Los niños Wayuu
Los niños Wayuu se queman con fogones.
Los niños Wayuu no comen lo que quisieran comerse y cuando quisieran.
Los niños Wayuu buscan el agua descendiendo en pozos en cuyas profundidades hay agua verdosa y un sapo viejo.
Los niños Wayuu cargan a sus hermanos menores.
Los niños Wayuu los registran cada cuanto hay brigadas, por eso nacen muchas veces.
Los niños Wayuu van a la escuela por la galletita y el guineo maduro que dan en la jornada única escolar.
Los niños Wayuu son buenos haciendo oficios en las casas de los arijunas.
Los niños Wayuu casi nunca lloran, por eso nunca se sabe cuando tienen hambre.
Los niños Wayuu no saben que mis personajes siempre serán niños.
Los niños Wayuu no saben que ellos son causas sociales en las ciudades grises y frías.
Los niños Wayuu no saben que son estándares en estadísticas de analfabetismo.
Los niños Wayuu no saben que son imágenes en campañas de seguridad alimentaria.
Los niños Wayuu no saben que fueron y son tendencia.
Los niños Wayuu no saben que son niños fantasmas que reciben la alimentación adecuada.
Los niños Wayuu ya no nacen los 31 de diciembre.
Los niños Wayuu ahora escriben con las palabras que aprendieron en su breve paso por la educación contratada: «Mi ermano nacio oi 7 de setiembre, llovía y se yamara Rapayet»
Los niños Wayuu no quieren que sus hermanas se vayan con ese señor tan viejo que se parece al sapo de la cacimba.
Las niñas tampoco quieren irse.
Los niños Wayuu no saben que hay organizaciones peleando por sus derechos.
Los niños Wayuu no saben de Cortes Interamericanas de derechos humanos.
Los niños Wayuu no saben de derechos humanos.
Los niños Wayuu no saben dar gracias.
Los niños Wayuu no saben que ellos son «Nuestros niños Wayuu» porque nunca se han sentido propiedad de nadie.
Los niños Wayuu no saben que aparecen en fotografías y los ven en Madagascar, Singapur y en las frías montañas de Alberta mientras un abuelo blanco hace de caballo y pasea a su nieto Wayuu.
Los niños Wayuu no saben que otros niños Wayuu, han nacido en muchas partes.
Los niños Wayuu no saben que el agua es un derecho fundamental.
Los niños Wayuu no saben porque los políticos en Ayotzinapa llevan mercado a sus familias en campaña.
Los niños Wayuu no saben que es una campaña.
Los niños Wayuu no saben que le compran la conciencia a sus padres con frijol, maíz y panela.
Los niños Wayuu no saben que la gasolina explota.
Los niños Wayuu no saben que el tren genera progreso.
Los niños Wayuu no conocen el progreso aunque les pase cerca y devore sus ovejas.
Los niños Wayuu no saben que un judío murió injustamente porque Poncio Pilato se lavó las manos.
Los niños Wayuu no se lavan las manos.
Los niños Wayuu no saben que ese judío era el cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
Los niños Wayuu no saben que a ese judío le pusieron cordero para disimular que perdieron el juicio contra Barrabás.
Los niños Wayuu no saben que Barrabás sólo fue una excusa para crucificar a otro.
Los niños Wayuu no saben que generan honorarios y que los están cobrando.
Hay muchas cosas que los niños Wayuu ignoran.
Por eso sonríen.

El encierro de una pequeña doncella
Llevo treinta lunas tratando de aprender lo que mamá y las viejas Yotchón y Jierrantá me enseñan. Mi piel cobriza se ha tornado pálida y mi cabeza envuelta en un pañolón que esconde lo que le han hecho a mis cabellos se pregunta: ¿Cuánto durará este encierro que me hace sangrar?-Pensaba Iiwa-Kashí, mientras la bañaba su madre-.
Era de madrugada, las estrellas decían que podían ser las cinco. Estaba sentada en una gran piedra y el agua tibia del cocimiento de hojas y bruscos del monte apacigua el frío de la madrugada que le penetraba hasta los huesos. Su madre la bañaba de la cabeza a los píes. La restregaba con hojas y le sacaba los residuos que le quedaban después del frote con el agua verde del cocimiento. Su madre no dejaba de echarle agua con la totuma hasta no acabar la última gota: Ya está – decía – Ketchón al terminar de bañar a su hija.
Iiwa era conducida por su madre al interior del rancho envuelta en una sabana. Sentada en una butaca ella misma se secaba, pasaba sus manos sobre su cabeza para sentir esa sensación de estar tocando un retoño de tuna con espinas tiernas -parezco un erizo- pensaba-Antes de mi encierro tenía mis cabellos por la cintura. Siempre desee cortarlos, como las profesoras alijunas que llegan a Uribia a dar clases en el internado donde yo estudiaba, con sus caritas rosaditas y sus cintitas de colores en la cabeza; pero nunca dejármelo tan corto, como me lo dejó mamá. La culpa de todo la tuvo la vieja Yotchón, quien decía que me lo cortaran hasta el pegue del cuero –Moocholokalü ekii- bien cortico- decía cada vez que mamá cortaba un mechón de mis cabellos. Yo sentía el sonido de la tijera haciendo desastres en mi cabeza y hasta tuve miedo de que mamá me volara una oreja.
Era como si estuviera cortándole la lana a un ovejo, para que mamá Pitoria, mi abuela, hiciera con ella una mochila. Luego era un frió en mi cuello y mi cabeza la sentía liviana. Solo hasta ese día pude ver o más bien recordar lo grande que tengo las orejas. En el internado nunca me quise recoger el cabello porque no me gustaba que me las vieran y por mucho que me gustaran las cintitas de colores que usaban las profesoras, nunca las usé porque así también se notarían mis grandes orejas. Ahora están a la vista de mamá y de las viejas Yotchón y Jierrantá. Es por eso que uso este pañolón, no tanto para ocultar lo que le han hecho a mis cabellos, sino para ocultar mis enormes orejas. La vieja Yotchón no hace otra cosa que decirme juche’e puliikü- oreja de burro.
La vieja Jierrantá llegaba siempre con la mañana. Traía chicha tibia y cerrera para Iiwa. Era lo único que consumía durante cierta etapa de su encierro. Iiwa ya se había acostumbrado a tomar la chicha simple sin azúcar ni panela. Al principio protestaba, pero Ketchón su madre, y las viejas Yotchón y Jierrantá parecían no escucharle. – ¡Irasü taya!- estoy simple –estoy simple- ¡No he comido nada con azúcar ni sal en este encierro, es por eso que estoy tan pálida y flaca! – Terminaba llorando la pequeña doncella que aún no comprendía porque la habían encerrado.
Durante todo este tiempo he visto por las rendijas de la puerta, como mis tíos han construido un telar en la enramada del rancho donde me encuentro y como han colocado sabanas alrededor de la enramada para ocultarme de las miradas de la gente. Antes de que hicieran el telar las viejas Yotchón y Jierrantá me enseñaban a tejer mochilas, pero debo confesar que mis manos no son como las de la doncella desconocida de la leyenda de waleket, la leyenda de la araña, de donde dicen los viejos que los wayuu aprendimos a tejer. Aún no aprendo lo más sencillo y las puntadas se me enredan. Si de mi progreso en el tejido dependiera mi salida de este encierro, creo que me quedaría encerrada de por vida.
Hace días escuche la voz de mi tata. Quise salir a su encuentro, pero me lo impidió la vieja Yotchón agarrándome bruscamente por la cintura y arrojándome al piso de tierra del rancho. En esos momentos lo que sentí fueron unas ganas intensas de agarrar la vara de wararat que había en uno de los rincones y pegarle una limpia para desquitarme de sus burlas por mis grandes orejas y por ser tan bruta para aprender a tejer como ella siempre me decía cuando me equivocaba en una puntada, pero no pude. Yotchón era hermana de mi mamá Pitoria, mi abuela. Y así toda esa rabia se tradujo en un incontenible llanto que comenzó esa mañana y terminó en el medio día con sollozos.
Después supe que mi tata había traído mas hilo para tejer y un saco de maíz para que prepararan la chicha. Pero esta vez me tocaba moler el maíz, picar la leña y prender el fogón. ¿Por qué me tocaba hacer esto, si siempre hemos tenido sirvientes que lo hagan? Recordé a Karrawa, nuestra sirvienta, y pedí a mamá que mandaran por ella, pero se negó –Tú tienes que aprender- fue lo único que me dijo- A mamá parecía no importarle que mis brazos estuvieran cansados de tanto darle vueltas a la manivela del molino. Yo nunca había preparado la chicha, solo la endulzaba a mi gusto y me la tomaba; nunca había picado leña, a veces iba al monte a acompañar a Karrawa cuando ella la buscaba y nunca había prendido el fogón porque siempre me fastidió el fogaje en la preparación de los alimento cuando Karrawa o mamá lo hacían. Nunca quise tomar chicha mascá porque me daba asco. Es que eso de mascar uno la chicha y escupirla en una totuma para que otro se la tome, nunca pareció agradarme y ahora resulta que tengo que mascar chicha para unos invitados de mi tío Shankarit.
Para ese tiempo aún no conozco los motivos que me llevaron a este encierro, lo único que me da vueltas en la cabeza, como el sonido de la campana en el internado es si volveré a estudiar. Ya casi se acaban las vacaciones y no he escuchado a mamá hablar de los preparativos para partir a Uribia. En esta época del año siempre viajamos a Maiko`u a comprar todo lo necesario para nuestra estancia en el internado. Recuerdo que mamá nos compraba a Jayarra, mi hermana menor, y a mi jabón chino porque ese duraba más que los otros, champú de romero para nuestros cabellos negros y telas de algodón para nuestras mantas. Nuestro baúl de madera se llenaba con las nuevas cosas y se hacía necesario arrastrarlo por su peso. Al abrirlo desprendía una fragancia de sándalo y romero que nos caracterizaba a la mayoría de las internas. Jayarra, mi hermana, era la encargada de llevar las llaves del baúl en la cadenita que siempre portaba en el cuello, porque yo era muy olvidadiza. Hasta que en una madrugada, cuando venía de regreso del baño fue asaltada por otras internas que le arrancaron de un zarpazo la cadenita con la llave de nuestro baúl y fue retenida en el baño mientras las otras lo saqueaban. Jayarra, por la oscuridad no pudo saber quiénes eran; en realidad nunca lo supimos, todas las internas usaban jabón chino y champú de romero, todas olían a sándalo y a romero. De aquí en adelante yo llevaría las llaves amarradas a la cadera, junto con la aseguranza de piedra coralina. A nosotras nunca nos volvieron a saquear el baúl, pero a otras internas si. Ahí no se sabía quiénes eran las que tomaban las cosas, lo que se sabía era que había muchos niños que eran enviados a los internados porque en sus rancherías no había nada que comer, y solo llegaban al internado con lo que tenían puesto. Sé que en Nazareth también hay otro internado indígena al cual llegan las madres y le ruegan a los misioneros capuchinos que se queden con sus niños,-porque en la ranchería no hay comida, no hay agua en el jagüey, y las cabras no dan leche y allá solo se morirían de hambre.-les dicen-.
La vieja Jierranta, la menos rígida con Iiwa durante la etapa de su encierro, le daba brebajes a la doncella wayuu para purificar su espíritu y preservar su belleza india. Iiwa los tomaba a empellones, cada día era más rebelde, la monotonía la llevaba a comportarse como una chiquilla altanera, pero el caminar poco y mantenerse acostada la estaban volviendo en una ermitaña. Se negaba a seguir con las clases de tejido y a conversar con las viejas Yotchón y Jierrantá de cosas de mujeres. Pasaba horas en el chinchorro que habían dispuesto para ella desde el encierro y se mecía con fuerza hasta hacer crujir la madera del rancho. Ketchón, su madre la obligaba a bajarse tomando la vara de wararat pegándole por debajo del chinchorro.
Una noche, mientras miraba la luna por un hueco que había en el techo del rancho, pensó en Jimaai y recordó su aventura por Maiko`u y el collar que él le había regalado y que su madre le quitó al momento del encierro-¿Me pregunto si me recordará? ¿Si habrá pasado por nuestra ranchería? ¿Por qué no lo escucho cantar? ¿Ni lo siento cuando viene de regreso de pastorear? ¿Habrá preguntado por mí? ¿Sabrá de mi encierro? Y…si lo sabe, ¿Quién se lo dijo? ¿Por qué no ha intentado acercarse? ¿O…es que ya no extrañaría mi presencia en vacaciones? ¿Ni se extrañaría al ver a Jayarra irse sola al internado?
Otra luna- Siguió pensando- Ya con esta son ciento cincuenta lunas y aún no termina este encierro. Como quisiera verme en el espejo, saber cómo he quedado después que mi mamá me cortara el cabello. Apenas puedo ver mi sombra durante el día y… ¡Si! Me ha crecido un poco pero no lo suficiente para cubrir mis orejas.
En la madrugada Iiwa soñó con una araña que al descender de un hermoso árbol se convertía en una doncella. La doncella desconocida halaba hilos de colores de su boca, y hacía hermosos tejidos. Iiwa, en el sueño se le acercó y vio como la doncella hacía con sus delicadas manos tejidos que las viejas Yotchón y Jierrantá jamás habían hecho. Figuras desconocidas para Iiwa, pero se asemejan a las figuras que tejía una artesana de Nazareth, que Iiwa había visto algunas veces en Uribia. Iiwa pidió a la doncella desconocida que le enseñara; esta sacó más hilo de su boca y le enseñó a Iiwa las puntadas que no aprendía con las viejas Yotchón y Jierrantá. Al llamarla su madre para el baño, Iiwa despertó pensando en el sueño y se preguntó si todavía recordaría lo que había aprendido en el.
Cuando terminaron de bañarla se vistió rápidamente, buscó los hilos que su tata Valencia le había traído. Se sentó debajo de la enramada y empezó el tejido que la doncella desconocida le había enseñado. Iiwa sonreía al ver como al combinar los hilos iban surgiendo figuras perfectas, que sorprendían a las viejas Yotchón y Jierrantá. A partir de ese momento Iiwa sorprendió con una variedad de tejidos y combinación de colores que entusiasmaba a toda su familia. Iiwa, duró un año soñando con la doncella desconocida que le revelaba con sus manos y sin pronunciar una sola palabra, más y más secretos del tejido wayuu. Iiwa nunca le revelaría a sus institutrices y a su madre sobre sus clases secretas de tejido. En el último sueño con la doncella desconocida, porque nunca los volvió a tener, Iiwa recordó en él la leyenda de waleket y descubrió que aquella doncella era la misma que se había convertido en araña al ser descubierta por su protector, el cazador que la salvó al encontrarla sola y desamparada en el monte éste la adoptó y la llevó a su ranchería y en agradecimiento todas las noches cuando nadie la veía, la doncella desconocida halaba hilos de su boca y realizaba hermosos tejidos para el cazador. Una noche fue vista por él y al ser sorprendida se convirtió en araña y huyó hacía un árbol. Desde entonces quedó convertida en Waleket, en araña.
Así fue transcurriendo el tiempo y el encierro de Iiwa era cada vez más satisfactorio para su madre y sus institutrices las viejas Yotchón y Jierrantá, quienes se disputaban las virtudes artesanales de Iiwa, diciendo cada una, que la pequeña doncella había aprendido gracias a la rigurosidad que cada una imprimía a sus clases.
Su piel era cada vez más tersa y menos cobriza, sus cabellos negros y vírgenes habían crecido logrando ocultar sus orejas. Su nueva figura delgada había dejado atrás a la niña gordita de cara de luna, para darle paso a la majayut, señorita, que había despertado en el encierro.
Iiwa escuchaba atenta a las indicaciones dadas por su madre y por sus viejas institutrices. Tomaba los brebajes preparados por la vieja Jierrantá sin chistar. La vieja Yotchón al ver el nuevo comportamiento de Iiwa dejó de llamarla juche’e puliikü -oreja de burro- y empezó a tratarla con respeto y más cariño. Su madre en tiempos de luna nueva, cortaba las puntas del cabello de Iiwa para que le creciera más rápido.
A inicios del segundo año de su encierro, la doncella se enteró que Jimaai se había ido se su ranchería, pero esta vez no fue a Maiko ́u. Su destino era más allá de la frontera. Se había ido con sus hermanos mayores desde que se enteró que Iiwa había sido encerrada. Desde entonces ya no se habían visto en las vacaciones que tanto esperaba Jimaai para ver a Iiwa que venía del internado de Uribia. Se entristecía al imaginarla en el encierro y teniendo como compañía a la vieja Yotchón, que a todos les tenia sobrenombre, a él por ejemplo, le decía Mo ́usaichon -que quiere decir el que no tiene ojos- por los ojos pequeños y rasgados de Jimaai. Intentó en tres ocasiones acercarse al encierro de Iiwa, pero fue sorprendido por la vieja Yotchón, quien en las tres oportunidades lo persiguió con una vara de wararat y en la última fue hasta Ichichon, su ranchería y habló con Karouna, la madre de Jimaai por intentar ver a una princesa en su encierro. Desde ese momento y para evitar problemas Jimmai fue enviado con sus hermanos mayores a las Serranías de Perijá.
Al enterarse Iiwa de los hechos ocurridos con Jimaai las preguntas que se hacía en sus noches de encierro ya tenían respuesta. El joven Jimaai si la extrañaba. Al principio se preguntaba ¿Por qué Iiwa ya no recoge pichiguelos?, ¿Por qué la han encerrado y la han apartado de nosotros?, ¿Por qué tiene puesto la tía Ketchón el collar que le regalé a Iiwa, si prometió nunca quitárselo? ¿Por qué no dejan que yo la vea? Su abuela Marakariita, quien parecía escuchar sus pensamientos y preguntas sin respuesta, le dijo: Cuando Iiwa salga de su encierro ya no será la misma. La niña con la que jugabas a tumbar cotorritas de sus nidos y a la que le regalabas tortolitas se ha ido. Ahora será una doncella cuya belleza solo se podrá comparar con la luna de primavera. Su encierro terminará como el de todas las princesas, con una fiesta en una noche de primavera y será ella quién en esa noche bailará la yonna. ¡Me imagino las mantas de seda que lucirá Iiwa!, -seguía diciéndole Marakariita a su nieto Jimaai- Los collares de oro y tu’uma que heredará de su madre y los nuevos que sus tíos le regalaran-
Después de escuchar a su abuela, Jimaai fue a su chinchorro, se acostó, cerro sus ojos y trató de imaginar a la nueva Iiwa, pero su mente solo lograba traer la imagen de la niña gordita de cara de luna. Por último agotado de tratar de imaginar la nueva imagen de Iiwa, pidió al creador de sus sueños soñar con ella, pero en sus sueños solo vio a un anciano aproximarse a él y decirle “traigo la palabra del creador de los sueños de Iiwa, quien te manda a decir que la princesa tiene un espíritu protector que impide que hasta en sus sueños puedan violar su encierro”.
Al día siguiente Jimaai se marchó con sus hermanos mayores a las Serranías del Perijá.
Al tercer año de su encierro la familia de Iiwa, los Juusayuu de la ranchería de Ipapüle, se preparaban para su salida. Jayarra no pudo estar presente porque se encontraba en el internado de Uribia. Mis tíos paternos fueron invitados a la yonna -baile- de Iiwa y sé por ellos que fue maravilloso. Todos me decían que Iiwa había crecido. Estaba delgada y su piel era blanca. Cuando bailaba la yonna parecía tener los píes en el aire. Sus mantas eran nuevas y de seda. Regaló a los invitados especiales mochilas y chinchorros que ella misma había tejido en sus tres años de encierro y entre los invitados especiales estaba Memeeya, la artesana de Nazareth que Iiwa había visto alguna vez en Uribia y cuyos tejidos se asemejaban a los que ella había visto y aprendido en sus sueños con Waleket. Ella, al recibir el obsequio de Iiwa dijo: “A ti como a mí, también te enseñó Waleket”.
Iiwa-Kashí o Luna de Primavera, regresó al internado de Uribia tres años después, al terminar su encierro. Regresó cuando nosotras nos preparábamos para el grado de bachilleres normalistas pero en ese año Jayarra, su hermana menor, no regresó.
Estercilia Simanca Pushaina

Manifiesta no saber firmar nacido: 31 de diciembre
– noviembre 01, 2012
Aquel mes de octubre, fue como los octubres anteriores que llegaron ellos a nuestra ranchería, llegaron con la mañanita y con las últimas lluvias. Mis primas y yo buscábamos y recogíamos leña para quemarla y hacer con ellas el carbón que después iríamos a vender. Los sentimos llegar en caravanas de carros. Así como cuando nosotros vamos a comprar maíz al mercado de Uribia o cuando vamos a cobrar una ofensa. La diferencia es que ellos llegaron en unos carros que parecían de cristal, todos nuevos y lujosos, a los que les llaman burbujas y nosotros vamos en el camión viejo de mí tío, en la parte de atrás, de pie y apiñados como las vacas, moviéndonos de un lado para el otro, porque el camino está dañado y el puente que hicieron el año pasado sólo sirvió por dos meses. Ahora nos toca bajarnos para que el camión pueda pasar sin peso el arroyo y así evitar que se quede atollado, pero cuando llega el invierno el camión se queda en el Paraíso, nuestra ranchería, porque el arroyo crece y se lo puede llevar. Dejamos nuestros oficios de buscar y recoger la leña y, presurosas, nos acercamos a la enramada a donde ellos llegaron. Preguntaron por mí tío Tanko, pero él en un principio no los quiso atender, dijo que no han cumplido lo que prometieron. El puente que hicieron, hace ya un verano y un invierno ¡se cayó y no lo han levantado!, sólo bastó que lloviera para que el arroyo creciera y se lo llevara; tampoco han traído el molino para sacar agua y preparar nuestros alimentos, aún seguimos tomando agua de las cacimbas y, cuando éstas se secan nos toca tomar de la misma agua donde toman los animales, gracias a Juyá, la lluvia, que llena nuestro jagüey; y la escuela, la escuelita que prometieron para la comunidad y nuestros niños estudiaran tampoco la han hecho —decía molesto mí tío. Ahora entiendo porque nunca aprendí a leer y a escribir; ahora entiendo el sentido de las promesas no cumplidas. Han traído para Toushi y Tatuushi, café, el que trae una muñequita pintada sobre una hoja; sacos de maíz; juguetes para nosotros y ¡cuatro llantas!, para el camión de mí tío. Ellos parecían no escuchar las quejas de mí tío. Se le acercaban y decían que esta vez las cosas eran diferentes porque el que estaba de candidato no era el papá sino el hijo —y ese sí es buena gente, hasta le mandó estas llantas nuevas para su camión — le dijeron. Mi tío las miró y le pidió a mi hermano Saúl que las tomará. Aceptó la visita de los recién llegados y mandó a colgar unos chinchorros para ellos, les sirvieron chicha agria y comieron chivo asado ¡se comieron nuestro desayuno! No se por qué tratan a esta gente como si fueran caciques. No se dará cuenta mí tío de que siempre lo engañan con las mismas palabras y los mismos regalos. Todos estaban reunidos en la enramada más grande, la de las visitas. Sentados unos y otros acostados en nuestros chinchorros, tomaban la chicha agria y hacían como si les gustara, pero al menor descuido de mi tío había gestos de desagrado en sus caras; otros la derramaban a propósito y fingían un accidente. ¿Acaso, no saben ellos que la chicha agria es la que le brindamos a quienes vienen a nuestra tierra, como muestra de nuestro respeto? Se reían de los cuentos largos y aburridos de mi tío y a él parecía agradarle las carcajadas de esa gente. Veía en la cara mi tío satisfacción cuando los recién llegados le decían “mi tío”. ¿Con qué derecho?, si no lo tienen. Otros sólo vienen con esos ojos que parecieran mirar debajo de las mantas que cubren nuestros cuerpos. Y sus mujeres, sus mujeres vienen buscando niños para convertirlos en sus ahijados y así, según ellas, tener el deber cristiano de cuidarlos y educarlos. ¿Educarlos? A qué le llaman ellas educación si lo que hacen con nuestros niños es tenerle de sirvientes en sus casas de cemento; decirles que la comida no se toma con la mano, sino con la cuchara; que uno no debe andar por ahí con los pies descalzos como los indios, como si no lo fuéramos; que no es ay que es yuca, que no es wat-tachón que es mañana, que no es arika que es tarde, que no es aipá que es noche, que tú no te llamas Tarra Pushaina sino Sara Ramírez, ¿Ramírez? ¿Por qué?, Porque eres mi ahijada ¿Y mi casta? ¡Ay, no niña eso sólo se usa en el monte! Y se refieren a nosotros como la chinita o el chinito. Fue por eso que no quise seguir viviendo con mi madrina en su casa de Puerto López. No sé por qué se alegran cuando ellos llegan a nuestra ranchería. Mis primas salieron como unas locas a cambiarse las mantas viejas por unas nuevas y a pintarse las caras como las alijunas. Mi primo, Alfonso López, que se llama así porque un señor que estuvo de paso por La Guajira hizo el favor de bautizarlo, pero mi primo insiste en que es su tío y que, además, fue Presidente de la República, les dijo que parecen perritas en tiempo. No sé lo que quiso decir en ese momento mi primo Alfonso López, pero ahora entiendo por qué mis primas tienen hijos con caras de alijunas. II Ellos continuaron llegando con las últimas lluvias a nuestra ranchería. Nosotros seguíamos en nuestros oficios de buscar y recoger la leña, mamá y mis tías tejiendo chinchorros para vender, papá estaba de visita en su ranchería, mis tíos arreglando el matrimonio de mi hermana mayor Yotchón con un sobrino del viejo Mapua y mis primos pastoreando los chivos y las ovejas. Esa vez llevaron unos papeles grandotes que tenían la imagen de ese hombre que se llamaba “Candidato”. Ellos tienen nombres extraños, por lo que nada de raro tendría que ese señor se llamara así. También llegó el Candidato, abrazando a todo el mundo y dando besitos a las mujeres, hasta aquellas que ya tenían marido ¿No saben ellos que está prohibido tocar a las mujeres comprometidas y aun a las doncellas que no lo están? Se sabía el nombre de mí tío Tanko, el de mis primos, el de Toushi y Tatuushi, era como si nos conociera desde hace tiempo. Pero cuando Toushi fue llevada hasta el hospital de Uribia y de ahí a Riohacha, mi primo Alfonso López, aprovechando que estábamos en Riohacha, fue hasta su casa a pedir ayuda porque la enfermedad de Toushi era costosa. El señor Candidato ya no se acordaba de él y estaba rodeado de hombres que no dejaban que nadie se le acercara. Creo que el señor Candidato tenía problemas, porque los hombres que lo acompañaban estaban armados hasta los dientes. La casa del señor Candidato también tiene nombre, se llama Gobernación. Pero creo que no es de él, porque cuando pasaron tres veranos ya no vivía ahí. Después vivía otro que se llamaba igual, pero cambian de nombre cuando llegan a vivir a esa casa porque la mayoría termina llamándose “Señor Gobernador”. Hay otra casa que se llama Alcaldía y el que vive ahí se llama Alcalde, pero al principio también se llamó igual que el otro… Candidato. ¿No saben ellos que tantos nombres pueden causar confusión? Pero prefiero a Candidato porque es bueno. Él regala comida y cuando nos lleva al hospital nos atienden; caso contrario cuando se cambian el nombre por el de Gobernador, Alcalde o Senador, ya no nos conocen. Siento que no sólo cambian el nombre, sino también el alma. Mi primo Matto, que si sabe leer porque estuvo en el internado de los capuchinos, en Nazareth, y al igual que muchos terminó escapándose de ahí, me dijo que en esos papeles grandes decía “Primero la comunidad”, “El amigo del Pueblo”, “Concertación y Trabajo”, “La mejor Opción”, “Por un Mejor Departamento”… en fin muchas cosas que aún no entiendo lo que quieren decir. Y en esos mismos papeles la cara del señor Candidato sonreía; los brazos extendidos como si fuera un gallito de pelea; pero sus ojos tenían el brillo de la traición, sus ojos decían qué clase de persona era; pero al traer tantos regalos nos hacía creer que era buena persona. En realidad ellos son gente buena mientras se llaman Candidato, la maldad la aprenden apenas entran en esa casa grande. Lo digo porque ese señor Candidato, el mismo que me dijo princesita mientras me daba un beso cerca de la boca y que prometió casarse conmigo cuando yo creciera, fue el mismo que se negó a ayudarnos cuando Toushi enfermó y el mismo que dijo cuando nos alejábamos de él ¡Esos indios si joden!. Recuerdo que ese beso me robó el sueño por muchas lunas. Ese momento se repetía en mí mente una y otra vez mientras trataba de dormir en mi chinchorro, quería que el señor Candidato regresara y me besara nuevamente, pero no lo hizo. Ni siquiera me miró cuando fuimos a su casa grande. III Y siguieron llegando con las últimas lluvias a nuestra ranchería. Regresaban en sus carros de cristal. Esa vez llegaron más temprano, el sol aún no salía. Toda mi familia estaba preparada para ir a Uribia. Ese día ellos lo llamaban el “Día de las elecciones”. Yo también quería ir, por eso me monté en el camión de mí tío; mientras que Toushi y Tatuushi lo hicieron en el del señor Candidato, se fueron en el carro de cristal. Al llegar a Uribia escuché que uno de ellos le decía a otro, Esta catajarria de indios tiene hambre, ¿qué le damos? Y aquel le contestó, Dales gaseosa roja con un pan de caña, al indio le gusta todo lo que sea de color rojo. Y así lo hizo. Desde ese momento ellos me empezaron a caer mal. Toda mi familia hizo una larga fila junto con otras gentes que venían de otras rancherías, para recibir una tarjetita plástica que ellos llamaban cédula. Eran las mismas que ellos se habían llevado una semana antes de las “elecciones”. Ese día me enteré que mí tío Tanko Pushaina se llamaba Tarzan Cotes, que Shankarit se llama Máximo, que Jutpunachón se llamaba Priscila, que Yaya se llamaba Clara, que Castorila se llamaba Cosita Rica, que Kawalashiyú se llamaba Marquesa, que Anuwachón se llamaba Jhon F. Kennedy, que Ashaneish se llamaba Cabeza, que Arepuí se llamaba Cazón, que Waríchón se llamaba Lebranche, que Cauya se llamaba Monrrinson Knudsen, que Cotiz se llamaba Alka-Selkser, Jierranta se llamaba Hilda, el primo Rafael Pushaina se llamaba Raspahierro, mi primo Matto se llamaba Bolsillo, y por un momento temí que conmigo pasaba lo mismo. Le pregunté a uno de ellos qué debía hacer para tener una cédula y me dijo que eso era fácil, que buscara mi partida de bautismo y que él después me llevaría a un lugar que se llama Registraduría Nacional del Estado Civil, la cual aún existe. Y así lo hice. Cuando terminaron las lluvias me dirigí a Uribia y fui a la iglesia donde me habían bautizado. Por el nombre de mis padrinos y la fecha que me decía mi madrina dieron con mi partida de bautismo. Recuerdo que el padre dijo que mi padrino había bautizado cerca de cien chinitos ese mismo día. Y allí estaba, me bautizaron el 5 de septiembre de 1970 y mi fecha de nacimiento 31 de diciembre de 1965, que yo no era hija de Karouna Pushaina ni de Colenshi Jusayú, sino de Maria Santa Pushaina con Domingo Santo Jusayú, y que yo no me llamaba Coleima Pushaina, sino Faride Abuchaibe, que todos los chinitos bautizados ese día se llamaban Faride y Eduardo Abuchaibe. Ahora entiendo porque todos me dicen la turca. ¿Sabe padrino que tiene usted un colegio en Uribia a donde ni siquiera van sus ahijados a estudiar? IV En varias oportunidades me encontré con mis primitos, los mismos que aquellas mujeres se llevaron a sus casas de cemento. Los encontrábamos en Uribia y por las calles de Puerto López, ellos sabían que iríamos a comprar maíz en el mercado y se escapaban para verse con uno. Las niñas llevaban puestos vestiditos de florecitas y en sus pies sandalitas. Me recordaban a sus hijas que cuando iban a nuestra ranchería le preguntaban a sus padres si nosotros éramos los indios de los cuentos que ellos le contaban en las noches antes de ir a dormir, y ellos le contestaban, Sí… esa es Pocahontas. Y sus niños nos rodeaban y nos empezaban a decir, ¡Pocahontas!, ¡Pocahontas! Sabrá Maleiwa, Dios, quién es Pocahontas. ¿No saben acaso que no nos gustan que nos comparen? Y los niños, los niños llevaban puestos unos pantalones cortos con camisitas de cuadritos abotonadas hasta el cuello, sus cabellos llenos de aceite y en sus pies zapatos negros con mediecitas blancas. ¿Dónde estaban las guaireñitas que les hacía mí tío Julio? Yo les hablaba en wayuunaiki, lo que hablamos nosotros. Y ellos me contestaban en alijunaiki, o sea castellano. Y cuando los llevaban a nuestra ranchería, para el tiempo en que comenzaban las lluvias, cargaban carritos de madera y balones de fútbol; nuestros niños olvidaron sus arcos y sus flechas. Y las niñas cargaban muñequitas catiras que hablaban en alijunaiki…, Cámbiame el vestido, llévame al parque, cómprame un helado; nuestras niñas olvidaron sus wayunkeras. Los mosquitos los picaban, el agua del Jagüey les brota la piel y el agua del molino les parece salada. ¿Qué les hicieron a nuestros niños que cuando llegan a nuestra ranchería se enferman? V Yo nunca me había tomado una fotografía y sentarme en frente de un aparatejo de esos mientras el fotógrafo me observaba me daba risa. Cada vez que salía una luz fuerte como el Kaí, el sol, cerraba mis ojos y me levantaba atemorizada, luego soltaba una carcajada que molestaba al fotógrafo. Mí hermana Ketchón también se reía. Ella era muchísimo menor que yo, pero el que me llevó a sacar la cédula la metió en la fila de la Registraduría y dijo que tenía dieciocho años. A todos los que estábamos en la fila nos puso dieciocho años. Ese día también nos acompañó nuestro primo Alúwanuí Pushaina. El mostró su partida de bautismo y los que trabajaban en ese lugar se reían, no sé por qué. Lo que sí sé es que Alúwanuí no es Alúwanuí en la cédula, sino EME DIECINUEVE. A él no le molesta que lo llamen así; sólo se ríe. Recuerdo que la mujer que estaba sentada detrás del escritorio era la que nos preguntaba cómo nos llamábamos. Me dijo que yo estaba muy bichecita para sacar cédula, pero igual todos los que fuimos ese día salimos con comprobante en mano. Todos teníamos dieciocho años, y habíamos nacido el 31 de diciembre. No quise mostrar mi partida de bautismo porque me dio pena. No quería ser Faride ni llevar el apellido Abuchaibe, quería seguir siendo Coleima del clan Pushaina, y así respondí cuando me preguntaron: Nombre, Coleima Pushaina, ¿Trajo partida de bautismo?, No, se me perdió. No importa, ponle ese nombre, grito alguien de alguna parte de ese lugar, y que también nació el 31 de diciembre, agregó. ¿De qué año?, preguntó la mujer. Ponle dieciocho años, saca la cuenta, le contestó la misma persona, y así fue. Nombre: Coleima Apellidos: Pushaina; Nacido: 31 de diciembre de 1965; Estatura: 1.60 metros; Señales: ninguna; Lugar y fecha de expedición: Uribia, 14 de enero de 1984. ¿Sabe firmar? me preguntó la mujer levantándose de la silla. No sé, le contesté. Y de nuevo la voz que salía de alguna parte dijo, no pierdas tanto el tiempo, tómale la huella. Tomó mi mano derecha y estampó mi dedo índice en el papel. Ya eres ciudadana, me dijo, pero manifiesta no saber firmar. Hoy cuando mis hijos, qué si van a la escuela, me preguntan por qué no sé firmar, yo sólo les puedo decir que la escuela quedaba muy lejos y que tenía que buscar y recoger la leña. A ti te puedo decir que hace días intenté arrancar tu imagen que está detrás de la puerta, la que cuando nadie me ve, yo la miro y la miro y siento que tu imagen, que tú, lo haces también, le sonrío y hasta me da pena encontrar tus ojos con los míos, pero no, para qué hacerlo, lo haría así como mamá ha arrancado tu imagen y la imagen de otros candidatos, si arrancando tu imagen de la puerta, también lo estaría haciendo de mi corazón.
GLOSARIO · Wayuu: Tribu indígena localizada en la península de La Guajira Colombo-Venezolana · Wayuunaiki: Idioma de los Wayuu, familia etnolingüística Arawak · Alijuna: No wayúu, sirve para identificar al negro, al blanco, al forastero. · Alijunaiki: Idioma de los Alijunas · Paraíso: Rancherías indígenas wayúu. · Rancherías: Lugar donde habitan los wayúu, por grupos familiares. Asentamiento indígena. Hoy gozan de protección mediante la constitución de los resguardos. · Toushi: Mi abuela. · Tatuushi: Mi abuelo. · Pushaina, Jusayú: Clanes indígenas wayuu. · Tanko, Shankarit, Jurtpunachón, Yaya, Kawalashiyú, Anuwachón, Ashaneish, Arepuí, . Warichón, Cauya, Cotiz, Kierrantá, Alúwanuí, nombres propios en wayuunaiki, lo que hablamos. Estos no tienen traducción. · Wayunkeras: Muñequitas elaboradas en barro. · Catajarria: Guajirismo, significa cantidad, multitud.

Estercilia Simanca Pushaina. ( ranchería El paraíso, resguardo indígena de Caicemapa (Sur de La Guajira, Colombia, 10 de diciembre de 1975). Poeta, perteneciente al pueblo Wayuu, escritora, promotora cultural, abogada y activista política. Fundadora y directora de la Fundación Indigenista Manifiesta No Saber Firmar.
Hija de madre Wayuu y padre alijuna. Los wayuu son una tribu indígena, perteneciente a la familia etnolingüística arawak, que habitan en el departamento de La Guajira colombiana y venezolana, su idioma es el wayuunaiki y aún conservan muchos de los usos y costumbres ancestrales. Dentro de su comunidad la herencia se transmite por el lado materno, también son las abuelas y las tías las que toman decisiones importantes para sus familias y es el lado de la madre el que decide la pertenencia a la comunidad, Este matriarcado, sin embargo, no evita que algunas veces los derechos de las niñas y las mujeres wayuu sean vulnerados.
Los indígenas wayuu son la comunidad indígena más grande de Colombia y habitan el desierto que comparten Colombia y Venezuela en la península de la Guajira. Los hombres se dedican al pastoreo y cría de caprinos (chivos) y de reses; los wayuu que viven cerca del mar se dedican a la pesca (apalanchis) y las mujeres, en su gran mayoría, se dedican a la elaboración de hermosas y vistosas artesanías, que aprenden a hacer durante un ritual llamado “el encierro”.
El encierro es uno de los ritos de mayor importancia dentro de su cultura, ya que es ahí donde la niña wayuu inicia una nueva etapa en su vida. El encierro es un periodo de preparación en su transición de niña a mujer, en la antigüedad duraba años, eso dependía de estrato social de la niña, hoy puede durar semanas, días o nada.
En 1999 Estercilia Simanca Pushaina se gradúa como abogada de la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla.
Estercilia incursiona en la literatura con su poemario Caminemos juntos por las sombras de la sabana, segundo puesto en el III Concurso Nacional de Poesía CUC de Barranquilla en el año 2002.
El encierro de una pequeña doncella, su primer libro de relatos, recoge cuentos que Simanca Pushaina ya ha publicado de manera aislada: “El encierro de una pequeña doncella,” “Jimaai en la tierra del maíz” y “Manifiesta no saber firmar. Nacido: 31 de diciembre.” El volumen está ilustrado con fotografías de Luis Gutiérrez Aragón sobre actuales indígenas Wayuu. “El encierro de una pequeña doncella,” fue finalista en el 2003 en el Concurso Nacional de Cuento Infantil Comfamiliar del Atlántico, fue nominado por Fundalectura para hacer parte de la lista de honor de IBBY (Comité Internacional del Libro para Jóvenes) y fue incluido en tal lista en el 2006.
“Manifiesta no saber firmar. Nacido: 31 de diciembre.” en el 2004 fue ganador del Concurso Nacional Metropolitano de Cuento de la Universidad Metropolitana de Barranquilla, toma su título de las prácticas alienantes que impone el gobierno colombiano a la comunidad Wayuu. Tales prácticas desconocen la individualidad de los indígenas cifrada en el nombre personal, en el apellido que señala el clan materno al cual pertenecen y en la fecha de nacimiento de cada uno. En el afán por cedular a los indígenas para convertirlos en votantes, los funcionarios de la Registraduría Nacional los declaran a todos “nacidos el 31 de diciembre” e incapaces de firmar con su nombre. La burla de los alijunas hacia los Wayuu es obvia también en la grosera práctica de cambiarles el nombre para llamarlos, en muchos casos, con términos que los ridiculizan; aprovechándose del desconocimiento del español los nombres de miles de indígenas fueron distorsionados alevosamente (con motes como Payaso, Coito, Boca Rica y similares).Actualmente este cuento es reconocido como uno de los cuentos indígenas contemporáneos más importantes de la primera década del siglo XXI. De este cuento, además, nace el documental Nacimos el 31 de diciembre, dirigido por Priscila Padilla, el cuál ganó en 2012 el premio principal en la primera Bienal Continental de Arte Indígena Contemporáneo, otorgado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA). En el documental se evidencian las batallas legales de Estercilia para defender los nombres reales de sus coterráneos frente a la negligencia del entonces registrador, quien se negaba a realizar otra jornada de registro y pretendía que los mismos wayuu pagaran por esta.
En 2017 publicó “Por los valles de arena dorada” (Bogotá: Loqueleo, 2017) que recoge la producción narrativa de quince años de Estercilia Simanca Pushaina. Los cuentos aquí reunidos son de una belleza inusual que contiene la fuerza mitológica y la simbología propia de la etnia wayuu. Los relatos nos hablan de las costumbres wayuu, de las relaciones entre mujeres y hombres, del hambre que azota a los niños de la región, del despojo de tierras al que han sido sometidos, de la relación de los wayuu con los arijunas (forasteros, no wayuu). Simanca Pushaina narradora de estos cuentos, consigna en el poder de la palabra que va tejiendo —como Waleker, la araña que inspira el tejido de los chinchorros—, el sentir de ella misma, que es el sentir de un pueblo.
Simanca Pushaina ha participado en múltiples eventos como : Invitada Internacional al VI Encuentro Nacional de Mujeres Creadoras de Sueños y realidades: “Las Mujeres Indígenas en el arte”, Hermosillo (Sonora) Conaculta, México, (marzo de 2007). Participante en el VI Encuentro Internacional de Escritores en Lenguas Indígenas, Feria Internacional del libro de Guadalajara 2009. Ganadora del premio principal en la 1era. Bienal Continental de Arte Indígena Contemporáneo con el documental “Nacimos el 31 de diciembre” basado en su obra “Manifiesta no saber firmar” otorgado por CONACULTA, México (2012). Invitada por las Universidades de Pittsburgh (Pensilvania), Carolina del Norte en Chapell Hill y la Universidad de Georgetown en Washington, D.C. Invitada al Foro “La Nación Wayuu en la literatura y la Palabra”, en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos y el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, Caracas (junio 2013).
Estercilia ha comentado que ella se asumía como narradora y se apartaba del proyecto de Abiayala, porque lo consideraba esencialista y autoexcluyente. Abiayala es un concepto del pueblo Guna (Panamá) que significa “tierra en plena madurez”. Como señala el crítico Luis Cárcamo-Huechante del pueblo mapuche, Abiayala es un tropo geopolítico y cartográfico propuesto por el líder Aymara Takir Mamani en 1990 en la “Declaración de Quito” para nombrar a todo el continente americano o más parcialmente a América Latina. La autora explica en una ponencia su posición de alejarse del proyecto de Abiayala que considera como una trampa de la que difícilmente se puede salir. Para rechazar el proyecto, crea otro cuerpo-arma complementario, una representación de su posición transgresora frente al proyecto transhemisférico: la Pülowi de Uuchumüin. Plantea este cuerpo-arma, así:
«Yo soy la india, la aborigen, la mestiza con origen, soy wayuu. Mi literatura es otra cosa, mi literatura es latinoamericana. No me seducen los cantos de la sirena: una vez que te cantan y seducen, sabes que si entras no puedes volver a salir. Yo soy una Pülowi de Uuchimüin, no me seducen los cantos de seres mitológicos sino los míos propios.
Siento que me desvié a tiempo de ese camino llamado Abiayala porque cuando los escucho hablar de pureza, de lengua madre, de escribientes y hablantes, no sólo siento que se aíslan, sino que también me llevan con ellos, cuando yo he concebido que mi literatura es para el mundo, no sólo para los wayuu». (párr. 13-14)
Pülowi hace referencia al ser hiperfemenino, temido entre los wayuu, que es dueña de los animales y vive en las profundidades del mar y de la tierra. Simanca se representa como una pulowi, dueña y señora de su destino. En su planteamiento lleno de metáforas, las sirenas representan a Abiayala una trampa de aislamiento.

Enlaces de interés :
Blog de la autora: https://manifiestanosaberfirmar.blogspot.com
https://digitalcommons.providence.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=2383&context=inti
https://lapalabra.univalle.edu.co/una-palabrera-en-lengua-alijuna
https://www.desdeadentroprensa.com/eldesiertosebebeacaicemapacrónicadesdeelsurdelaguajira
https://www.80grados.net/yo-no-quiero-ser-un-buen-ejemplo




Deja una respuesta