sueño.

Ya no volveré,

no volveré jamás

Pero ¡corre, corre!

Se me abre la herida a medida que corro,

se me abre con color de peonía,

y me muero, me muero muchas veces.

Tras mi muerte,

mi hermana se esconde en el bosquecillo,

donde hay un nido de pájaros.

Se la tragó la corriente amarilla del Río Tangwang

De repente me despierto.

No podré volver, no quiero escuchar un disparo

en medio del sueño con los restos de un grito sollozante.

A mi hermana pequeña, que murió como refugiada

Remolino de humareda en el concierto

“En mi concierto arremolinan humaredas de cañones,

mi concierto es relativamente violento,

mi concierto es amado”,

dice el cantante con un gesto exagerado.

Dedica sus canciones con fervor

a los americanos necrofílicos,

que no dejan de amar la humareda y la violencia,

que no dejan de desparramar cadáveres en todo el mundo

Un sonido grave y retumbante vibra

en los corazones de las mujeres.

Y lo que vibra en los corazones

es algo violento

es algo obsceno.

Las mujeres se convulsionan con vergüenza,

pero no dejan de querer el sudor del cantante.

“Ay, Dios, dame los ojos para ver sin falla.

Como un arcoíris de misil que sobrepasa la montaña

desierta,

te voy a dar un consuelo tremendo”,

el cantante lanza con un beso

la bufanda empapada de sudor a los gritos.

Con una sonrisa de broma en una mejilla,

inicia el concierto en medio de la reverberación de las

lentejuelas

“Aunque no conozco España,

me gusta el flamenco.

Aunque no conozco el paraíso,

dicen que es donde yo nací”.

Aunque el cantante no parece un ángel,

ha de ser una variación.

Ha pasado medio siglo sin que nadie se dé cuenta,

y la poeta llora ante la broma de los años.

“Vamos, doncella platinada”,

cantaba para cortejar

y señalaba el cielo ese cantante que murió hace mucho

tiempo,

pero la poeta insiste en repetir el remolino de humareda,

quiere vengarse con un ritmo violento,

aun cuando todos los contrincantes estén muertos.

Traducción de Ryukichi Terao

El perro retórico

Del extremo del campo desierto corre el viento

como un perro salvaje: al escribirlo, tuve un desasosiego

ante la expresión, quizá porque tiene una retórica inútil.

En el campo desierto bajo la oscuridad del alba

corre algo que no se sabe si es un viento o un perro:

ésta es la frase que corresponde a mi primera impresión.

En realidad, del extremo del campo desierto corren perros

como el viento, unos perros hambrientos

que vienen en manada a toda carrera

El viento huele a bestia

El viento corre con flameantes pelos desconocidos

El viento golpea con ferocidad

El viento muge en remolinos alrededor del bebé

El viento corre recogiendo algo dulce y blando

Los perros parecían remolinos

porque todavía no amanecía

supongamos que hay cadáveres de los refugiados,

botados por allí

¿El viento sonará más poético que el perro?

¿Me conduce a salvarme a mí mismo?

En fin, los perros devorarán al bebé

Aunque así sea el mundo,

no quiero distinguir el viento y los perros salvajes.

Ambos corren con pelos flameantes

La frase prohibida

No mires el pozo profundo,

que ahí siempre está muerta la hermana pequeña.

No te despiertes al amanecer,

que escucharás el eco de

los disparos y los retumbos de las orugas

En el mundo aún copian aquella época.

“La vida no tiene sentido”:

al escribir esta frase, originará una carcajada a mi hermana

difunta por primera vez.

“Claro, no tiene ningún sentido”,

sigue escribiendo la poeta con énfasis.

Sobreviviendo como refugiada, mi hermana,

un día antes de su muerte,

tuvo ansiedad por comer una salchicha.

El sentido de la vida que se intensifica

día tras día es siempre carnal.

Toriko Takarabe 財部鳥子[Niigata, Japón, 11 de noviembre de 1933-14 de mayo de 2020). Poeta y traductora.

Poco después del nacimiento de Toriko , en Niigata, la familia Takarabe emigró a Manchuria, o Manchukuo, como lo llamaba el estado establecido el año anterior, 1932, por Japón. Tras la invasión soviética de Manchukuo y la derrota de Japón, en agosto de 1945, los 320.000 inmigrantes japoneses se convirtieron en refugiados. En el caos y las privaciones que siguieron, 80.000 personas morirían, entre ellas el padre de Toriko y su hermana de tres años. (Antes de su muerte, su padre le cortó el pelo para que pareciera un niño y evitar violaciones y secuestros). El resto de la familia tardó trece meses en regresar a Japón.

Su niñez transcurrió en la Manchuria china invadida por los japoneses, allí vivió hasta los trece años de edad. En el otoño de 1946, regresó a Japón.

Para Toriko Takarabe, China es la segunda patria, y las experiencias y los recuerdos de esa tierra son el fundamento de su poesía.

Takarabe publicó su primer libro de poemas, Watashi ga Kodomo datta Koro (Cuando era niña), en 1965, con el tema de la derrota de la Guerra y los refugiados.

Entre los libros de poemas que publicó posteriormente destacamos: Saiyūki (Viaje al Oeste), en 1984, Chūtei Gentō Hen (La linterna mágica en el patio), en 1992, Uyū no Hito (Persona inexistente), en 1998, y Monochro Chronos, en 2002.

En 2005 publicó la novela La tierra fértil, el infierno.

Ha traducido al japonés diversos poemas contemporáneos chinos y ha publicado algunas colecciones de esos poemas traducidos.

Es ganadora del Premio de Poesía Contemporánea “Hana-tsubaki”, el Premio Sakutaro Hagiwara, el premio del Museo de Tanka y Haiku Japonés Contemporáneo, el Premio Chikyu (el Globo), entre otros.

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