5 Poemas de Edith Nesbit

La promesa de la primavera

Solo un susurro, a medias,
pero nuestro corazón conoce la palabra;
Caricias que parecen
los labios de un amor en un sueño;
Sin embargo, sabemos que ella está aquí,
la deseada, la amada,
¡el amor del año!
En el murmullo de las ramas,
en el ablandamiento de los cielos,
el sol en la casa,
en el verde del narciso
(Media pulgada, medio invisible en
medio del triste moho marrón
donde yace la hoja podrida) Se cuenta
su historia.


Oh primavera, querida primavera,
oh dulces días de cielo azul
Los zorzales cantarán, los
campos volverán a reverdecer, las
margaritas se verán de nuevo, los
setos se volverán blancos;
Luego, por el camino,
otra vez frondoso,
irán juntos los amantes …
Amantes que vuelven a ver el
sol y la lluvia, el
perfume y las flores, las
horas cubiertas de rocío, el
sueño y el deleite.


Cálidos serán los nidos otra vez, el
invierno ha quedado atrás;
La primavera nos encontrará,
tomando nuestras manos,
alejándonos del frío y la nieve, al
mundo verde donde crecen las prímulas.
Invierno, duro invierno, olvidado, perdonado;
Todo el viejo dolor pagado, setenta veces siete,
toda la nueva gloria resplandece.
Amor, cuando la primavera llame, ¿te darás la vuelta?
El invierno te ha cortejado en vano, ¿y mayo?
Amor, cuando la primavera llame, ¿irás? 

The Promise Of Spring

JUST a whisper, half-heard,
But our heart knows the word;
Caresses that seem
Like love’s lips in a dream;
Yet we know she is here,
The desirèd, the dear,
The love of the year!
In the murmur of boughs,
In the softening of skies,
In the sun on the house,
In the daffodil’s green
(Half an inch, half-unseen
Mid the mournful brown mould
Where the rotten leaf lies)
Her story is told.
O Spring, darling Spring,
O sweet days of blue weather
The thrushes shall sing,
Fields shall grow green again,
Daisies be seen again,
Hedges grow white;
Then down the lane,
Grown leafy again,
Shall go lovers together–
Lovers who see again
Sunshine and showers,
Perfume and flowers,
Dewy dear hours,
Dream and delight.
Warm shall nests be again,
Winter’s behind us;
Springtime shall find us,
Taking our hands,
Lead us away from the cold and the snow,
Into the green world where primroses grow.
Winter, hard winter, forgotten, forgiven;
All the old pain paid, to seventy times seven,
All the new glory a-glow.
Love, when Spring calls, will you still turn away?
Winter has wooed you in vain, and shall May?
Love, when Spring calls, will you go?

PARA ella: En tiempo de guerra

Una vez hice para ti canciones,
Rondels, triolets, sonetos;
verso que mi amor consideró oportuno,
verso que tu amor encontró justo.
Ahora las anchas alas de la guerra
cuelgan, como un halcón, sobre Inglaterra,
prados y arboledas sombreados;
Y los pájaros y los enamorados son mudos.

Sin embargo, hay algo que decir
Antes de ir a la batalla,
no ahora la palabra de un poeta
pero la palabra de un hombre a su compañero:
Querido, si vuelvo nunca,
sea ​​tu orgullo el que dimos
la esperanza de nuestros corazones, uno por el otro,
por el bien de la esperanza del mundo. 

El dios robado – Lázaro a las inmersiones

No clamamos por la venganza,
no lloramos por miedo;
Hemos llorado en la oscuridad exterior,
donde no había nadie que oyera.
Lloramos al hombre y él no oyó;
Sin embargo, pensamos que Dios nos escuchó orar;
Pero nuestro Dios, que amó y lamentó,
nuestro Dios se ha ido.

Nuestro era el arroyo y el pasto, el
bosque y el pantano eran nuestros;
Nuestras eran las criaturas del bosque,
las dulces bayas y flores silvestres.
Nos has quitado nuestras reliquias,
y casi no nos has dejado guardar
de nuestros bosques para una cuna,
lo suficiente de nuestra tierra para una tumba.

Tomaste la madera y el maíz,
donde aun  labrábamos y talábamos ;
Tomaste la mina y la cantera,
y todo lo que tomaste te sostuvo.
Las extremidades de nuestros hijos destetados
aplastaste en tus molinos de poder;
E hiciste trabajar a nuestras mujeres arduamente
hasta la última hora.

Has tomado nuestros anhelos puros y fugaces,
nuestra alegría en el amante y la esposa,
nuestra esperanza de la quietud del atardecer
al final de la vida;
Tú has tomado la tierra que nos vio nacer,
su suelo y piedra y césped;
has tomado nuestra fe el uno en el otro,
y ahora has tomado a nuestro Dios.

Cuando nuestro Dios bajó del cielo
vino entre los hombres, un hombre,
comiendo , bebiendo y trabajando
como la gente común;
Y la gente común lo recibió.
Mientras los ricos se daban la vuelta.
¿Pero qué tenemos que ver con un Dios
a quien oran los hombres ricos?

Él cuelga, un Dios muerto, en vuestros altares,
quien vivió como un hombre entre los hombres,
te has llevado a nuestro Señor
y no podemos encontrarlo de nuevo.
No nos has dejado ni un puñado
de la tierra que Él pisó. . .
Le has hecho un ídolo de hombre rico
quien vino como el Dios de un hombre pobre.

Él prometió a los pobres su cielo,
amó y vivió con los pobres;
Dijo que la sombra del rico
nunca debería oscurecer su puerta:
pero obispos y sacerdotes yacen plácidamente ,
beben y se alimentan plenamente
en el Nombre del Señor, que no tenía
dónde recostar su cabeza.

Este es el Dios que habéis robado,
como robáis todo lo demás, en su nombre.
Habéis tomado la comodidad y el honor,
nos habéis  dejado el trabajo y la vergüenza.
Habéis elegido la sede de las inmersiones,
yacemos donde yace Lázaro;
Pero, por Dios, no os entregaremos a nuestro Dios,
no lo quitareis.

Todo lo demás que hemos tenido lo habéis tomado;
Todo lo demás, pero no esto, no esto.
El Dios del cielo es nuestro, es nuestro,
y los pobres son suyos, son suyos.
¿Él es nuestro? ¿Es tuyo? ¡Dar respuesta!
Para ambos no puede ser.
Y si Él es nuestro, oh hombres ricos, ¿de
quién, en nombre de Dios, sois? 

The Stolen God-Lazarus To Dives

We do not clamour for vengeance,
We do not whine for fear;
We have cried in the outer darkness
Where was no man to hear.
We cried to man and he heard not;
Yet we thought God heard us pray;
But our God, who loved and was sorry –
Our God is taken away.
Ours were the stream and the pasture,
Forest and fen were ours;
Ours were the wild wood-creatures,
The wild sweet berries and flowers.
You have taken our heirlooms from us,
And hardly you let us save
Enough of our woods for a cradle,
Enough of our earth for a grave.
You took the wood and the cornland,
Where still we tilled and felled;
You took the mine and quarry,
And all you took you held.
The limbs of our weanling children
You crushed in your mills of power;
And you made our bearing women toil
To the very bearing hour.
You have taken our clean quick longings,
Our joy in lover and wife,
Our hope of the sunset quiet
At the evening end of life;
You have taken the land that bore us,
Its soil and stone and sod;
You have taken our faith in each other –
And now you have taken our God.
When our God came down from Heaven
He came among men, a Man,
Eating and drinking and working
As common people can;
And the common people received Him
While the rich men turned away.
But what have we to do with a God
To whom the rich men pray?
He hangs, a dead God, on your altars,
Who lived a Man among men,
You have taken away our Lord
And we cannot find Him again.
You have not left us a handful
Of even the earth He trod . . .
You have made Him a rich man’s idol
Who came as a poor man’s God.
He promised the poor His heaven,
He loved and lived with the poor;
He said that the rich man’s shadow
Should never darken His door:
But bishops and priests lie softly,
Drink full and are fully fed
In the Name of the Lord, who had not
Where to lay His head.
This is the God you have stolen,
As you steal all else–in His name.
You have taken the ease and the honour,
Left us the toil and the shame.
You have chosen the seat of Dives,
We lie where Lazarus lay;
But, by God, we will not yield you our God,
You shall not take Him away.
All else we had you have taken;
All else, but not this, not this.
The God of Heaven is ours, is ours,
And the poor are His, are His.
Is He ours? Is He yours? Give answer!
For both He cannot be.
And if He is ours–O you rich men,
Then whose, in God’s name, are ye?

El canto del Magníficat

Una leyenda

en medio de amplias tierras de pastos verdes, atravesada
por líneas de alisos que bordean arroyos de bancos profundos,
donde crecían juncos e iris amarillo,
y el descanso y la paz, y todas las flores de los sueños,
se alzaba la Abadía tan quieta que parecía parte
del corazón casi inerte de la región pantanosa.


Donde los sauces gris verdoso bordeaban el arroyo y el estanque,
el perezoso ganado, de cara dócil, pastaba tranquilo, las
ovejas en los prados roían la hierba fresca,
y los peces plateados brillaban a través de los caminos acuosos,
y muchas cargas de fruta y de trigo fueron llevadas
a los almacenes de la abadía.


Aunque poseían tantas riquezas
los monjes las consideraron un sagrado depósito
prestadas del tesoro del Rey de reyes
hasta que ellos, sus administradores, volvieran al polvo.
«No como nuestras «, dijeron, «sino como del Señor,
todo lo que la corriente produce, o la tierra ofrece».


Y todos los pueblos y aldeas cercanas
sabían la riqueza de los monjes y cómo las gastaban.
En la tribulación, la enfermedad, la necesidad o el miedo,
primero a la Abadía, todos los campesinos acudían ,
seguros de encontrar una cálida bienvenida y de recibir
ayuda en la hora de su aflicción .


Cuando la plaga o la enfermedad azotaban al pueblo,
los Hermanos oraban junto al lecho del agonizante
y cuidaban a los enfermos para que recuperaran la salud.
Y en medio del horror y el peligro, decían :
‘¡Qué bueno es Dios, que nos ama tanto, que nos
deja atender así a sus hijos sufrientes !’


Ellos, en sus costumbres sencillas y obras, se alegraban
sin embargo, todos los hombres tienen sus propias penas.
Y así, un dolor amargo tenían los Hermanos,
y no se lamentaban solo por el sufrimiento ajeno .
Este era el secreto de su dolor,
¡que ni un solo monje en toda la casa podía cantar!


¿Era el aire húmedo de la hermosa marisma,
o la tensión de la oración apenas intermitente,
que hizo que sus voces, al cantar, fueran tan ásperas
como el croar de cualquier rana en el aire de la noche …
que hacia que sus himnos fueran menos musicales
que el grito más ronco de las aves silvestres más roncas?


Si el amor podía endulzar la voz para cantar una canción,
su canción hubiera sido la mas dulce
jamas cantada: pero la música de sus corazones llegó a sus labios de forma equivocada,
la intención del alma frustrada por la lengua traidora
que perturbaba la paz de la capilla, y parecia asustar
la devoción extasiada que flotaba en el aire.


Las aves que en la capilla construyeron sus nidos,
y que en la piedra encontraron que sus pequeñas vidas
eran justas, volaron de allí con alas agitadas y pechos revoloteando
cuando sonó la campana para llamar a los monjes a orar.
«¿Por qué van a cantar?», Gorjearon, «¿por qué?»
¡En el cielo su silencio debe ser fiesta!


Los hermanos oraron con penitencia y lágrimas para
que Dios les permitiera ofrecer una pequeña parte
para el consuelo de sus propios oídos afligidos
de toda la música que bullía en su corazón.
Su naturaleza y el aire de los pantanos se
salieron con la suya , pero ellos cantaban más vilmente cada día.


Y todas sus oraciones y ayunos no sirvieron
para darles voces dulces, el anhelo de sus almas,
El Abad dijo: ‘Los dones que Él no nos asignó
Dios no nos los pedirá de nuevo ;
El amor que Él nos da, lo pedirá nuevamente,
por amor a Él y a nuestros semejantes.


‘Alabemos a Él, debemos hacerlo, y ya que no podemos alabar
como lo haríamos, le alabamos como podemos.
En el cielo se nos enseñará el modo
de cantar de los ángeles : nos podemos permitir esperar un lapso.
Al cantar, como al trabajo, haz lo mejor que puedas;
Dios ajustará el equilibrio, ¡haz el resto!


Pero un buen Hermano, ansioso por eliminar
este reproche que pesaba sobre ellos desde tanto tiempo,
rechazó el consejo y, por puro amor,
suplicó a un Hermano experto en el arte del canto, que
acudiera a ellos -dejara lejos su claustro-
y canta el Magnificat en Nochebuena.


Así, cuando cada monje marrón buscó debidamente su lugar,
de dos en dos, caminando lentamente hacia el coro,
en su sillón de roble oscuro, el extraño rostro del monje
brilló con una luz como de fuego devocional,
bueno, joven y hermoso, parecía un forma en
la que la belleza pura no dejó lugar para el pecado.


Y cuando llegó el momento de cantar,
‘Magnificat’, con la cara levantada y la voz, cantó:
Cada uno en su asiento, los monjes se mantuvieron alegres y mudos,
mientras en la penumbra del presbiterio su voz sobresalía,
pura, clara y perfecta, como el canto de los zorzales
su primera bienvenida espontánea de la primavera.


En las primeras notas, el corazón del abad susurró:
 «Oh, Dios, acepta este canto, pues nosotros,
si tuviéramos el poder, te alabaríamos así …
siempre, Señor, tu lo sabes, cantaríamos así por ti.
Así, en nuestros corazones, tus himnos resuenan siempre,
como aquel a quien bendices los canta con su lengua».


Pero a medida que la voz se alzaba, mas y más dulce,
el corazón del Abad dijo: «Nos has oído llorar,
y enviaste un ángel desde tus pies,
para cantar el Magnificat en Nochebuena;
Para aliviar nuestro dolor de alma, y ​​veamos
cómo algún día en el cielo te cantaremos».


A través de la fría noche de Navidad resonó el himno, con
perfecta cadencia, claro como la lluvia iluminada por el sol …
Una música tan celestial que afuera los pájaros
batían sus cálidas alas contra el cristal de la ventana,
esparciendo la nieve de cristal helado
sobre la piedra y la ventana.


La luna blanca a través de la ventana parecía mirar
el rostro y los ojos puros que el cantante levantó;
El viento tempestuoso silenció su estruendo
Dios pareció inclinarse para escucharse a sí mismo así alabado,
Y sin aliento, todos los Hermanos se pusieron de pie, y
extendieron sus almas anhelantes por la emoción de la música.


Regresaron los viejos años, y recordamos las horas,
Sueños de deleite que nunca debían ser,
el beso recordado de las madres, las flores funerarias
sobre la tumba de la felicidad de la vida;
Una infinita y querida pasión de arrepentimiento se
extendió por sus corazones y dejó sus párpados húmedos.


Los pájaros golpearon sin cesar en la ventana, hasta que
rompieron el cristal, y así pudieron entrar;
Sus esbeltas patas se aferraron al alféizar de la ventana,
y aunque con ellos entró el aire gélido,
los monjes se alegraron de que los pájaros también oyeran,
pues para todas las criaturas de Dios, su alabanza es querida.


La hermosa música crecía y menguaba, y se desvanecía,
y traía consigo una tristeza inconsciente
una desesperación no reconocida que piensa agradecer a
Dios por la alegría a la que ha renunciado, un dolor elegido.
Y considera que la paz es una vida sofocada
por la prolongada lucha infructuosa.


Cuando terminado el servicio, los Hermanos se reunieron
para agradecer al cantante, con mirada modesta, dijo:
«No es mía la gracia, si la gracia abunda».
Dios dio el poder, si es que hay poder;
Si en himno o salmo, la voz clara puede elevarse,
como suyo es el don, ¡ así sea toda la alabanza!».


Esa noche, mientras el abad hacia en su lecho
un repentino resplandor cayó sobre él,
derramado del crucifijo sobre su cabeza,
y proyectando un rayo de luz sobre su celda
Y en el máximo fervor de la luz
Un ángel se presentó, resplandeciente, grande, y blanco.


Sus alas de miles de nubes de arco iris parecían hechas,
mil lámparas de amor brillaban en sus ojos,
la luz del amanecer se posó sobre su frente,
aromas de miles de flores del Paraíso
llenaron toda la celda, y a través del corazón se agitó
una música inaudible.


El ángel habló: su voz era suave y dulce.
Como el murmullo del mar en la orilla,
o el susurro del viento en trigo maduro:
«Hermano», dijo, «el Dios que ambos adoramos
me ha enviado a preguntar. ¿No está todo bien?
¿Por qué no se cantó esta noche el Magnificat?


Extasiado en la alegría que trajo la presencia del ángel,
el abad respondió: ‘Todos estos años de cansancio
hemos cantado lo mejor posible, pero siempre hemos pensado que
nuestras voces eran indignas de oídos celestiales;
Y así, esta noche encontramos una voz más clara,
y con ella se cantó el Magnificat.


El Ángel respondió: ‘Todos estos años felices
en el cielo se ha escuchado tu Magnificat;
Solo esta noche, los oídos atentos de los ángeles
de toda su música no captaron una sola palabra.
Dime, ¿quién es aquel cuya bondad no es lo
suficientemente fuerte como para soportar la carga de su canto?


El abad pronunció su nombre. «Ah, ¿por qué?», ​​exclamó,
«¿No han oído los ángeles lo que encontramos tan querido?»
«Sólo los corazones puros», respondió la voz del ángel

«pueden llevar los cantos humanos hasta los oídos de Dios;
Esta noche en el cielo se echo de menos la alabanza más dulce

 que se haya elevado del barro terrenal.


‘El monje que cantó Magnificat está lleno de
lujuria de alabanza y de hipocresía;
Canta por la tierra; en el cielo, sus notas se apagan
por el peso de la vanidad mortal.
¡Su corazón está encadenado a la tierra, y no puede soportar que
su canto sea más alto que el aire que escucha!


«De los corazones más puros brota la música más perfecta,
y mientras llorabas , tus voces no eran dulces, 

embadurnadas por las vicisitudes de las cosas terrenales, –
En el cielo, Dios, al escuchar, juzgó tu canto completo.
¡La música más dulce de la tierra vino de ti,
la música de una vida noble y verdadera! «

The Singing Of The Magnificat

A LEGEND
IN midst of wide green pasture-lands, cut through
By lines of alders bordering deep-banked streams,
Where bulrushes and yellow iris grew,
And rest and peace, and all the flowers of dreams,
The Abbey stood–so still, it seemed a part
Of the marsh-country’s almost pulseless heart.
Where grey-green willows fringed the stream and pool,
The lazy meek-faced cattle strayed to graze,
Sheep in the meadows cropped the grasses cool,
And silver fish shone through the watery ways,
And many a load of fruit and load of corn
Into the Abbey storehouses was borne.
Yet though so much they had of life’s good things,
The monks but held them as a sacred trust,
Lent from the storehouse of the King of kings
Till they, His stewards, should crumble back to dust.
‘Not as our own,’ they said, ‘but as the Lord’s,
All that the stream yields, or the land affords.’
And all the villages and hamlets near
Knew the monks’ wealth, and how their wealth was spent.
In tribulation, sickness, want, or fear,
First to the Abbey all the peasants went,
Certain to find a welcome, and to be
Helped in the hour of their extremity.
When plague or sickness smote the people sore,
The Brothers prayed beside the dying bed,
And nursed the sick back into health once more,
And through the horror and the danger said:
‘How good is God, Who has such love for us,
He lets us tend His suffering children thus!’
They in their simple ways and works were glad:
Yet all men must have sorrows of their own.
And so a bitter grief the Brothers had,
Nor mourned for others’ heaviness alone.
This was the secret of their sorrowing,
That not a monk in all the house could sing!
Was it the damp air from the lovely marsh,
Or strain of scarcely intermitted prayer,
That made their voices, when they sang, as harsh
As any frog’s that croaks in evening air–
That made less music in their hymns to lie
Than in the hoarsest wild-fowl’s hoarsest cry?
If love could sweeten voice to sing a song,
Theirs had been sweetest song was ever sung:
But their hearts’ music reached their lips all wrong,
The soul’s intent foiled by the traitorous tongue
That marred the chapel’s peace, and seemed to scare
The rapt devotion lingering in the air.
The birds that in the chapel built their nests,
And in the stone-work found their small lives fair,
Flew thence with hurled wings and fluttering breasts
When rang the bell to call the monks to prayer.
‘Why will they sing,’ they twittered, ‘why at all?
In heaven their silence must be festival!’
The brothers prayed with penance and with tears
That God would let them give some little part
Out for the solace of their own sad ears
Of all the music crowded in their heart.
Their nature and the marsh-air had their way,
And still they sang more vilely every day.
And all their prayers and fasts availing not
To give them voices sweet, their souls’ desire,
The Abbot said, ‘Gifts He did not allot
God at our hands will not again require;
The love He gives us He will ask again
In love to Him and to our fellow-men.
‘Praise Him we must, and since we cannot praise
As we would choose, we praise Him as we can.
In heaven we shall be taught the angels’ ways
Of singing–we afford to wait a span.
In singing, as in toil, do ye your best;
God will adjust the balance–do the rest!’
But one good Brother, anxious to remove
This, the reproach now laid on them so long,
Rejected counsel, and for very love
Besought a Brother, skilled in art of song,
To come to them–his cloister far to leave–
And sing Magnificat on Christmas Eve.
So when each brown monk duly sought his place,
By two and two, slow pacing to the choir,
Shrined in his dark oak stall, the strange monk’s face
Shone with a light as of devotion’s fire,
Good, young and fair, his seemed a form wherein
Pure beauty left no room at all for sin.
And when the time for singing it had come,
‘Magnificat,’ face raised, and voice, he sang:
Each in his stall the monks stood glad and dumb,
As through the chancel’s dusk his voice outrang,
Pure, clear, and perfect–as the thrushes sing
Their first impulsive welcome of the spring.
At the first notes the Abbot’s heart spoke low:
‘Oh God, accept this singing, seeing we,
Had we the power, would ever praise Thee so–
Would ever, Lord, Thou know’st, sing thus for Thee;
Thus in our hearts Thy hymns are ever sung,
As he Thou blessest sings them with his tongue.’
But as the voice rose higher, and more sweet,
The Abbot’s heart said, ‘Thou hast heard us grieve,
And sent an angel from beside Thy feet,
To sing Magnificat on Christmas Eve;
To ease our ache of soul, and let us see
How we some day in heaven shall sing to Thee.’
Through the cold Christmas night the hymn rang out,
In perfect cadence, clear as sunlit rain–
Such heavenly music that the birds without
Beat their warm wings against the window pane,
Scattering the frosted crystal snow outspread
Upon the stone-lace and the window-lead.
The white moon through the window seemed to gaze
On the pure face and eyes the singer raised;
The storm-wind hushed the clamour of its ways,
God seemed to stoop to hear Himself thus praised,
And breathless all the Brothers stood, and still
Reached longing souls out to the music’s thrill.
Old years came back, and half-remembered hours,
Dreams of delight that never was to be,
Mothers’ remembered kiss, the funeral flowers
Laid on the grave of life’s felicity;
An infinite dear passion of regret
Swept through their hearts, and left their eyelids wet.
The birds beat ever at the window, till
They broke the pane, and so could entrance win;
Their slender feet clung to the window-sill,
And though with them the bitter air came in,
The monks were glad that the birds too should hear,
Since to God’s creatures all, His praise is dear.
The lovely music waxed and waned, and sank,
And brought less conscious sadness in its train,
Unrecognised despair that thinks to thank
God for a joy renounced, a chosen pain–
And deems that peace which is but stifled life
Dulled by a too-prolonged unfruitful strife.
When, service done, the Brothers gathered round
To thank the singer–modest-eyed, said he:
‘Not mine the grace, if grace indeed abound;
God gave the power, if any power there be;
If I in hymn or psalm clear voice can raise,
As His the gift, so His be all the praise!’
That night–the Abbot lying on his bed–
A sudden flood of radiance on him fell,
Poured from the crucifix above his head,
And cast a stream of light across his cell–
And in the fullest fervour of the light
An Angel stood, glittering, and great, and white.
His wings of thousand rainbow clouds seemed made,
A thousand lamps of love shone in his eyes,
The light of dawn upon his brows was laid,
Odours of thousand flowers of Paradise
Filled all the cell, and through the heart there stirred
A sense of music that could not be heard.
The Angel spoke–his voice was low and sweet
As the sea’s murmur on low-lying shore–
Or whisper of the wind in ripened wheat:
‘Brother,’ he said, ‘the God we both adore
Has sent me down to ask, is all not right?–
Why was Magnificat not sung to-night?’
Tranced in the joy the Angel’s presence brought,
The Abbot answered: ‘All these weary years
We have sung our best–but always have we thought
Our voices were unworthy heavenly ears;
And so to-night we found a clearer tongue,
And by it the Magnificat was sung.’
The Angel answered, ‘All these happy years
In heaven has your Magnificat been heard;
This night alone, the angels’ listening ears
Of all its music caught no single word.
Say, who is he whose goodness is not strong
Enough to bear the burden of his song?’
The Abbot named his name. ‘Ah, why,’ he cried,
‘Have angels heard not what we found so dear?’
‘Only pure hearts,’ the Angel’s voice replied,
‘Can carry human songs up to God’s ear;
To-night in heaven was missed the sweetest praise
That ever rises from earth’s mud-stained maze.
‘The monk who sang Magnificat is filled
With lust of praise, and with hypocrisy;
He sings for earth–in heaven his notes are stilled
By muffling weight of deadening vanity;
His heart is chained to earth, and cannot bear
His singing higher than the listening air!
‘From purest hearts most perfect music springs,
And while you mourned your voices were not sweet,
Marred by the accident of earthly things,–
In heaven, God, listening, judged your song complete.
The sweetest of earth’s music came from you,
The music of a noble life and true!’

Love And Life

LOVE only sings when Love is young,
When Love is young and still at play,
How shall we count the sweet songs sung
When Love and Joy kept holiday?
But now Love has to earn his bread
By lifelong stress and toil of tears,
He finds his nest of song-birds dead
That sang so sweet in other years.
For Love’s a man now, strong and brave,
To fight for you, for you to live,
And Love, that once such bright songs gave,
Has better things than songs to give;
He gives you now a lifelong faith,
A hand to help in joy or pain,
And he will sing no more, till Death
Shall come to make him young again!


Edith Nesbit (Londres, Inglaterra, 15 de agosto de 1858 -New Romney, Kent, Inglaterra, 4 de mayo de 1924). Poeta y escritora. Nesbit es considerada la creadora de la fantasía infantil moderna.

Nació en una familia acomodada. Hija de Sarah Alderton y de John Collis Nesbit. Su padre era químico y regentaba una facultad agrícola y su madre cuidaba de todos los hijos; Edith fue la sexta y última. Antes de cumplir cuatro años, su padre murió y la madre asumió la gestión económica. Eso hizo que Edith y sus hermanos creciesen a sus anchas: independientes e indomables por un lado, pero algo desamparados por otro. La autora recordaba esta época sin nostalgia, asegurando que fue infeliz y que le asolaban las pesadillas. No encajaba en las instituciones «de señoritas», cuestionaba todo tipo de autoridad y llegó a decir de una escuela que «hubiese preferido un arresto penitenciario». Esta curiosa mezcla de indefensión y rebeldía se reflejará continuamente en su obra.

Otro elemento recurrente es la ambientación bucólica de la campiña inglesa en la que enmarca sus historias. Puede parecer nostálgico, pero lo cierto es que Nesbit pasó toda su infancia de mudanza en mudanza internacional. En busca del entorno más favorable para la enfermedad de Mary —una de las hermanas—, la familia vivió en varias ciudades de Francia, Alemania y también España. La joven convaleciente se comprometió con un reconocido poeta de la época, Philip Bourke Marston, pero ella murió antes del enlace. Solo entonces se asentaron los Nesbit en el condado de Kent, cuyos paisajes encandilaron a Edith de por vida y le dieron la estabilidad que aún no había tenido. Allí empezó a escribir poesía.

Cuando cumplió la mayoría de edad, regresaron a la ajetreada capital, y comenzó el periodo que marcaría el rumbo definitivo de su vida. Su familia llevaba una vida bohemia y la propia Edith Nesbit hacía gala de indumentarias, peinados y un estilo de vida nada acordes con los tiempos. 

En 1877, a la edad de 18 años, Nesbit conoció al empleado de banca Hubert Bland, tres años mayor que ella. Embarazada de siete meses, se casó con Bland el 22 de abril de 1880, sin embargo no se fueron a vivir juntos de inmediato, ya queBland se quedó con su madre. Su matrimonio fue tumultuoso. Pronto, Nesbit descubrió que en casa de su suegra vivía otra mujer, Maggie Doran, que trabajaba como acompañante de esta y que pensaba que era la prometida de Hubert y con quien también había tenido un hijo. Los hijos deNesbit conBland fueron Paul Cyril Bland (1880-1940), a quien dedicó The Railway Children; Mary Iris Bland (1881-1965) y Fabian Bland (1885-1900), que murió a los 15 años tras una operación de amígdalas, a quien Nesbit le dedicó varios libros, entre ellos The Story of the Treasure Seekers. A pesar de los escarceos del marido, que definirían el matrimonio, nunca llegaron a romperlo.

Bland tenía muchas amantes, pero sin duda la más chocante fue Alice Hoatson, secretaria y amiga de ambos. Edith se compadeció de su embarazo fuera de matrimonio y se ofreció a adoptar a la niña… antes de descubrir que el padre era su propio esposo. Trece años después, se repitió el episodio, esta vez con un niño. A pesar de su enfado inicial, Edith aceptó la adopción y crio a Rosamund Edith y John Oliver como a sus tres hijos biológicos, Paul Cyril, Mary Iris y Fabian. A todos les dedicó alguno de sus libros y colaboró en varias obras con Rosamund (quien tardaría en descubrir que su supuesta tía Alice no era tal), pero no los incluyó en su testamento.

Según sus biógrafos parece que la pareja asumió un modelo de relación abierta, porque la propia Edith también tuvo sus romances, hay rumores, no confirmados, con el Nobel de literatura George Bernard Shaw.

Aunque su ambición era la de ser una poeta, las necesidades económicas le hicieron dirigir su talento hacia la escritura por encargo para niños y jóvenes, en la que conseguirá enormes éxitos desde muy pronto. 

Bajo el seudónimo de E. Nesbit, comenzó a publicar relatos, poemas y críticas en revistas y periódicos, además de editar el diario Today de la sociedad, pero fueron los cuentos infantiles lo que empezó a reportarle dinero. Ella aportaba la mayor parte del sustento familiar (una rareza más respecto a lo que se esperaba de una mujer en la época), de modo que los ingresos eran más que bienvenidos. Así, lo que comenzó como una actividad secundaria se convirtió en su profesión.

Su primera novela juvenil encabezó la saga de los hermanos Bastable. En Los buscadores de tesoros (1899) los seis hermanos intentan recuperar la fortuna perdida de su padre, con más torpeza que acierto. Ya en esta primera obra se pone de manifiesto el sello personal de Nesbit que merecidamente la hizo destacar, incluso en su tiempo. Al hilo de una infancia miserable pero a la vez cautivadora, el declive de las familias aristocráticas o la ausencia de protección (en este caso, falta la madre), se eleva una voz narrativa carismática e inusual. Para muestra, su presentación: «esta historia la cuenta uno de nosotros —pero no te diré quién es: tal vez lo haga cuando se acerque el final. Según avance la historia puedes ir probando a ver si lo aciertas, pero yo apuesto a que no lo adivinas». Oswald se permite traspasar la cuarta pared con una honestidad rompedora y una actitud desafiante ante el lector que más tarde serían imitadas por muchos autores: «me temo que el capítulo anterior fue bastante aburrido. En los libros siempre resulta aburrido cuando la gente habla y habla y no hace nada. (…). Lo mejor de los libros es cuando pasan cosas. También es lo mejor de la vida» o «Nuestra Madre falleció y si piensas que no nos importa porque no te cuento mucho sobre ella, solo demuestras que no tienes ni idea de cómo funcionan las personas».

La historia continuó en 1901 con Los seremosbuenos (sí, escrito todo junto) y The New Treasure Seekers (1904), aunque los hermanos se colarían posteriormente en algún que otro relato y en la novela para adultos The Red House.

Con los relatos de la saga de la familia Bastable y su primer libro juvenil, The story of the treasures seekers (Los buscadores de tesoros), consiguió recursos en 1899 para trasladar a toda la familia a una antigua casa con foso, en Kent, en la que viviría durante 23 años, aunque nunca lograría una economía estable debido a su desprendida hospitalidad.

Sin embargo, el máximo reconocimiento llegó con Los chicos del ferrocarril, su novela más famosa. En ella, tres hermanos se mudan a una cabaña en Kent, junto a las vías del ferrocarril, al que saludan con el deseo de que les devuelva noticias de su padre.

Tras los Bastable escribió la trilogía Psammead, compuesta por Cinco chicos y esoThe Phoenix and the Carpet e Historia de un amuleto. En efecto, los cinco niños son hermanos, y «eso» es el Psammead, un hado de las arenas con muy mal humor y la capacidad de conceder deseos.

El peligro de los deseos se retoma en la novela autoconclusiva El castillo encantado (1907). En ella, tres chicos exploran una fortaleza llena de magia. En esta ocasión el objeto encantado es un anillo que hace invisible a su portador.

Dos años después, Nesbit desplaza la magia a otro escenario en La ciudad mágica, una historia independiente en la que el protagonista se introduce en su maqueta, que cobra vida.

En 1914 estallaba la Primera Guerra Mundial y, a la par, fallecía su marido Hubert. Reponerse le llevó un tiempo, pero recuperó la paz a las afueras de su adorado Kent. Allí vivió con su segundo marido, Thomas Tucker, con quien tuvo una relación de gran afecto hasta su fallecimiento en 1924. Él la sobrevivió y se encargó de grabar la inscripción en su sepultura, que hoy permanece en el cementerio de St. Mary in the Marsh.

Nesbit, tan única como las historias que inventaba, supo trasladar su temor y pasión hacia la vida en todo lo que hacía: quienes la conocieron la recordaban como una mujer imponente y atlética, peculiar en sus apariencia (se cortaba el pelo al estilo masculino, fumaba sin parar y cubría sus brazos de pulseras) y lúcida en sus ideas. Se adelantó a su tiempo con unas creencias humanistas y ecológicas a la orden del día, pero, sin duda, lo que perdurará por siempre fue su tino al dirigirse a los jóvenes desde la autenticidad y la autoconsciencia. Se dice que no le gustaban especialmente los niños, y por eso era capaz de reflejarlos como son, sin idealizarnos ni menospreciarlos; para ella eran iguales que los adultos, pero con los hándicaps de una minoría oprimida, que tenía la comunión como única opción de supervivencia. En sus propias palabras, recuerda: «de pequeña solía rezar entre lágrimas pidiendo que, cuando me tocara crecer, jamás olvidase lo que pensé, sentí y sufrí en aquel entonces».

Resulta imposible abarcar la totalidad de la obra deE. Nesbit: escribió novelas de terror y romance para adultos, poesía, propaganda socialista, obras de teatro y reseñas, pero hoy es conocida por los casi 60 libros escritos para y sobre niños entre 1894 y 1924, y entre los que destacan: The Story of the Treasure Seekers, Five Children and It, The Phoenix and the Carpet, The Story of the Amulet, House of Arden series, The Enchanted Castle, The Railway children

Incluso cuenta con su propia autobiografía, Long Ago When I Was Young.

La repercusión literaria de Nesbit parece tan inabarcable como su propia obra. Y es que, al despertar la imaginación de tantos escritores, su legado se extiende en infinitas direcciones.

Era leída y admirada entre sus coetáneos. Entre sus allegados se encontraban autores como H. G. Wells (La guerra de los mundosLa máquina del tiempo), con quien más tarde tuvo un rifirrafe, y el ya mencionado Bernard Shaw.

Las generaciones futuras no se quedaron atrás: varias remesas de autores de la talla más alta, que cambiarían la historia de la fantasía y la literatura juvenil, crecieron leyéndola. Quizá el homenaje más explícito sea el de C. S. Lewis, que siempre reconoció su devoción y deuda con la autora. El sobrino del mago, primer volumen de Las Crónicas de Narnia, comienza así: «…en aquellos tiempos Sherlock Holmes vivía aún en la calle Baker y los Bastable buscaban tesoros en Lewisham Road». Otros guiños, como los anillos mágicos o la puerta a otros mundos en el armario, evocan también a retazos de las historias de Nesbit.

Otros autores admiradores de Nesbit son compatriotas Diana Wyne Jones (El castillo ambulante); Neil Gaiman, quien incluyó un relato suyo en el recopilatorio Criaturas fantásticas; P. L. Travers (Mary Poppins); o J. K. Rowling (Harry Potter), quien declaró sentirse identificada con ella más que con cualquier escritor. Noel Streatfeild (Las zapatillas de ballet), que escribió la biografía titulada Magic and the Magician, o la prolífica Jacqueline Wilson, que además de ser la presidenta de la sociedad Edith Nesbit, escribió Four Children and It, una novela que homenajea el clásico.

En la cultura popular encontramos numerosas adaptaciones de sus historias, en formato audiovisual o escrito y en las calles de Londres y Kent se señalizan enclaves tan importantes como su casa, el paseo Railway Children o los jardines de Edith Nesbit. De algún modo, Edith sigue viva en su valorada comarca, y también en la literatura, porque hasta más de cien años después su obra nunca ha dejado de imprimirse en Reino Unido.

En 1996 se fundó la Edith Nesbit Society, presidida por Dame Jacqueline Wilson.

La editorial Berenice publicó por primera vez en español su mayor éxito, Los chicos del ferrocarril (2013) y La ciudad mágica (2014), así como Toromítico ha ido publicando la saga de los hermanos Bastable.

La vida de Nesbit inspiró en 2018 una obra de teatro en un acto y para una sola mujer, Larks and Magic, de Alison Neil.

Enlaces de interés :

http://www.edithnesbit.co.uk/index.php

https://www.eltemplodelasmilpuertas.com/reportaje/edith-nesbit/402

https://www.best-poems.net/edith_nesbit/index.html

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