14 Poemas de Mahmud Darwish,محمود درويش

“Creo en el poder de la poesía, que me da razones para mirar hacia el futuro e identificar un destello de luz”

M. Darwish

Pasaporte

No me han reconocido en las sombras que
difuminan mi color en el pasaporte.
Mi desgarrón estaba expuesto
al turista amante de postales.
No me han reconocido? Ah, no prives
de sol a la palma de mi mano,
porque el árbol
me conoce?
Me conocen todas las canciones de la lluvia,
no me dejes empalidecer como la luna.

Todos los pájaros que ha perseguido
la palma de mi mano a la entrada del lejano aeropuerto,
todos los campos de trigo,
todas las cárceles
todas las tumbas blancas
todas las fronteras
todos los pañuelos que se agitaron,
todos los ojos
estaban conmigo, pero ellos
los borraron de mi pasaporte.

¿Despojado de nombre, de pertenencia,
en una tierra que ha crecido con mis propias manos?
Job ha llenado hoy el cielo con su grito:
¡no hagáis de mí un ejemplo otra vez!

Señores, señores profetas,
no preguntéis su nombre a los árboles,
no preguntéis por su madre a los valles:
de mi frente se escinde la espada de la luz,
y de mi mano brota el agua del río.
Todos los corazones del hombre? son mi nacionalidad:
¡retiradme el pasaporte!

1970

Traducción de Luz Gómez García 

La eternidad de las chumberas

¿A dónde me llevas, padre?

En dirección al viento, hijo.
 
… A la salida de la llanura, donde
los soldados de Bonaparte levantaron una colina
para observar las sombras sobre
las viejas murallas de Acre,
un padre le dice a su hijo:
No tengas miedo.
No temas el silbido de las balas.
Pégate al suelo y estarás a salvo.
Sobreviviremos.
Escalaremos una montaña al norte y regresaremos
cuando los soldados vuelvan con sus familias
lejos.
 

¿Quién vivirá en nuestra casa, padre?

Permanecerá como la hemos dejado, hijo.
Él palpa su llave como si palpara
sus miembros y se sosiega.
Al pasar por una alambrada de espinos dice:
Recuerda, hijo. Aquí los ingleses crucificaron
a tu padre durante dos noches sobre los espinos
de una chumbera, pero jamás confesó.
Tú crecerás y contarás a quien herede
sus fusiles el camino de sangre
derramada sobre el hierro…
 

¿Por qué has dejado el caballo solo?

Para que haga compañía a la casa, hijo. Las casas
mueren cuando se marchan sus habitantes…
 
La eternidad abre sus puertas de lejos
a los caminantes de la noche.
Los lobos de los páramos aúllan a una luna
temerosa, y un padre le dice a su hijo:
Sé fuerte como tu abuelo,
escala conmigo la última colina de robles
y recuerda: aquí cayó el jenízaro de
su mula de guerra.
Ven conmigo y regresaremos.
 

¿Cuándo, padre?

Mañana, tal vez pasado mañana, hijo.
 
Detrás de ellos, un mañana aturdido masticaba
el viento en las largas noches de invierno,
y los soldados de Josué bin Nur construían
su fortaleza con las piedras de su casa.
Jadeantes por el camino de Caná, dice:
Por aquí pasó un día Nuestro Señor.
Aquí convirtió el agua en vino y habló
largamente del amor.
Recuérdalo mañana, hijo.
Recuerda los castillos de los cruzados
mordisqueados por la hierba de abril
tras la partida de los soldados…

Traducción Maria Luisa Prieto de “Once astros”

Vendrán otros barbaros

Vendrán otros bárbaros. Raptarán a la mujer del emperador.
     Sonarán los tambores.
Suenan los tambores para que del Egeo a los Dardanelos los caballos
     se alcen sobre los cadáveres.
¿Y a nosotros qué? ¿Qué tienen que ver nuestras esposas
     con una carrera de caballos?

Será raptada la mujer del emperador. Sonarán los tambores.
     Ya llegan otros bárbaros.
Bárbaros que llenan las ciudades vacías, apenas altas sobre el mar,
      más fuertes que la espada en tiempos de locura.
¿Y a nosotros qué? ¿Qué tienen que ver nuestros hijos
     con esta estirpe de impudicia?

Sonarán los tambores. Ya llegan otros bárbaros.
     Es raptada de su casa la mujer del emperador.
Y en la casa se gesta la expedición militar que devuelva
     a la favorita a la cama de su señor.
¿Y a nosotros qué? ¿Qué tienen que ver cincuenta mil muertos
      con este casamiento atropellado?

¿Nacerá un Homero después de nosotros?…
¿Abrirán las epopeyas sus puertas a todos?

1986

Traducción de Luz Gómez García

Poema de Beirut

Manzana del mar, narciso de mármol,
mariposa de piedra, Beirut, imagen del alma en el espejo.
Descripción de la primera mujer, perfume de nubes.
Beirut, de fatiga y oro, de Alandalús y Damasco.
Plata, espuma, mandamientos de la tierra en plumas de palomas.
Muerte de una espiga, exilio de una estrella entre mi amada y yo, Beirut.
Jamás he oído a mi sangre pronunciar el nombre de una amante que duerme en mi sangre… duerme…

De una lluvia sobre el mar aprendimos el nombre. Y del sabor del otoño y
las naranjas de los que llegan del Sur, como nuestros antepasados,
venimos a Beirut para venir a Beirut…
De lluvia, hemos construido nuestra choza. El viento no corre y
nosotros tampoco. Cual clavo hincado en
la arcilla, el viento cava nuestro refugio y dormimos como hormigas en sus hormigueros.
Cantamos en secreto:

                                                  Beirut es nuestra jaima.
                                                  Beirut es nuestra estrella.

Estamos prisioneros en este tiempo lánguido.
Los invasores nos entregaron a nuestra gente
y apenas habíamos mordido la tierra cuando nuestro protector se abatió
sobre las bodas y el recuerdo. Y repartimos nuestras canciones entre los guardias.
De un rey en el trono
a un rey en un féretro.
Prisioneros en este tiempo lánguido,
no hemos hallado, casi definitivamente, más que nuestra sangre,
no hemos hallado lo que hace al sultán popular
ni al carcelero afable,
no hemos hallado nada que muestre nuestra identidad,
excepto nuestra sangre escalando los muros…
Cantamos en secreto:

                                                   Beirut es nuestra jaima.
                                                   Beirut es nuestra estrella.

Ventana abierta al plomo del mar,
una calle y una moaxaja nos roban.
Beirut es la imagen de la sombra.
Más bella que su poema, más sencilla que la charla.
Nos seduce con mil comienzos abiertos y alfabetos nuevos.

                                                   Beirut es nuestra única jaima.
                                                   Beirut es nuestra única estrella.

¿Nos hemos tendido en sus sauces para medir unos cuerpos que el mar ha borrado de nuestros cuerpos?
De nuestros primeros nombres hemos venido a Beirut
buscando los confines del Sur y un recipiente para el corazón
derretido…
¿Nos hemos tendido en las ruinas para pesar el Norte con la medida de las cadenas?
La sombra se ha inclinado hacia mí, me ha roto y me ha dispersado.
La sombra se prolonga…
Que los árboles que viajan de noche nos lleven de noche por el cuello
cual racimo de muertos abatidos sin razón…
Hemos venido de un país privado de su país,
de la mano del árabe literal y de una fatiga…
cual ruinas de esta tierra que se extiende del palacio del emir a nuestras celdas
y de nuestros primeros sueños a… leña.
Danos un muro para que podamos gritar: ¡Beirut!
Danos un muro para que podamos ver un horizonte y una ventana de llamas.
Danos un muro para que colguemos Sodoma,
dividida en veinte reinos
para vender petróleo… y árabes.
Danos un muro
para gritar en la península de Arabia:

                                                   Beirut es nuestra última jaima.
                                                   Beirut es nuestra última estrella.

Un horizonte emplomado se ha esparcido por el horizonte.
Senderos de conchas huecas… no caminos.
Del océano al infierno,
del infierno al Golfo,
de la derecha a la derecha y al centro
no he visto más que un patíbulo
con una cuerda
para dos millones de cuellos.

¡Beirut! ¿Dónde empieza el camino a las ventanas de Córdoba?
Yo no emigraré dos veces
ni te amaré dos veces.
En el mar, no veo más que el mar…
pero revoloteo por mis sueños
e invoco a la tierra para que sea el cráneo de mi alma fatigada.
Quiero caminar
para caminar
y caerme en el camino
hacia las ventanas de Córdoba.

Beirut es testigo de mi corazón.
De sus calles, emigro, y de mí,
colgado en un poema infinito.
Digo: mi fuego no muere…
palomas en sus edificios,
paz en sus escombros…
Cierro la ciudad como si fuera un libro
y porto la tierra menuda, como un saco de nubes.
Me despierto y, en la ropa de mi cadáver, me busco.
Nos reímos: todavía estamos vivos,
como los gobernantes.
Gracias al periódico que no ha anunciado que yo había caído allí por descuido…
Abro pequeños caminos para el aire, mis pasos y los amigos pasajeros,
el pérfido panadero y la imagen nueva del mar.
Gracias, Beirut de brumas,
gracias, Beirut de ruinas…
Mi alma se ha roto. Lanzaré mi cadáver para que las invasiones me vuelvan a matar
y los invasores me entreguen al poema…
Porto el lenguaje sumiso cual nube
por las aceras de la lectura y la escritura:
“Este mar nos deja sus oídos y sus ojos”
y regresa al mar por el mar.

… Y yo porto la tierra de Canaán, cuyas tumbas se han disputado los invasores
pero no los narradores.
De una piedra nacerá el Estado de gueto
y de una piedra crearemos el estado de los amantes.

Improviso la despedida.
Las pequeñas ciudades se ahogan en expresiones similares,
la herida crece sobre la lanza y se alternan en acompañarme
hasta el fin de este canto…
Desciendo por la escalera que no conduce al refugio ni a las bodas,
asciendo por la escalera que no conduce al poema…
desvarío un poco para que vengan la lucidez y el verdugo…
Grito: natividad, tortúrame para que grite, natividad…
Por las invocaciones, cabalgo hacia Damasco
con la esperanza de tener una visión.
Siento vergüenza del eco de las campanas que me llegan oxidadas,
le grito a Atenas: ¿cómo te puedes derrumbar en nosotros?
Luego, susurro en las tiendas beduinas:
mi rostro no está completamente maduro y mis venas rebosan trigo…
Le pregunto al último islam:
¿en el comienzo fue el petróleo
o la ira?

Deliro. Tal vez parezca extraño a los míos.
Que los poetas se inquieten menos por mi lenguaje
y yo lo limpiaré de ellos y del pasado…
No he hallado en las palabras más utilidad que su deseo
de cambiar de autor…

Adiós a lo que veremos
al alba que nos desgarrará dentro de poco,
a una ciudad que nos retornará a otra ciudad
para que se prolonguen nuestro éxodo y nuestra sabiduría.
Adiós a las espadas y a las palmeras,
a una paloma que volará de dos corazones consumidos de pasado,
a un techo de tejas…
¿El combatiente ha venido por allí,
como un obús en la guerra?
¿Su estallido ha roto las tazas de té en el café?
Veo ciudades en papel armado de reyes y uniformes caqui,
veo ciudades que coronan a sus conquistadores.
Unas veces Oriente es la antítesis de Occidente
y otras es la imagen y la mercancía
de Occidente…
Veo ciudades que coronan a sus conquistadores
y exportan mártires para importar whisky
y las últimas novedades del sexo y la tortura…
¿El combatiente ha venido por allí,
como un obús en la guerra?
¿Su estallido ha roto las tazas de té en el café?
Veo ciudades que cuelgan a sus amantes
en ramas de hierro
y dispersan los nombres al alba…
… Al alba viene el guardián del único ídolo.
¿De quién nos despediremos, salvo de esta cárcel?
¿Qué tienen que perder los prisioneros?

Caminamos hacia una canción lejana,
hacia la libertad inicial
y, por primera vez en la vida, palpamos la belleza del mundo…
Este alba es azul
y el aire es visible y comestible, como los higos…
Ascendemos.
Uno,
tres,
ciento
y mil
en el nombre de un pueblo dormido a estas horas.
Al alba, al alba, concluimos el poema
y ordenamos la confusión en los cajones del alba.
Bendita sea la vida.
Benditos sean los vivos
sobre la tierra,
no bajo el yugo de los tiranos.
¡Viva la vida!
¡Viva la vida!

Luna sobre Baalbek
y sangre en Beirut.
Dime, preciosa, quién te ha convertido
en una yegua de zafiros,
dime quién te ha arrojado
a dos ríos en un ataúd.
Ojalá tuviera tu corazón
para morir en el momento de mi muerte.

… De un edificio sin sentido a un sentido sin edificios, hemos encontrado la guerra…
¿Es Beirut un espejo para que lo rompamos y penetremos en sus fragmentos
o nosotros somos espejos que quiebra el aire?
Ven, soldado, háblame del policía:
¿Has llevado mis flores a la ventana?
¿Has transmitido mi silencio a los que amo y al primer mártir?
¿Tus muertos han muerto en ti por mí y por el mar
o me han atacado y me han arrancado de la mano de una mujer
que preparaba el té para mí y la flauta para los combatientes?
¿La iglesia ha cambiado tras vestir a su obispo con uniforme militar
o ha cambiado la presa?
¿Ha cambiado la iglesia
o hemos cambiado nosotros?

Las calles nos rodean.
Saca a Beirut de Beirut y repártela entre las ciudades.
El resultado: un espacio para el refugio.
Posa a Beirut en Beirut y sácala de las ciudades.
El resultado: una taberna.
… Caminamos entre explosiones
– ¿Nos acostumbraremos a esta muerte?

– Nos acostumbraremos a la vida y al deseo insaciable.
– ¿Conoces a todos los muertos?
– Conozco a los enamorados por sus miradas
y veo a las asesinas satisfechas con sus encantos y sus ardides.

… ¿Nos inclinaremos para que pase la bomba?
Nos acordamos de los primeros días de la guerra.
– ¿Nuestro poema ha sido en vano?
– No, no lo creo.
– Pero entonces, ¿por qué la guerra precede al poema?
– Pedimos a la piedra el ritmo pero éste no viene,
y los poetas tienen divinidades antiguas.

Pasa una bomba. Entremos al bar del hotel Commodore.
El silencio de Rimbaud me encanta,
al igual que sus cartas en las que habla de África.
– Yo he perdido a Cavafy.
– ¿Por qué?
– Me dijo: no te marches de Alejandría buscando otra.
– Yo he encontrado a Kafka dormido bajo mi piel,
adaptado a la túnica de la pesadilla y al policía que llevamos dentro.
– Libradme de mis manos.
– ¿Qué ves en el horizonte?
– Otro horizonte.
– ¿Conoces a todos los muertos?
– Y a los que nacerán…
Nacerán
bajo los árboles,
nacerán
bajo la lluvia,
nacerán
de las piedras,
nacerán
de estallidos,
nacerán
de espejos,
nacerán
de rincones,
nacerán
de derrotas,
nacerán
de anillos,
nacerán
de capullos,
nacerán
del comienzo,
nacerán
de la narración,
nacerán

sin final.
Nacerán, crecerán y los matarán.
Y nacerán, nacerán, nacerán…

Explica lo siguiente:
Beirut (mar-guerra-tinta-lucro)

El mar: blanco o emplomado, verde en abril,
azul, pero si se enfada, enrojece todos los meses.
El mar: se ha inclinado hacia mi sangre
para ser la imagen de los que amo.

La guerra: destruye nuestra obra de teatro para que la representemos sin texto ni guión.
La guerra: memoria de los primitivos y de los civilizados.
La guerra: comienza en la sangre.
La guerra: se acaba en el aire.
La guerra: hace un agujero en nuestra sombra para pasar de una puerta a otra.

La tinta: está destinada a la lengua literal, a los oficiales, a los espectadores de nuestras canciones
y a los que se rinden ante el paisaje del mar triste.
La tinta: hormigas negras o un maestro.
La tinta: nuestro istmo seguro.

El lucro: derivado de la guerra interminable,
desde que nuestros cuerpos se han vestido con el arado,
desde la primera cacería de antílope
hasta la aparición de los socialistas en Asia y en África.
El lucro: nos gobierna,
nos expulsa de los utensilios y de las palabras,
roba nuestra carne
y la vende.
Beirut: zocos en el mar,
economía que destruye la producción
para construir restaurantes y hoteles…
un Estado en una calle o en un apartamento,
un café que, como el girasol, torna hacia el sol,
descripción de la migración y de la belleza libre,
paraíso de los minutos,
un asiento en la pluma de un pájaro,
montañas que descienden al mar,
mar que asciende hacia las montañas,
gacela degollada con el ala de un gorrión
y un pueblo que no ama la sombra.
Beirut: calles en los barcos.
Beirut: puerto para la unión de las ciudades.

Se ha vuelto contra nosotros y nos ha abandonado, dándonos la espalda.
Beirut, traicionará otra nube a los que te miran?
Arquitectura que se amolda a los deseos de las nuevas castas,
musgo de los días entre el flujo y el reflujo,

desechos que vuelan desde los peldaños hacia el trono,
arquitectura de la descomposición y la composición,
mezcla de caminantes por las aceras precediendo al terremoto.
Ha girado volviéndonos la espalda.
Su arquitectura, en línea con el mundo, mira hacia el nuevo mercado
en el que se compra y se vende, sube y baja según el precio del dólar
y del lingote de oro, que sube y baja según el precio de la sangre oriental.
No… Beirut es la brújula del combatiente…
Llevaremos a los niños al mar para que confíen en nosotros…
soberano es el rey nuevo
y la voz de Fayruz, repartida equitativamente entre dos comunidades,
nos guía hacia lo que convierte a los enemigos en una familia
y a Líbano en una espera entre dos etapas de nuestra sangrienta historia.

¿El camino se ha estrechado
y de tus pasos nace la senda, compañero?
– Asediado por el mar y los libros sagrados.
– ¿Es nuestro fin?
– No. Persistiremos como las antigüedades, como un cráneo coronando los días, persistiremos,
como el aire y la mirada de los mártires, persistiremos…
mezclando la noche con la barricada, esperando lo que ignoramos,
ocultando el mundo árabe en un andrajo llamado unidad,
compartiendo la noche:
– Layla no me cree,
pero yo creo a sus pezones cuando se agitan…
ella me seduce por su elegancia al caminar:
caderas de antílope, piernas de gacela, alas de gorrión, resplandor de vela.
Cada vez que la abrazo, llama a las balas perdidas.
– Soberano es el rey nuevo.
¿Hasta cuándo nos divertiremos con esta muerte?
– No sé, pero velaremos por un poeta en el recital.
– ¿A qué partido pertenece?
– Al partido de la defensa de los bancos extranjeros y del asalto al parlamento.
– ¿Hasta cuándo se multiplicarán los partidos y desaparecerán las clases sociales, compañero nocturno?
– No sé.
Pero tal vez te mate o tú me mates a mí
si discrepamos en la definición de la feminidad.
– Ella es la brasa que viene de las piernas,
nos quema.
– Ella es el pecho que respira las olas,
nos ahoga.
– Ella son los ojos que destruyen la génesis del universo.
– Ella es el cuello que se puede beber.
– Ella son los labios llamando al astro salado.
– Ella es lo enigmático.
– Ella es lo evidente.
– Te mataré. Mi revólver está preparado. Soberano es el rey,
el revólver está preparado.
Beirut, forma para la forma,
geometría de las ruinas…

Miércoles, sábado. La vendedora de anillos.
Barrera de inspección. Un pescador. Riqueza.
Lengua y anarquía. Noche del lunes.
Ellos han subido las escaleras
y se han llevado lo que han podido. Quien no es de los nuestros
es del bando de los árabes, de su raza. Ganado.
Martes. Jueves. Miércoles.
Ellos tomaron noventa guitarras y cantaron
en torno al banquete de asado humano.

Luna sobre Baalbek,
sangre sobre Beirut.
Dime, preciosa, quién te ha convertido
en yegua de zafiros.
dime quién te ha arrojado
a dos ríos en un ataúd.
Ojalá tuviera tu corazón
para morir en el momento de mi muerte.

Hemos incendiado nuestras naves y hemos colgado nuestros astros en las murallas.
Nosotros, erguidos sobre las líneas de fuego, proclamamos:
Beirut es una manzana,
el corazón no ríe
y nuestro asedio es un oasis
en un mundo agonizante.
Haremos bailar a la plaza
y casaremos a las lilas.
Hemos incendiado nuestras naves y hemos colgado nuestros astros en las murallas.
No hemos buscado a los antepasados en los árboles de las genealogías,
no hemos viajado fuera del pan puro y de nuestra ropa de barro,
no hemos enviado la fotografía de nuestros padres a las conchas de los lagos antiguos.
No hemos nacido para preguntar: ¿Cómo se ha producido el paso de lo inorgánico
a lo orgánico?
No hemos nacido para preguntar…
hemos nacido sin importar cómo
y nos hemos propagado, como las hormigas por la estera,
luego nos hemos transformado en caballos de tiro…
Nosotros, erguidos sobre las líneas de fuego,
hemos quemado nuestras naves y hemos abrazado nuestros fusiles.
Despertaremos a esta tierra que se ha apoyado en nuestra sangre.
La despertaremos y, de sus células, extraeremos a nuestros muertos.
Lavaremos sus cabellos con nuestras lágrimas blancas,
en sus manos, verteremos la leche del alma para que se despierten
y les rociaremos los párpados con nuestras voces:
Levantaos, seres queridos, regresad a casa,
volved al viento que, de nuestros costados, ha arrancado el sur de la tierra,
volved al mar que no recuerda ni a los muertos ni a los vivos.
Volved de nuevo
porque no hemos seguido en vano vuestras huellas.
Aquí, nuestras naves se han quemado
y no tenemos una tierra, salvo la vuestra, para defender sus curvas y su trigo.
Os defenderemos del olvido, os protegeremos
con las armas forjadas para nosotros con vuestras manos.
Tejeremos para vosotros con un cráneo
y con una rodilla resbalada
porque no tenemos una tierra, salvo la vuestra, en la que clavar nuestros pies…
Volved, que nosotros os protegeremos
“aunque seamos inmolados sobre las piedras”.
No abandonaremos la plaza del silencio que ha igualado vuestras manos.
La rescataremos y os rescataremos.
Aquí, nuestras naves se han quemado
y hemos acampado en el viento que, aquí, se ahoga en vosotros.
Y aunque todos los ejércitos de la tierra escalen este muro humano,
no abandonaremos la geografía de vuestra sangre.
Aquí, nuestras naves se han quemado.
De vosotros… de un brazo que jamás nos abrazará,
construiremos nuestro puente en vosotros.
El sol nos ha abrasado,
vuestras cajas torácicas nos han ensangrentado,
vuestros exilios han desgastado nuestras articulaciones
“y aunque seamos inmolados sobre las piedras”
no diremos “sí”
porque de nuestra sangre a nuestra sangre se extienden las fronteras de la tierra.
De nuestra sangre a nuestra sangre se extiende
el cielo de vuestros ojos y el campo de vuestras manos.
Os llamamos
y el eco responde cual patria.
Os llamamos
y el eco responde cual cuerpo
de cemento.
Nosotros, erguidos sobre las líneas de fuego, proclamamos que
no abandonaremos la trinchera
mientras dure la noche.
Beirut es para lo absoluto
y nuestros ojos son para la arena.
En el comienzo, no fuimos creados,
en el comienzo fue el verbo
y ahora, en la trinchera,
aparecen los síntomas de la gestación.

Manzana en el mar, mujer de sangre amasada de arcos.
ajedrez de palabras,
resto del alma, llamada de socorro del rocío,
luna quebrada sobre la mastaba de la noche.
Beirut, amatista que grita ardiendo viva en el dorso de palomas,
sueño que portaremos cuando queramos y colgaremos en nuestros cuellos.
Beirut, azucena de escombros
y primer beso. Panegírico de lilas. Abrigo para el mar y los muertos,
techo para los astros y las jaimas,
poema de piedra, encuentro de dos alondras ocultas en un pecho…
Cielo amargo sentado, pensativo, en una piedra,
rosa sonora, Beirut, voz decisiva entre la víctima y el sable.
Y un niño, perdido en todas las tablas de las leyes
y en los espejos,
que se ha dormido.

1984 Traducción de María Luisa Prieto 

No deseo del amor sino del comienzo

No deseo del amor sino el comienzo. Sobre las plazas
de mi Granada las palomas remiendan el vestido de este día.
En las jarras hay vino abundante para la fiesta que nos sucederá,
en las canciones hay ventanas suficientes para que eclosionen las flores de granado.
Dejo el jazmín en su maceta y mi pequeño corazón
en la alacena de mi madre. Dejo mi sueño riendo en el agua
y al alba en la miel de los higos. Dejo mi hoy y mi ayer
en el pasaje hacia la plaza de la naranja donde vuelan las palomas.
¿Soy yo ese que ha descendido a tus pies para que asciendan las palabras
cual luna blanca en la leche de tus noches? Golpea al aire
para que yo vea, azul, la calle de mi flauta. Golpea a la tarde
para que yo vea como entre tú y yo languidece este mármol.
Las ventanas están vacías de los jardines de tu chal. En otro
tiempo sabía mucho de ti y recogía la gardenia
de tus diez dedos. En otro tiempo poseía perlas
en torno a tu cuello y un nombre grabado en un anillo del que surgía la noche.
No deseo del amor sino el comienzo. Las palomas han volado
sobre el techo del último cielo. Han volado y volado.
Quedará después de nosotros abundante vino en las jarras
y un poco de tierra es suficiente para que nos encontremos y la paz arraigue.

1992

Traducción de María Luisa Prieto

De un cielo a otro semejante pasan los soñadores

Dejamos nuestra infancia a la
mariposa cuando dejamos
un poco de aceite en los peldaños,
pero olvidamos saludar a nuestra hierbabuena,
olvidamos saludar furtivamente a nuestro mañana
tras nosotros.
La tinta del mediodía sería blanca si no estuviera
el libro de la mariposa en torno nuestro.

Mariposa, fiel a ti misma, sé como
quieras,
antes y después de mi nostalgia.
Deja que sea tu ala y que mi locura viva
conmigo cálida.
Mariposa, madre de ti misma, no me abandones
a la suerte que me destinan.
No me abandones.

De un cielo a otro semejante, pasan los soñadores,
séquito de la mariposa,
portando espejos de agua.
Nosotros podemos ser como anhelamos.
De un cielo
a otro semejante
pasan los soñadores.

La mariposa teje con la aguja de luz
los atavíos de su comedia.
La mariposa nace de sí misma
y danza en el fuego de su tragedia.

Mitad Fénix. Lo que le ha rozado nos roza.
Una semejanza agazapada entre luz y fuego,
entre dos caminos.
No. Nuestro amor no es descuido ni sabiduría.
Siempre así, así… así.
De un cielo
a otro semejante
pasan los soñadores.

La mariposa es agua que ansía volar.
Se escapa del sudor de las muchachas y crece
en la nube de los recuerdos.
La mariposa no declama el poema,
es tan ligera que rompe las palabras
como rompen los sueños los soñadores.

Que esté.
Que nuestro mañana esté con nosotros
y también nuestro pasado.
Que nuestro hoy esté presente en el banquete de
este día,
preparado para la fiesta de la mariposa.
Y los soñadores pasan sanos y salvos
de un cielo a otro semejante.

De un cielo a otro semejante, pasan los soñadores.

Traducción de María Luisa Prieto

Rita y el fusil

Entre Rita y mis ojos… un fusil.
Quien a Rita conoce, se postra
y reza
al Dios de su ojos de miel.

… Besé a Rita
cuando niña,
aún recuerdo cómo… se pegó
a mí: una trenza preciosa cubrió mi brazo.
Recuerdo a Rita
como el pájaro a la charca.
Rita, Rita…
Teníamos un millón de pájaros y de fotos,
y mil citas,
y contra todo abrió fuego… un fusil.

El nombre de Rita le sabía a fiesta a mi boca,
el cuerpo de Rita se desposaba en mi sangre.
En Rita me perdí… dos años,
durmió en mi regazo dos años,
nos prometimos ante el cáliz más bello,
ardimos en el vino de dos labios,
nacimos dos veces.
Rita, Rita…
Nada privaba a mis ojos
de los tuyos, si acaso nuestras cabezadas
o alguna nube de miel,
hasta que irrumpió… aquel fusil.

Érase que se era,
oh silencio del atardecer,
una mañana en que mi luna partió
con los ojos de miel.
La ciudad
barrió a los rapsodas, y a Rita.
Entre Rita y mis ojos… un fusil

Sin exilio ¿ quién soy?

Extranjero a orillas del río, como al río… me ata
a tu nombre el agua. Nada me devuelve de mi lejanía
a mi palmera: ni la paz ni la guerra. Nada
me incorpora a los Evangelios. Nada…
Nada brilla mientras sube y baja la marea
entre el Tigris y el Nilo. Nada
me apea del bajel de Faraón. Nada
me tiene o hace que yo tenga una idea: ni la nostalgia
ni la promesa. ¿Qué haré? ¿Qué
haré sin exilio, sin una larga noche
que escrute el agua?

Me ata
a tu nombre
el agua…
Nada me lleva de las mariposas de mi sueño
a mi realidad: ni el polvo ni el fuego. ¿Qué
haré sin la rosa de Samarcanda? ¿Qué
haré en una plaza que bruñe a los rapsodas con piedras
lunares? Tú y yo nos hemos vuelto tan ligeros como nuestros hogares
a merced de los vientos lejanos. Hemos trabado amistad con los raros
seres que habitan las nubes… Nos hemos liberado
del peso de la tierra de la identidad. ¿Qué haremos… qué
sin exilio, sin una larga noche
que escrute el agua?

Me ata
a tu nombre
el agua…
Sólo tú quedas de mí, sólo
yo de ti, un extranjero que acaricia el muslo de su extranjera: Oh
extranjera, ¿qué vamos a fabricar en esta calma
que apuramos… en esta siesta entre dos mitos?
Nada nos tiene: ni el camino ni la casa.
¿Fue este camino así desde el principio,
o acaso nuestros sueños hallaron una yegua
de los mongoles sobre la colina y nos sustituyeron?
¿Qué haré?
¿Qué
sin
exilio?

1999 Traducción de Luz Gómez García

Recuerdo a Sayyab

Recuerdo a Sayyab gritando en vano en el Golfo: “¡Iraq, Iraq, nada más que Iraq…!”.
Y sólo le respondía el eco.

Recuerdo a Sayyab: en este espacio sumerio, una mujer venció la esterilidad de la niebla y nos legó la tierra y el exilio.

Recuerdo a Sayyab… la poesía nace en Iraq: sé iraquí, amigo, si quieres ser poeta.

Recuerdo a Sayyab: no halló la vida que imaginaba entre el Tigris y el Éufrates,
por eso no pensó, como Gilgamesh, en las hierbas de la eternidad ni en la resurrección…

Recuerdo a Sayyab: tomó el código de Hammurabi para cubrir su desnudez
y marchó, místico, hacia su tumba.

Recuerdo a Sayyab cuando, febril,
deliro: mis hermanos preparaban la cena
al ejército de Hulagu porque no tenía más siervos que… ¡mis hermanos!

Recuerdo a Sayyab: no habíamos soñado con un néctar que no merecieran las abejas, ni con más que
dos pequeñas manos saludando nuestra ausencia.

Recuerdo a Sayyab: herreros muertos se levantan de las tumbas para forjar nuestros grilletes.

Recuerdo a Sayyab: la poesía es experiencia
y exilio: hermanos gemelos. Y nosotros sólo soñábamos con

una vida semejante a la vida y con morir a nuestra manera. 

“Iraq,
Iraq.
Nada más que Iraq…”.

De” No pidas perdón “Traducción: María Luisa Prieto

Los pañuelos

Callas como las tumbas de los mártires.

El camino se extiende, y tus manos

-recuerdo-

son dos pájaros

revoloteando sobre mi corazón.

Deja el parto del rayo

el horizonte envuelto en la negrura.

Y espera besos rojos

y un día sin viático.

Mientras seas para mí,

vete haciendo a mi muerte

y a las penas del luto.

Los pañuelos, cuando dicen adiós,

son como una mortaja,

y el palpitar del viento en las cenizas

se agita solamente

cuando corre una sangre

en el hondo del valle,

y llora -por una voz cualquiera- una añoranza

en la gallarda vela de Simbad.

Yo te pido que cambies el gemir del pañuelo

en flauta que convoque.

Mi alegría de encontrarte, a la vuelta,

aumentaba conforme me iba yendo.

¿Tengo acaso algo más que tus ojos?

¡No llores la promesa de una muerte

ni le pidas prestado

a mis pañuelos

su canto de cariño!

Te lo ruego:

¡Envuelve las heridas de mi país,

con ellos!

Traducción de Suhail Hani Daher Akel

Estado de sitio (2002)

Aquí, en la falda de las colinas, ante el ocaso
y las fauces del tiempo,
junto a huertos de sombras arrancadas,
hacemos lo que hacen los prisioneros,
lo que hacen los desempleados:
alimentamos la esperanza.

Un país preparado para el alba.
Nuestra obsesión por la victoria
nos ha entontecido:
no hay noche en nuestra noche
que con la artillería refulge;
el enemigo vela,
el enemigo nos alumbra
en el sótano oscuro.

Aquí, tras los versos de Job,
a nadie esperamos.
Aquí no hay yo,
aquí Adán recuerda su arcilla…

Este sitio durará
hasta que enseñemos al enemigo
algún poema de la yahiliya.
El cielo es gris plomizo a media mañana,
anaranjado por las noches.
Los corazones son neutros,
como las rosas en el seto.

Bajo sitio, la vida se torna tiempo:
memoria del principio,
olvido del final.

La vida.
La vida plena,
la vida a medias,
acoge una estrella cercana
atemporal,
y una nube emigrada
aespacial.
Y la vida aquí se pregunta:
¿Cómo resucitar a la vida?

Él dice al borde de la muerte:
No me queda un rincón que perder,
libre soy a un palmo de mi libertad,
el mañana al alcance de mi mano…
Pronto, me adentraré en mi vida,
naceré libre, sin padres,
y tomaré por nombre letras de lapislázuli…

Aquí, en los altos del humo,
en la escalera de casa,
no hay tiempo para el tiempo,
hacemos lo que hace quien se eleva hacia Dios:
olvidamos el dolor. El dolor:
que la señora de la casa no tienda la colada
por la mañana,
que se conforme con lavar esta bandera.

Nada de ecos homéricos aquí.
Los mitos llaman a la puerta cuando los necesitamos.
Nada de ecos homéricos…
Aquí un general excava un Estado
dormido bajo las ruinas de una Troya inminente.

Los soldados calculan la distancia entre el ser
y la nada
con la mirilla del tanque.
Calculamos la distancia
entre el propio cuerpo y las bombas…
con un sexto sentido.

Vosotros, los apostados en el umbral,
pasad, tomaos con nosotros un café árabe
—acaso os sintáis seres humanos como nosotros—.
Vosotros, los apostados en el umbral de las casas,
largaos de nuestras mañanas,
necesitamos creernos seres humanos como vosotros.

Carnet de identidad

Escribe que soy árabe,
y el número de mi carnet es el cincuenta mil; que tengo ya ocho hijos,
y llegará el noveno al final del verano.
¿Te enfadarás por ello?

Escribe que soy árabe,
y con mis camaradas de infortunio trabajo en la cantera. Para mis ocho hijos arranco, de las rocas,
el mendrugo de pan, el vestido y los libros.
No mendigo limosnas a tu puerta,
ni me rebajo ante tus escalones.
¿Te enfadarás por ello?

Escribe que soy árabe.
Soy nombre sin apodo.
Espero, con paciencia,
en un país en el que todo lo que hay existe airadamente.
Mis raíces, se hundieron antes del nacimiento de los tiempos, antes de la apertura de las eras, del ciprés y el olivo,

antes de la primicia de la hierba.
Mi padre…
de la familia del arado, no de nobles señores.
Mi abuelo era un labriego, sin títulos ni nombres.
Mi casa es una choza campesina de cañas y maderos. ¿Te complace?… Soy nombre sin apodo.

Escribe que soy árabe,
que tengo el pelo negro y los ojos castaños;
que, para más detalles, me cubro la cabeza con un velo;
que son mis palmas duras como la roca y pinchan al tocarlas. Y me gusta el aceite y el tomillo.
Que vivo en una aldea perdida, abandonada,
sin nombres en las calles.

Y cuyos hombres todos están en las canteras o en el campo… ¿Te enfadarás por ello?

Escribe que soy árabe;
que robaste las viñas de mi abuelo y una tierra que araba, yo, con todos mis hijos.
Que sólo nos dejaste estas rocas…
¿No va a quitármelas tu gobierno también, como se dice?

Escribe, pues…
Escribe en el comienzo de la primera página que no aborrezco

a nadie,

ni a nadie robo nada.
Mas, que si tengo hambre, devoraré la carne de quien a mí me robe. ¡Cuidado, pues!…
¡Cuidado con mi hambre y con mi ira!

La tierra se estrecha para nosotros

La tierra se estrecha para nosotros. Nos hacina en el último pasaje y nos despojamos de nuestos miembros para pasar.
La tierra nos exprime. ¡Ah, si fuéramos su trigo para morir y renacer! ¡Ah, si fuera nuestra madre
para apiadarse de nosotros! ¡Ah, si fuéramos imágenes de rocas que nuestro sueño portara
cual espejos! Hemos visto los rostros de los que matará el último de nosotros en la última defensa del alma.
Hemos llorado el cumpleaños de sus hijos. Y hemos visto los rostros de los que arrojarán a nuestros hijos
por las ventanas de este último espacio. Espejos que pulirá nuestra estrella.
¿Adónde iremos después de las últimas fronteras? ¿Dónde volarán los pájaros después del último
cielo? ¿Dónde dormirán las plantas después del último aire? Escribiremos nuestros nombres con vapor
teñido de carmesí, cortaremos la mano al canto para que lo complete nuestra carne.
Aquí moriremos. Aquí, en el último pasaje. Aquí o ahí…
Germinarán olivos…
De nuestra sangre.

Tengo la sabiduría del condenado a muerte

Tengo la sabiduría del condenado a muerte:
No tengo cosas que me posean.
He escrito mi testamento con mi sangre:
?¡Confiad en el agua, moradores de mis canciones!?.
He dormido ensangrentado y coronado con mi mañana…
He soñado que el corazón de la tierra era mayor que
su mapa
Y más claro que sus espejos y mi cadalso.
He creído que una nube blanca me
ascendía,
como si yo fuera una abubilla con el viento por alas.
Y al alba, la llamada del sereno
me despierta de mi sueño y de mi lenguaje:
Vivirás en otro cadáver.
Modifica tu último testamento.
Se ha retrasado la fecha de la segunda ejecución.
¿Hasta cuándo?, pregunto.
Esperaré a que mueras más.
No tengo cosas que me posean, respondo,
he escrito mi testamento con mi sangre:

?¡Confiad en el agua,
moradores de mis canciones!?
Y yo, aunque fuera el último,
encontraría las palabras suficientes…
Cada poema es un cuadro.
Pintaré ahora para las golondrinas
el mapa de la primavera,
para los que pasan por la acera, el azufaifo
y para las mujeres el lapislázuli…
El camino me llevará
y yo le llevaré a hombros
hasta que las cosas recobren su imagen
verdadera,
luego oiré lo genuino:
Cada poema es una madre
que busca a su hijo en las nubes,
cerca del pozo de agua.
?Hijo, te daré el relevo.
Estoy encinta?.
Cada poema es un sueño.
He soñado que soñaba.
Me llevará y le llevaré
hasta que escriba la última línea
en el mármol de la tumba:
?Me he dormido para volar?.
Y llevaré al Mesías zapatos de invierno
para que camine como los demás
desde lo alto de la montaña hasta el lago.

2003

Mahmud Darwish,محمود درويش (Galilea,Palestina, 13 de marzo de 1941- 9 de agosto de 2008, Texas, EE.UU.). Poeta considerado el “poeta nacional Palestino”.

Procedente de un ambiente campesino, sus primeros años los pasó en Birwa, pequeña aldea de Galilea. En 1948, tras la retirada de las tropas británicas de Palestina y la implantación del Estado de Israel, su familia se vio obligada a huir de su casa. Permanecieron un año en el Líbano y al regresar a Palestina encontraron a Birwa completamente destruida por el ejército israelí, al igual que otras muchas aldeas. Se instalaron en Dair Al Asad de forma clandestina.

Como muchos de los poetas de su época, participó en la resistencia palestina y tuvo desde el principio una clara militancia política.

 Se inicia en la escritura al mismo tiempo que a la acción política en el seno del partido comunista; a los veinte años publica su primer poemario, Pájaros sin alas. Cuatro años después publica el segundo: Hojas de olivo. En el siguiente libro, Enamorado de Palestina, de 1966, se advierte influencia de la escuela romántica. En esta fase su estilo se vuelve más delicado, menos directo.  Fin de la noche, de 1967, es el poemario que abre esta larga y madura etapa, en la que se advierte una mayor abstracción. El siguiente poemario: Los pájaros mueren en Galilea, de 1969, es el que según Darwish marcó su primera mutación poética por la amplia utilización del símbolo y el mito, provocando una ola de rechazos. En Mi amada se despierta, de 1970, amplía el campo simbólico incluyendo figuras del pasado y acontecimientos históricos, tanto del mundo islámico como del cristiano.  La figura más relevante es Cristo y el suceso más recurrente es la crucifixión, que tuvo lugar en Palestina, tierra a la que el poeta pertenece.

La fuerza de su mensaje poético, testimonio directo del sufrimiento y la humillación cotidianos del pueblo palestino, así como su militancia comunista, hace que las autoridades israelies lo consideren demasiado peligroso y le condenan a arrestos domiciliarios permanentes y numerosos encarcelamientos.

 A comienzos del los años setenta se instala en Beirut. En 1972 publica  Amarte o no amarte, del que destacan los conmovedores “Salmos” y el poema “Sirhán toma café en la cafetería”, que sintetiza a la perfección el estado psicológico del poeta dirigiéndose desde fuera de Palestina a los árabes que permanecen en la tierra ocupada. En Beirut dirige el centro de investigación de estudios palestinos y dos de las más importantes revistas árabes: Shuún filistiniyya y Al Karmel. Durante estos años, Darwish  se convierte en la gran voz de su pueblo y se consagra como uno de los más grandes poetas árabes vivos, siendo también testigo de la guerra civil libanesa, tragedia que le inspira numerosos poemas desesperados.

En 1982, tras la invasión israelí del Líbano, Darwish se exilia en Europa, principalmente en París, junto con estancias en Túnez. 

Publica el libro Elogio de la alta sombra, de 1983, y Menos rosas, 1986, sigue experimentando con la forma y con el ritmo, logrando poemas de exquisita perfección formal y a la vez sinceridad e intensidad de sentimientos. Once astros, de 1992, alcanza una altura poética insuperable.  Está compuesto por poemas largos, con una perfecta armonía entre las imágenes y el ritmo, y fuertemente marcados por grandes experiencias trágicas de la humanidad, como la guerra de Troya, las invasiones de los mongoles, la pérdida de Al Andalus o el genocidio de los pueblos indios, con referencias constantes a personajes y a lugares históricos y míticos.  Continua ¿Por qué has dejado el caballo solo?, de 1995, El lecho de una extraña, de 1999, y Mural, del 2000. Estos últimos trabajos se componen de poemas de gran sobriedad expresiva y a la vez extraordinaria finura, gracia y armonía, compuestos no sólo para ser recitados en su lengua original sino también para ser visualizados. En 2002 publica “Estado de Sitio”. En 2004 “No te excuses” y en 2005 “Como la flor del Almendro”.
Hablando en su propio nombre y recreando sus propias experiencias, Darwish muestra una de las visiones más agudas de la creatividad poética árabe actual, ensalzando algo tan aparentemente sencillo y natural como es el amor a la vida y el goce del placer.

A partir de 1996 se instala en Ramalla, donde dirigió la prestigiosa revista literaria Al-Karmel cuyos archivos fueron destruidos por el ejército israelí durante el asedio de la ciudad en el año 2002.

Recibió diversos premios literarios entre ellos el Premio Lenin de la Paz, en 1980 y 1982, el Lannan Cultural Freedom Price, en el año 2001, y el premio Príncipe Claus de Holanda, en el 2004.

La poesía no puede cambiar al mundo, pero puede encender velas en la oscuridad

Mahmud Darwish, محمود درويش

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