Poemas de  Imru Al Qays إمرؤ القيس ابن حجر الكندي

Deja de llorar

Parad, oh amigos míos, detengámonos a llorar por el recuerdo de mi amada. Aquí estaba su morada, al borde del desierto arenoso, entre Dakhool y Howmal.

Las huellas de su campamento no se han borrado del todo, ni siquiera ahora. Porque cuando el viento del sur sopla la arena sobre ellas, el viento del norte la barre.

Los patios y recintos de la antigua casa se han vuelto desolados; El estiércol de los ciervos salvajes yace allí tan espeso como las semillas de la pimienta.

En la mañana de nuestra separación, era como si estuviera en los jardines de nuestra tribu, En medio de los arbustos de acacia, donde mis ojos se cegaron con lágrimas por el escozor de las vainas de colocintia al estallar.

Mientras lamento así en el lugar desolado, mis amigos detienen sus camellos; Me gritan: «No mueras de pena; soporta este dolor con paciencia».

No, la cura de mi dolor debe venir de las lágrimas que brotan. Sin embargo, ¿hay alguna esperanza de que esta desolación pueda traerme consuelo?

Así, antes de conocer a Unaizah, lloré por otras dos; Mi destino había sido el mismo con Ummul-Huwairith y su vecina Ummul-Rahab en Masal.

Eran hermosas también, difundiendo el olor a almizcle mientras se movían, Como el suave céfiro que trae consigo el aroma del clavo.

Así, las lágrimas corrían por mi pecho, recordando días de amor; Las lágrimas humedecieron incluso mi cinturón de espada, tan tierno era mi amor.

Mirad cuántos días agradables he pasado con mujeres hermosas; Especialmente recuerdo el día en la piscina de Darat-i-Juljul.

Ese día maté a mi camello de montar para alimentar a las doncellas: Qué alegres estaban dividiendo los arreos de mi camello para llevarlos en sus camellos

¡Es una maravilla, un enigma, que el camello ensillado aún no estuviera desensillado! ¡Una maravilla también era el carnicero, tan descuidado de sí mismo en su costoso regalo!

Entonces las doncellas comenzaron a arrojar la carne del camello a la caldera; La grasa se entrelazó con la carne magra como flecos sueltos de seda blanca torcida.

¡Ese día entré en la jaima, la jaima del camello de Unaizah! Y ella protestó, diciendo: «Ay de ti, me obligarás a viajar a pie».

Ella me rechazó, mientras la jaima se balanceaba con nosotros; Ella dijo: «Estás irritando a mi camello, Oh Imru-ul-Quais, así que desmonta».

Entonces dije: «¡Condúcelo! Deja que sus riendas se suelten, mientras te vuelves hacia mí. No pienses en el camello y en nuestro peso sobre él. Seamos felices.

«Muchas mujeres hermosas como tú, Oh Unaizah, he visitado por la noche; He ganado su pensamiento para mí, incluso de sus hijos la he ganado».

Deja de llorar

(version 2)

Hagamos un alto y lloremos en recuerdo de la amada
y una morada cerca del bancal entre Dajl y Hawmal.
Los vientos del Norte y del Sur, Tudih y Miqrat,
han tejido en los patios, sin borrar sus huellas,
excrementos de gacela como granos de pimienta.

La mañana en que ella partió yo mascaba coloquíntida por las acacias del aduar.
Mis compañeros detuvieron junto a mí sus monturas:
Contente, no caigas en la aflicción.
Mi consuelo es dejar correr las lágrimas;
más, ¿Acaso consuelan unas huellas borradas?
¿No cortejaste antes a Umm al-Ribab en Mas´al?

Cuando ellas se levantaban esparcían bocanadas de almizcle,
aroma de clavo transportado por el céfiro y,
al dejarlas, tanto lloraba que llegué a mojar de lágrimas el cinto.
Con ellas pasé días maravillosos,
pero el mejor fue el día de Darat Yulyul.

Ese día maté a mi caballo para ofrecérselo a las muchachas
que se disputaban los trozos de carne,
yendo y viniendo la grasa de unas a otras como jirones de seda,
entré en el palanquín de Unayza.
Baja, dijo, si no lo haces tendré que hacerlo yo.

El palanquín se balanceaba bajo nuestros cuerpos.
Baja, Imrul Qays, el animal sufre.
Yo le respondí: suéltate brida. No me alejes de tu codiciado fruto.
Antes he visitado a mujeres como tú, incluso encintas,
que dejaban al recién nacido con sus amuletos.
Girándose, si lloraba, tan sólo de medio cuerpo para arriba.
Una se me resistió una vez en lo alto de la duna
pretextuando una promesa indisoluble.

Calma, Fátima, aunque hayas decidido romper vete poco a poco;
¿o te gusta ver como tu amor me mata, como mil corazón te obedece en el acto?

Pretextando una promesa indisoluble.

Calma, Fátima, aunque hayas decidido romper vete poco a poco;
¿o te gusta ver como tu amor me mata, como mi corazón te obedece en el acto?

Si por algo me odias, separa nuestros vestidos
y verás que están hechos de la misma trama.
Tus ojos sólo lloran para mejor lanzar sus dardos
que han herido de muerte a un corazón desgarrado.

Con otras mejor guardadas disfruté en una alcoba infranqueable
atravesando una tropa de guardianes atentos para matarme.
Entré cuando en el cielo se desplegaban las pléyades
como juego de perlas en collar ensartadas.

Ella se había quitado la ropa, sólo llevaba una ligera túnica.
No, por Dios, tus tretas no valen aquí, dijo,
veo que no cejas en tu seducción.

Me la llevé en seguida abriéndole camino
mientras con su manto ella iba borrando las huellas del suelo.
Cuando atravesamos la plaza del aduar
y alcanzamos el fondo de un vado rodeado de dunas,
con las manos en las sienes, la incliné hacia mí:
fina cintura, pierna exuberante, llena de ajorcas.

Blanca y esbelta, prieta. Su pecho era liso y pulido como un espejo,
reflejos de rechazo o deseo en un rostro liso.
Su ojo, tierno como el de la fiera de Wajrah para con su cría.
Su cuello tan hermoso como el de la gacela, delicado al alzarse, sin abalorios.
La cabellera abundante y muy negra, engalanando la espalda,
rica como rama de palmera cargada de frutos.
Sus rizos rebeldes son indómitos y enredan los lazos del pelo
en una ola de ondas encabalgadas.
Costados delicados, maleables como cuerda trenzada.
Una cepa hincada en tierra regada en su pierna.

Duerme, el sol en alto, ligera de ropa,
copa desparramados de almizcle sobre su lecho.
Extiende sus tiernos, suaves dedos, como larva de Zuby o palillis de Ishal.
Luce en el ocaso como lámpara de monje en la noche.
Los hombres criados entre corazas y escudos
se enamoran de mujeres así, virgen blanca reluciente entre oros.

Otros insensatos la olvidan, más no yo.


Imru’ al-Qays ibn Hujr إمرؤ القيس ابن حجر الكندي (Kinda, Arabia, primera mitad del siglo VI). Poeta preislámico, autor de la primera Mu’allaqa o poema colgado, en alusión a aquellas cásidas* ((qasTdat) que en la etapa de la poesía árabe oral, gozaban del honor de ser escritas para su permanencia en letras de oro y pender en el recinto de la Kaaba por haber vencido en la célebre competición poética de Ukaz. Considerado por los árabes «príncipe de los poetas», por Mahoma como el más excelente de éstos y por la tradición como el acompañante del profeta en su visita a los infiernos. Es el poeta preislámico más emblemático.

Toda la serie de detalles que acabaron por componerla vida de Imruʼ al-Qays en las fuentes árabes no parecen ser sino un ensamblaje de relatos inventados y amplificados que dieron lugar a una leyenda “contaminada por la de un emir siro-palestinense en relación con los gassāníes y los bizantinos hacia el 535. La información que nos han transmitido las fuentes árabes procede en su gran mayoría de los informadores cufíes de la segunda mitad del siglo II H/VII d.C., quienes no solo se contradicen en algunos casos, sino que jamás citan sus fuentes informativas.

De acuerdo con lo que nos refieren las fuentes árabes:Imru’ al-Qays ibn Hujr era el hijo más joven de Hujr, último rey de los Banū Kinda. Los primeros años de mocedad de Imruʼ al-Qays transcurren en la corte de Ḥuŷr. Es en este medio en el que parece surgir una serie de informaciones legendarias según las cuales, tras ser expulsado de la casa paterna en dos ocasiones—la primera de las dos por comprometer a una prima suya—acaba por convertirse en un bardo errante, mujeriego y vividor, cabecilla de una banda de matones que merodean por el desierto gastando el tiempo entre cacerías y juergas.

Bajo el dominio de los kinda, que se extendía por gran parte de Arabia, estaban los Banu Asad, un clan beduino de Kufa perteneciente a la tribu de los Quraish. A este clan pertenecería posteriormente Hadrat Khadijah, la primera esposa del profeta. Este clan de los banu Asad llegó a rebelarse contra el poder de los Kindah y Hujr, padre de Imru’ al-Qays fue asesinado por los rebeldes. ‘Abid ibn al-Abras, autor de otra Mu’allaqa (en la que compara a la yegua con el águila precipitándose hacia una presa), llegó a vanagloriarse de ser el autor material del asesinato del padre de Imru’ al-Qays.

Imru’ al-Qays, tras la muerte de su padre, huyó de los territorios de los Kindah y juró dedicar su vida a vengar a su padre y a recuperar el poder perdido por el clan. Recorrió prácticamente toda la Península Arábiga en busca de aliados para su empresa, solicitó ayuda a otras tribus, aunque tuvo escaso éxito. Este vagabundeo por Arabia le valió el sobrenombre de al-Malik al-dillil, el Rey errante. Al llegar a las fronteras de los lajmíes fue expulsado de manera muy poco amistosa por al-Mundhir, rey de al-Hira, que mató a la mayoría de sus seguidores. Tras la derrota se vio obligado a refugiarse en el castillo de al-Ablak, cerca del oasis de Tayma’, bajo la protección de al-Samaw’al. Este, tras acogerle, le recomienda al régulo gassāní al-ḤāriṯibnŶabala, quien a su vez le pone en contacto con el emperador León I (457-474 d.C.), en Constantinopla, emperador que en las fuentes árabes es Justiniano. Cuando Imru’ al-Qays abandonó el castillo de al-Samaw’ dejó a su cuidado a su prima y a su hija, e incluso su valiosa armadura y el resto del legado de su padre. Al-Samaw’al tuvo la ocasión de demostrar su gran lealtad hacia Qays cuando un ejército lajmí asedió su fortaleza para conseguir las pertenencias del poeta, al-Samaw’la se negó a entregarlas a pesar de que los de al-Hira tenían a uno de sus hijos como rehén, prefirió ver morir a su hijo ante sus propios ojos a traicionar a su amigo. Su tenacidad en la defensa hizo retirarse a los enemigos del poeta. Este gran sacrificio lo hizo ser considerado un tópico en cuanto a lealtad.

Siempre de acuerdo con la leyenda, León I le nombra filarca de la Palestina Tertiaen el año 473 d.C., habiéndole confiado el mando de un ejército con el fin de vengar la muerte de su padre y así poder restituir su trono. En el camino de vuelta, cerca de Ánqara(Ancyra), se encuentra con un emisario enviado por el emperador que le entrega un regalo imperial que resulta ser una túnica emponzoñada, que al ponérsela le cubre de úlceras provocándole la muerte, al parecer por haber seducido Imruʼ al-Qays a la hija del emperador lo que había provocado la ira de Justiniano. La leyenda dice que cuando se puso la capa se le empezó a caer la carne; viendo que iba a morir se bajó del caballo decidido a cavar su propia tumba, pero la casualidad quiso que muy cerca de donde estaba encontrara la tumba de una mujer. Entonces decidió introducir su cuerpo en la misma fosa, y justo antes de morir le dedicó unos versos a la que iba a ser su compañera en la muerte. De esta muerte horrible se deriva su otro apodo, Dhu al-Quruh “El hombre cubierto de úlceras”.

Es obvio que la información que nos han transmitido las fuentes árabes dependen, en última instancia, de una fuente anterior de la que pueden ser fiel testigo los fragmenta conservados de la Βυζαντιακά(Byzantiaká) del sirio Malko Filadelfo. En estos fragmenta se nos narra que Imruʼ al-Qays (Amórkeso), hallándose entre los persas y no gozando de honor alguno entre ellos ,o tal vez porque prefería introducir a los romanos en el país, deja Persia para emigrar a la vecina Arabia de Persia (ἐνδὲτοῖςΠέρσαιςἦνὁἈμόρκεσοςτοῦΝοκαλίουγένους·καὶεἴτετιμῆςοὐτυγχάνωνἐντῇΠερσίδιγῇ, ἢἄλλωςτὴνῬωμαίωνχώρανβελτίωνενομικὼς,ἐκλιπὼντὴνΠερσίδαεἰςτὴνγείτοναΠέρσαιςἈραβίανἐλαύνει) ,esto es a la metrópolis de al-Ḥira, la capital de los BanūLajm ,bajo la égida del Imperio persa. Huyendo de los BanūLajm, se dedicó a saquear y hostigar a cuantos se topaba en sus correrías, pero no actuaba contra los romanos, i.e.los bizantinos, sino contra los árabes (sarakēnois) con los que se encontraba (κἀντεῦθενὁρμώμενοςπρονομὰςἐποιεῖτοκαὶπολέμουςῬωμαίωνμὲνοὐδενὶ,τοῖςδὲἀεὶἐνποσὶνεὑρισκομένοιςΣαρακηνοῖς). Tal coyuntura parece que le permitió ir aumentando paulatinamente su poder en la zona de forma considerable hasta apoderarse de Iotabē(Ἰωτάβην),isla a la que más tarde añadiría otras poblaciones para, a partir de ahí, poder codearse con el mismo emperador León I que lo acabaría nombrando filarca (φύλαρχον)23.A grandes rasgos, este es el marco vital de Imruʼ al-Qays de acuerdo con lo que nos narran las fuentes árabes y los fragmenta de Malko Filadelfo.

Es obvio que las amplificaciones contenidas en las fuentes árabes contribuyeron en gran medida a la construcción de un personaje en el que convergen toda una serie de rasgos variopintos, desde sus habilidades poéticas hasta sus tretas políticas, junto con su carácter indómito, mujeriego y provocador. Todo ello acabó por delinear tanto al personaje como al contexto en el que se desenvolvió que, a buen seguro, dista bastante de coincidir con la realidad. Es precisamente en el contexto pendenciero de las andanzas por tierras árabes en pos de los Banū Asad, de tribu en tribu, para vengar la muerte de su padre donde se le atribuyen a Imruʼ al-Qays toda una serie de episodios que no son sino parte de un corpus de microrrelatos que, aunque en cierto modo de forma marginal, fueron construyendo progresivamente la figura de este personaje semi-legendario.

  • Casidas (qasTdat). Una casida podría definirse como un poema de una cierta longitud, compuesto de versos monorrimos, con una métrica cuantitativa, basada en una sucesión de sílabas cortas y largas que forman determinados esquemas métricos, llamados pies, cuyas combinaciones darán origen a la totalidad de los metros árabes.

En el año 2002 se estreno en árabe la serie Imru’ al-Qais: Al Thaar Al Muru basada en la leyenda del poeta.

Enlaces de interés :

Fuente de la bio: https://revistaseug.ugr.es/index.php/meaharabe/article/view/28343/26924

https://es.scribd.com/document/945599029/Muallaqat-de-Imru-Al-Qays

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