Esta página es de poesía pero también queremos dar presencia a algunas mujeres que, aunque no escribieron poesía, o no destacaron por ser poetas, su voz como mujeres, pioneras, pensadoras y/o escritoras es tan importante en la historia que creemos deben ser incluidas.
Este es el caso de la escritora y política Margarita Nelken. La única mujer que obtuvo tres actas de diputada (1931, 1933 y 1936) durante la Segunda República española. Considerada una de las intelectuales más reconocidas del siglo XX.
Una de nuestras Imprescindibles.

Pero sola no puedo.
No puedo yo,
ni con mis manos,
que son fuertes para el trabajo,
incluso el trabajo más pesado de todos,
de sostener.
una encima de otra,
mi barbilla cuando yo pienso
De: «Primer Frente» en México, 1944

“La mujer del poeta: Zenobia Camprubí de Jiménez”
Zenobia Camprubí: así la conocen todos, todos los que, a través de ella, han podido extasiarse en el fervor de Rabindranath Tagore; pero para mí es, ante todo, la mujer de Juan Ramón Jiménez.
No es que carezca de personalidad; su obra —ese don que ha hecho a España de una de las obras más maravillosas del mundo— habla por ella. Es que, dentro de esta obra, sabe ser, como ninguna otra mujer sabe serlo, la mujer del poeta.
Para las gentes es, sencillamente, la traductora de Tagore; y a las gentes ya les parece hermoso que alguien —una mujer— tenga en sí mismo bastante belleza para dar íntegramente la belleza de otro, para ir hacia ella y para atraerla después. Y, sin embargo, esta traducción de Tagore es tan solo la apariencia de Zenobia Camprubí. Es un exterior que responde a una intimidad; y la belleza íntima de esta mujer de poeta es precisamente el ser «hermana» de la obra de su marido.
Fuimos hacia ella con ignorancia; pensábamos en la entrevista con la mujer que escribe y que es además mujer de un hombre célebre; queríamos ese absurdo que se llama una interviú. Luego…, luego ya no hemos podido. La interviú se nos ha parecido más absurda que nunca: frívola, exterior, «imposible». ¿Cómo hablar de apariencias donde todo es profundo? ¿Cómo hacer preguntas sobre lo que solo se debe sugerir? Nos hemos avergonzado; no, no era posible decir de la mujer de Juan Ramón Jiménez lo que ella nos sugiere y que sugiere tan sinceramente, con tanta confianza y tanta naturalidad que bien prueba que es para nosotros solos, para los que nos acercamos a su amistad y a su recogimiento. Y nos hemos arrepentido; de esta mujer no se pueden decir esas «apariencias» que se dicen de las que se ofrecen enteramente en su aspecto, porque su aspecto —siendo único y tan sencillo— es la figura de toda una manera de vivir y de entender la vida.
Después de haberme acercado a la mujer de Juan Ramón Jiménez con el deseo de muchas preguntas y la esperanza de muchas respuestas «de interés», solo quiero decir, como alabanza máxima y definición concreta, que la traductora de Tagore es verdaderamente como debía ser la que era llamada a traernos la ofrenda insuperable de aquel libro excelso entre todos los libros.
Zenobia Camprubí nos tradujo La luna nueva. Lo hizo «impersonalmente», firmando su trabajo solo con iniciales; quería solamente que otros participaran del entusiasmo que le producía la obra del místico (¿no son místicos todos los poetas?) indio. Quería, también, exteriorizar su entusiasmo. El éxito —y qué mal nos hace hablar de «éxito» ante un trabajo tan recogido— fue mayor de lo esperado; no es que la obra de Tagore se difundiese entre el vulgo; pero todos los que en España son en espíritu hermanos de Tagore tuvieron en seguida el mismo entusiasmo que Zenobia Camprubí. Entonces ella, sin la vanidad ni el materialismo del traductor de profesión, decidió traducir todas las obras de Tagore, y así, poco a poco, sin precipitación ninguna, «según lo siente», nos va dando como un regalo de esencia única toda la producción del que Henry Davray llamó «el elegido inspirado».
Traducir solamente es obra vulgar; traducir con tanta devoción que la obra traducida, lejos de disminuirse, reciba una emoción nueva es crear belleza, lo mismo que al idear, intencionadamente, una belleza nueva, un traductor vulgar no podría traducir a Tagore; mejor dicho, no se le hubiera ocurrido. La comprensión sola es fría; era necesario sentir completamente los mismos sentimientos de Rabindranath; era necesario ser poeta también.
Ignoro si Zenobia Camprubí hace versos y es poeta «efectivo»; pero sé que la emoción que ella siente es la emoción insuperablemente pura y grande de la obra de Juan Ramón Jiménez. Por eso ha ido en busca de Tagore, y por eso también Tagore, a través de ella, se nos aparece como la luz que, según la frase del mismo Tagore, llena el mundo.
En vez de la interviú posible, estas líneas son un comentario a modo de acción de gracias a quien nos trajo un nuevo paraíso; en lugar de las respuestas «de interés» obligadas en toda interviú publicaremos un fragmento inédito del nuevo libro de Tagore, traducido por Zenobia Camprubí.
El jardinero
Mi corazón, pájaro del desierto, ha encontrado su cielo en tus ojos, ¡en tus ojos, cuna de la aurora, imperio de las estrellas, cuya profundidad se lleva mis canciones!
¡Déjame que me abisme en ese cielo, en esa solitaria inmensidad! ¡Déjame que me entre por tus nubes, que se abran mis alas en tu sol!
Entonces acaba ya tu última canción, y vamos. ¡Y olvida esta noche, cuando esta noche pase!…
Pero ¿a quién voy a tener entre mis brazos? ¿Pueden acaso los sueños ser nuestros cautivos?
… ¡Y aprieto con brazos ansiosos mi corazón contra el vacío que lo hiere!
Y puesto que la emoción de estas traducciones vibra con la emotividad de los sueños de Juan Ramón Jiménez, puesto que juntas deben formar una sola realidad, he aquí, como disculpa de esta interviú malograda, los últimos versos —más vibrantes por ser más recientes— del poeta cuya pureza hoy día se asemeja solo a la pureza extática de Tagore:
(Del libro inédito Eternidades)
Plenitud de hoy es
ramita en flor de mañana.
Mi alma ha de volver a hacer
el mundo como mi alma.
¿El lucero del alba?
¿O es el grito
del claro despertar de nuestro amor?
¡No corras, ve despacio,
que adonde tienes que ir es a ti solo!
¡Ve despacio, no corras,
que el niño de tu yo, recién nacido
eterno,
no te puede seguir!
Cierra, cierra la puerta,
como a ella le gustaba…
¡Que se encuentre a su agrado su recuerdo!
Tu corazón y el mío
son dos prados en flor
que une el arco iris.
Mi corazón y el tuyo
son dos niños dormidos
que une la vía láctea.
Tu corazón y el mío
son dos rosas que une
el mirar complacido de lo eterno.
Artículo publicado por Margarita Nelken en El Día el 9 de febrero de 1917 bajo el título “La mujer del poeta: Zenobia Camprubí de Jiménez”.

La muerte de Gustav Klimt

Retrato, por Gustav Klimt
Al referirnos la muerte del más ilustre de los pintores austriacos, la prensa vienesa preguntábase quién podría llenar el vacío dejado por él; no es aventurado asegurar que ese vacío es imposible que lo llene nadie.
Klimt no fue sólo un gran pintor: fue la representación más alta de uno de los movimientos más grandes del arte moderno, la encarnación más viva de un ideal nacional, y así, su obra, además de su mérito propio, es, entre todas, significativa. Klimt es el arte vienés. Así como por un trozo de escultura mutilada podemos recomponer en espíritu toda una civilización, dentro de unos siglos bastará con una sola pintura de Gustav Klimt para dar idea del arte decorativo moderno. Y, a pesar de eso, Klimt supo ser mucho más que un creador de pinturas decorativas.
De todos los pintores decorativos, es decir, de todos aquellos que buscan ante todo la sugestión de la apariencia, Klimt, siendo el más visual, el más fastuoso e intrínsecamente decorativo, según la acepción literal del término, es quizá el único para quien la apariencia no lo forma todo; y su exterioridad, con ser fastuosa como ninguna, se apoya siempre en una idea fundamental de arte que busca la emoción y la idea. En su deseo decorativo, su ideal es supremamente reflexionado, tanto, que se le ha tachado a veces de demasiada intelectualidad, pero la apreciación no era justa, pues no hay obra de Klimt en que el refinamiento de la idea quedase sin su interpretación absoluta por el tono y la forma. Debiérase decir que Klimt, entre su intelectualidad, a veces excesiva, pero siempre justificada por su realización plástica y su norma de belleza exterior, siempre razonada en el ideal espiritual de la composición, es, por excelencia, el artista moderno equilibrado. Y esta cualidad, primordial en toda su producción, es la que le ha permitido ser la personalidad más fuerte y más fuertemente adecuada del arte de su patria.
El arte decorativo vienes, no siendo forzado, tiene su vida propia. Con la rusa y la de Munich, la decoración vienesa es la única basada, desde un principio, en un sentimiento nacional, y su nacimiento y su desarrollo no fueron cuestiones circunstanciales. Pueden aprobarse o censurarse las normas de estas artes, pero hay que reconocer siempre su «razón de ser». Por razones de estética –sentimiento popular más flexible y, sobre todo, más occidental–, la influencia del arte decorativo vienes ha llegado muy pronto a ser más completa y más general que la del arte ruso o del muniqués, limitadas en cierto modo estas dos al arte más pomposamente efectista. Y así como Bakst resume por sí solo toda la tendencia decorativa rusa y como, en otro plano, algunos ebanistas o «decoradores en telas» figuran toda la tendencia decorativa de Munich, Gustav Klimt, en su producción diversa y siempre una, es la síntesis más perfecta del arte decorativo vienes en su multiplicidad. Y para ser de este modo la encarnación de un ideal nacional, no era posible confinar su obra en lo exterior, por muy perfecto que éste fuera.
Decir pintura decorativa es decir, casi siempre, belleza hueca. Los frescos de Giotto no eran pinturas decorativas: eran pinturas murales que por su armonía y su equilibrio, por la intuición del genio de su creador resultaban, además, decorativas. Pero hoy, un pintor decorativo no sabe más que de la sensación superficial, y así, por muy hermosa que sea su obra, no puede llegar nunca a la grandiosidad de belleza de una obra intensa, aunque ésta, al parecer, no sea bella: basta con pensar en todas las pinturas del universo llamadas «decorativas» y en lo menos importante de las obras de Van Gogh, pongamos por ejemplo. Y he aquí lo que hace único a Gustav Klimt: el ser, a un tiempo, insuperablemente decorativo en su apariencia y profundamente intenso en su concepción.
Sus retratos ¡qué vieneses, qué decorativamente vieneses son todos! Tienen, en su voluntad de personalización, unido al sentimiento característico del modelo, un ritmo en todos sus detalles que los hace equivalentes a pinturas murales; y sus composiciones todas tienen, unida a su armonía exterior, una agudeza de caracterización que hace de cada una de sus figuras un personaje independiente. Y todo, belleza exterior y profundidad, expresiones y tonos, todo entra en un sentimiento único de originalidad incomparable.
Una pintura de Klimt es inimitable e inconfundible, y no sólo por el acuerdo único entre su idea y su representación. Tonos que, más que vibrantes por su agrupamiento, se imponen por su calidad inaudita; líneas razonadas pero siempre imprevistas; y, por fin, cubriéndolo todo con una riqueza y un refinamiento de lejano orientalismo, el detalle, ese acierto de los mil detalles jamás vistos que son, quizá, la característica más definida del arte vienes. Y luego, por debajo de esa apariencia casi fantástica, la fuerza de la ciencia, de la técnica apretada, de la rigidez constructora, ese dominio insustituible del «oficio» que permite todas las audacias, las justifica todas, las confirma y las hace viables y que poquísimos, entre los que tienden a la sugestión exterior, poseen.
Sí, será muy difícil, y muy largo, sin duda, llenar el vacío dejado por Gustav Klimt.
Articulo publicado por Margarita Nelken en Renovación Española, revista semanal ilustrada Madrid, 12 de marzo de 1918

La Asociación internacional para socorro de los niños
El mes pasado –más exactamente, del 5 al 8 de enero– han tenido lugar en Ginebra unos actos cuya transcendencia, poco a poco repercutida por todos los países, ha de afirmarse, dentro de unos años, como una de las presiones que más ayudarán a la evolución social del mundo; son estos actos las sesiones para la fundación de la “Asociación internacional para socorro de los niños”.
El movimiento de unánime caridad que atrae actualmente hacia los niños de los países centrales donativos y socorros del universo entero, podía aprovecharse para atraer, no de momento, sino de una vez para siempre, la caridad universal hacia todos los niños necesitados de todos los países. Para honra y gloria de nuestro sexo, ha sido mujer quien ha tenido y desarrollado esta idea y ha sabido llevarla a la práctica con tal energía y tal comprensión, con tal “sentido de las circunstancias”, que hoy ya es un hecho su realización, y que muy pronto, junto a la Asociación Internacional de la Cruz Roja para socorro de los heridos de guerra, existirá la “Asociación internacional para socorro de los niños”, fundada bajo el patronato del mismo Comité internacional de la Cruz Roja, que le ha cedido, para la celebración de sus sesiones, su propio local.
Por primera vez desde la guerra, encontráronse reunidos en estas sesiones delegados de todas las nacionalidades: así como un herido no puede –no debe– ser nunca un enemigo, así un niño desvalido debe estar por encima de todas las pasiones y de todas las luchas. En estas sesiones de Ginebra, cuando un delegado se levantó a decir: “Mi informe sobre los niños de Ukrania será muy breve. Durante un viaje de estudios de varias semanas, no he podido encontrar allí ningún niño menor de siete años”, o cuando se declaró que en Polonia vagan actualmente unos diez mil niños perdidos, es decir, separados de sus familias…, o huérfanos, ¿quién lo sabe?, ninguno de los delegados recordó a qué nación o a qué partido pertenecía. La única idea de todos los allí presentes era ver el modo más eficaz y más rápido de socorrer a los niños, a todos los niños.
*
Como no podía menos de ser, la Asociación, cuya finalidad, concretamente determinada, será en adelante “el socorro universal de los niños” ocupose principalmente, en estas sus primeras sesiones, de aliviar la situación de tan crítica actualidad de los niños enfermos y hambrientos a causa de la guerra. Acabamos de citar los casos horribles de los niños polacos y de los que no han podido ser niños en Ukrania. El caso de los niños de Viena nos ha sido estos últimos tiempos sobradamente comentado para que lo comentemos nuevamente; pero hasta en Alemania, en donde las antiguas instituciones benéficas no sólo no han sido suprimidas durante la guerra, sino que han sido reforzadas (de ello hablamos no ha mucho con motivo de la publicación en español del folleto del doctor J. G. Gibbon, director de Sanidad de Inglaterra, La salud de los niños en Alemania durante la guerra), en la misma Alemania es enorme, fuera de la miseria que pudiéramos llamar “aparatosa”, en la clase obrera y en la pequeña burguesía, la cifra de niños raquíticos por falta de alimentación.
Esto se examinó detenidamente en Ginebra; al mismo tiempo, examinose lo que cada país había hecho por los niños de los países más azotados, económicamente, por la guerra, y, aunque con gran vergüenza, creemos útil relatarlo aquí. Sobran las comparaciones; pensemos no más que España no sólo no ha sufrido la guerra, sino que es uno de los países que más ha ganado con ella y uno de los países de Europa en donde existen mayores fortunas.
*
Después del armisticio, Inglaterra fue la primera nación que se preocupó de la suerte de los niños de los Imperios centrales. Después del nobilísimo gesto de las mujeres inglesas enviando un millón de biberones a Alemania, desde junio de 1919 comenzáronse a recaudar en todo el Reino Unido fondos destinados a los niños austríacos y alemanes. Sólo una colecta hecha entre los mineros dio diez mil libras esterlinas, y la recaudación en las iglesias ascendió en pocos días a sesenta mil libras. Se recaudó en todas las ciudades, en las iglesias, en los teatros, en las escuelas y en los domicilios particulares, y fue, por fin, una inglesa, miss Eglantyne Jebb quien, con su infatigable abnegación, decidió la creación de una Asociación internacional para el socorro de los niños, obra que, al unirse a la Sociedad suiza llamada “de secours aux enfants”, había de encontrar en el Comité internacional de la Cruz Roja el más decidido apoyo.
De los países escandinavos, que tanto hicieron en este sentido, es menester señalar muy principalmente la acción de Suecia, cuya Asociación para la protección de la infancia recaudó en pocas semanas dos millones y medio de coronas. Pero la fundadora de esta Asociación, condesa de Willamowitz-Moellendorf, bien merece que se le dediquen a ella sola unas líneas.
Consagrada desde ya largo tiempo al estudio de las obras sociales en lo que éstas tienen de relación con la caridad, fue de las primeras personas que desearon llevar a una finalidad práctica el estremecimiento de compasión causado por la miserable situación creada por la guerra a tantos millares de inocentes criaturas, y al regreso de un viaje por Alemania creó, en unión de cinco señoras –una de ellas, hermana del alcalde conservador de Estocolmo, y otra, esposa de Branting, el famoso jefe socialista–, la Asociación sueca para ayuda de los niños y de las madres de la Europa central.
El movimiento empezó por una colecta entre las organizaciones obreras de la capital y por conferencias pronunciadas en todos los centros obreros, sin distinción de partido; en todos los periódicos, aun en aquellos de las más pequeñas localidades, publicáronse artículos. Las directoras, presididas por la condesa, multiplicábanse en su incesante propaganda, y por todas partes surgían incitaciones a dar, a dar más y más, “en acción de gracias por haberse librado el país del terrible azote de la guerra”. Una verdadera ola de amor al prójimo, de fraternidad humana, pareció recorrer todo el país; llegose hasta a permitir a la condesa de Willamowitz-Moellendorf que hablase en las iglesias durante las funciones religiosas, y, en una de sus últimas conferencias, ella misma contó la emocionante caridad de algunas pobres ancianas que, una vez agotados todos sus recursos en metálico, entregaban todavía algún bote de cacao o algunos comestibles para alivio de los niños hambrientos.
De este modo consiguiéronse en seguida varios millones de coronas; solamente el primer envío de esta Asociación comprendía dieciocho mil kilos de ropas y alimentos, y, timbre de gloria para la conciencia de todos ellos, el Comité de honor de dicha institución está compuesto por el príncipe Carlos, hermano del Rey; el arzobispo Soederblom y Branting, jefe del partido socialista.
*
Y ahí está la verdadera transcendencia de la naciente “Asociación internacional para socorro de los niños”: en la amplitud de su espíritu, que la hace comprender por igual y respetar por igual todas las creencias, todas las doctrinas. En Inglaterra, miss Eglantyne Jebb encontró la ayuda más eficaz en el partido laborista; mas los católicos, y en particular los irlandeses, la secundaron y la secundan muy activamente. En Ginebra, además de las representaciones nacionales, había representaciones independientes de la Iglesia católica, de la anglicana, de la Iglesia rusa de Ginebra, de los reformados suizos, de la secta de los cuáqueros, &c., junto con representantes de obras italianas socialistas. Al ponerse a la cabeza de un movimiento para recaudar en el mundo entero fondos para los niños desvalidos a causa de la guerra, el Papa ha expresado claramente su voluntad de que estos fondos sean repartidos sin distinción de religiones; al responder al llamamiento que el Comité de la Cruz Roja les hacía por iniciativa de miss Jebb, los delegados de todos los partidos y de todas las confesiones sólo se acordaban, del lema de su reunión: ¡Salvad a los niños!
Nuestro país, que por incomprensibles niños, debe tener a gala ser uno de los primeros en afiliarse a la obra de miss Jebb; pero en afiliarse sin mezquindades de ideas ni prejuicios que nos colocarían frente a los mismos y más intransigentes católicos de Inglaterra, de Suecia o de Suiza y frente al mismo Papa en una actitud de atraso y de hermetismo irredimibles.
Margarita Nelken
Articulo publicado en El Fígaro, diario de Madrid, viernes 13 febrero 1920, año tercero, número 536, páginas 5-6

Dos mundos
por Margarita Nelken
Comedor de un hotel de “Intourist”. Dos mesas largas: una llena de inglesas viejas; otra, de inglesas jóvenes; excursión colectiva de un “Club” femenino, la primera; gira de un “Colegio de Señoritas” la segunda. Unas y otras igualmente elegantes, correctas, y llevando, en todo su exterior desde el sombrero hasta la punta del zapato, desde el modo de pedirle algo al camarero, hasta el modo de encender el pitillo –pitillos ingleses– esa seguridad en sí mismo, y en cuanto le rodea –y le rodea, esté en Londres en Moscú, en el Congo o en el Polo, nada menos que toda Inglaterra– que distingue a todos los hijos de Albión sean hombres, mujeres, lores o parados.
En otras mesas –de a cuatro, de a dos– turistas de distintos pelajes y procedencias, y rusos a quien aquellos miran como a ejemplares de una especie rara, y que a ellos les miran con una sorna matizada de desprecio. Los rusos visten, muchos a la “rubaschka”; la blusa –camisa blanca abrochada a un lado debajo de una tira bordada, y sujeta, por encima del pantalón por una estrecha correa adornada con incrustaciones de metal o puñalitos de plata, a estilo georgiano; las rusas, a pelo o tocadas con boinas; visten trajes de hilo realzados con típicos bordados parecidos a los de las labores lagarteranas, o faldas y blusas de hechura sastre, pero de manga corta o sin mangas. Ellos y ellas tienen todos, junto a sus sillas, la amplia cartera “tipo ministro” que viene a ser un a modo de apéndice de todo ciudadano soviético en las horas del día en que se va o viene del trabajo.
Música de Jazz. Servicio de los camareros y camareritas, muy graciosas estas con su blusita de seda blanca, sus brazos semi desnudos y su cabellera cuidadosamente ondulada. Vigilancia de los “maitres”. Los turistas pueden “hacerse la ilusión” de que no han salido de sus respectivas patrias. Lo celebran con alboroto. Poco a poco, elévase el tono de las conversaciones. Risas. Optimismo. ¡Qué grande es Inglaterra, que permite a sus súbditos creerse en casa en todas partes!
Suenan de pronto, fuera, los acordes de una música que hace callar al jazz del restaurant cosmopolita. La Marcha Fúnebre de Chopin. Los turistas hacen “¡Oh!” con todos los acentos del Reino Unido. La curiosidad puede más que las reglas de la buena educación británica: por primera vez seguramente en su vida, las inglesas viejas, y las inglesas jóvenes, y los ingleses de Kodak cruzándoles la americana de cuadros, se levantan de la mesa a medio comer y se precipitan hacia las ventanas “a ver lo qué pasa”.
Pasa un entierro. El entierro de un obrero miembro del Círculo que está un poco más arriba del hotel. La banda de este centro –un círculo de fábrica– es la que interpreta a Chopin, en homenaje postrero al compañero. Salida del féretro, a hombros de camaradas. El cortejo se pone en marcha, y avanza en dirección, al lugar donde, tras las cristaleras de los ventanales de un restaurante, igual a los restaurantes de lujo de todos los países capitalistas, apiñanse, con la curiosidad a flor de piel que tienen para todo lo que les resulta pintoresco, los representantes más acabados del capitalismo en su superesencia.
Primero, el camión mortuorio: en torno al gigantesco montón de flores que cubren el féretro –solo asoma por delante un trocito de éste, forrado de rojo– la guardia de honor: muchachas y muchachos en pie, con brazaletes rojos y banderas rojas con el símbolo de trabajo y lucha de la hoz y el martillo. El que está a la derecha, delante de todos, sostiene con ambas manos un cojín de seda grana, sobre el cual brilla al sol de julio la insignia de la Orden de Lenin, que ostentaba el difunto.
En segundo lugar, el camión con la banda de música, que entona ahora la Marcha del Ocaso de los Dioses. Detrás varios camiones repletos de obreros y obreras en pie.
Ni luto externo, ni demostraciones espectaculares de dolor. Únicamente la gravedad solemne de las banderas de la organización y la insignia, demostración de una existencia de trabajo y de lucha, y las flores, muchas, muchísimas flores, emblemas del respeto y afecto de los camaradas que han interrumpido hoy su trabajo diario, para acompañar al que ya cumplió su tarea, en su postrer paseo.
Un entierro soviético: un número sensacional, y no previsto, del programa de los turistas. Pero hay “algo” que tampoco estaba previsto; algo que trasciende de este cortejo de obreros –grave, solemne y sencillo como ninguno– con tal fuerza, que invade, con una sensación desconocida, a estos representantes quintaesenciados de un mundo separado de éste por una distancia que ninguna agencia turística puede franquear.
Un inglés, sin quitarse la pipa de la boca, dispara su Kodak. Gesto natural, sempinterno: los demás le miran con reprobación. Una inglesita, en voz muy baja, hace un comentario: las que están más cerca de ella la mandan callar.
Ha pasado ya el último camión de obreros. Las notas de la Marcha Fúnebre apáganse en lontananza.
Los tranvías, que habían interrumpido su ajetreo, lo vuelven a empezar con un bullicio redoblado de timbres y campanillas. En el restaurante, suena de nuevo el jazz.
Los turistas permanecen serios. Han sentido “algo” que no sospechaban. Casi; casi, lo han comprendido.
Dos de los rusos que comían en una de las mesitas pequeñas, recogen sus carteras, pagan y se van. Son también, visiblemente, unos trabajadores. Ambos visten de blanco de pies a cabeza; él lleva pantalón de hilo, y camiseta “sport” de cuello abierto y manga corta; ella un traje sin mangas, y calcetines. Son jóvenes, fuertes, con aplomo y salud que les rezuman por cada poro. Probablemente, “udarniks”, obreros de choque, puesto que pueden permitirse el lujo, alguna vez de comer en restaurante elegante.
Los turistas les siguen con la mirada. Hay “algo” que algunos de ellos empiezan a vislumbrar; casi, casi a comprender. Dos mundos. Pero ya no están todos tan seguros de que “aquel” – el suyo– sea el que debe ser.
Publicado en Justicia Social. Órgano de las Agrupaciones Socialistas Menorquinas. Mahón, 7 de septiembre de 1935.

Margarita Nelken Mansberger (Madrid, 5 de julio de 1894-Ciudad de México, 8 de marzo de 1968). Escritora, crítica de arte, oradora y política feminista . Obtuvo, como miembro del PSOE, escaño de diputada en las tres elecciones generales de la Segunda República.
Hija de una francesa, Juana Mansberger y de Julio Nelkken Waldberg, joyero español, ambos descendientes de judíos alemanes. Su abuelo materno había llegado a Madrid en 1866 como relojero de palacio y poseía una relojería y joyería en la Puerta del Sol, n.º 15 (hoy n.º 14). De este matrimonio nacen en Madrid dos hijas, Margarita Teresa Lea (5 julio 1894) y Carmen Eva (6 febrero 1898, quien será conocida con pseudónimo Magda Donato como escritora y actriz.
Margarita recibió una educación esmerada, impartida por profesores particulares, en todas las disciplinas incluida la pintura y la música siendo su profesor de pintura Eduardo Chicharro. Hablaba fluidamente francés y alemán. Obtiene el título de bachiller por convocatoria libre. Pronto se desarrolla su habilidad para escribir y con quince años publica un primer artículo crítico sobre los frescos de Goya en San Antonio de la Florida para la prestigiosa revista de arte londinense The Studio. En mayo de 1913 la joven Nelken publica en francés el artículo “L’esprit du Greco” (Mercure de France, París, 16 mayo 1913, tomo CIII, págs. 302-310). A finales de ese año visita en París, junto con el escultor José Clará (1878), el estudio de Ignacio Zuloaga (1870), donde contemplan en primicia, con Manuel de Falla (1876), el retrato de la escritora poetisa condesa de Noailles, Anna (1876-1933).
«Esta visita resonante de Clará en Madrid –de un Clará en son de triunfo y con rostro rasurado y vestimenta impecable– trae de pronto a mi memoria aquella visita que, allá a fines del año 13, hice al estudio parisino de Zuloaga en compañía de un Clará todavía barbudo y algo bohemio. Íbamos a ver el retrato, recién terminado, de la condesa de Noailles. Y así nos reuníamos, una lluviosa tarde de invierno, en el lóbrego estudio de la rue Caulaincourt (marco de aspereza intencionada, sin muebles, ni bibelots, y cuya tetricidad reforzaban todavía los Grecos colgados en la pared ensombrecida), José Clará, por entero engolfado por aquel entonces en sus estudios de la Duncan, y como ausente de este mundo cuando no se hallaba, lápiz en mano, frente a la famosa danzarina; Manuel de Falla, escapado de un ensayo de La vida breve, y en espera de ese estreno que había de ser su fracaso o su advenimiento definitivo, y la firmante de estas líneas. Mal público, nada entregado de antemano; mejor dicho, entregado cada cual a preocupaciones harto distanciadas, y de pronto el “golpe de teatro”: todos dominados por la sugestión de aquella figura que Zuloaga, sin decir palabra, moviéndose pesadamente dentro de un macferlán fantástico que le caía hasta los tobillos (hacía en aquel su estudio un frío de mil diablos), acababa de colocar en un caballete.» (Margarita Nelken, “El retrato de la Condesa de Noailles por Zuloaga”, Blanco y Negro, Madrid 28 febrero 1926, pág. 99.)
En 1914 se enamoró del malogrado escultor Julio Antonio, que falleció prematuramente a los veintinueve años, quien parece ser el padre de su hija: Magda nacida el 26 de marzo de 1915. Ese mismo año el pintor Julio Romero de Torres retrata a Margarita Nelken.

Retrato de Margarita Nelken por Julio Romero de Torres
En 1921, fruto de una relación iniciada en 1917 con Martín de Paúl, empresario sevillano, nació su otro hijo: Santiago. Margarita llevaba como una bandera de libertad su independencia y libertad sentimental y sexual en una época en la que tener hijos fuera del matrimonio y con hombres distintos era un gesto provocador,
Muy joven se trasladó a París donde amplió sus conocimientos de pintura, dibujo y música con María Blanchard. En 1917 tuvo que abandonar la pintura debido a una dolencia ocular, dedicándose desde entonces a la escritura y a impartir conferencias. Fue testigo directo de los levantamientos revolucionarios de 1918 en Alemania y Austria-Hungría que la llevaron a tomar una conciencia social y feminista muy profunda.
Margarita plasma muy pronto su gran conciencia social y en 1919, publicó su primera obra larga, «La condición social de la mujer en España. Su estado actual: su posible desarrollo«, un incisivo estudio feminista que causó fuerte impresión y polémica. El libro recoge dos conferencias de Nelken (una, del 21 de diciembre de 1918, y, la segunda, del 2 de enero de 1919, en el Ateneo y en la Casadel Pueblo de Madrid, respectivamente) en las que se aprecia su apasionamiento por los problemas de la mujer en aquella época y su radicalización política. Fue ásperamente acogido por la sociedad española y produjo un gran escándalo, hasta el punto de que el Ministro de Instrucción Pública, el conservador Silió, forma expediente a una profesora de la Escuela Normal por dar a leer dicho libro de Nelken a sus alumnos.
Continuó esta línea de trabajos con Maternología y puericultura(1926), En torno a nosotras (diálogo socrático) (1927), Las escritoras españolas (1930) y La mujer ante las Cortes Constituyentes (1931). Al margen de la escritura también fundó en el barrio de Ventas de Madrid la primera Casa de los Niños (fuera del ámbito religioso) que hubo en España para madres trabajadoras.
Publicó varias novelas y escribió artículos para revistas extranjeras y españolas: Studio, Le Mercure de France, La Esfera, Nuevo Mundo, Blanco y Negro, etc. Fue crítica de arte para diversos periódicos de Madrid y del extranjero: Los Lunes del Imparcial, El Fígaro, El Día, La Razón de Buenos Aires, Goteborg Handelstidning de Suecia. Impartió conferencias en el Museo del Prado, Museo de Arte Moderno, Museo Romántico de Madrid; el Louvre de París, etc. Fue encargada de cursos de arte del Museo del Prado y vocal del patronato del Museo de Arte Moderno de Madrid.
En los primeros meses de 1931, ingresó en el PSOE y participó, como candidata de la Agrupación Socialista de Badajoz, en las elecciones parciales de octubre de 1931. Resultó elegida entonces y también en noviembre de 1933 y febrero de 1936. Siendo la única mujer que consiguió las tres actas parlamentarias durante la Segunda República. Participó en el XIII Congreso del PSOE en octubre de 1932 donde fue elegida vicepresidenta del mismo y formó parte de la Comisión sobre «El Socialista y la prensa socialista». Desde agosto de 1931 a 1934 fue cronista parlamentaria de El Socialista. Perteneció al Ateneo de Madrid y en marzo de 1933 fue nombrada vicepresidenta del Jurado Mixto Nacional del Monopolio de Petróleos.

En 1933, una vez aprobada en España la republicano burguesa ley del divorcio, Margarita se casó con Martín de Paul, padre de su hijo Santiago y cónsul de la República Española en Ámsterdam durante la guerra.
Mujer controvertida fue contraria a otorgar el derecho de sufragio a las mujeres en 1931, posición compartida también por Victoria Kent. Sostenía que «poner un voto en manos de la mujer es hoy, en España, realizar uno de los mayores anhelos del elemento reaccionario».
En cuanto a la discusión del artículo 43 de la Constitución republicana relativo al divorcio no pudo intervenir Nelken, pues todavía no había prometido el cargo de Diputada. No obstante, sabemos cuál es su opinión al respecto por la asidua colaboración en el periódico El Socialista. Para Margarita Nelken, el divorcio suponía para la mujer una garantía de dignidad personal, pues, por muy emancipada que estuviese por la Ley, todavía estaba expuesta a la posibilidad de injusticia en el seno del matrimonio.(GERALDINE M. SANIÓN, La polémica feminista en la España contemporánea. Ediciones Akal. Madrid, 1986, págs. 267 y 268).
Asimismo, criticaba las leyes de divorcio de otros países, en las que se concedía a la mujer el derecho a pensión alimenticia en todos los casos, salvo en los de constatación de adulterio o nuevo matrimonio. Afirmaba que a igualdad de sexos correspondía igualdad de deberes y de derechos, y que era obligación de todo ser humano, hombre o mujer, mantenerse a sí mismo.
Como decíamos, no intervino en la discusión de aquellos debates, pero varios años más tarde -el divorcio fue tratado en la sesión del 15 de octubre de 1931-, en febrero de 1933, afirmaría ante el Parlamento que en la prensa de la derecha, en la propaganda
de la derecha, se aseguraba que la mujer en España no quería la Ley de divorcio y que, una vez aprobada, sólo en la Audiencia de Madrid se habían presentado cerca de 700 demandas solicitando el divorcio; demandas que en su mayoría habían sido firmadas por mujeres.
Veamos algunos comentarios suyos sobre esta materia en «Desde el escaño», en el periódico El Socialista. El 13 de febrero de 1932, cuando se estaba discutiendo la décima causa de divorcio, según la redacción definitiva del proyecto. Nelken apostillaba: «El artículo en litigio hoy se las traía, a tal punto que el señor Gómez Paratcha , desde el sitial presidencial, equivocó una advertencia y soltó un «Ruego a la cama» completamente freudiano…» . Es curioso constatar cómo se desliza con una cierta asiduidad este sintagma nominal en las sesiones plenarias, tanto en tiempos pasados como en los actuales.
Al día siguiente comentaría en el mismo periódico: «Está visto y archirrevisto: La única causa de divorcio que no se presta a discusión es la que apuntábamos días pasados. ¿No la recordáis? Definámosla, pues, de nuevo. Aquella alegada por una de los cónyuges en la siguiente forma: me divorcio porque me la republicanísima gana. Y todo lo demás son ganas de bizantinismos para lucimiento de abogados – de los futuros divorcios- y de echar a perros, perdón, a debates, unas cuantas sesiones de Cortes…».

La periodista Sara Guerrero de Echevarría (izda), entrevista a Margarita Nelken, en compañía de su hijo Santiago en mayo de 1933 EFE/Díaz Casariego/
En 1934 Margarita Nelken formó parte del Comité Nacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo y tras el fracaso de la Revolución de Asturias de 1934 a la entonces diputada socialista se le retiró la inmunidad parlamentaria y fue procesada, siendo condenada a veinte años de prisión, si bien antes de que se dictase sentencia huyó a Francia. Se instaló en París, visitando diferentes países nórdicos, y posteriormente estuvo durante casi un año en la Unión Soviética. Volvió a tiempo de participar en las elecciones de febrero de 1936 como candidata socialista del Frente Popular siendo reelegida por Badajoz.
En diciembre de 1936 se afilió al Partido Comunista de España convencida de que era la única organización con la disciplina militar necesaria para derrotar al bando sublevado. Al principio confió en Largo Caballero, pero vivió como una decepción personal terrible la huida del gobierno republicano a Valencia, dejando al pueblo de Madrid a expensas de los bombardeos fascistas. Se puso a las ordenes del general Miaja y comenzó un trabajo ingente en pos de la defensa de Madrid. En 1937 participó en Valencia en el Congreso de Escritores Antifascistas y en septiembre de 1938 viajó a México para participar en el Congreso Internacional Antifascista, del que era vicepresidenta. Es curioso como fueron tres mujeres, Pasionaria, Montseny y Nelken quienes se dejaron la piel levantando la moral a los milicianos y al pueblo. En el tiempo que duró la contienda, tuvo un activismo frenético. Arengaba a los soldados en el frente, luchó enconadamente por la defensa de la legalidad republicana enfrentándose al fascismo. Impulsó la emigración de los niños de la guerra y animó a sus propios hijos a participar en la lucha antifascista. Santiago se alistará con tan solo 15 años en la milicia y Magda como enfermera de campaña.

Fiel a su compromiso institucional hasta el trágico final, Nelken estuvo presente en febrero de 1939 en la última sesión de las Cortes republicanas celebrada en suelo español (en el castillo de San Fernando en Figueras, Gerona) antes de que la derrota obligara al exilio masivo a través de la frontera francesa.
Margarita siempre tuvo que soportar infinidad de acusaciones venidas de todos los bandos. Sus inflamados discursos hacian que no pasara desapercibida y quizás también provocaban desmanes injustificados. Jose María Pemán le dedica unos poemas llenos de insultos. Se le acusa de la colaboración en los sucesos de Paracuellos. Alguien la nombra como “encarnación de la maldad republicana” Incluso García Oliver (anarquista, ministro de la República) la acusa de descontrolados crímenes de guerra. El criminal Queipo de Llano la llama “zorra y prostituta”. Incluso Manuel Azaña comenta en sus Memorias la aparición de Nelken en el Parlamento: «Esto de que la Nelken opine en cosas de política me saca de quicio. Se ha pasado la vida escribiendo sobre pintura, y nunca me pude imaginar que tuviese ambiciones políticas. Ha salido con los votos socialistas, derrotando a Pedral» “Es la indiscreción en persona. Ha salido con los votos socialistas, pero el Partido Socialista ha tardado en admitirla en su seno, y las Cortes también han tardado mucho en admitirla como diputado. Se necesita vanidad y ambición para pasar por todo lo que ha pasado la Nelken hasta conseguir sentarse en el Congreso«. (MANUEL AZAÑA: Memorias políticas y de guerra. Tomo I . Editorial Crítica. Barcelona, pág. 364).
Obviamente una mujer poderosa y pasional como ella era mal tolerada por el machismo patriarcal de la época, obvio. De hecho, las pocas diputadas de las Cortes republicanas no tuvieron muchas oportunidades de ser debidamente escuchadas por el despec- tivo machismo de los colegas varones de todas las ideologías.
Al finalizar la guerra civil se exilió a París y tras el comienzo de la Segunda Guerra Mundial se trasladó a Rusia. Llegó a México a finales de 1939. Fue expulsada del Partido Comunista de España en 1942 por criticar determinadas decisiones, enfrentándose a Dolores Ibarruri. Según relatará Federica Montseny cuando Nelken abandonó el partido socialista para ir al PCE, la Nelken “esperaba ocupar en el partido comunista el lugar que le correspondía por sus méritos, infinitamente superiores intelectualmente hablando, a los de Dolores Ibárruri. Pero la plaza estaba tomada y Dolores la defendía con uñas y dientes”(Federica Montseny. Espoir. 14 de abril de 1969).
«Una figura de la talla y el prestigio de Margarita Nelken, escritora, crítico de arte y diputada del PSOE por Badajoz que ingresa en el PCE en plena guerra, será expulsada en octubre del 42, alegando sabotaje y descrédito de la política de Unión Nacional. Mientras, su hijo, Santiago de Paúl, combatía en las filas soviéticas muriendo heroicamente en 1944. Las acusaciones contra Margarita se reducían, según consta en un informe interno, a que estaba muy amargada y tiene gran desconfianza, condiciones que para Uribe y Mije avalan sus calificativos de elemento intrigante y enemigo. Morirá en México en 1968 sin que su figura fuera reivindicada.» (Gregorio Morán, Miseria y grandeza del Partido Comunista de España, Planeta, Barcelona 1986, pág. 67.)
En 1944 murió su hijo, Santiago de Paul, combatiendo como capitán del Ejército Rojo en las batallas del cerco de Moscú.
En México trabajó en la Secretaría de Educación Pública y ejerció como crítica de arte para el periódico Excelsior (donde publicó un artículo diario durante más de veintisiete años) y colaboró también en otros periódicos y revistas mexicanas como El Día, Hoy, Siempre, Revista Internacional y Diplomática, Revista de Revistas, Cuadernos Americanos, Artes de México y de otros países hispanoamericanos como Relator de Cali (Colombia), El Tiempo de Bogotá, El Nacional de Caracas, etc.
Regresó a Europa en 1948 para participar en el Congreso Interparlamentario de Roma. Impartió conferencias por varios Museos europeos y tras residir un año en París, regresó definitivamente a México. Participó en la constitución de la Asociación de Críticos de Arte de México.
En 1956 falleció de cáncer su hija Marga, con 38 años, lo cual la sumió en una profunda crisis que la costó superar. A pesar de todo siempre siguió escribiendo.
Margarita Nelken falleció en la Ciudad de México el 9 de marzo de 1968. Pionera, comprometida y libre hasta el final.
Obra publicada:
Glosario. Obras y artistas, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1917
La condición social de la mujer en España. Su estado actual: su posible desarrollo, Barcelona, Minerva, ¿1919?
La trampa del arenal, Madrid, Librería de los Sucesores de Hernando, 1923
En torno a nosotras, Madrid, Páez, 1927
Johann Wolfgang von Goethe, Madrid, Biblos, 1928
Tres tipos de vírgenes, Madrid, Cuadernos Literarios, 1929
Maternología y puericultura, Valencia, Generación Consciente, 192?
Las escritoras españolas, Barcelona, Labor, 1930
La mujer ante las cortes constituyentes, Madrid, Editorial Castro, 1931
Por qué hicimos la revolución, Barcelona, Ediciones Sociales Internacionales, 1936.
Durante su vida Margarita mantuvo relación epistolar con figuras emblemáticas como Gabriela Mistral. Diez son las cartas intercambiadas entre Margarita Nelken y Gabriela Mistral. Las une también el dolor por la pérdida de sus respectivos hijos. En el caso de Margarita por la muerte en combate de su hijo Santiago, que en 1944, a sus 23 años, cae en Ucrania como miembro del Ejército Rojo. «Aquella criatura se me llevó la vida…», escribe a su amiga. «La quiero a Vd., sé que “me hará bien” rozarme con su serenidad», añade. Gabriela había perdido a su vez, un año antes y en plena adolescencia, a su sobrino Juan Miguel Pablo Godoy, Yin Yin, que vivía con ella al obtener su custodia poco después de nacer. Nelken, acogida también en México, intentará a finales de los cuarenta establecerse en Europa sin conseguirlo; Gabriela celebra su regreso considerando «nuestra América, muchísimo más vivible que la desgraciada Europa. No vuelva a salir –concluye–». Como a otras de sus íntimas, la invitará a pasar unos días en su finca de El Lencero, su retiro mexicano: «Se queda usted en esta casa el tiempo que bien pueda. ¡Conversaremos, conversaremos! Hay aquí verdor y paz y gente amiga». En otro de sus envíos reitera uno de sus lemas más preciados al recordarle que salud y ánimo son una misma cosa. En otro celebra sus artículos y se alegra de «saberla así, ¡sana, creadora, joven!».
En 2020 se publicó AA.VV.De mujer a mujer: cartas desde el exilio a Gabriela Mistral (1942-1956) con Introducción de Francisca Montiel Rayo. Fundación Banco de Santander, Madrid, 2020. En el libro se incluye la correspondencia de Mistral con mujeres como Victoria Kent, Maria Zambrano, Zenobia Camprubí, Maruja Mallo y Margarita Nelken, entre otras.
Enlaces de interés :
Fuentes de la bio: https://fpabloiglesias.es/entrada-db/nelken-mansberger-margarita /// https://dbe.rah.es/biografias/6955/margarita-nelken-y-mansberger /// https://www.filosofia.org/ave/003/c178.htm
https://toledogce.blogspot.com/2022/10/margarita-nelken-en-el-cuartel-de.html
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