«Serai o non serai une Masque de Chaux»
G.M.Philippart
Tú que has venido con tu dolor
y tus manos entreabiertas
sólo tus párpados hechos blanca ceniza
podían colmarse de tanta desgracia.
.
Agachada sobre tu cóncavo esqueleto
he sabido que yo te había amado
como deberían amar las piedras
y a la hora vencida de tu muerte
he levantado alto
y amado tu derrota

La muerte ya te sonreía
a través de los celajes de tus lágrimas
escuchando por la ventana entreabierta
el pregón de los diarios vespertinos
.
Encaramada en tu delirio
la fiebre mide
tus orines de cobre
y silenciosa filtra tu agonía
.
Entonces era el cuarto de la última primavera
.
En la mesa cubierta de seda verde
te quedaste ensimismado
soportando el sudor de tanta nueva angustia
.
Pegados a tus dedos que tocaban la tierra
yacían pedazos de ese azul muerto
de un viaje
en
jirones
Sentada como una ciega
cae la vida a mi alrededor
a manera de ecos
.
he corrido tanto
y ya nada existe
.
Un día
cuando haga mucho calor
.
como un cascabel roto
iré a sentarme en tu tumba
.
Con la cabeza apoyada en tu muerte
interminablemente escucharé tu sueño
.
tu frente llena de sollozos
en mi regazo seco
Apagando poco a poco
todos los sonidos en mi alma
cánceres malvas invadieron mi pecho
Con los brazos cargados de todas las felicidades halladas
de todas las lilas que vendrán
te seguí mucho tiempo por el camino
.
Hoy me detengo
recompensada con instantes de tu vida
trashumante
.
Todo me habla de tu muerte
todas las palabras me traen tu delirio
desde que pusiste en mi cabeza
,
tus manos como corona de espinas
Tú mi vida
tú mi desgracia
.
toda mujer eternamente
mece un niño
.
nevé tanto
para que duermas
.
lloré tanto
para desvanecer tu ataúd
De: Masque de Chaux (1964) editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Georgette y Cesar en París, en el Parque de Versalles. Fotografía tomada por Juan Domingo Córdoba. Verano de 1929.
Acuérdate que mi vida
se queda lentamente sin consuelo
lentamente
enloquece
y sigo este camino sin saber
como un animal que tira la carreta
hacia el matadero

Délire
Délire
gruttant ta main sur le lit blane
.
Réve au visage durci
revenant t’apparaitre
.
Sourire
d’opale sainte
.
Sourice-cantique
aux pieds de ma vie

O mort, ye te parle
O mort
je te parle tout bas
parce que loin de toi
je vais mourir
o mort seule innocente
j’ouvre las mains
et te donne la vie
Oh muerte te hablo
Oh muerte
te hablo en voz baja
porque lejos de ti
voy a morir
Oh muerte
sola inocente
abro las manos
y te regalo la vida
De : Masque de Chaux. Ed. Instituto de Estudios Vallejianos(1977)Universidad Nacional de Trujillo. Trad. Eduardo González Viaña

La agonía
El 13 de marzo comenzó la muerte del poeta
Por: GEORGETTE VALLEJO
Vallejo se acostó el 13 de marzo de 1938, después de comer, entre las dos y las dos y media. Hoy todavía me acuerdo de esa comida porque fue excepcional, y es por eso que me acuerdo también de la hora en que se acostó, sin imaginarse que nunca más iba a levantarse.
Y, aquella mañana, yo había ido al mercado como de costumbre, volví al hotel de 64 Avenida del Maine con dos costillas de carnero, habichuelas verde pálido y una botella de vino “casi fino”. No fue el menú lo más extraordinario, sino una fuerza ajena a mi voluntad que me impulsó a hacer tales gastos.
Vallejo permaneció acostado toda la tarde; lo que era completamente desacostumbrado. Me extrañé, y nada más. Al día siguiente se sintió cansado, tan cansado que no se levantó. A partir de este día supe que estaba perdido, y perdido porque, no teníamos dinero. Enderezada más que educada en este sentimiento por mi madre, desde mi más tierna infancia, me fue posible pedir nada a nadie.
Durante algunos días, para decir la verdad, Vallejo no empeoró. El médico que lo había visitado desde el segundo día, no se alarmó en absoluto. Mi insistencia “intolerable”, mis angustias “imaginarias”, hicieron que pronto me juzgara muy “exaltada”. Al cabo de una semana, la fiebre, hasta entonces estaba estacionada en 38 grados, subió ligeramente. El médico acosado por mis preguntas se emocionó y lo condujo a una clínica. Ahí comenzó el desastre.
En tres días, la fiebre saltó a 40 por la tarde y 39 por la mañana. Los médicos se sucedieron y, con ellos, las inyecciones, los análisis, los errores; Vallejo, como lo han demostrado los innumerables análisis, todos negativos, no necesitaba sino cambio de clima y reposo inmediatos, tranquilidad económica absoluta. No vacilo en afirmar que si la cuarta parte de la suma que fue entregada ciegamente a la clínica nos hubiera sido confiada, Vallejo no habría muerto.
Al cabo de una semana de clínica, la fiebre hizo un nuevo salto a 41 ½. Esto duró hasta el final. Cuando se acordó llamar al profesor Lemiere, especialista en enfermedades infecciosas era demasiado tarde. “Veo que este hombre muere –dijo– pero no sé de qué”.
Mientras Vallejo permaneció en el hotel, su moral fue buena y su presión aumentó ligeramente, por lo cual tengo la impresión de que no tuvo el presentimiento de su muerte próxima. Cuando ingresó a la clínica, las enfermeras lo hicieron sentar en una silla para transportarlo a su habitación. Algo en su perfil me heló de incertidumbre.
Una tarde abrió los ojos; brillaban como un grito y tenía la mirada del que va a morir.
Muy suavemente me dijo: “Tenías razón en todo”. Y, como yo iba a protestar, gritó: “¡En todo! ¡Y soy yo quien no te ha comprendido!” En el curso de ese infierno que fue nuestra vida, yo me había desesperado algunas veces; y poniendo la misma fuerza y la misma pasión en mis debilidades que en nuestra perseverancia, estas desesperaciones habían sido en ocasiones muy violentas.
Otro día –debía sentirse muy mal– la desesperación juntó en su mirada todas las palabras de admonición:
– Tendrás valor.
– Tendremos, dije.
Pero el tono de mi voz me traicionó más que mis palabras. Yo había pensado: “Lo tendré, si vives”. Y él adivinó perfectamente mi pensamiento, y con el rostro impregnado de reproche y de cierta severidad, dijo:
– No se regatea con la vida.
Y, mientras que sus ojos buscaban en los míos la promesa que me solicitaba, fui invadida por tal odio hacia la vida que me fue imposible responder una palabra. Naufragué hasta detestar su valor. Sin duda seguía hablándome, pero yo no oía nada. Cuando recuperé la razón distinguí algunos consejos, pero me es imposible recordar cómo terminó esta conversación.
Algunos días después, otra vez abrió los ojos, buscando algo. Esperé un segundo, con el fin de que nada –ni siquiera mi prontitud– fue a alterar lo que había comprendido.
– Escribe –dijo.
Tomé inmediatamente el papel y el lápiz que había preparado de antemano sobre la mesa de noche, desde el comienzo de la enfermedad –inútilmente por otra parte hasta aquel instante– y me dictó:
– CUALQUIERA QUE SEA LA CAUSA QUE TENGA QUE DEFENDER ANTE DIOS, MÁS ALLA DE LA MUERTE, TENGO UN DEFENSOR: DIOS.
Esto sucedió entre las tres y las cinco de la tarde. Que se me perdone el no recordar la hora exacta; hacía 16 días que no me había acostado ni una sola hora.
Después entramos en la semana que precedió a la de su muerte. La peor de todas. Los médicos habían perdido la cabeza y huyeron. Ya las enfermeras juzgaban a duras penas necesaria la toilette de la mañana. Se olvidaban las horas del termómetro, la toma de las pulsaciones; los serums olvidados en el día eran inyectados apresuradamente en plena noche o al día siguiente. La mayoría se derramaban sobre el colchón. Se dejaba todo en mis manos agregando gentilmente, y aún con una sonrisa roja o rosada: “Sabemos que Ud. está aquí”.
La fiebre, el hipo, el delirio habían vuelto irreconciliable a Vallejo. El viernes que precedió en siete días al de su muerte, llamé a un médico conocido. “Toda esperanza no está perdida”, me dijo y procedió de inmediato al tratamiento. Prometió regresar al día siguiente a las 18 horas.
Al día siguiente Vallejo había recobrado su lucidez; la fiebre de 41 ½ había bajado a 38 ½. Era el sábado 9 de abril.
A las tres de la tarde el médico peruano regresó. No se atrevía a entrar en el cuarto. Apena lo vio, exclamó:
– ¡Pero, amigo, está Ud. mejor!
Y palpaba a Vallejo a través de la manta, visiblemente estupefacto. Bruscamente se volvió hacia mí y de frente por temor hacía mucho tiempo que no me miraba –dijo:
– ¡Qué le decía yo, señora!
El sábado, a las seis de la tarde, esperamos en vano a mi médico; lo que desesperó a Vallejo. Los otros tres facultativos prevenidos a qué sé yo, lo habían hecho arrojar literalmente de la clínica.
El domingo la fiebre subió nuevamente a 41 ½. Y en la mañana del lunes comenzó la agonía, que duró hasta las 9 y 20 de la mañana del viernes; lo que prueba suficientemente que 8 días antes “TODA ESPERANZA NO DEBIÓ ESTAR PERDIDA”.
En su agonía, Vallejo –a pesar de lo que hayan dicho– jamás nombró a su familia ni a su mujer, ni a ninguno de sus amigos. Y por esto no hay que reprocharle, pues no cometió crimen alguno. Pienso sí que en el delirio de Vallejo vivió únicamente España. Deberíamos admirar tal desinterés y estoicismo.
Sus deudas, si las tuvo –no las dijo durante su enfermedad– las arreglaría más allá de la muerte.
No le disputemos su agonía. Una obra, una misión, es un tirano que no admite ningún desfallecimiento en su servidor.
Texto original de Georgette que publicó Caretas en 1951, los últimos días de vida de César Vallejo, que dicha revista reprodujo en abril de 1988 –a cincuenta años de la muerte del poeta.

Georgette María Philippart Travers (París, Francia, 7 de enero de 1908 – Lima, Perú, 4 de diciembre de 1984). Poeta. Conocida como Georgette Vallejo, por su matrimonio con el poeta Cesar Vallejo.
Hija de Marie Travers y Alexandre Jean Baptiste Philipparty, que no se casaron ni convivieron. Georgette no llego a conocer a su padre que se alisto en el ejercito francés en 1906 y falleció en la batalla del Marne.
En 1914 Georgette enferma de tuberculosis lo cual le afectó los nódulos de sus extremidades inferiores.
A través de su carta testamentaria, oficializada en1917, Alexandre reconoce a Georgette como su hija, quien adopta su apellido: Philippart.
Georgette es enviada a Bretaña donde realizó sus estudios primarios y los secundarios en el colegio Sevigné de Vitré, de la inspección académica de Rennes, los que culmina en 1,922. Luego viaja a París a trabajar en el oficio de costurera con su madre, quien junto con madame Virot y madame Lanvin, constituían el llamado “Grupo Real”, las damas que diseñaban exclusivamente los vestidos para las reinas de Europa.Viajó a Londres, para proseguir su formación educativa y vivió los días más felices de su vida. Realizó estudios de violoncelo, que junto con la guitarra era su instrumento más preciado. De vuelta en París en 1,924, continua sus estudios por la noche, recibiendo cursos de música y español. De día trabajaba como costurera en el pequeño taller de su madre.
En1925 a los 16 años Georgette conoce a Vallejo de 33 años. Así lo contó Georgette en una entrevista con la revista española “Triunfo” en abril de 1976:
“Nos conocimos de una manera muy curiosa, un poco ridícula si usted quiere. Usted sabe que los sudamericanos hacen muchos gestos al hablar. Y yo veía en la casa de enfrente, contra la luz tamizada de una pantalla roja de muy mal gusto, a unas personas discutiendo, gesticulando. Era invierno y las ventanas estaban cerradas. Y yo, conmovida le dije a mi madre: Pobres los vecinos de enfrente son sordomudos. Llegó la primavera; un domingo, yo estaba asomada a la ventana y los vi gesticulando como siempre, pero también oí su voz. ¡Mamá, el vecino de enfrente habla! Así, de esta manera, empezaron las cosas. Por eso puse atención en él”,
En 1927, Vallejo le hace una invitación para tomar café pero Marie Travers, la madre de Georgette, se opone a la relación pues el poeta no ofrecía ninguna seguridad económica para su hija. Marie Travers falleció el 12 de noviembre de1928 y Georgette le compró una fosa con dos tumbas en el cementerio Montrouge. César Vallejo le brindó sus condolencias y le propone iniciar una vida juntos. Así lo relata Georgette:
“Nos tratamos tres meses y un día desapareció. Mi madre cae enferma, se muere y ese día regresa Vallejo a la calle Molière. Me vino a presentar las condolencias y me dijo, así como si me dijera: por favor, alcánceme los fósforos, que debíamos vivir juntos. Y yo no dije ni sí, ni no, siguió la conversación, pero ni por un momento pensé decir que no. Sin estar enamorada, hacía tiempo que sentía que tendría que ser así: era la predestinación”
Al año siguiente Georgette recibió la herencia completa de sus padres: 280,000 francos y empieza a convivir con Vallejo. Viajan de luna de miel por varios países de Europa. En cuanto a Henriette, la anterior pareja de Vallejo, se dice que se enojo muchísimo al saber que el poeta se había ido a vivir donde Georgette y fuea confrontar a su rival. Georgette le entregó una cuantiosa suma de dinero para que desapareciese de sus vidas. Henriette, una chica humilde y de escasa instrucción se fue pero parece ser que años después volvería de algún modo a la vida de Vallejo siendo un dolor de cabeza para Georgette.
–Juan Domingo Córdova, el biógrafo más fidedigno de César Vallejo en Europa precisa que Georgette aportó a la unión con César Vallejo: “Doscientos ochenta mil francos en efectivo, producto de los ahorros de la madre…y además una reducida pensión del estado a las viudas y huérfanos de la guerra por muerte de su padre en el campo de batalla”… Y un departamento en el centro de París.
En enero del año 1929 Georgette viajó con César Vallejo a Niza, a las playas del Mediterráneo, gira que se prolongó por varios países y ciudades europeas, viaje respaldado por los recursos económicos de Georgette. Visitaron Bruselas, Berlín y Varsovia. También viajaron a Rusia, donde Vallejo ya había estado con anterioridad, visitaron Moscú y Leningrado y siguieron la ruta de Kiev, Budapest, Viena, Berna, Roma, Niza. Y nuevamente regresaron a París. Ella era una niña.Y él amaba la vida y estaba maravillado.Tanto es así que cometen locuras: se alojan en hoteles lujosos algunos de ellos en donde la habitación vale 500 dólares por noche.
Al volver a París se instalaron en el departamento que ella tenía en el 19 rue Moliere, de cuatro habitaciones. Era un piso profuso en muebles, espejos, lámparas, armarios, cuadros de pintura y un piano donde Georgette interpretaba música clásica.
Ambos se consideraban marxistas y comprometidos por la lucha social. Todo ello le trajo consecuencias a Vallejo. Sus dos viajes a la Unión Soviética, así como reuniones y entrevistas sospechosas, además de ser lector del diario L´Humanité, determinaron su expulsión de Francia, el 2 de diciembre de 1930. El gobierno francés le dio un plazo de casi dos meses para abandonar el país, pero antes de que se venciera, la pareja abandonó el país. Vallejo y Georgette viajaron a España el 29 de diciembre de 1930 y llegaron a Madrid en víspera de año nuevo. Allí Vallejo publicó Rusia en 1931, un libro de crónicas sobre su experiencia en suelo soviético. La obra se convirtió en un éxito editorial y los ingresos le permitieron vivir tranquilamente por algún tiempo. Pero poco después volvieron nuevamente los aprietos económicos, pues sus obras literarias –de carácter marxista– fueron rechazadas sistemáticamente por los editores. El poeta salvó a duras penas dicha situación realizando traducciones. El 15 de octubre de 1931, Vallejo hizo su tercer y último viaje a Moscú, para asistir a un Congreso Internacional de Escritores.
En enero de 1932, Georgette regresó a París con la finalidad de arreglar la situación de Vallejo en su país y descubrió que su casa había sido intervenida por la policía secreta. Por entonces, cayó enferma. Luego de una delicada operación quirúrgica, se restableció en la casa de reposo Maison Carrée de Chantilly, recomendada y acompañada por Delia del Carril.
El 11 de febrero de 1932, Vallejo salió de España y regresó clandestinamente a París. Solucionó su situación de residencia con la intervención del ministro del Interior Camille Chautemps. Pero su mala situación económica no mejoró. En octubre de 1933, la pareja Vallejo dejó la rue Moliére y se aloja en el hotel Garibaldi Nº41. Georgette trabajó en el Conservatorio Nacional de Artes y Oficios de París como “dama verificadora temporal”.
El 11 de octubre de 1934, a las 11.15 a.m., después de convivir seis años, Georgette y César contraen matrimonio civil en la Municipalidad del Distrito 15 de Paris.
Al estallar la guerra civil española, Georgette y Vallejo, colaboraron con el bando republicano. Viajaron dos veces a España. Vallejo escribió artículos y apoyó la creación de los Comités de Defensa de la República Española, amenazada por el fascismo.
Vallejo cayó enfermo un 13 de marzo y murió el 15 de abril de 1938, a las 9.20 de la mañana. Tenía entonces 46 años de edad. Georgette cedió su tumba de Montrouge a su marido. «Cuando él murió, estuve ciega durante cuatro horas. Estuve loca», así narro Georgette su sentir ante la muerte de César.
Georgette se quedó sola y pobre. Todo lo que heredó se lo gastó con Vallejo en el viaje de 1929. Como había sido educada con la idea de que no había que pedir ayuda a nadie se arregló como pudo con un telar con el que hacía alfombras con un único objetivo: preservar y dar a conocer la obra de su esposo.
Al año siguiente, junto con Raúl Porras Barrenechea, editó y publicó la obra poética póstuma de Vallejo, que tituló: Poemas humanos.
En 1949, Losada, de Buenos Aires, pone en venta Poesías completas (1918-1938), con “recopilación”, prólogo y notas de César Miró, un coterráneo de Vallejo. Es esta edición, reimpresa en 1953, la que circula profusamente, sin que sus responsables hayan expurgado los textos ni aventado las cuantiosas erratas. Georgette Philippart puede contabilizar la supresión o adición de al menos 500 signos ortográficos, la jíbara reducción de cuatro poemas a dos, la falta de 9 palabras y 5 frases, el añadido y la omisión de palabras y blancos. Semejantes atentados se mantuvieron en las ediciones separadas que Losada distribuye en su serie “Contemporánea”.
La viuda de Vallejo denuncia que Losada no le envió las pruebas que ella solicitaba para reparar los tropiezos de 1939; las Poesías nacen así “sin contrato, previa y legalmente formulado y firmado por ambas partes […]. Mucho más tarde se me informará que: «si deseo cobrar los derechos que me corresponden, tenga a bien firmar el contrato que con estos fines se me manda, siendo la norma de esta editorial establecer los contratos de edición después de la publicación…» El dicho contrato estipula que todo litigio será subsanado por los tribunales de Buenos Aires. Yo vivía por entonces en París, ¿qué otra solución me quedaba, sino firmar?” señala Georgette.
Georgette viajó al Perú en 1951. Llegó principalmente para publicar la obra de Vallejo. Para ella, el lugar más propicio para publicar la obra del poeta era su propia tierra. Georgette recibió apoyo de Porras Barrenechea, y a través de él recibió una pensión por parte del Congreso. Sin embargo, a cambio le pidieron los manuscritos que había dejado el poeta, pero ella no aceptó, así que en el futuro le retirarían la pensión. También rechazó con dignidad el ofrecimiento del editor Juan Mejía Baca quien le propuso 30 000 soles por toda la producción de Vallejo. Criticó la actitud del poeta español Juan Larrea, autoproclamado vallejista o “estudioso de Vallejo”, quien en 1957 visitó Lima: «Quien no escribió una línea sobre Vallejo cuando vivía, se convierte luego en su más empeñoso intérprete». También por entonces arremetió contra los dibujos sobre Vallejo hechos por Picasso, pues los consideraba como «una infame y siniestra deformación» del rostro real del poeta.
En el año 1937, Vallejo había visitado con ella el cementerio de Montparnasse y le expresó su deseo de descansar ahí. Cuando Georgette se dedica a promocionar las obras de Vallejo, exige un 10% de las regalías, y uno de los fines era ahorrar para trasladar los restos de Vallejo a este cementerio. Ella no recibió ningún apoyo, ni de Perú o Francia, y eso es lo más loable.
También Georgette tuvo que aguantar la poca delicadeza del poeta Gerardo Diego, quien se presentó en la Universidad de San Marcos para disertar sobre Vallejo en 1964. Gerardo dijo que Vallejo se había muerto debiéndole algunas pesetas, lo que hizo que Georgette reaccionara airada, defendiendo la memoria de su esposo.
En ese mismo año de 1964 Georgette publicó su obra poética Masque de Chaux (Máscara de cal). En 1965 rechazó todo intento de musicalizar los poemas de Vallejo. En 1966 el gobierno peruano le redujo drásticamente su pensión, la misma que dejaría de otorgarle en 1968.

En 1967 editó y publicó toda la narrativa del poeta: César Vallejo. Novelas y cuentos completos. En 1968 hizo lo mismo con toda su Obra poética completa (edición facsimilar). En octubre de 1969 le ganó un juicio a la Editorial Losada, por haber publicado sin su autorización Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz.
A Georgette le quedó un solo amigo, el pintor Fernando de Szyszlo, quien hoy la recuerda con sentido afecto: “Con un dinero que pudo juntar, Georgette consiguió que los restos de Vallejo fueran trasladados al cementerio de Montparnasse».
En efecto, el 3 de abril de 1970, Georgette trasladó por fin los restos de César Vallejo al cementerio de Montparnasse –a través de la casa de pompas fúnebres Manonvillar– y quedó ubicado en la 12º División, 4º Línea del Norte, N.º 7. Georgette firmó: «Para que se cumpliera el deseo de Vallejo y el mío», y en la tumba el epitafio es un verso de un poema de Georgette:
«He nevado tanto, para que duermas»
En 1974 respondió a los insultos y calumnias que Juan Larrea le dirigiera desde su revista Aula Vallejo: «Juan Larrea es un impostor y de la más repugnante inmundicia». Ninguna de las acusaciones de Larrea, como esa de que Georgette se practicara varios “malogros” o abortos, o de que alterara arbitrariamente los manuscritos del poeta, han sido comprobadas, siendo por lo demás, acusaciones inverosímiles.
En 1977 reeditó Máscara de cal y en 1978 publicó su obra máxima: Allá ellos, allá ellos, allá ellos, páginas en defensa de la vida y obra de Vallejo. En 1979 editó y publicó el Teatro completo de Vallejo.
Georgette nunca regresó a Francia. Su única compañía era Rosa Espinoza, empleada de su hogar y sus gatos. Ella se encargaba de darle el atún mezclado con pan a sus 17 gatos –animales que le provocaron un tropezón en el 79, en un accidente que paralizó su hemisferio derecho y precipitó sus lesiones cerebrales–. También la ayudaba a administrar los mil francos mensuales de la Sociedad de Beneficencia Francesa, dinero que solía prestar a amistades que nunca más regresaban. Según César Vallejo Ynfantes, sobrino del poeta, Georgette era conocida como la loca del edificio.
En noviembre de 1979, cuando ya sobrepasaba los 70 años de edad tropezó y rodó por las escaleras de su casa. Las consecuencias fueron funestas: hemiplejia parcial, accidente cerebrovascular y arteriosclerosis senil. Fue hospitalizada en la Maison de Santé, una clínica de la Sociedad Francesa de Beneficencia de Lima, que le prestó atención gratuita.
Sus últimos meses de vida la paso confinada en una silla de madera (no tenía dinero para una silla de ruedas). Su rutina era de la clínica a su casa y de su casa a la clínica
Georgette María Philippart Travers falleció en Lima el 4 de diciembre de 1984. Su entierro fue prácticamente solitario. Según la prensa de la época, apenas fueron los niños tullidos de la clínica, así como sus representantes, el sacerdote y la actriz Delfina Paredes. Pero nadie de parte del Gobierno o del Congreso, porque la consideraban una mujer no grata. Antes de morir, entregó parte de los manuscritos de Vallejo a la clínica San Juan de Dios, y cuando murió fueron los de la clínica quienes le brindaron una tumba en el cementerio La Planicie, en La Molina, descansando ahí desde entonces.
Georgette siempre tuvo el deseo de que sus restos descansaran junto con los de Vallejo en París y aunque en años posteriores se intentó iniciar gestiones para que sus restos fueran enterrados junto a Vallejo , esto no ha prosperado.
Vallejo sueña en un cementerio en Francia y Georgette sueña en un cementerio en Perú. ¡C’est la vie!.
Obra publicada:
- Masque de Chaux (Máscara de cal). Lima, UNMSM, 1964. Ramillete de poemas dedicados a Vallejo y a su madre Marie Travers. Ella misma declara: “Poemas bien modestos. 30 están dedicados a Vallejo”. Son versos cargados de hondos pesares estigmatizados, que constituyen un himno al amor incondicional y absoluto.
- Apuntes biográficos sobre poemas en prosa y poemas humanos, incluido como apéndice en la Obra Poética Completa. Lima, Francisco Moncloa Editores, 1968. Escrito biográfico donde hace valiosas aclaraciones en torno a la vida y obra del poeta.
- Allá ellos, allá ellos, allá ellos. Lima, 1978. Libro de corte autobiográfico en el que refutó a algunos amigos y estudiosos de Vallejo, que la criticaban severamente.
El 12, 13 y 14 de abril de 2023, se realizó un congreso internacional en Lima en coordinación con Capulí, Vallejo y su tierra, el IDEV de Utah y el IDEV, donde participaron críticos, poetas y artistas para rendir homenaje a la esposa de César Vallejo, Georgette Philippart de Vallejo. Fuente
En dicho homenaje expresaron :
«Gracias a Georgette Marie Philippart Travers, contamos con la obra del inmortal César Vallejo. Ella ha sido la guardiana diligente y devota, la persona que ha escoltado con esmero la obra de Vallejo. Georgette es la protectora y albacea espiritual de la obra del más grande poeta que ha dado el Perú.
Su amor inestimable por Vallejo, la llevó a conocer el Perú. Ella se quedó a vivir en Lima, y allí trabajó mucho para cumplir la voluntad del vate universal. En 1970, mueve los restos de su esposo a la tumba de Montparnasse1 con una cláusula que nadie podría moverlo de esa fosa sin su autorización. “Transcurridos veinte años de privaciones cotidianas de toda suerte…Hago trasladar e inhumar los restos de César Vallejo, en la concesión a perpetuidad del cementerio Montparnasse…y así, se logra que se cumpliera el deseo de Vallejo y el mío. (Citado en boletín Enereida 1, pág. 7)
El amor de Georgette y Vallejo ha quedado registrado en los cielos y ha trascendido el tiempo, el espacio y la imaginación vallejiana. Hay que amar mucho a un hombre para idolatrarlo, defenderlo y hacer todo lo que hizo Georgette Vallejo. Ella era una mujer hermosa que se quedó viuda a los 30 años y desde entonces vivió recordando la memoria de Vallejo.
Heroína más allá de la Muerte
¡Yo sí te creo Georgette Philippart!
Creo en tu amor inconmensurable
En tu razón de la sinrazón
En tu pecho firme con un corazón latiendo
Por el poeta humano, de un Perú serrano.
Creo en tu locura, tu rabia y tu ira
Tu lucha descarnada contra Lestrigones y lancerotes de la palabra
En los cuatro ojos sobre tu espalda
Creo en las tardes que dejando el corazón
Sobre la mesa desierta
Salías a nevar por alguna editorial canalla.
Y al regreso con la frente en alto y las manos vacías
recogiendo el corazón llorabas sangre y fuego
¡cuántos panes se quemaron en la puerta del horno!
Sabe Dios de tus miedos disfrazados de soberbia
De tus penas vestidas de fiereza.
Ese Dios que no sabe de Marías ni de Cesars que se van.
Mientras tú, pequeña francesita ingenua
Aprendías a danzar al ritmo de una sociedad pacana
Y supiste bailar sola, y aun marchita, verter aroma de dignidad.
Tu rebeldía se hizo gloria
Hay un Vallejo porque una Georgette venció a la muerte
¡Bendita obsesión, nos legara los
Poemas humanos!
¡Duerme placida y calma guerrera del amor
Heroína más allá de la muerte!
¡Allá ellos, Allá Ellos, Allá ello!
Narda García (Perú)

Enlaces de interés :
https://zonadenoticias.blogspot.com/2008/01/sobreviviendo-georgette.html?m=1
https://magicasruinas.com.ar/criticas/cesar-vallejo.html
https://idev.byu.edu/00000191-c82f-d497-a9f5-cebf831b0001/poemas-a-georgette-de-vallejo-pdf
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