«Solo a ratos, del fondo de nuestro cansancio, surge en nosotros la conciencia de las cosas, tan punzante que hace que se nos salten las lágrimas; tal vez miramos la tierra por última vez.»
Las pequeñas virtudes, 1962
Natalia Ginzburg
Stagioni
Chi ha dimenticato l’inverno
non merita la primavera,
chi ha dimenticato la campagna
non deve camminare in città.
La ragazza usciva sola
e amava camminare in silenzio:
Siccome non portava il cappello
riusciva sgradita alla gente.
Le sue spalle curve e magre
dicevano: io non voglio nessuno;
Io voglio soltanto
camminare in città.
Chi non riconosce il volto
della passione, non deve
non deve esistere al mondo.
La ragazza che fumava, sdraiata
sul divano, che taceva sola,
non bisogna dimenticarla
Se pure è finito il suo tempo,
se il suo corpo ha dato dei figli
come una donna può fare.
Chi ha veduto il cielo al tramonto
non deve dimenticare il mattino,
poiché la vita che ci è data
è questa: morire e nascere,
nascere e morire, ogni giorno.
La ragazza che usciva in silenzio
non c’è più, ma forse i suoi figli,
nati dal suo corpo, un giorno
vorranno uscire da soli,
in silenzio, a sfidare la gente.
Estaciones
Quien ha olvidado el invierno
no merece la primavera,
quien ha olvidado el campo
no debe caminar por la ciudad.
La chica salía sola
y amaba caminar en silencio:
Como no usaba sombrero,
no agradaba a la gente.
Sus hombros curvos y flacos
decían: no quiero a nadie;
Yo sólo quiero
caminar por la ciudad.
Quien no reconoce el rostro
de la pasión no debe
no debe existir en el mundo.
La chica que fumaba, tendida
en el sofá, que callaba sola,
no necesita olvidarla:
Si ha terminado su tiempo,
su cuerpo ha dado hijos,
como lo hace una mujer.
Quien ha visto el cielo en el ocaso,
no debe olvidar la mañana,
porque la vida que nos es dada
es esta: morir y nacer,
nacer y morir, cada día.
La chica que salía en silencio
no está más, pero quizá sus hijos,
nacidos de su cuerpo, un día
querrán salir solos,
en silencio, a desafiar a la gente.
[1941] Versión de Jorge Aulicino
N.T.: Según Enrica Cavina, Natalia Ginzburg escribió este poema durante su confinamiento junto con su marido, Leone Ginzburg, en Pizzoli, un pueblo a 15 kilómetros de Aquila, en los Abruzos. El confinamiento del matrimonio y sus dos hijos, Carlo y Andrea, se extendió entre 1941 y 1943. En el confinamiento nació su hija Alessandra. Leone fue arrestado por los nazis en el mismo año de 1943 en una imprenta clandestina. Fue torturado y murió en el sector alemán de la cárcel de Regina Coeli en febrero de 1944.

Memoria
Gli uomini vanno e vengono per le strade della città.
Comprano cibo e giornali, muovono a imprese diverse.
Hanno roseo il viso, le labbra vivide e piene.
Sollevasti il lenzuolo per guardare il suo viso,
ti chinasti a baciarlo con un gesto consueto.
Ma era l’ultima volta. Era il viso consueto,
solo un poco più stanco. E il vestito era quello di sempre.
E le scarpe eran quelle di sempre. E le mani erano quelle
che spezzavano il pane e versavano il vino.
Oggi ancora nel tempo che passa sollevi il lenzuolo
a guardare il suo viso per l’ultima volta.
Se cammini per strada, nessuno ti è accanto,
se hai paura, nessuno ti prende la mano.
E non è tua la strada, non è tua la città.
Non è tua la città illuminata: la città illuminata è degli altri,
degli uomini che vanno e vengono comprando cibi e giornali.
Puoi affacciarti un poco alla quieta finestra,
e guardare in silenzio il giardino nel buio.
Allora quando piangevi c’era la sua voce serena;
e allora quando ridevi c’era il suo riso sommesso.
Ma il cancello che a sera s’apriva resterà chiuso per sempre;
e deserta è la tua giovinezza, spento il fuoco, vuota la casa.
en Revista Mercurio, 1944
Memoria
La gente va y viene por las calles,
hace sus compras, camina a sus asuntos
con los rostros vulgares y felices,
con el grato bullicio de costumbre.
Levantaste el lienzo para mirar su rostro,
te inclinaste a besarlo con el gesto de siempre.
Y era el rostro de siempre, pero era la última vez,
quizá tan solo un poco más cansado.
Su ropa también era la de siempre.
Y los zapatos eran los de siempre. Y las manos
eran las manos que partían el pan,
vertían el vino y la alegría.
Todavía hoy cada minuto que pasa
vuelves a levantar el lienzo,
a mirar su rostro por última vez.
Si caminas por las calles, no hay nadie junto a ti.
Si tienes miedo, nadie te coje la mano.
Y no es tuya la calle, no es tuya la ciudad
alegre y confiada y de los otros,
de los hombres que van y vienen
comprando el pan, la fruta y el periódico.
Puedes asomarte a la ventana
contemplar en silencio el oscuro jardín:
nadie vendrá a tu lado,
nadie te dará fuerzas para entrar en la noche.
Antes cuando llorabas había una voz serena,
antes cuando reías alguien reía contigo.
Pero una puerta se ha cerrado para siempre,
para siempre se ha apagado un fuego,
tu juventud es ya una casa vacía
para siempre.

Natalia y Leone Ginzburg
Non possiamo saperlo
Non possiamo saperlo. Nessuno l’ha detto.
Forse là non c’è altro che una rete sfondata,
quattro sedie spagliate e una vecchia ciabatta
rosicchiata dai topi. C’è caso che Dio sia un topo
e che scappi a nascondersi appena arriviamo.
E c’è caso che invece sia la vecchia ciabatta
rosicchiata e consunta. Non possiamo sapere.
.
Forse Dio ha paura di noi e scapperà, e a lungo
noi dovremo chiamarlo e chiamarlo coi nomi più dolci
per indurlo a tornare. Da un punto lontano
della stanza lui ci fisserà immobile.
.
Forse Dio è piccolo come un granello di polvere,
e potremo vederlo soltanto col microscopio,
minuscola ombra azzurra sul vetrino, minuscola
ala nera perduta nella notte del microscopio,
e noi là in piedi, muti, sospesi a guardare.
Forse Dio è grande come il mare, e spumeggia e tuona.
.
Forse Dio è freddo come il vento d’inverno,
forse ulula e romba come un rumore assordante,
e dovremo portare le mani alle orecchie,
agghiacciati e tremanti, rimpiattendoci al suolo.
Non possiamo sapere com’è Dio. E di tutte le cose
che vorremmo sapere, è la sola veramente essenziale.
.
Forse Dio è noioso, noioso come la pioggia,
e quel suo paradiso è una noia mortale.
.
Forse Dio ha gli occhiali neri, una sciarpa di seta,
due volpini al guinzaglio. Forse ha le ghette,
sta seduto in un angolo e non dice parola.
Forse ha i capelli tinti, ha una radio a transistor,
e si abbronza le gambe sul tetto d’un grattacielo.
Non possiamo sapere. Nessuno sa niente.
Forse appena arrivati ci manda allo spaccio
a comprargli del pane e salame ed un fiasco di vino.
.
Forse Dio è noioso, noioso come la pioggia
e quel suo paradiso è la solita musica,
svolazzare di veli, di piume, di nuvole,
un odore di gigli recisi, una noia di morte,
e ogni tanto una mezza parola per passare il tempo.
Forse Dio sono due, una coppia di sposi
abbandonati al sonno ad un tavolo d’osteria.
.
Forse Dio non ha tempo. Ci dirà di andarcene
E tornare più tardi. Noi andremo a passeggio;
Siederemo su di una panchina a contare i treni che passano,
le formiche, gli uccelli, le navi. A quell’alta finestra,
Dio s’affaccerà a guardare la notte e la strada.
.
Non possiamo sapere. Nessuno lo sa.
C’è anche caso che Dio abbia fame e ci tocchi sfamarlo,
forse muore di fame, e ha freddo, e trema di febbre,
sotto una coperta sudicia, piena di cimici,
e dovremo correre in cerca di latte e di legna,
e telefonare a un medico, e chissà se subito
troveremo un telefono, e il gettone, e il numero,
nella notte affollata, chissà se avremo abbastanza denaro.
en Revista Paragone, 1965
No podemos saberlo
No podemos saberlo. Nadie lo ha dicho.
Quizás allá no quede más que una red desfondada,
cuatro sillas de paja desflecadas y una galleta vieja
mordida de ratones. Es posible que Dios sea un ratón
y que corra a esconderse tan pronto nos vea entrar.
Y es posible que en cambio sea esa galleta vieja
mordisqueada y mohosa. No podemos saber.
Quizá Dios tiene miedo de nosotros y escape, y largamente
deberemos llamarlo y llamarlo con los nombres más dulces
para inducirlo a volver. Desde un punto lejano del cuarto
él nos mirará fijo, inmóvil.
Quizá Dios es pequeño como un grano de polvo,
y podremos verlo solamente al microscopio,
minúscula sombra azul detrás del cristalito, minúscula
ala negra perdida en la noche del microscopio,
y nosotros allí en pie, mudos, contemplándolo, en vilo.
Quizá Dios es grande como el mar, y lanza espuma y truena.
Quizá Dios es frío como el viento de invierno,
tal vez brama y retumba en un rumor que ensordece,
y deberemos llevar las manos a los oídos,
y agachados, temblando, replegarnos al suelo.
No podemos saber cómo es Dios. Y de todas las cosas
que quisiéramos saber, esta es la única verdaderamente esencial.
Quizá Dios es tedioso, tedioso como la lluvia
y aquel paraíso suyo es un tedio mortal.
Quizá Dios tiene anteojos negros, un echarpe de seda,
dos mastines a los flancos. Quizás use polainas
y está sentado en un rincón y no dice palabra.
Quizá tiene el pelo teñido, una radio a transistores
y se broncea las piernas en la terraza de un rascacielos.
No podemos saber. Ninguno sabe nada.
Quizá no bien lleguemos nos mandará al espacio
a comprarle pan, salami y una damajuana de vino.
Quizá Dios es tedioso, tedioso como la lluvia
y aquel paraíso suyo es la consabida música
un revolar de velos, de plumas, y de nubes
y un aroma de lirios y un tedio de muerte,
y cada tanto una media palabra para pasar el tiempo.
Quizá Dios es dos, una réplica de esposos
librados al sopor de una mesa de hotel.
Quizá Dios no tiene tiempo. Dirá que nos vayamos
y volvamos más tarde. Nosotros nos iremos de paseo,
nos sentaremos sobre un banco a contar trenes que pasan,
las hormigas, los pájaros, las naves. De aquella alta ventana
Dios se asomará a mirar las calles y la noche.
No podemos saber. Nadie lo sabe.
Es posible incluso que Dios tenga hambre y nos toque saciarlo,
quizás muere de hambre, y tiene frío, y tiembla de fiebre,
bajo una manta sucia, infestada de pulgas
y deberemos correr en busca de leche y de leña,
y telefonear a un médico, y quién sabe si a tiempo
encontraremos un teléfono, y la guía, y el número
en la noche demente, quién sabe si tendremos suficiente dinero.

Septiembre
Se despierta con una penosa angustia en el corazón. Algo ha terminado definitivamente. Junto a la cama ve su bata de franela roja; la otra, la de flores verdes y azules, la han guardado con la ropa de verano.
Es ahora cuando se da cuenta de que ha terminado el verano, que mañana empezarán de nuevo las clases. Mientras se lava, una mosca se posa sobre su espalda desnuda. La espanta con rabia. Siente que detesta la mosca, que se detesta a sí misma y también el sostén de tul rosa que está tendido en la silla. Afuera llueve a cántaros sobre el jardín tranquilo y sobre los pinos altos. La grava fina del patio delantero parece más oscura. Anita baja a desayunar: el pelo mal cepillado le da un aire tosco y desaliñado. Aún no hay nadie en el comedor, sólo la pequeña Paola en su trona. Tiene un conejo bordado en el babero. Anita le da un beso, besa sus manos rollizas.
“Anita, ¿cómo es posible que aún no hayas aprendido a peinarte? –Es su madre. Lleva un largo albornoz violeta: la espesa melena gris le huele a lavanda–. Maria, ¿te he dicho ya lo que tienes que preparar para la comida? Y de postre ya sabes, nueces y uvas, pero asegúrate de que están bien maduras”.
Anita inclina la cabeza sobre la taza. Hace un mes que espera y teme que llegue este día, pero no ha querido pensar en él. “Se ha acabado, se ha acabado”, lamenta, y se le llenan los ojos de lágrimas. Mañana tendrá que ir corriendo al colegio con su enorme cartera llena de libros. Ya no tendrá tiempo de mirar a su alrededor, de confrontar las cosas y a sí misma. Un ansia, un afán continuo: los días breves, la noche que sobreviene como una amenaza cuando aún no ha terminado los deberes. Las manos manchadas de tinta y en los oídos un zumbido de versos en latín, y la geografía, ¡esa dichosa geografía!
Recorre las habitaciones en busca de un rincón en el que estar a solas y tranquila, pero allá adonde va encuentra escobas, trapos para el polvo, sillas boca abajo y ventanas abiertas. Las mujeres canturrean y hacen un ruido tremendo. “Se ha acabado, se ha acabado”, repite despacio. ¿Dónde esconder su tristeza?
Al final se encierra en el salón: libros y alfombras, grandes sillones de cuero; en la mesita baja de estilo oriental hay una caja de cerillas coloradas. “¿Estás triste porque se han acabado las vacaciones?”. Filippo, su hermano mayor, ha entrado silenciosamente: fuma una pipa pequeña, está de pie, junto al escritorio. Anita se acerca y él le pone las manos sobre los hombros: le gusta acariciarle el mentón liso, redondo, y esas pequeñas arrugas que se le forman en la comisura de los labios. Ella le abraza con un placer inconsciente. Siempre que se pelea con todos y corre a llorar a su habitación, él la sigue y la consuela bromeando un poco con ella, lo que le hace sentir aún más ira hacia los demás mientras trata de sofocar los sollozos en su hombro. “Tú sí que eres bueno”, querría decirle, pero no se atreve: en su relación no hay más que una tímida ternura, disfrazada de bromas y de una ironía amable. “¿Estás triste porque se han acabado las vacaciones?”, le pregunta Filippo despeinándole el pelo de la nuca. Se sientan en el mismo sillón y en el cristal de las vitrinas ven reflejados sus rostros parecidos. Anita sabe que Filippo debe marcharse, que esta noche cogerá el tren y que ya tiene preparadas las maletas: va a pasar el año en el extranjero, en Alemania.
Le dice que estudie. “Mira que vas a tener dificultades desde el principio y que los exámenes son complicados…”. Anita no le escucha. Piensa en el invierno, en ese largo invierno sin él… Le toma la mano, una mano rolliza de uñas rectangulares y mates, una mano rolliza y masculina. “Y no te olvides de mí”, añade Filippo, pero enseguida cambia de tema, tal vez porque se ha emocionado, y Anita deja caer su mano. Se marchará hoy mismo, esta noche, tal vez ni siquiera le dé un beso. En su habitación cerrarán las contraventanas y cubrirán los muebles con sábanas blancas.
—¿Cómo lo prefieres, Grazia, con leche o con limón? Llueve a cántaros en el desolado jardín. El reloj de péndulo da las cinco en la oscuridad. Anita toma el té con su amiga Grazia.
—¿Lo entiendes, Anita? Para mí habría sido bonito enamorarme de él, pero no podía, ¿sabes?, no podía…
Anita se quema la lengua con el té hirviendo. Le arranca pétalos a los crisantemos marchitos que están en el jarrón de cristal del centro de mesa.
—Qué triste es este septiembre… Grazia, ¿tú has hecho todos los deberes de vacaciones?
—¿Deberes de vacaciones? No los he hecho, ¿qué me importa a mí eso? La vieja se pondrá hecha una furia, pero ¿qué me importa a mí? –Así es Grazia: la vieja no le importa lo más mínimo. Ni siquiera cuando esa misma vieja, la profesora de italiano, escriba una equis azul, de falta, bajo su nombre–. ¡Tengo cosas más importantes en las que pensar! Como te estaba diciendo, aquella noche, en la terraza…
Anita la escucha con una sensación de hastío. Grazia, su amiga Grazia, de vez en cuando le resulta tan ajena como una desconocida. Aquellos tres meses de verano han roto la armonía de su amistad. Grazia…, un hombre enamorado de Grazia…; de ella, de Anita, nadie se ha enamorado nunca. Se sacude ese pensamiento con furia. Se pone en pie tan de improviso que Grazia se sobresalta.
—¿Quieres ver a mi hermanita?
En el cuarto de juegos la nodriza cose sentada en el vano de la ventana y la pequeña Paola la mira con ojos como platos desde el taburete que está a sus pies.
—Y entonces el reyezuelo partió la tercera nuez y salieron las carrozas y los caballos… –Anita y Grazia se tumban sobre la alfombra, entre los juguetes desordenados. En mitad del silencio, la voz ronca de la nodriza contando el cuento tiene un tono grave y solemne. La pequeña está tan emocionada que aguanta la respiración–. Y así empezó a correr hacia el castillo del ogro…
La habitación es bonita y agradable: las cortinas cuelgan lisas junto a las ventanas, las paredes blancas y sobre las paredes los estampados ingleses, todos iguales, con niñas rubias regordetas y perros peludos con grandes hocicos amables. La nodriza está sentada en el vano de la ventana con su delantal a cuadros y el perfil de la niña tiene un aire absorto. Anita se siente de pronto tranquila y sencilla: puede que el mundo no sea así, puede que haya sufrimiento e inmundicia, pero todas esas cosas quedan ahora lejos, muy lejos; el castillo del ogro está muy lejos.
Ha parado de llover. Anita y Grazia salen a la terraza y se asoman al jardín mojado: les llega un aroma vivo y denso de hojas podridas, de tierra, de fruta empapada. Hasta Paola corre afuera: el cuento ha terminado y el reyezuelo se ha casado con su hermosa reinona y todo ha acabado bien. Anita corre al encuentro de su hermanita, la coge en brazos y la besa: qué pequeña es y qué caliente está, qué frescas tiene las manos, es una lástima que chille y se ría y trate de zafarse de ella.
—Me gustaría tener una hija –dice Grazia en voz baja. ¿Te acuerdas de cuando hablábamos aquí de esas cosas? ¡Qué miedo nos daban! Y sin embargo es algo simple y natural.
Sonríen sin mirarse. Se han hecho mayores de verdad, pueden hablar de su pasado con desprecio y aflicción, igual que los adultos. Y también las envuelve una melancolía semejante, cálida y vaporosa: no saben si hablar o callarse, sienten que se desata en su corazón un brote de pensamientos confusos y reprimidos. Anita contempla el campo de tenis al fondo del jardín, está desierto y silencioso, la pista es de color parduzco a causa de la lluvia y le parece estar viendo a Filippo con sus pantalones cortos de franela blanca y la raqueta, le parece estar oyendo su voz alegre en las mañanas luminosas.
—Qué septiembre tan triste…
Pero Anita sabe que con el verano y las vacaciones ha acabado también algo importante y que algo importante empieza de nuevo mañana con las clases. Tal vez Grazia podría entenderlo…, pero no sabe cómo explicárselo. Callan las dos, las cabezas cerca la una de la otra. Sin duda es muy triste que hasta eso tenga que tener un final, este momento de complicidad, de silencio compartido. Ambas saben que terminará y que ya no volverá nunca, por eso no quieren separarse aún. Frente a ellas sólo se extiende una certeza: el colegio, el invierno. Todo lo demás es palpitante, intangible, incierto. ¡Cuántas cosas pasan en un año! Es imposible no sentir miedo a enfrentarse a él, sabiendo que hay que recorrerlo en toda su extensión. Pero Grazia dice:
—Tengo que irme a casa.
Y Anita la acompaña a la puerta y contempla cómo se aleja desde el umbral:
—Hasta mañana.
Después de cenar Filippo llama a Anita y la agarra del brazo:
—Acompáñame al jardín a hacer una cosa antes de irme…
En el jardín los árboles inmóviles parecen custodiar la noche. El aire nocturno, húmedo y puro, se puede respirar. Anita piensa: “Esta es la última vez que camino así con él”. Él la estrecha con el brazo para que camine muy cerca, le habla y ella trata de escuchar.
—Querida, tienes que estudiar y portarte muy bien con mamá. Escríbeme de vez en cuando. Y cuéntamelo todo, todo, siempre.
Su voz, su voz. Qué triste va a ser el invierno, la casa sin la voz tranquila y tierna de Filippo. Solo sus manos saben acariciar así.
—Filippo, Filippo. –Y de pronto ella siente que tiene ganas de llorar, que tiene en el corazón un pensamiento inquieto y tonto–. No te vayas, no te vayas –dice, y se abraza a él.
Ya sabe que no sirve de nada, que es absurdo, que las maletas ya están cerradas en el pasillo. Filippo se inclina para besarla y le toma la cara entre las manos. La casa, iluminada y bulliciosa, queda lejos. Están solos en medio del jardín oscuro. Se besan. Qué terrible que algo así haya sucedido entre ellos, dos hermanos. De pronto Anita siente miedo de sí misma, de él: de él que la está besando como un amante.
—Es bonito quererse tanto –dice ella, pero sabe de sobra que no es bonito, que es demasiado, que no conviene quererse de ese modo. La infancia de los dos parece clara, lejana–. Tenemos que volver –añade de golpe, reprimiendo una última palabra desconsolada, aferrándose a él y caminando hacia la entrada, donde la luz está encendida. Cuando pasan los árboles, ya bajo la luz, Anita se vuelve para contemplar el rostro de su hermano: le descubre un gesto serio, sereno, como si no hubiese sucedido nada entre ellos. Tal vez sea cierto que no ha sucedido nada. Entran en casa.
Anita se desnuda en su habitación, iluminada por una única lamparita rosada en la mesilla de noche. En la cama está extendido el camisón blanco. En las estanterías hay libros, novelas en las que las muchachas son distintas a ella. La ropa cae a sus pies y ella la deja arrugada en el suelo. (Mañana por la mañana su madre la recogerá con gesto severo). Se mete en la cama: le estremece el primer contacto con las sábanas, todavía frías, ajenas. Apaga la luz. En medio de la oscuridad los pensamientos de todas las noches ya no parecen ni alegres ni tristes. Un hombre, un hombre que se parece a Filippo, surge en medio de la oscuridad y se inclina sobre su rostro. Oh, nadie la había besado así nunca. Pero Filippo se ha marchado. Ella cierra los ojos y se entrega al sueño con un breve suspiro.
Este relato pertenece al volumen Domingo. Relatos, crónicas y recuerdos(Editorial Acantilado, Barcelona, 2021, traducción del italiano por Andrés Barba).

Biografia
Natalia Levi/Natalia Ginzburg (Palermo, Italia, 14 de Julio de 1916 – Roma, Italia, 7 de octubre de 1991). Novelista, poeta, dramaturga y ensayista. Premio Strega 1963. Considerada una de las voces más singulares de la literatura italiana del siglo XX.
Hija de Lidia Tanzi, de religión católica, nacida en Milán y de Giuseppe Levi, médico y anatomista judío nacido en Trieste. La pareja tuvo tres hijos y dos hijas. (Gino, Paola, Mario, Alberto y Natalia). Como hija del abogado socialista Carlo Tanzi (amigo cercano del histórico político Filippo Turati), Lidia poseía profundas convicciones antifascistas. Convirtió su propio hogar en Turín en un refugio clandestino y un centro de debate cultural para intelectuales de la resistencia italiana. Todo ese ambiente laico y de fuerte compromiso político fue la base de educación para sus hijos.
Cuando Natalia tenía tres años, en 1919, la familia se traslada a Turín. Pasó allí gran parte de su infancia y juventud, matriculándose en el instituto Vittorio Alffieri en 1927 y recibiendo una educación laica.
Alrededor de 1933 aparece en la vida de Natalia el activista e intelectual Leone Ginzburg al compartir con los hermanos y el padre de ésta la lucha contra el régimen de Mussolini. El 11 de marzo de 1934 se inicia el “Caso Ponte Tresa” al ser detenido en este lugar, frontera entre Italia y Suiza, su hermano Mario Levi, por posesión de propaganda y literatura antifascista, que pretendía introducir en Italia. Sin embargo, Mario logra huir corriendo de sus captores y tirándose al río lo atraviesa hasta llegar a la orilla suiza, donde se refugia. Como consecuencia de este hecho son detenidas en Turín un grupo de personas relacionadas con Mario, entre ellos, su hermano Alberto, su padre Giuseppe y el propio Leone Ginzburg.
Durante el tiempo que estuvo encarcelado Leone en la cárcel de Civitavecchia (Roma), él y Natalia comienzan a escribirse cartas. Leone sale en libertad dos años antes de cumplir toda la condena gracias a una amnistía y regresa a Turín.
El 12 de febrero de 1938 contraen matrimonio y Natalia comienza a relacionarse con los intelectuales antifascistas turineses (Italo Calvino, Cesare Pavese…) y a colaborar en la editorial Einaudi fundada por su marido junto a Giulio Einaudi, empezando a traducir En busca del tiempo perdido de Proust. La pareja tuvo a Carlo (Turín, 15 de abril de 1939), Andrea (Turín, 9 de abril de 1940) y Alessandra (Pizzoli, 20 de marzo de 1943).
Como consecuencia de la ley racial promulgada por el gobierno de Mussolini, Leone pierde su nacionalidad italiana y en 1940 es condenado al confinamiento en Pizzoli, (pequeño pueblo de la provincia del Águila, situado en la zona de Los Abruzos en el sudeste de Italia) al ser considerado como “persona peligrosa para la seguridad del Estado”. (el posterior ensayo de Ginzburg «Invierno en Abruzos» registra el episodio de manera brillante y contenida).
El primer libro de Natalia, la novela breve El camino que lleva a la ciudad, apareció con el seudónimo de Alessandra Tornimparte en 1942, a causa de las leyes raciales del gobierno de Mussolini que prohibían publicar a los escritores judíos. Recordemos que ademas de su origen judío por parte de padre Natalia se había casado con un judío de origen ruso Leone Ginzburg, conocido activista de la Resistenza italiana contra el fascismo.
El 25 de Julio de 1943 cae el régimen de Mussolini tras la invasión de Sicilia por los aliados y el 5 de agosto Leone regresa a Roma creyendo que el país sería en breve liberado por los aliados. Natalia permanece en Los Abruzos con sus tres hijos pero tras la ocupación de Italia por los nazis alemanes decide reencontrarse con Leone en Roma. Para conseguirlo cuenta con la ayuda de Pia, la propietaria del único hotel de Pizzoli, de la que Natalia dirá posteriormente que era una de las mejores personas que ha conocido en su vida. En una entrevista de 1992, rememoró cómo Pia les dijo a los alemanes que ella «era una prima suya napolitana, cuya casa y posesiones –incluidos, por supuesto, todos los papeles identificatorios– habían resultado destruidas por una bomba». Como necesitaba llegar a Roma, la casera les «pidió a los alemanes que me llevaran». «¡Me condujeron a Roma con mis hijos en un camión militar alemán!», recordaba Ginzburg.
Así fue como pudo reunirse toda la familia el día 1 de noviembre de 1943. Sin embargo, la felicidad por el reencuentro dura poco. Veinte días después, el 20 de noviembre, su marido Leone es detenido en la imprenta clandestina de la vía Basento, de donde salía la publicación antifascista “L´Italia libera”. Llevado a la prisión Regina Coeli de Roma, es identificado como judío y transferido al sector alemán. Torturado por la GESTAPO, fallece la noche del 4 al 5 de febrero de 1944. Tras su arresto ni Natalia ni sus hijos pudieron verle de nuevo.
Tras la muerte de su esposo Natalia envía a sus hijos a la Toscana, donde sus padres se habían refugiado, y ella permanece en Roma, escondiéndose en el convento de las ursulinas en la vía Nomentana. Posteriormente se refugia en Florencia en la casa de su tía materna Drusilla. En octubre de 1944 regresa a Roma, sola, y se va a vivir con su amiga Angela Zucconi. Comienza a colaborar con la sucursal romana de la editorial Einaudi, que dirige Carlo Muscetta, íntimo amigo de Leone y uno de los últimos que le vio vivo en Regina Coeli.
El texto Inverno in Abruzzo donde rememora su estancia en Pizzoli fue escrito por Natalia Ginzburg en 1944, ( su primera publicación oficial en formato de libro se realizó en 1962) y escribe en homenaje a su marido uno de sus escasos poemas: “Memoria” publicado en la revista Mercurio en 1944 y donde por primera vez firma con su nombre real.
Natalia se sume en una profunda depresión, en un período sumamente oscuro en el que fantasea incluso con el suicidio. «No estaba segura de sí quería dormir durante mucho tiempoo morir», llegó a escribir en esa época.De ese estado depresivo la sacó una carta de su madre en la que le decía que los niños tenían escarlatina. «Entonces la vieja angustia materna me paralizó el corazón. Tomé el tren y fui para allá”.
En otoño de 1945 se reúne con sus hijos y sus padres en Turín, conviviendo con ellos desde ese momento en su casa de la vía Morgari. En medio de ese desconsuelo publica en 1947 É stato cosi (Y eso fue lo que pasó. Acantilado, 2016), con el que ganó el premio Tempo. Un libro oscuro y duro en el que el dolor por la tortuosa muerte de Leone impregna toda la obra. Lo dedica “a Leone”.
En 1947, convencida por Balbo, se afilia al Partido Comunista Italiano. Lo abandonará en 1952 de forma silenciosa, desencantada con la deriva que el comunismo está adoptando.
En 1949, durante el Congreso del Pen club (asociación mundial de escritores, fundada en Londres en 1921 para promover la amistad y cooperación internacional entre escritores, se reencuentra con Gabriele Baldini ensayista italiano especializado en literatura inglesa al que había conocido de forma fugaz cuatro años atrás. Gabriele tiene treinta años y devuelve a Natalia la alegría de vivir gracias a su exuberancia abrumadora, su cultura sin fin, su humor, su pasión por el cine y su ternura con sus hijos. Contraen matrimonio en abril de 1950. La pareja tuvo dos hijos: Susanna (4 de septiembre de 1954-15 de julio de 2002) y Antonio (6 de enero de 1959-3 de marzo de 1960). El 27 de agosto de ese mismo año sucede algo que marca a Natalia para toda su vida: su gran amigo, Cesare Pavese, se suicida.
Durante las décadas de los 50 y 60 Natalia Ginzburg inició un periodo sumamente rico y fructífero en su producción literaria. Un periodo sobre todo orientado a temas de la memoria y de la indagación psicológica.
En 1963 fue reconocida con el premio Strega, el galardón literario más prestigioso de Italia por Léxico familiar (Lessico famigliare), una novela autobiográfica editada por Einaudi. Ese mismo año hizo su único papel en el cine, en la película de Pier Paolo Pasolini El Evangelio según San Mateo, en la que interpretó a María de Betania.
En 1969 falleció su esposo Gabriele Baldini a consecuencia de una transfusión de sangre infectada que se le practicó tras sufrir un accidente de coche en Roma, en Muro Torto.
Tras la muerte de Baldini, Ginzburg continúa con su escritura y al mismo tiempo, como la mayoría de los intelectuales de izquierda italianos de aquella época, comenzó a participar cada vez más en política y en las elecciones de Junio de 1983 el Partido Comunista le ofrece una candidatura a la Cámara de los Diputados como miembro independiente en sus listas. Duda si aceptar o no por considerar que no tiene una “mente política” pero finalmente acepta tras consultarlo con Vittorio Foa (amigo de la infancia y perteneciente al partido). Será candidata en dos colegios, el de Roma y el de Turín y elegida en ambos. Opta por Turín (1983-1987) y se inscribe en el grupo de la Izquierda independiente. Posteriormente será diputada hasta su muerte por Circoscrizione Perugia-Terni-Rieti (1987-1991). En su rol de diputada, “visitó prisiones y se sumó a comisiones dedicadas a los problemas de las minorías, a cuestiones de la mujer y al derecho de adopción”. Sus intervenciones en el Parlamento son recordadas por su brevedad y por su claridad, siendo especialmente memorables sus discursos sobre el precio del pan o sobre la tutela de La Paz y la legislación sobre la agresión sexual. Nunca se adjudicó el título de “feminista”, sin embargo, siempre tuvo una posición clara en torno al derecho de las mujeres a tener una vida sin opresiones. En torno al derecho al aborto, por ejemplo, escribió: “La legalización del aborto debe reclamarse, ante todo, por pura justicia. Es intolerable que mujeres pobres estén en riesgo de muerte o mueran al intentar abortos con agujas de tejer, mientras que las mujeres ricas pueden disponer de clínicas cómodas”. Y también dijo: “En el vientre de la madre, ni la ley ni el código ni la sociedad ni los gobiernos deberían tener el mínimo poder de interferir”.
Natalia Ginzburg murió en Roma la noche de 6 al 7 de octubre de 1991.
Ginzburg es autora de numerosas y memorables novelas, obras de teatro, ensayos, biografías de escritores y volúmenes de recolección de artículos escritos para la prensa.
Durante su vida solo publicó 3 poemas (Stagioni , Memoria y Non possiamo saperlo) que posteriormente fueron recopilados por la editorial Einaudi dentro de su volumen de escritos autobiográficos y misceláneos titulado Non fari diari (así como en sus obras completas Opere, volumen I). En español se encuentran traducidos por Andrés Barba y editados en el volumen antológico Domingo, publicado por la editorial Acantilado, el cual rescata piezas raras, crónicas y textos íntimos de la autora escritos entre 1933 y 1988.
Algunas de sus publicaciones son: È stato così, (1947), y eso fue lo que pasó; Tutti i nostri ieri (1952),Todos nuestros ayeres; Le voci della sera (1961), Las palabras de la noche; Le piccole virtù (1962), Las pequeñas virtudes y Lessico famigliare (1963), Léxico familiar, La città e la casa, (1984), La ciudad y la casa, entre otros.
Tradujo a autores como Marcel Proust, Gustave Flaubert o Maupassant y escribió biografías como La familia Manzoni, 1983, y Anton Chéjov. Vida a través de las letras (Acantilado, 2006).
Reconocimientos :
Miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias
Premio Charles Veillon en lengua italiana (1952)
Premio Strega (1963)
Premio Bagutta (1984
En 2002 se publicó en España «Las pequeñas virtudes». La obra, publicada por la editorial Acantilado y traducida por Celia Filipetto, se divide en dos partes, que engloban un total de once ensayos. En la primera parte se distribuyen: «Invierno en los Abruzos», «Los zapatos rotos», «Retrato de un amigo», «Elogio y lamento de Inglaterra», «La Maison Volpé» y «Él y yo». La segunda parte está compuesta por: «El hijo del hombre», «Mi oficio», «Silencio», «Las relaciones humanas» y por último «Las pequeñas virtudes».

En 2020 se publicó «Natalia Ginzburg, audazmente tímida«, escrita por Maja Pflug (Alemania, 1946), una biografía bastante amplia de la apasionante vida de esta escritora. Traducida por Gabriela Adamo y publicada bajo el sello editorial de Siglo XXI, es la primera biografía de la autora italiana que aparece en castellano. En lo que concierne a su trabajo como escritora, se muestra cómo a lo largo de su vida fue consolidando sus hábitos de escritura, desde la juventud hasta su madurez, cuando se levantaba al alba para escribir y así poder cumplir más tarde con todos sus demás quehaceres, ya fuera yendo a las oficinas de la editorial Einaudi o, años más adelante, yendo a ejercer su rol de diputada. Con café y cigarrillo en mano, las primeras horas de la mañana eran dedicadas a escribir.

En cuanto a sus vínculos con otras y otros escritores, en la biografía se muestra su estrecha relación con el poeta italiano Cesare Pavese, quien, cuando Natalia estaba desterrada con Leone Ginzburg y sus hijos en los Abruzos, le escribió: “Querida Natalia, deje de tener hijos y escriba un libro más lindo que el mío”. En esa época la escritora italiana había sido madre en varias ocasiones y aún no encontraba el equilibrio entre la maternidad y la escritura, cosa que fue resolviendo en los años posteriores. Pavese se suicidó en un cuarto de hotel en Turín, en 1950, y Natalia escribió un hermoso ensayo titulado Ritratto di un amico (Retrato de un amigo, 1957), en el que evoca sus momentos al lado del poeta. Asimismo, tuvo una relación cercana con Elsa Morante, a quien admiraba muchísimo como escritora y con quien mantuvo una fuerte amistad. En 1985, al morir Morante, Natalia Ginzburg heredó sus gatos siameses, con los que aparece en algunas fotografías. Mantuvo amistad, también, con Italo Calvino, quien le mandaba todos sus manuscritos para que ella le diera su opinión, y con el escritor y cineasta Pier Paolo Pasolini
Como dijo la editora, critica literaria y escritora Elena Medel en el año del centenario(2016):
“sus libros son pequeñas obras de ingeniería. Detrás de cada frase sencilla hay un trabajo de pulido finísimo. Escribe de lo que tiene más cerca para hablar de lo que tiene más dentro”.
Enlaces de interés :
Fuentes de la bio: http://elmomentoderaquel.blogspot.com/2017/07/natalia-ginzburg-una-biografia.html
https://www.versobooks.com/blogs/news/5391-natalia-ginzburg-s-politics
https://revistaeldiletante.com/trabajos/natalia-ginzburg-audazmente-timida
https://escaramuza.com.uy/intervalo/me-llamo-natalia-ginzburg-soy-aquellos-que-fueron-antes-de-mi-




Deja una respuesta