Agonías de un caribú
Bajo el paso incierto y vegetal de angustia,
levanto el polvo de la nada.
toda pupila emerge
en esta soledad suspensa,
Toda concentración oscura,
en violencia tal
de hacinamiento y llama pura entre las rocas.
La luna atenta y circundada
a su vez aclara
aquel espacio de su prenda
fluente y nemoroso.
Atormentados cascos van a mengua
redoblando el eco
en mil contornos de la estéril claridad polar.
Único en sí repercute el gemido entre la fronda
de un balido incauto.
Ventajas cruentas de la selva:
Desvalidos pasos del garañón herido
que ya en las turbias aguas del escajo su condición aplaca
su pesar consume.
Yacentes ojos a su propia luz ocultos
bajo el ámbito nocturno de este vuelo.
Ver adentro, el cazador también escucha
el retiro alado de tanta lejanía inclusa.
Y en murmullos que la brisa asume, cuanto más cercanos, se acrecienta el rocío de
las fieras.
A aquellas cuencas vuelvo, al conjunto aquél,
saturado y tenso,
de fragancia y brotes.
Los continuos árboles
de vertical sustento, de fiero embate,
allí persisten
como la postrera vibración del aire.
Tantas voces en el eco. ¡Oh luna te reflejas en mi mente!
Como el ave en las alturas de su vuelo contenida,
tan solo aún, Noche mía, voy en ti, tan duro de distancias.
La pradera de tierno espacio en tanto me recibe,
que en jugos desbordantes de los aires resplandece.
¿Mas, volverá el cedeño pasto
a brotar de luces?
De lo remoto el ciervo acude
a tal empeño de este clamor vedado.

Orgía
¡Coruscante en su boca, la panacea!
Las Venas del padre no son
Sino hilos de celaje azul, ramaje del blasón.
El espíritu ha hecho de su cráneo
La sola brújula del pensamiento.
Las manos levantan el cielo raso
Como antorchas de ciencia y de progreso.
He aquí que nuestras mejillas se tornan carmesíes.
Somos sus huéspedes de gran linaje.
Luego nos procuran su ambrosía
El ajo, la estricnina y el sublimado.
Corimbos, umbelas, encajes en llama.
Mis miradas tatúan los senos de la dama.
Oh hermanos, que mi corazón haga la vuelta de la mesa.
¡Sobre mi rostro lamentable, mis lágrimas no son sino gotas de sangre!
Estos brazos nacientes como tromba sórdida de la axila,
El innoble deseo y el vientre, los pómulos de la infame
junto a la salina blancura del mantel
¡Duerme! ¿Para qué la amargura fluyente
de tus santas y lejanas soledades, oh mi alma?
Ellos, urgidos por la sombra de los grandes caminos,
franquean temprano las puertas del Edén.
Luego yo, el indigente, me quedo junto a Lázaro
Cogiendo sus cortezas y sus migas de pan.

El ladrón
A Jules Supervielle
Como los grandes vientos que soplan en su nocturna y miserable inmensidad,
En las profundas soledades del invierno,
Yerro hirsuto, miserable y sin abrigo.
Ya el lobo no escucha en su guarida
Sino el golpe siniestro de mis años.
Y cuidado con las llamas de un solsticio soñado:
En sus claros de bosque,
Las divinas y vigilantes miradas husmean entre las hojas marchitas.
Desollándome como Judas el infame
-El alma en la punta de la lengua helada-
Me agito en el más bajo fondo del bosque
Como las entrañas del famélico.
Mil formas solemnes se precisan en esta sombra oscura y temida,
Mil formas solemnes que se jactan ante mí del hipócrita contorno de sus encantos.
El limo de mi sombra aterciopelada
Me ofusca los sentidos y anuda mis pasos.
Como el árbol que dolorosamente reprime su cuita
En el blanco nadir de sus raíces,
El hombre maldice su destino.
En la basílica de los pinares,
El yermo corazón se lamenta:
¡Despréndete aceleradamente, río, y sé
La cuerda, la siniestra cuerda que me estrangulará!
Que las ramas de hierro prendan los hervores de la tempestad.
Aunque las frondas del relámpago estallen,
No podréis jamás apagarla.
Cielos, tristes y sombríos cielos,
¡Jamás apagar esta llama de amor que canta dentro de mis ojos!»
¡Sobre qué lienzo se imprime mi semblante?
Sobre vosotros, charcas de absintio
Y putrefactos brazos del río.
En el aire, en el agua mental del firmamento,
¡Dónde, en qué onda embrujada, se abrevan mis ojos?
¡En las cavernas de la tempestad o en la extrema
soledad del movimiento?
¡Hierbas, adiós!
Me he fatigado y saciado con vuestra savia inmóvil.
¡Adiós!
Me lanzo sobre la punta de mis pies
hacia el meteoro de Belén.
Sin hurtaros un día el Paraíso,
al revés de la gota adormecida,
escalo los torreones más altos,
Señor,
Señor, a fin de ofreceros muscíneas.»
De Orogenie.(Orogénesis 1928) (Traducción de Gonzalo Escudero

Bebida turbia
a Henri Michaux
Escucho tus ondas, inefable noche, tu soplo, oh reina del
sueño, en mi urbe.
La oda comienza: que muja en mi la imprenta.
¡Funde este orden, ácido rojo del estío!
Y que yo palpe las verdes ancas de la pradera.
.
La imagen del Espíritu Santo se inflama detrás de las
vidrieras;
Sus bordadas alas de amor penden de las extremidades del
dintel,
Y las umbelíferas sombras de miel me abrazan y me
penetran.
Sus sombras ardientes y jadeantes en torno de las flores:
Pentecostés de mis padres.
.
¡Rocas, como esos frutos
Madurad, rocas bajo la luna,
En las salivas del año!
Ah los paisajes de mi grandeza.
Y más blancas que todas las nieves,
Que el iris del moribundo,
En los hontanares del limpio cielo, mis sienes palpitan.
Sudor de las lacas, plenitud de los poros.
Estoy prendido a los muros del antro como las lágrimas de
las madréporas.
.
.
Semejante al gallo en su demencia planetaria.
Estoy poseído por la sibilina diestra de yeso.
¡Oh palabra en el olvido,
Astro del desierto, alumbra mi desnudez!
Deja al agua celeste de sus ramas extenderse y fulgurar
Sobre el paisaje de un solitario.
.
El verde grito del sapo se torna líquido en mi alma.
Y como el topo
Que mina las bóvedas de la tierra,
La frase, urgente misiva, desgarra su envoltura.
.
Ambulo ciego y busco los treinta y tres clavos sobre el piso;
El alfabeto del bosque me restituye las palabras sonoras ya
pronunciadas.
¡Os ruego!
Miembros de la aventura, modelad el limo de nuestro
semblante.
Los párpados se ahuyentan, el cielo se construye.
Súbita virgen, ¿eres tú como el océano
Que resplandece de pronto en este abismo de ceguera?
En tanto que se eternizan, en la encarnada espera de mi
sangre,
El clamor, el estrépito y la velada voraz de las chinches, ¡Le-
vantaos, espaldas, en la plata de nuestra fuerza,
Y arrancadme de este horno!
¡Desgarradme, uñas, esta corteza y estas membranas tan
pesadas de sueño!
.
Las aristas del sílex, la cal y el follaje de las rocas
Se enarbolan en mis ojos.
Bajo el peso y el sonido de tu presencia,
Los muros de mi guarida se yerguen en las raíces de la
tormenta,
¡Fértil estrato de la noche!
Y mi sombra se regodea en la soledad de tus muros.
.
Se ciñen las llamas de las cortinas a las cañas de mis arterias;
¡No es el nimbo sino la huella del duro casco!
Aprestaos a descender, tan lúcidos como el aire del cielo,
a mecerme, pájaros;
A fin de que mi corazón en gozo recuerde la frescura de
las aguas.
.
Pero, oh Lázaro, ¿quién mojará mis labios en estos parajes?
¿Quién de este mundo podrá morder la maleza de mi exilio?
El infortunio toma en mí las formas del continente;
¡Y el alma siniestra de fango
Macula el templo y las sedas eucarísticas de su asilo!
Trad. Gonzalo Escudero.

I
Les anges attendent, dehors, mon front.
Les anges, au gré du vent, dans les frimas, comme blanches paupières anxieuses,
Battent des ailes,
Brûlent le songe dans la maison du noir.
Et les lumières du ciel, les lumières du sable, vibrent ensemble dans cette attente.
Mes mains ? ouvertes, écartelées, ouvertes dans le sang !
Les portes de ma solitudes, branlantes dans les miroirs du vent.
Et toutes les feuilles nées de la Nature,
Qui veillent autour sur cet éclairage de tristesse et d’anxiété.
Mais je ne puis m’absenter, et d’aucune façon, dérider les formes de ma vision.
J’ai à subir, croyez-moi, nombre paroles et maints climats,
Les multiples haleines de l’âme désemparée.
Car le rouge est là ! ce rouge extrême auprès de mes regards, ce rouge aux tempes et dans me mains.
Et les battements pénibles de la porte viennent jeter, de temps à autre, dehors, le trouble dans les beaux visages de cette légion.
Et la lumière, qui se défie, me garde autour comme une attente rouge dans les murs.
Ces oiseaux parsemés devant, miroitent dans les airs
-Ces grands oiseux qui se réclament d’un si long voyage,
Qui m’apprennent, en cette virtuosité de vol,
Les eaux premières que je n’ai pu boire !
Et la lumière, comme une pensée à la cime même de l’esprit.
Qui franchirait, vers l’extérieur, ces murs ?
Comme une écorce bien ajustée
Ils nous maintiennent dans cet élan, droits vers le ciel de toute immobilité.
Et mes veines qui s’asphyxient !
Mes veines, chargées de larmes, qui pèsent tant dans mon cerveau.
Allez ! fuyez ma vie, fuyez-la donc, présences du dehors, et ne me faites plus souffrir cette glace dans la terreur.
Mais il y a ce vent, ce vent de tous les lieux !
Le vent qui, prompt, s’apprête à dévaster jusque dans les blancheurs limpide de mon front !
Vrai ! et cette couleur si douce, aussi, d’âge en âge venue, comme une voix secrète des ombres intime,
Si douce et si loin venue dans la liquide solitude de mes paupières.
Comme le sel nocturne du regard, qui débonnaire éclate aux jours de honte et de tempête,
Un astre est nu dans mon esprit.
O soleil avec tes brises, ton paradis soluble dans nos veines et dans nos larmes !
Eclaire, éclaire, ô astre tumultueux, éclaire-moi donc ces ténèbres épaisses de la distance.
Et fais en sorte que moi je ne sois plus séparé d’Elle, d’Elle, ah ! de l’étendue blanche de son contact, par tout ce long et difficile voyage.
Je reste seul, ici dans cette argile, anges du dehors,
-Pour mieux L’attendre, dans ces lumières consternées.
Pour cet appel !
Car j’adore dans mon front une présence mémorable.
Les fleurs et les brises qui s’entrelacent.
Les fleurs ! et le bruissement de ma pupille comme la parole heureuse de son esprit !
Et ses bras ! quels parfums ! entourées de mes veines éclatantes.
Taisez-vous ! or taisez-vous, bouches inquiètes du dehors !
Déjà les grands oiseux du soir arrachent les portes et brisent les murs !
Ces grands et noirs oiseaux qui déploient leur vol subtil dans les profondeurs de mes fenêtres et de mes miroirs
Le monde, en cette minute, n’est plus que l’haleine d’une pensée
Seigneur, je tremble
L’Esprit, le soleil, les astres et toutes lumières connues, tremblent aussi.
Seigneur, qui tremblent en cette suprême connaissance :
O Amour !
Amour présent
I
Los ángeles esperan, afuera, mi frente.
Los ángeles, a merced del viento, en la escarcha, como blancos párpados ansiosos,
Baten alas,
Queman el sueño en la casa de la negrura.
Y las luces del cielo, las luces de la arena, vibran juntas en la espera.
¿Mis manos? ¡Abiertas, descuartizadas, abiertas en la sangre!
Las puertas de mi soledad golpean en los espejos del viento.
Y todas las hojas nacidas de la Naturaleza,
Que velan en torno sobre esta luz de tristeza y ansiedad.
Pero no puedo ausentarme, y en modo alguno, alegrar las formas de mi visión.
Tengo que sufrir, créanme, muchas palabras y numerosos climas,
Los múltiples alientos del alma desesperada.
¡Pues lo rojo está allí! Ese rojo extremo ante mi mirada, ese rojo en las sienes y en mis manos.
Y el penoso golpear de la puerta crea, de vez en cuando, afuera, la confusión en los hermosos rostros de esa legión.
Y la luz, que desconfía, guarda a mi alrededor como una espera roja en los muros.
Esos pájaros dispersos adelante, espejean en el aire
-¡Esos grandes pájaros que reivindican un tan largo viaje,
Que me enseñan, en ese virtuosismo de vuelo,
Las aguas primigenias que no pude beber!
Y la luz, como un pensamiento, en la cima misma del espíritu.
¿Quién franquearía, hacia afuera, estos muros?
Como una corteza bien ajustada
Nos mantienen en este impulso, derechos hacia el cielo en plena inmovilidad.
¡Y mis venas que se asfixian!
Mis venas, cargadas de lágrimas, que pesan tanto en mi cerebro.
¡Vamos, rehuid mi vida, rehuidla, pues, presencias de afuera, y no me hagáis soportar más este hielo en el terror!
¡Pero allí está ese viento, ese viento de todos lados!
¡El viento que, rápido, se apresta a devastar hasta en las blancuras límpidas de mi frente!
¡Así es!, y este color tan suave, también, venido del fondo de los tiempos, como una voz secreta de las íntimas sombras,
tan suave y venido de tan lejos en la líquida soledad de mis párpados.
Como la sal nocturna de la mirada, que benévola estalla en los días de vergüenza y tempestad,
Un astro está desnudo en mi mente.
¡Oh sol con tus brisas, tu paraíso soluble en nuestras venas y nuestras lágrimas!
Ilumina, ilumina, oh astro tumultuoso, ilumíname pues esas espesas tinieblas de la distancia.
Y haz de modo que yo ya no esté separado de Ella, de Ella, ¡ah!, de la blanca extensión de su contacto, por todo este largo y difícil viaje.
Yo permanezco solo, aquí en esta arcilla, ángeles del afuera,
-Para mejor esperarla, en estas luces consternadas.
¡Para este llamado!
Ya que en mi frente adoro una presencia memorable.
Las flores y las brisas que se entrelazan.
¡Las flores! ¡Y el rumor de mi pupila, como la palabra feliz de su alma!
¡Y sus brazos! ¡Qué perfumes! rodeados por mis venas brillantes.
¡Callaos! ¡Callaos, pues, bocas inquietas del afuera!
¡Ya los grandes pájaros de la tarde arrancan las puertas y rompen los muros!
Esos grandes y negros pájaros que despliegan su vuelo sutil en las profundidades de mis ventanas y de mis espejos.
El mundo, en este instante, no es más que el hálito de un pensamiento.
Señor, estoy temblando.
El Espíritu, el sol, los astros y toda luz conocida tiemblan también.
Señor, que tiemblan en este conocimiento supremo:
¡Oh Amor!
Amor presente.
De: Absence. Quito (1932).Traducción Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

Perenne luz
La noche de cerca, y tan desnudo golpe a expensas de mi corazón.
¡Dolorosa mano mía no aciertas a caer
suspensa en aquel trasluz
de movimiento
de tu imprescindible exclamación!
Ya los mares del Oeste como pecho se dilatan:
Tanto el vuelo de mis sienes, y el velamen de esta lámpara que levanto a firmamentos,
al paso de aguas, a más decir por la anchura de mis párpados.
¡Oh metal tan fresco
Bajo el calor del epidermis!
¡Oh clara huella de su tránsito
En el campo deseado,
en las congruentes potestades de tu sexo!
De clamores y destellos me consuma
Habiendo de sosegar su desnudez.
De sosegarla en la noche de la especie,
En brañas del oasis,
Con mi aliento cuando en vilo de miradas.
Todo que te arrima en resplandores
Que tu condición aplaca de mi ensangrentada consistencia
Todo aquello que no se ajusta de palenques y de fronteras familiares.
Soledad cumplida.
¡Oh silencio, me retraes
-como una implacable roca de durezas en el alma!
¡Menguada luz de escaso asilo!
Labios míos, dadme altura en el trance de estas ansias.
Mas al borde de riberas semejantes
Cuántas aves de este mundo se incorporan,
Como el rostro implícito en el fulgor de la visión,
Que atraviesan de soslayo la magnitud de las esferas…
Por cuanto asumo de mi cuartel de sangre,
La baja tierra de brisas se ilumina.
Mi cuerpo en tanto a vista se desprende de cenizas,
Gimiendo en hontanares de espeso llanto.
Premisas todas de la muerte.
Un ay seguido de tinieblas, de esta gota pertinaz del pensamiento.
¡Oh mi sueño entrante en humedad de flores!
El espíritu denodado
Se arranca de sus perennes paredes lastimosas.
Abultados cortinajes, como otras tantas cabelleras de lo oscuro,
Y la más ardua noche
De presión continua.
Entidad fortuita
Que no habré de hallar sino a merced de escombros,
En el fragor de la ruptura,
Cuando este golpe de mi total caída
Apura entradas en la nada.
¡Oh lamento de tu voz en mi espesura!
Y esa latente réplica, de néctares y de estambres, al placer que me convida.
¡Oh Tiempo, me defines de presencia y de universo!
Hoy cuán bien, ¡oh luz!, aciertas entre tejidos y asperezas, a descontarme espacios,
A circundarme de vecindades el corazón.
Vida sin prejuicios cuando de Ella al tanto de sus senos concatenando habré de recibir.
Me sostengo en vilo, sin huella entonces, a mayor premura de memorias.
En mi boca de ayes.
Mi labio amén de vez repercute golpeando lo indecible
Ésta acendrada concentración del alma,
¿En qué cúmulo no obstante de la esfera que me oculta?
Hoy mi sentencia, a toda prueba.
De un paso mío al consiguiente, ¿Qué distancia de resuelve?
Tu propia luz endurecida,
Como aquella, a expensas de la nada, claridad conjunta de los universos astros.
Todo vuelo se desprende de tus ansias;
Tanto así mi faz en los recónditos espejos que la nombran.
La reverberación así del sexo
En la extensión de su cabida,
Como el clamor de los metales
Bajo el lampo de tus cruentas auroras boreales.
Ni vectores, ni herramientas de otra fuerza.
Gota a gota la fría lámpara
Sobre mi sien persiste.
¡Tus miradas desgreñadas!, ya sus íntimos cristales de violencia me golpean
A merced de tu estatura.
Vertientes todas de mi lecho.
El deseado cuerpo a su poder de luz se entrega,
A sus mejores aguas.
Tal es mi consumo,
De transparencias tuyas y señales en el retiro incalculable de los astros.
Allá en demora, Amada mía,
Por cuentas y sabores de tu amor que concertar.
Y los terrestres años se deciden, en trances de mi prenda,
Hacia el extremo vértice de profundidad apetecido.

De lo remoto a lo escondido
Tanto soy y más la brizna de saturada espina
A cuya sed perenne se acrecientan los desiertos.
Sangre adentro y de soslayo iré por consiguiente,
Como van las tempestades,
Hacia aquel país cerrado a toda mente,
País de Khana, cuando al paso, en las sales densas de la muerte,
Habré de hablarte,
Toda en escombros, ciudad de Balk.
No hay empero reparos de horizontes.
¿En dónde estoy, a dónde me conduce lo inaudito?
¡Oh Príncipe de innumerables plantas y llanuras,
A aquella fuerza de soledad me atengo
De tu nocturna condición!
Atrás dejé las puertas, las sabanas en aliño.
Los que sois de presa;
Magnates, caciques de la tierra, empolvados sobrestantes,
Velad el campo ausente.
Profesores y otras huestes,
vosotros los de la especie cotidiana, ya no vivo de vuestra
ciencia ensimismada.
Pronto me acusas,
Aire desnudo,
Doblegas mi ceño,
Me das el pánico de lobos aullando bajo la abrupta claridad lunar.
Al romper entonces la procesión oscura de esta sangre coagulada,
A más de la intrínseca solidez de mi sombra y de mis dientes,
¡Oh selva transparente,
Tus vientos primordiales se desprenden de intensa luz
En mis recintos!
¡Oh mía de mis años!
Las plazas comentadas, los caminos, las edades,
Cuánto he recorrido en virtudes de tu imagen trascendente.
Como holanes de rocío en torno de tantas frondas agostadas,
Mil rumores de tus sienes prevalecen en mi espíritu.
Mis gotas caen.
El ala irrumpe a través de tus tensos jardines soñolientos.
La premura aún
De este ser tan secreto y transparente como el néctar de las flores.
Allá sin tregua
La extensión continua, el fragor de la conquista.
El espacio aquél, a brote de epidermis.
Tal recibe el eco, en vertientes albas de tu cuerpo,
Mandatos consabidos de luz oculta.
¡Oh cuerpo femenino a cuya entrada se extasían las tormentas,
Los ciclones!
Al amparo de una lámpara perdida en su esplendor de azufre,
Aquí te imploro, en la concentración de mis entrañas,
En las caudalosas lunas de mi adviento.
Bajo este rotundo cielo atravesado de miradas y de clamores,
Más allá de todo ambiente, te escucha mi ansiedad.
En la eternidad de mis cenizas se verán las glorias de tu sangre,
Las dulzuras de tu empeño.
1944

Soledad de luces, soledad de alientos.
¡Oh lágrimas me dais voces
de su presencia en solar de mis adentros
más remoto!
Arrobado en tales ansias,
ora a vuelta de desmayos,
ora en tela de lamentos,
pasaré la noche en prenda
de soledad,
con el alma ahíta, a tientas,
con el alma enjuta en sienes de sudores y tormentas.
Voy clamando en graves ayes el deseo de mi boca.
En todo tu cuerpo te grité mis quejas
porque a fuer de tus enojos ni siquiera supísteme escuchar.
Y no es de pan, ni es de vino el menester;
ni sed, ni ganas de aquesta colación.
En el jugo, fuente y gota de tus senos:
¡Oh prueba sin consejos!
¡Sequedales del ansia viva!
¡Cuánto padecer! ¡Cuánta cosa he roto,
y cuántos golpes en busca del alivio!
Manos mías en el huerto,
derramad las flores llenas,
derramadlas
y dad sustento
a esta sien que palpita en mi costado.
La pasión que me desangra:
Un tal querer enclavado en las entrañas.
Y los muslos entornados, derramando de ellos su cabal fortuna.
Desde el otero
acudo al llano de tantas bajas tierras escondidas.
¿Mas, dónde están los senos que apetecen mis sentidos?
¿Dónde el pecho de mi boca?
En sus altas horas,
y en el gozo, en la cima de estambres y deleites,
vino el Huésped.
Abrió cuentas,
Y a vuelta de sorpresas no pudo menos que gritar,
a todo ámbito,
la voz de su desmayo,
qué gritar:
¡Desolación, desolación!
Este cavilar nocturno.
Esta llaga atroz de su presencia abierta en todo el rostro.
¡Soledad de luces, soledad de alientos!
Ni siquiera en sombra sus miradas me cubren ya.
Alimañas en mi senda.
¡Cuántos cuervos en la noche!
Atado al peso de lo oscuro, al clamor de mis entrañas,
Pronto dormiré mis sueños, bajo el sediento párpado de este insomnio.
¡Oh moradas de cal viva!
Allá vuelo en desatino,
con toda la mirada en trances de soslayo
arriba de estos grandes vuelos corporales.
Vino el Huésped,
y desnudo me encontró:
Los oídos sin respuesta,
tan reseco el albihar.
Desnudo de hambre, de venas y de espíritu.
Vino el Huésped, en sazón
de esperanzas y clamores,
y único en las praderas de su huella
no pudo menos que se exclamar,
—Los ojos encendidos en la prenda de sus ayes—,
A su vez que se exclamar:
¡Desolación, desolación!
Publicado originalmente en Revista Casa de la Cultura Ecuatoriana, no. 1, enero-marzo de 1945, Quito: Casa de la Cultura Ecuatoriana, págs. 245-246

Alfredo Gangotena Fernández-Salvador (Quito, Ecuador, 19 de abril de 1904-Quito, 23 de diciembre de 1944). Poeta. Es considerado por algunos como el más grande poeta ecuatoriano del siglo XX.
Hijo de Hortensia Fernández-Salvador Chiriboga y de Carlos Gangotena Álvarez, familia de terratenientes. La pareja tuvo 4 hijos Laura, Fanny, Carlitos y Alfredo.
Alfredo estudió la primaria en Quito en el colegio católico Pensionado Elemental. Posteriormente en 1912 ingresaría al Colegio San Gabriel. A los catorce años ya mostraba inclinaciones literarias al publicar dos elegías sobre la Guerra Europea en la revista «La Alborada», de la cual también fue director. Gangotena y Eduardo Samaniego y Álvarez, ganaron el primer premio del concurso de poesía de su colegio. Su poema se llamaba «Chant à la guerre d’Europe».
La muerte repentina del padre hizo que en 1917 su madre decidiera trasladarse con sus hijos a París, donde Alfredo muy pronto hizo suya la lengua de su segunda patria y continuó sus estudios en los liceos Michelet y Duvignon de Larnou, hasta obtener su bachillerato. Posteriormente ingresó en la Ecole de Mines, donde se graduó de Ingeniero de Minas. Mientras cursa estudios de Ingeniería, Gangotena entabla amistad con el poeta Jacques Viot.
Un nuevo mundo se abre ante él cuando decide enseñar sus textos en español, en 1922, a Gonzalo Zaldumbide. Diplomático en París, hombre de cultura, encuentra que su protegido posee bellas calidades poéticas y decide alabar sus méritos cerca de amigos directores de revistas. Lo presenta también a poetas de vanguardia sudamericanos y franceses. Por su intermedio Gangotena conoce y entabla amistad con Marius André, Alfonso Reyes, Ventura y Francisco García Calderón, Valéry Larbaud, Ernest Martinenche. El caso de Jules Supervielle es particular. Amigo de la familia, Gangotena le conoce desde hace mucho tiempo, pero podemos fechar el reconocimiento poético a partir del «encuentro» orquestado sin duda por Zaldumbide. La familia de Gangotena no aprueba su elección de ser poeta, y Supervielle, medio europeo, medio sudamericano, al menos forma parte de la misma sociedad que los Gangotena.
En París, Jules Supervielle, Max Jacob y Jean Cocteau, con quienes mantenía fuertes lazos de amistad, le animaron a publicar su poesía. En 1922 comenzó a publicar sus poemas en las revistas literarias más importantes de Francia. Gangotena formó parte de un grupo de escritores latinoamericanos que vivían en París y escribían en francés como el chileno Vicente Huidobro, y los peruanos César Vallejo, y Jorge Carrera Andrade. Gangotena tenia tal dominio del francés, que en 1922 el pintor Max Jacob le envió una carta en la que escribió: «El Espíritu Santo te ha bendecido Hace poco tiempo usted no sabía nada de la lengua francesa y ahora muchos escritores famosos codician su maravilloso uso de ella«.
Su amigo Pierre Morhange, director de la revista de difusión de textos surrealistas, Philosophies, escribe a Gangotena: «Eres un gran poeta, un poeta muy grande. Mi único orgullo es haber sido uno de los primeros en emocionarme» (PM).
En casa de Supervielle, Gangotena conoce en 1925 al escritor belga Henri Michaux, parisino desde hace dos años de quien se hace muy amigo.
Gangoneta y Henri Michaux viajan juntos a Ecuador en 1927. Michaux se quedaría un año en Ecuador. Durante un breve tiempo Gangoneta fue profesor de la cátedra de Mineralogía de la Universidad Central y formó parte del grupo literario “América”. Dos años más tarde publicó “Orogenie”, su primer volumen de versos en francés, que fue recibido con hostilidad y silencio en los medios literarios ecuatorianos; pero con aplauso y elogio por parte de poetas, escritores y filósofos franceses. En esa época se inicia la relación epistolar entre el poeta ecuatoriano y Marie Lalou –poeta francesa– poco después de que Gangotena recibiera una primera carta de ella en julio de 1934, felicitándole por su reciente publicación de Orogénie. La correspondencia entre ellos se convirtió para Gangotena en una relación sentimental que lo liberaba de la soledad momentáneamente. Así en el poema Yocasta escribirá:
Amor mío, desde entonces quiebras toda violencia, todo estado
anterior:
Me derramas en el delirio y los perfumes.
Mi temblor te busca por todas partes
en la eternidad triunfal de tus brazos
en la blancura sobre mí de toda tu carne sobre mí. («Yocasta», p. 143)
Poco tiempo después, hastiado de la vida que llevaba en Quito, y desterrado por los círculos intelectuales y culturales que le aislaron y rechazaron, regresa a París como consejero cultural de la Embajada del Ecuador, en 1936-37. Gangotena se instala en casa de su hermana Fanny. En Paris ademas de su familia están los poetas franceses que reconocían su exquisito talento, y se sentía totalmente integrado.
Gangotena regresa al Ecuador durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. En aquel tiempo, Alemania tenía dominio total sobre el ejército francés. Por eso Gangotena organizó protestas contra el régimen nazi en Quito, apoyando a la resistencia francesa. Fue el portavoz del Comité Francia Libre en Ecuador. Habló varias veces en la radio por la liberación de Francia.
Alfredo Gangotena, quien parece que había vivido marcado por su lucha contra la hemofilia*, murió en Quito el 23 de diciembre de 1944 después de someterse a una apendectomía de emergencia. Tenía 40 años.
En el poema «Crueldades» (1937) Gongoneta había escrito:
¡Adiós!
¡Adiós! En adelante, mi tarea es breve: aquella de morir. (p.155)
Tras su muerte, el reconocimiento a su obra creció considerablemente. En 1956, la Casa de la Cultura Ecuatoriana publicó su Poesía completa, con traducciones de Gonzalo Escudero y Filoteo Samaniego que se agotaron rápidamente. En 1978 apareció una segunda edición de este libro, en la colección Letras del Ecuador de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Guayas.
Considerado un poeta universal, su influencia sigue siendo tan relevante hoy como lo fue en su época, siendo una figura central de la literatura ecuatoriana del siglo XX.
Obra:
Orogenie (Orogénesis,1928), que consistía en una colección de once poemas. L’orage secret (1926-1927). En 1932, publicó Absense (Ausencia), que incluía doce poemas en francés y dos en español, posteriormente reeditada bajo el título Nuit (La noche) en 1938. Su obra La tempestad secreta (1940) es otra de sus piezas clave que le aseguraron un lugar en la historia de la poesía ecuatoriana y mundial y «Hermenéutica de Perenne Luz», poética inconclusa publicada póstumamente.
Reconocimientos:
Gangotena fue condecorado con la Cruz de Lorena, y con la Legión de honor ( una de las mas prestigiosas condecoraciones francesas) a título póstumo, en julio de 1946.
Después de 70 años de su muerte se celebró un homenaje en Francia. Se conmemoró su obra literaria en París. El miércoles 30 de septiembre de 2014, el programa Rutas Cervantes destacó los trabajos literariores de Gangotena.
En septiembre de 2014, año en el que se cumplió el 110.º aniversario del nacimiento de Alfredo Gangotena, la editorial Jean Michel Place publicó el libro Sous le figuier de Port-Cros, una recopilación de cartas de Henri Michaux, Jules Supervielle, Pierre Morhange y Max Jacob, entre otros, al poeta ecuatoriano.
Así mismo fue conmemorado por escritores franceses, en un ensayo de Rémy Durand y Juan Salazar Sancist, quienes sostienen: “Aunque Alfredo Gangotena ha dejado este mundo, dejó al final de su corta existencia, una obra poética de gran riqueza, la cual continuará inspirando a las generaciones futuras y transmite un sentimiento de recuerdo profundo como compromiso tanto con Ecuador y Francia.”
Nota*: La hemofilia es una enfermedad genética hereditaria que incapacita al cuerpo de controlar los sangrados, es decir, una disminución de la capacidad de coagulación del plasma sanguíneo. En Gangotena, se presume que esta enfermedad fue la causa de su muerte ya que no se pudo comprobar totalmente que él la haya padecido. En cuanto a los problemas respiratorios del poeta, se documenta tanto en el cuaderno de viaje de Henri Michaux, como en el texto «Retrato de Alfredo Gangotena» de Carlos Tobar Zaldumbide, contemporáneo y amigo de Gangotena. En este texto nos cuenta en una breve descripción cómo el poeta inventó un curioso aparato inhalador del cual aspiraba hierbas aromáticas.
Enlaces de interés:
https://mcnbiografias.com/app-bio/do/gangotena-fernandez-salvador-alfredo
https://es.wikipedia.org/wiki/Alfredo_Gangotena#Regreso_a_Ecuador
https://repositorio.usfq.edu.ec/bitstream/23000/2178/1/106840.pdf
https://materialdelectura.unam.mx/images/stories/pdf5/alfredo-gangotena-70.pdf
Deja una respuesta