«Me pertenece solo lo que conozco; a lo otro, pertenezco»
J.L.Clariol
El miedo es encontrar la propia semejanza.
Interpretar los sueños
constituye nuestra peor pesadilla.
¿A quién representamos? ¿Qué parte del insecto
encierra en sí el veneno?
Cada estación, como cada palabra,
trae su muerte
– apenas alcanzada -,
remanso
de esparcidas violetas. ¿Y el Logos?
¿Para qué quiero un Logos si lo que busco
es
alojar la luz en otra luz?
Allí, para que anide lo oscuro.

Olga
I
Eras como nieve en la noche.
En mí muere tu palabra,
y en mi cuerpo, tu sorda tempestad.
II
Tus manos
cerraron el álbum de fotografías:
«No abras la puerta, déjame estar sola».
¿Dónde el principio del silencio?
«No abras la puerta, di que no estoy.
Toda puerta abre siempre hacia lo mismo».
III
El silbido de los trenes dispersó los tordos de aquel árbol.
Nada estaba escrito en tu voz.
Las hojas del árbol
dibujaron blancas sombras en la persiana.
IV
Dicen que se elige el momento, la hora.
Dicen que va abriéndose una puerta.
Mi padre me abrazó y juntos salimos a escoger la caja de cedro.
Dos flores nacieron del promontorio,
un sol se hundía, yo buscaba
los nombres que te hicieran compañía.
V
El cierzo inundó la oscura ribera.
Esa noche, tus pasos fueron el camino.
Esa noche, a tu silencio me abracé.
VI
El álamo cede su última plata.
Llueve
el día en que unos a otros nos miramos.

Estancias
Oscuridad
del mar en el que habito,
oscuridad, niebla,
mar
y furia en este vuelo,
oscuridad
y ni gaviota lejana,
ni certeza…
sólo pasos de muerto en mar abierto.

El pan de cada sombra
I. Esta costumbre,
esta grave costumbre de perderse
al momento en que hilos,
hojas lanceoladas,
tenues luces
de rostros
se deslíen
y cuerpos se borran
como en una vieja fotografía.
Hacienda, pan,
todo guarda su nombre bajo la sombra.
Siete vados antes de entrar a la ciudad
aún esparcen su mancha neblinosa.
II. Ruinas, nogales, sicomoros
desmoronándose en mis manos,
y entre huellas
el asomo de un lugar.
Espeso polvo, cordilleras,
nocturno el cañón
donde los gansos blancos de Babícora
esparcen la ceniza que dejaste enterrada en el Chuvíscar,
en la distancia que llamamos cercana indiferencia,
sus múltiplos sumándose a la trayectoria de tus días.
El eco de tus lamentos entre muros,
la soledad que ciñó tu muerte,
mito de noches y distancia,
certeza de lo que no es.
III. Arde la aurora,
alumbra la ciudad en ruinas,
el corredor de ancha bóveda,
los caminos de tierra,
el pantanoso piso de la caverna;
y buscas en tu cuerpo
ese cuerpo
extraviado
que se hunde.
IV. De noche las persianas,
los sueños
alejando su frente,
el vino que aromó la mesa,
el mediodía;
él era el mediodía,
la morada,
el sueño de quien ve doblemente en los espejos;
y en ese sueño el alarido,
la cuerda que nos ata
de los crepúsculos
a la contemplación.
Hablará de tu luz, alas de hielo
devolviéndome el canto,
la fuerza de los años
sostenida
en un atril.
V. Qué lugar es éste en el que habito
de hojas y penumbra presentir.
El polvo sella
el hambre del recuerdo…
Cae la noche
entre el silbido de los trenes.
Vestida de novia
la muñeca
de la hacienda va
por el pasillo oscuro.
VI. Orlas, círculos en la arcada central.
El amor desciende sobre el imperio de la cera,
alumbra el pan de cada sombra,
las tardes de manganeso,
la puerta en la balaustrada
que abre al mar
de tu borrasca.
Vuelve a tu cuerpo lo marmóreo azuloso
de raíz
y desde el techo antorchas
cuando el agua del corazón adormece.
La sequía adelanta una luz
y su palabra,
al centro,
como una gran copa de alabastro.
VII. Desde lo alto del jardín
el ocelote;
desde lo alto la columna,
el blandor de la hierba,
la sal,
la blanquísima túnica del olvido;
devastada ciudad, salutación del mago
que de lejos aproxima
el resplandor,
el invierno que adivinas
y hiere
–su cobija de escarcha.
Junto al mar,
en el risco
donde los pelícanos duermen,
una reja sobre tu rostro,
una casa vacía
entre la cresta y la baja marea.
VIII. Jardín donde la rosa desgajó sus pétalos
sobre altos aleros de ébano;
las demitasses bajo el péndulo,
el piano, su macramé
deshaciéndose
entre gasas y azogues de espejo.
Un eco apenas luz
arde
en el recinto de azulejos.
IX. La pileta al centro,
los adobes, la acequia
donde flotan nardos:
cóndores que se hunden
en la niebla;
la pérgola, el vino puesto,
la silenciosa sal,
el pozo oscuro de palomas,
la lluvia contra gastados cristales,
velas que resplandecen,
remota luz que enciende
el pasado a la mesa.
X. Tres blancos potrillos se alejan…
La materia del deseo
gastada en la precisión de tus infinitos cálculos
es la noche rumiando
la dimensión del fruto,
breve en la mano abierta del invierno
sobre el blandor del pasto.
La materia del deseo,
su precisión de infinito,
es la noche,
esta noche rumiando
mi dimensión de fruto.
XI. Entre aleros y campanas,
rezos y palomas se extienden
a lo largo de la calle.
Y la madre, abismada
en su ajetreo de alacenas,
en su ir y venir
por el negro lienzo,
por el negro día
donde la hierba fenece.
Los aleros se desploman
como palomas muertas.
Así van sumándose las horas,
el crujir de la madera,
las sombras de los sicomoros
en medio de un silencio,
en medio de un vacío
que recorre tu espalda;
sumándose las horas,
largas horas de este invierno
que enmohece.
Mas la malla resguarda el jardín
entre azulejos.
Aquella edad
aún pende de la rama,
pájaro enfermo
que al anochecer
se abre al caudal
de una nostalgia que crece.
XII. Dos ibis sosteniendo el tiempo,
cielos para que al menos
un instante pudiéramos soñar.
Luego, los altos montes,
atolones circundando la isla,
esa limitación tatuada
de faro
y llaga de raíz,
esa perpetua gaviota perdida entre los riscos,
esa raíz oscura de lago mudo y órbita violeta.
¡Oh madre! La muerte en tus manos
y en el orto
las rosas abiertas
hacia la copa del ébano,
urnas que alumbran la levedad.
Y en el principio el Amor con sus alas rojas
sucediéndose
sobre láminas de cobre
que su piel desprenden.
Fuego, manos,
marchitan esta grave costumbre
de rostros que se deslíen
y cuerpos que se borran como en una vieja fotografía.
Hacienda, pan,
todo guarda su nombre bajo la sombra.

Todo antes de la noche
El viento
desmoronaba el barro,
vértigo, dolor era ese viento
en su descenso:
el encuentro
con la primera voz:
la muerte.
El muro de raíz sedienta
rasga cielos
de aquella hora.
De nuevo brotarán
salmos
palabras destejiendo
sobre el espejo.
Apenas el agua circundó la tierra
en su centro
se abrieron cavidades:
el viento devoró las copas de los cedros,
los nidos, el rostro de aquella voz.
Creer, crear la oración
que nombre su presencia,
el misterio
de su alma desprendida.
Cielo esta boca, hojas
la orilla,
el río congelado
y la tierra del recuerdo
evaporando
su fragmento de piel.
Mi ser,
mi ser errante,
mi ser,
miseria entrando,
mi ser
silueta.
Lo que no fui, siendo
afina su sombra.
Ceguera: ahí estarás.
Desde lo hondo
al viento
la dispersa ruina.
Morir, morir dentro
del árbol
al aire y lumbre
florecido.
Hija del hambre,
tus pasos segará
la pétrea luna.
Voces, voces distantes,
espejos,
palabras piedra:
Todo antes de la noche.
Hay una luz
en su aliento
de árbol,
pájaros
de aquella tarde
en fuego revestida
sobre los huertos.
Luz
el aliento del árbol.
Pájaros,
hombres,
en esa estancia herida.
Amar la luz
de aquella nube de ceniza,
los once túneles,
las huellas de las bestias,
caminos que entre las humaredas
caen del cielo.
Tierra dispersa de semilla,
guarda la salvación,
el silencio en la piedra,
la mirada del río en su sollozo.
Tierra dispersa de ceniza,
guarda la salvación,
ama la luz de aquella nube,
los límites,
el alba.
Van los hombres y las cosas
hacia la estancia primera.
La travesía es la voz.
Del monzón de arenas
emerge lo olvidado,
el polvo se levanta
en pequeños círculos.
Van a la entrada
del silencio.
A lo largo
la quietud,
la sagrada quietud
del sueño que los sueña.

Mina 1004
Arder, yo vi a mi abuela arder.
Agosto. Chihuahua, 1956. Ella ardió,
su fuera y su dentro, ardió en la calle Mina 1004.
Vi a mi padre envolverla en una sábana, el colchón ardía;
las cortinas, la alfombra, su vestido
ennegrecieron. Todo lo recogió.
“No hagan ruido, su madre está cansada”.
Lo vi salir de luto esa tarde de agosto con su corbata negra.
La recogió. Ceniza y llanto recogió.
El humo de la abuela en el zaguán, las tías
sorbiendo ásperos los grumos del café.
Había que borrar lo oscuro que dolía,
disolver la sal, el llanto,
abrazarse y sofocar el temblor del viaje.
Escuchar a Paul Anka y en la falta de pulso
rayar el disco de 45 revoluciones por minuto.
Por instantes vivía, por instantes
todo fue púrpura: ella, el
cansancio, las frondas de los álamos. Después
el vidrio, el vidrio en el cedro,
el rostro quemado bajo el humo.
Ella, mi madre, también ardió. En lágrimas su sonrisa apagada:
“Arréglame el pelo, me dijo, déjame salir
a ver si ya está seca la ropa”.
Tuve miedo. De que sus pasos lentos no volvieran, de la tersura
de la hoja, del sigiloso carcomer,
del reseco peso de la hiedra, ya sin muro, del
florero en la cocina, sin flores. De ese cuarto ciego con su muerte tuve miedo.
De mí misma y el filtrarse del viento
que se llevaba el polvo de los sicomoros.

Sed
Ser luz que alumbra tordos entre las hojas,
sol penetrando la abierta llaga,
niebla que transforma el destino de tu sueño,
desolación de faro,
gaviota sedienta
que se aleja cuando la lluvia.

In Requiem
Estoy cansada de amar, y de vivir,
y de morir.
Estoy cansada de pensar que amo, y que vivo,
y que muero.
Quiero salir del mundo
y entrar en mi casa.
Estoy cansada de vivir la orilla del amor.
Busco la cercanía del pez,
sus grandes ojos subterráneos.
Mis manos recorrerán su cuerpo,
hablaremos en burbujas,
óvalos serán nuestros besos.
Comeremos, dormiremos, nos abrazaremos al fondo
de las rocas.
Pero no basta ser pez.
Oro en el ojo.
Es origen dar pasos en la niebla,
caminar la tempestad,
ser silencio.

Jeannette L. Clariond (Chihuahua, México, 8 de agosto de 1949. Poeta y traductora. Licenciada en Filosofía, Maestra en Metodología de la Ciencia y Maestra en Letras Españolas. Creadora del Primer Certamen de Poesía en Braille. Es fundadora de Vaso Roto Ediciones. En 2022 ingresó a la Academia Norteamericana de la Lengua Española.
Durante quince años colaboró como editora en la revista Movimiento Actual, y formó parte del consejo editorial de la revista Animal Sospechoso de España. Ha dedicado gran parte de su ejercicio profesional al estudio del pensamiento y la religión en México, materia sobre la que ha impartido seminarios y conferencias. Durante seis años asistió a los seminarios impartidos por el crítico Harold Bloom en la Universidad de Yale. Ha colaborado también en diversas revistas y periódicos nacionales y extranjeros como ABC, Armas y Letras (UANL), Deslinde, El colibrí, New York Times, El País, Espacio Escrito (Badajoz), La Jornada Semanal, La Vanguardia o Letras Libres y en periódicos de Líbano, Trípoli, Italia, Costa Rica, Perú y Colombia.
Ha sido invitada a leer su obra en distintas sedes como, la Biblioteca del Congreso de Washington, Instituto Cervantes de Nueva York, Universidad Americana de Beirut, Universidad de Murcia, entre otras. En 2013 fue invitada a ser jurado del Premio Hispanoamericano Reina Sofía de España, en ese mismo año asistió como invitada a la VII Reunión de Miembros de las Academias de la Lengua.
Publicaciones:
Mujer dando la espalda (Ediciones Castillo, 1991), Newaráriame (Cal y Arena, 1997), Desierta memoria (Debolsillo, 2002), Todo antes de la noche (Editorial Pre-Textos, 2003), Amonites (2003), Nombrar en vano (Múltiples editoriales, 2004), Siete Visiones (2004, con Gonzalo Rojas), Los momentos del agua (CONACULTA, 2006), Desierta memoria (Mantis Editores, 2010), Leve sangre (Editorial Pre-Textos, 2011), Cuaderno de Chihuahua (Fondo de Cultura Económica, 2013), Astillada claridad (UANL, 2014), Tonalpohualli (Vaso Roto, 2017) · Marzo 10 NY (Abstracta Ediciones, 2017), Ante un cuerpo desnudo (Reino de Cordelia, 2019), Poetas en casa: 2020 (Mantis Editores, 2020), Donne di parole. Venti poete messicane. (Fermenti, 2020), Amonites (Ediciones Cuadrivio, 2021), The Goddesses of Water: Las Diosas Del Agua (Shearsman Books, 2021), Davanti a un corpo nudo (Fili d’Aquilone, 2021), Goddesses of Water (World Poetry Books, 2022).
El FCE publicó su primer libro en prosa Cuaderno de Chihuahua, traducido al árabe, inglés, francés e italiano.
Es antóloga y traductora de Anne Carson, Roberto Carini, Alda Merini, W. S. Merwin, Charles Wright, y la poesía completa de Elizabeth Bishop y Primo Levi entre otros. Así como una antología en colaboración con Harold Bloom. La escuela de Wallace Stevens: un perfil de la poesía estadounidense contemporánea, libro ganador del premio a la mejor traducción.
En 2005 funda Vaso Roto Ediciones. La editorial toma su nombre de dos fuentes: un poema de James Merrill «The Broken Bowl» (Vaso Roto) y también de Hölderlin: «Dejad que la divina naturaleza quiebre el vaso, y lo divino se convierta en cosa humana».
Entre los premios obtenidos sobresalen :
Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde (1992), el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta (1996) y el Premio Gonzalo Rojas (2001). En 2019 obtuvo el Premio Iberoamericano San Juan de la Cruz de Fontiveros, España por Ante un cuerpo desnudo. En 2020 fue ganadora del Concurso Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa por su obra Las lágrimas de las cosas.
Ha sido distinguida con las becas Conaculta-Rockefeller, Banff Center for the Arts, y Vermont Studio Center. La Universidad Autónoma de Nuevo León la distinguió con la Medalla a las Artes y la Universidad de Guadalajara con el Premio Juan de Mairena. La escuela de Wallace Stevens. Un perfil de la poesía estadounidense contemporánea, en coedición con Harold Bloom, le valió el Literary International Book Award para mejor traducción en el marco de New York Book Fair, otorgado en el Instituto Cervantes de Nueva York, 2013.
Enlaces de interés :
https://americas.vasoroto.com/blogs/news/jeannette-l-clariond-entrevista-en-la-tempestad




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