3 Cuentos y una carta de Vicenta Siosi Pino

Una vez en la vida

Taléin había vivido diecinueve lluvias y era el más hermoso de los jóvenes de la ranchería Amaichon. Sompa, su papá, era palabrero y lo llevaba desde niño a los arreglos de paz entre clanes wayuu, por eso Taléin había aprendido a callar y a decir solo palabras amables. En una conciliación sobre un cobro por el robo de tres vacas, conoció a Shái, una adolescente del clan Apshana. Le gustaron sus risueños ojos negros, sus dientes blancos en formación perfecta y esa piel como cobre pulido por artesano. Arrobado, la siguió hasta el jagüey y le pidió agua. Ella se la brindó en una totuma labrada y el amor entre los dos se inició como un río encajonado.

Se pusieron una cita en la yonna que celebrarían los Sijona, para pedir lluvia al Dios de los wayuu. Taléin bailó con ella. Aquella noche la luna amarilla parecía colosal y el aroma de los guamachos maduros endulzaba el aire.

Shái no dejaba que el muchacho se le acercara mucho. Eso la definía como mujer pura y enamoraba más a Taléin. Deseando impresionarla, pidió la caja e interpretó el toque “Cortejo de una joven mujer”. El tamborileo se escuchó firme por una hora a más de diez kilómetros. Sompa debió pagar el cuero de la caja porque Taleín lo rompió por la fuerza imprimida y las manos le sangraron por la presión a las baquetas.

Luego se vieron en la carrera de caballos de los Uriana en Cucurumana. Taléin montó un animal parduzco y aunque la bestia era hábil y enorme llegó de última porque su jinete pesaba mucho y los otros competidores eran niños. Él se dio por satisfecho, pues solo quería que Shái lo viera espolear al animal y dominar su rienda.

A los tres meses de conocerla la fiebre interna que le daba cuando la veía no cesaba, sino cuando se sumergía una hora completa en el arroyo. Le había mandado para demostrarle su amor una múcura de Uribia y un sombrero de Siapana.

Una tarde cuando las mujeres ya habían encendido el fogón en el centro de la ranchería, exaltado le comentó a su papá.

—Quiero casarme.

En ese instante las llamas del fogón flamearon con desespero. Sompa solo afirmó con la cabeza y miró largamente el camino por donde llegaban las visitas, pero no hablaron más del asunto.

Taléin le mandó un recado a Shái para verse en el viejo pozo de agua de los Apshana. Cuan- do la tuvo cerca, le pasó suavemente la mano por el hombro. Ella tenía gotitas de sudor en la nariz. Estaba hermosa con su manta de flores monumentales y sus guaireñas de colores in- candescentes.

—Voy a pedirte en matrimonio. Creo que mi papá me dará la mitad de la ofrenda por ti, el resto lo recogeré entre mis parientes. Antes de fin de año estaremos juntos —dijo el joven, mirándola a los ojos.

Aunque Shái no expresó nada, sintió una explosión de felicidad en su corazón.

A los dos días, cuando apenas se levantaba el sol, llegaron buscando a Sompa para el arreglo del caso de un pequeño que hirió a otro con un tronco lanzado sin intención de daño. El palabrero expresó.

—Mi hijo me ha escuchado abogar por la paz desde niño. Es apto para ser su conciliador. Taléin se fue con los wayuu y regresó por la tarde contento. El arreglo había sido fácil. Los demandados entregarían tres chivos y uno sería para él por su trabajo.
—Será el primer animal para la dote de tu mujer —le dijo su papá.
El joven sentía que era el más feliz de la tierra.

Los árboles cantaban a su paso y cada amanecer recreaba el paraíso primitivo.

Una noche oscura donde solo se escuchaba el canto lejano de los búhos, seis hombres, con los ojos encendidos como llamas tocaron la puerta del palabrero. Sus caballos resoplaban jadeantes.

—Mataron a nuestro hermano menor, ne- cesitamos un arreglo o iniciaremos una guerra —explicó el líder.

—No sale un wayuu de su rancho después de haberse acostado —les recordó Sompa—. Pero mañana, cuando el dolor sea menor, escucharé sus descargos.

Así fue, el palabrero acompañado de Taléin y tres vecinos respetables, visitó la ranchería de los Bouriyu. Desde el amanecer hasta el ocaso escuchó las explicaciones, valoró las pruebas y ajustó el valor de la compensación demandada por la sangre derramada. Como la noche se cerró precipitadamente sobre ellos, los Bouriyu los invitaron a quedarse bajo la enramada.

La negociación se prolongó por seis meses, parecía que Sompa conseguiría un arreglo pacífico. A todas las conversaciones lo acompañaban sus tres vecinos y Taléin. Fueron tan frecuentes las visitas que el hijo del palabrero socializaba con las jóvenes del clan Bouriyu.

Cuando por fin llegó el acuerdo de paz celebraron con friche y chirrinchi. Todos estaban satisfechos. Se escuchaban explosiones de risa y voces altas que narraban historias remotas. Parecía que toda la tierra guajira cantara por el pacto de vida. Taléin tomó licor por primera vez y a los cinco tragos sintió como si navegara en un barquito en alta mar en medio de una borrasca. Como la bulla por el jolgorio era mucha, le colgaron un chinchorro en un rancho aparte. Se quitó la camisa y el pantalón a tirones. El sueño le cerraba los ojos. Pasado un tiempo sintió un cuerpo tibio que le bajaba el calzoncillo y lo abrazaba. Sus ojos se resistían a abrirse. Pensó que estaba amando demasiado a Shái para tener esos sueños. El olor era distinto al de su princesa, pero esos brazos lo aprisionaban con firmeza.

En ninguno de los dos hubo conmoción, solo se movió el tiempo.

El sol irrumpió raudo por entre las rendijas del barro y avisó de un nuevo día. Bañado de luz supo que había dormido con una mujer como de cuarenta años. La había visto du- rante los arreglos llevándole chicha y agua a los hombres. Taléin notó su amabilidad con él, pero no pensó que le gustara. La mujer se despertó también y sonrió. Le faltaban dos dientes y el resto eran unas cascaritas negras a punto de quebrarse. El joven no sabía qué decir. Rápidamente se puso la ropa y fue al molino a lavarse.

A los tres días se acercó un palabrero enviado por los Bouriyu a la casa de Sompa. El padre de una mujer de cuarenta años, viuda, con dos hijos, solicitaba que Taléin pagara el abuso de haberse acostado con su hija. Y expresaba que una vez entregada la dote podía tomarla por esposa.

Sompa no opuso reparo. Pidió solo tres semanas de plazo para entregar dos mulas, cinco vacas, cincuenta chivos y tres collares de tuuma y oro.

—No quiero a esa mujer —se quejó Taléin. —Ya la tomaste —cortó el padre.
—Yo no quise —se excusó el muchacho. —Aceptaste —concluyó Sompa.

A los treinta días llegó Túpa, la cuarentona. Vino en una mula azabache y cuatro mochilones con mantas, chinchorros, enseres de cocina y sus dos hijos.

La madre de Taléin la recibió y le dio un rancho desocupado para vivir. El muchacho lloró amargamente ante su mamá.

—Amo a otra mujer.
—Puedes tener las dos —lo consoló la madre. —Quiero una sola —dijo el joven ahogado en lágrimas.
Le envió cientos de recados a Shái, pero ella no acudía a su llamado. Las noticias, como las nubes corren raudas en La Guajira y pronto supo que había quienes pretendían a la joven por esposa. Desesperado volvió a insistir a su papá.

—Eres palabrero, sabes escuchar; oye mi dolor. No he cortejado a Túpa.

—Ahora no tenemos bienes para comprar otra mujer.

—Pide a Shái Apshana para mí. Solicita un plazo largo y yo trabajaré para ofrendarla.

Sompa fue a interceder por su hijo al clan Apshana y pronto regresó con la respuesta.

—Ella dijo que no te quiere por marido y se va a vivir a Venezuela.

Taléin lloró como un niño en las piernas de su madre y quienes lo escuchaban se lamenta- ban por él.

—¿De dónde le saldrán tantas lágrimas? —Se preguntó su abuela.

—Se le deshizo el corazón y le está saliendo por los ojos —dijo su tía Yaya.

Cuando por fin, a los siete días, cesó el sollozo, le comunicó a su padre.

—Iré a Parenska donde mi tío Kotorrón, criaré chivos, pero no aceptaré a Túpa por esposa.

—Eres el único wayuu que desprecia una mujer —dijo Sompa sorprendido.

En Parenska todos los días fueron grises para Taléin. Caminaba como ciego tras el rebaño, tropezaba con los árboles y se hería con las espinas de las tunas. Enflaqueció hasta los huesos. Infinitas veces Kotorrón lo encontró gimiendo junto a las cabras.

—Una mujer no es la vida de un hombre —le aconsejó su tío—. Viaja a otras tierras, tal vez te vuelvas a enamorar y tus hijos alegren tus días.

A los dos años de vivir en Parenska supo que Shái se había casado con un wayuu venezolano y estaba embarazada.

La noticia convirtió a Taléin en el indio más triste de la Guajira. Absorto gastaba sus ojos mirando el horizonte, buscaba en la soledad borrar su memoria. Secuestrado por sus penas arriaba sus chivos con gritos lastimeros y su familia, aunque no lo expresaba, sabía que el amor le duraría siempre porque los wayuu que se enamoran lo hacen solo una vez en su existencia.

De: El bebé duerme / Una vez en la vida / colección Clásicos en cordel, editada por el Centro Editorial de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia. (2021)

No he vuelto a escuchar los pájaros

Bonita, bonitica, me decía mi abuela. Bonita me llamaba la vendedora de leche y la que pasaba todos los días montada en su burro pollino. Bonita, expresaba el que me veía y yo sonreía y me preguntaba allá adentro si sería tan hermosa como los cardonales paridos de iguarayas o tan bella como el amanecer cuando cantaban todos los pájaros del mundo.

Temblando me tocaba el cabello y era como la hoja de salvia, recorría mi piel y era como flor de tuna, a escondidas palpaba mis senos y eran dos múcuras erguidas en sus horquetas.

Una noche sentí la tibieza de la primera menstruación empapando mis muslos y tuve ganas de llorar. Desde ese momento y durante un año dormí sola en el rancho de mi abuela bebiendo las aguas depurativas de la piache y comiendo mazamorra. Esta etapa de mi vida me colmó de gracia, todos lo decían. Intuía que pronto me casaría, pero allá adentro deseaba seguir acompañando a mamá a sacar agua de las casimbas, caminar con mis primas recogiendo cerezas, ir a los bailes vestida de rojo y mirar sin cansarme el cielo sin nubes de un desierto encandelillado.

Veloz llegó papá con la noticia de mi matrimonio. Peepés entregaría la dote. El día que lo conocí, allá adentro todo se volvió hielo. Me fui con él a una ranchería nueva y esa noche un hombre de medio siglo se posó sobre mis catorce lluvias. El hombre resopló, resopló, resopló y allá adentro sentí caer en un abismo sin fin.

Como esa noche fueron todas las noches y hasta los días se convirtieron en noche. Allá adentro quería huir, ir donde mamá, pero mil espíritus mugiendo leyes antiguas se sentaban frente a mí. Allá adentro hubo una guerra. Arrumé en un rincón las sombras de los muertos exigentes del cumplimiento de la ley nupcial y me fui corriendo y mientras corría no vi los ciempiés en los dividivis, ni las culebras corales. Corrí hasta que divisé la manta floreada de mamá y me abracé a sus piernas. Ella me dio chicha y descansé en un chinchorro, pero esa misma tarde papá me sometió a la ley de los mayores y él mismo agarrándome de la mano me llevó donde mi esposo. Y la noche fue oscura.

Peepés era feliz cuando le sacaba canas y yo me sentaba junto a su chinchorro y le arrancaba su vejez con delicadeza. A veces Peepés se emborrachaba y se caía al suelo y se caía también sobre mí y las noches eran inacabables. Peepés no trabajaba tanto y llegaba el hambre con sus tres manos y me apretaba el estómago y la cabeza y se robaba la luz de mis ojos. Me va a llevar el hambre, le conté a una wayuu que pasaba por allí con una olla llena de verduras podridas y ella dijo también he sentido las tres manos del hambre, pero en el mercado de Riohacha hay bastante comida.

Peepés no se opuso y me fui con la verdulera y conocí el mercado todo llenito de cosas y vi las gaseosas, los bocadillos y la carne guindando en las colmenas, pero nada era mío y solo pude limpiar un bulto de cebollín y me dieron de pago otros cebollines y llegué al atardecer apretada por el hambre, pero volví al otro día y limpié sacos y sacos de papa y me pagaron con papas y vi debajo de las mesas de los vendedores unos tomates y los tomé y cuando llegué al rancho hice un caldo de cebollín y papa y el hambre se fue a visitar a otro. Y al siguiente día me fui por debajo de las mesas del mercado recogiendo lo que botaban y limpiando cebollín y así me acostumbré y conocí otras indias que hacían lo mismo y nos acompañábamos en el camino de regreso.

En un invierno tuve un bebé y no me dio alegría, sino tristeza y no pude ir al mercado y el hambre volvió a apretarme el estómago y me fui con el nacido a la casa que estaba en la salida de la ciudad donde una mujer arijuna siempre nos saludaba batiendo su mano en el aire. Sin conocer me senté en la terraza y esperé en silencio y al final de la tarde me dieron arroz y carne. A veces comía hojas o semillas y cuando no había nada iba a la casa en la salida de la ciudad y al final de la espera, siempre muda, me daban comidita.

Cuando el bebé tuvo una lluvia yo había perdido un diente del frente y cuando el bebé tuvo dos lluvias llegó otro nacido y yo ya no soy yo. Y otra vez el hambre y otra vez sentada en la casa de la salida de la ciudad. Un día la arijuna me dijo por Dios mujer no paras más y yo no sabía cómo no parir más, pero no contesté nada, nunca le decía nada.

Cuando nació el tercer bebé perdí el segundo diente y la arijuna dijo tienes mucho dinero que pares tanto y no dije nada porque si tuviera dinero hubiera comprado una gaseosa roja para saber a qué sabía o probaría una bola de chocolate.

Murió mi abuela y en su velorio vi a las primas aún sin casarse, con sus dientes completos, con sus mantas nuevas. Ellas que nadie llamó bonitas, boniticas, estaban con otros jóvenes sonriendo a pesar del duelo.

Me acosté en un chinchorrito y pude ver la luna nueva alumbrando los caminos arenosos de La Guajira y vi que las noches, aun de luto traen su resplandor y pensé cosas buenas, pero la luna también iluminó mi manta raída y mis uñas carcomidas por el mugre. Y escuché la voz sin rostro del murmullo: Que fea está y del abismo de allá adentro subió un calor.

Antes de prender el fogón fui a la casa de la salida de la ciudad y pedí a la arijuna un espejo. El cabello un rastrojo tostado por el sol, la piel tiznada, la boca mueca y los ojos infinitamente tristes en diecinueve lluvias vividas. Corrí con todas mis fuerzas ¿huyendo de quién? De la ley me dije, ella ya hizo uso de ti contestó una bandada de gallinazos y corrí más y mientras corría recordé que ya no me alegraba recoger cerezas, ni había vuelto a escuchar los pájaros del mundo cantando en la aurora de los wayuu y con un dolor oprimiéndome el pecho tuve la certeza de haber muerto la noche en que un hombre de medio siglo se posó sobre mí. Fuente

Esa horrible costumbre de alejarme de ti

Mamá me colocó la manta y las wairrina nuevas, adornó mi cuello con los collares de la abuela y amarró sobre mi cabeza su pañolón de mil colores. “Me llevan a conocer Riohacha –pensé- solo una ocasión tan especial puede motivar vestirme así”. Me agarró fuerte de la mano y mis dedos empalidecieron por falta de sangre. Salimos del rancho, el sol me cegó con su luz, mamá casi me arrastraba. Volví la cara y vi a mis familiares bajo la enramada, mirando atentos como nos alejábamos. Motsas se protegía del sol con su mano izquierda. Yo no comprendía nada, solo tenía siete años.

La casa donde llegué era grande, con sillas altas; sentada en el sofá, mis pies no alcanzaban a tocar el suelo. Sentí un mareo cuando miré el mar por la ventana. Desde ese día, lo tuve siempre frente a mí. Los días aquí no me gustan. Ya no llevo la manta, la señora me dio otra ropa y guardo los collares en el jarrón blanco que esta sobre la vitrina de la cocina. Aún espero a mamá; cuando me dejó, dijo que volvería pronto y que no llorara. Me engañó, volvieron las lluvias y no viene a buscarme. “Indiecita” me llaman, sin saber que soy princesa y mi papá el cacique de la ranchería.

Ya conozco todas las habitaciones de la casa. Tengo que asearlas tempranito. Odio levantarme de madrugada a lavar los platos; el agua fría me estremece y se lo he dicho a Olar, la empleada, y me ha sonreído. Le traeré a Olar iguaraya, a ella le cuento lo que hago en la ranchería. A veces, cuando tengo sueño, me arropa sobre la silla de la cocina y me dice: “Duerme un ratito”. Creo que me quiere.

No tengo tiempo para descansar. Cógeme esto, alza aquello, diga señora, a la orden, gracias, despídase, lava la ropa, plánchala, se pasan el día mandándome.

Olar me regaló dos calzones de bolitas y me llevó por la tarde al mar, recogí varias conchitas, y las guardé, para que no me las quiten, en la caja de mi ropa. “Cómo podré pagarle a Olar esta alegría, puede ser con los collares, pero están tan altos en el jarrón blanco sobre la vitrina de la cocina. Solo arrimando un taburete y subiéndome al lavaplatos los alcanzo” – pensé –. En la noche lo hice. Caminé despacio cuando todos dormían, arrimé la silla y me así al mesón de mármol, como a un matorral de bejucos, pero la vitrina estaba muy alta, apenas rozaba con la punta de los dedos el jarrón. Intenté moverlo brincando, le di un manotón y no se meció, probé nuevamente, la vasija se ladeó y pasó cerca de mi cabeza. Se destrozó en el suelo vomitando mis divinos collares. La señora Flor, sus hermanas Guillermina y Natividad y Olar se levantaron azoradas. Esa noche por primera vez en mi vida recibí una paliza. No llore, ¿por qué hacerlo? Había recuperado mis collares, nada importaba aunque durmiera boca abajo por el dolor en las nalgas.

Mamá llegó a los dos días del accidente. Fui feliz. Corrí y me abracé a sus piernas.

-Me quiero ir contigo – dije.

Ella no me contestó nada y también me abrazó. La señora ordenó me retirara y nunca mandato de la mujer me dolió tanto como ese. Me quedé cerca, detrás de una matera. Vi como mamá le entregaba un chinchorro, tres mochilas y un collar de coral.

-Comadre, es el pago del jarrón – dijo mamá.

Hablaron más, pero no entendía las palabras. Luego mamá salió, sin intención de llevarme. Corrí por la cocina y atravesé el patio, me arrastré por el boquete por donde sale el perro y di justo con el burro en que había llegado mamá. Rápidamente subí al animal y como un ovillo me metí en el mochilón de mercar. A los pocos minutos, sentí que el bruto se movía y ya no quise ni respirar.

Escuché la orina del asno sobre el río. Ya estábamos llegando. Sudaba por el calor y empecé a moverme en la mochila, mamá descendió de la bestia extrañada, bajó las compras y el mochilón. Ya en el suelo salté entusiasmada y corrí en dirección de la ranchería.

Motsas fue el primero en verme. Mientras tomaba chicha mi papá hablaba con mis abuelos en la enramada de yotojoro. Miré a Motsas y sin hablar nos entendimos. Corrimos al río y nos bañamos hasta que los ojos enrojecieron por el agua. Motsas llevaba guayuco y unas wairrinaraídas por el uso. Su piel curtida brillaba entre las tunas. Le confesé que dormía en una cama de la cual me caía sin faltar cada noche.

Por la tarde recogimos los chivos, les quitamos las tunas que traían prendidas. Trepé en el corral y ordeñé la chiva parida. Después volvimos a bañarnos; Motsas hizo piruetas en el agua y salimos cuando los mosquitos nos acosaron. El cansancio ganó en la noche. ¡Soñé estar en la ranchería, que sueño maravilloso!

Al día siguiente, otra vez sentí el apretón de mano y los familiares en la puerta del rancho. Motsas nos seguía, brincando y escondiéndose entre los trupillos, hasta llegar al río.

-Es por tu bien – dijo mamá sin mirarme.

Nuevamente llegué a la casa de las hermanas mandonas, así las llamaba a escondidas. No entendiendo por qué vine aquí si nada me faltaba en la ranchería. Allá libremente brincoteaba por la salina inmensa, robaba los nidos de las tórtolas en las noches y mi abuela no me decía nada cuando me bañaba incontables veces en el arroyo. La veía llenar sus múcuras con parsimonia y podía hacerlo más aprisa, pero me daba tiempo para zambullirme más en la corriente.

El tiempo pasaba. La rutina volvió. Haz esto, mueve aquello, diga a la orden, desee buenas noches, indiecita nuevamente.

Trabajaba y era el hazmerreír de las mandonas, pues como poco sabia castellano, cada palabra mal pronunciada (y eran todas), las desternillaba de la risa.

Llegó una época llamada navidad. Ayudé a armar un hermoso árbol de pasta y un pesebre. El siete de diciembre no dormimos, esperamos el amanecer en la puerta cuidando unas velitas. Los vecinos hacían lo mismo. Esa noche habían sacado una vajilla especial para la cena.

-La compró mi finada madre a los contrabandistas de Aruba – dijo Flor orgullosa -. Es auténtica porcelana china.

A las seis, antes de acostarnos, Guillermina, empecinada, me mandó a lavar la vajilla. Nunca había trasnochado y los ojos me ardían. Mas por culpa del agotamiento y no del descuido, la porcelana china completa cayó al suelo y se deshizo íntegra. En varios días no pode sentarme, mis nalgas encarnadas lo impedían. Mamá vino y esta vez pagó con dinero la porcelana. También trajo como regalo para Flor, mi madrina, seis gallinas y un cabrito. A mí me obsequió una cántara de chicha, pero no la probé por estar castigada. Cuando mamá se iba, salí por el patio, como la primera vez, pero no me escondí en el mochilón. Esperé e hizo lo que pensé, revisó la carga cerciorándose que no estuviera en ningún bojote.

Miré bien por donde caminaba y la seguí. Era difícil alcanzarla porque montada en el asno ganaba distancias, pero pronto apareció el camino conocido. Antes de cruzar el río la llamé a gritos, enojada se apeó del animal y me zarandeó.

-Si te llevo a casa de mi comadre es por tu bienestar, te educarán y podrás ser otra persona con buenas costumbres. Agradecida le estaré toda la vida. Te voy a llevar y si te devuelves, será la primera vez que te peguen. No quiero una queja tuya.

Mamá no sabe –pensé– de las azotainas de mi madrina. Sin cruzar el río nos devolvimos. Hice el viaje en el anca del burro. Los cardones tristes decían adiós con sus brazos de espinas y aquella indiecita Epieyu lloró. Su madre la india Machonsa no pudo detener su dolor y justo cuando un caricari atravesó el cielo, abrazó a su hija, pero apretó la jáquima y el animal apuró el paso.

Han pasado ocho navidades y no he visto a mamá. Voy al colegio. Sé por mis amigas que dibujo bien. Olar siempre alaba mi aseo y orden. No volví a quebrar nada. Me tienen confianza y puedo disponer de todo en la casa. Natividad, Guillermina y Flor son solteronas. Ahora que las quiero deseo que consigan novio, pero el último tren les pitó antes de llegar yo a su hogar.

En esta navidad pedí permiso para realizar una fiesta y me lo concedieron. Las mandonas ese día se encerraron temprano para no escuchar la música. Por la tarde, alguien dijo que me buscaban y salí a la puerta. Una mujer mayor con una manta floreada, seis gallinas y un cabrito me esperaban junto a un burro. Era mamá. Estaba curtida y arrugada por el sol. Me abrazó y sentí su olor a humo. Me separé rápidamente pensando que podría ensuciarme el vestido de la fiesta. La metí a la casa por el portón del patio, para que no la vieran, pues había invitados en la sala.

-Vengo por ti, es tiempo de volver a los tuyos – dijo mamá.

-No puedo, mi madrina me necesita – contesté.

-Ella tiene a sus hermanas – añadió mamá.

-Yo les atiendo la casa – repuse.

-Le dije a tu madrina que volvería cuando crecieras.

-No me quiero ir – dije secamente.

Mamá se fue y no salí hasta cuando supuse iba lejos. En las vacaciones de mediados de año, Flor me obligó a ir a la ranchería, distante diez kilómetros de la ciudad. Motsas es un hombre ya, sacrifica chivos y vende la carne en el mercado de Riohacha. Mi abuela está ciega y no da para pararse sola. Cuando llegué, todos me miraban como algo extraño. Todos han cambiado, excepto el paisaje inquebrantable del desierto.

La primera noche no pude dormir por los zancudos y me caí del chinchorro. Añoro la luz eléctrica y los programas de televisión. Me aburro demasiado y no me gusta bañarme en el río, veo el agua demasiada sucia. Solo duré una semana.

En cada asueto voy unos días y cada vez demoro menos. Cuando me encuentro con algún familiar en el mercado me escondo para no saludarlo. Ni yo misma me explico este desafecto a mi raza. En la mañana vi a mamá con unos sacos de carbón de madera y no me atreví a llegar donde estaba. No soy feliz en la ranchería, mucho me he acostumbrado a la ciudad, pero tampoco ella me acepta. Los rasgos de la tribu me delatan. En cualquier fiesta soy la indiecita. Tengo confusión de sentimientos. Creo mía esta casa ajena y de mi Guajira indomable ni recuerdos tengo ya.

Tardo mucho en conciliar el sueño. Intento darle sentido a esta pensadera y no encuentro respuesta. Hoy, una vecina, porque el perro ensució su terraza, me ha gritado las palabras que por años buscaba y no hallaba.

¡India desnaturalizá y desgraciá!

Fuente

Carta de Vicenta Siosi Pino al presidente Santos

Doctor Juan Manuel Santos. Presidente de la República de Colombia. Respetuoso saludo. Le escribo desde Pancho, una aldea wayuu con casas de barro y techos de zinc, que se levanta en la margen derecha del río Ranchería, el único río de la Media y Alta Guajira.

Decenas de rancherías circundan Pancho porque los wayuu vivimos diseminados por este desierto que Dios nos dio.

Las gentes por aquí́ viven de la pesca. Aún los niños capturan lizas, bagres, bocachicos y camarones que son nuestro alimento. Las mujeres recogen cerezas, iguarayas, mamoncillos cotoprix, coas silvestres para venderlas.

El otoño, con sus truenos escandalosos nos avisa de las lluvias, y se preparan las huertas para el frijol, la patilla, la auyama y el maíz. Recoger la cosecha es un gozo indescriptible.

Algunos wayuu tienen rosas permanentes junto al río. Con gran esfuerzo, cargan el agua con valdes y riegan mata por mata. Otros toman barro y agua del río para fabricar ladrillos destinados a la construcción de viviendas citadinas.

Como en la orilla del río hay espesa vegetación, un grupo corta las ramas de los árboles de trupillo y hace carbón de madera. No tenemos gas domiciliario, ni estufas eléctricas. Algunos hombres van a la ribera del Ranchería y cazan cangrejos azules para vender sus muelas. Luego los devuelven a sus cuevas. Criamos chivos, y los rebaños van al río a tomar agua.

El Ranchería es el único río de los wayuu. La única corriente de agua que atraviesa este territorio ancestral. Al río vamos a bañarnos. Es una diversión exultante. Allí́, los jóvenes se enamoran y fundan lazos de amistad. Las mamas lavan ropa y los pequeñitos aprenden a nadar.

Con el barro blando de las orillas las niñas fabrican muñecas, tacitas y platicos que secan al sol.

En un libro del Cerrejón titulado: ‘Resumen del proyecto de expansión para grupos de interés’, en su página 60, dice que el cambio climático global (CCG) nos afectaría: ‘El clima en la Guajira podría tornarse más cálido y seco, con una disminución en la pluviometría de 5 a 10 %. Los glaciales de la sierra nevada de Santa Marta podrían desaparecer hacia el año 2050, lo que afectaría la disponibilidad de fuentes de agua en la región’. ¿Cómo será́ la vida del wayuu sin el río Ranchería?

A Pancho llegaron el día 28 de marzo de 2012 funcionarios del Cerrejón e informaron a la comunidad que tienen proyectado desviar 26 kilómetros de nuestro río. Advirtieron que éste se va a secar en verano y añadieron que posiblemente construyan un embalse en el río Palomino (Barrancas).

Entonces, ¿Cómo nos proveerá́ un arroyo seco?

Anunciaron que los 500 millones de toneladas de carbón bajo el río generarían regalías. En 30 años de explotación del mineral, las regalías del departamento le han servido para nada.

Los hospitales permanecen en paro y la educación ocupa el último lugar del país: según una investigación del Banco de la República el 50% de los niños wayuu padecen desnutrición. Este año informaron que la Guajira ostenta el más alto nivel de pobreza e indigencia en Colombia, con un 64%. Veo que las regalías no han ayudado en lo fundamental.

¿Por qué cambiaríamos nuestro único río a cambio de regalías?

Al final de la reunión concluyeron que sería una gran obra de ingeniería y que las cosas seguirían igual. A lo que una jovencita de la comunidad preguntó:

Si todo permanecerá Igual ¿Por qué nos quieren compensar? Nuestro transcurrir en la península Guajira gira alrededor del río, él es la gracia y la vida aquí’.

Señor Presidente, por favor no permita que la empresa extranjera Cerrejón destruya el acuífero que mantiene el Ranchería y seque la única fuente de agua que poseemos.

Si se licencia el traslado y empezamos a padecer los perjuicios, no podremos volver atrás, el daño es irreversible.

Por favor ayude a los wayuu.

Fuente: “La carta de una escritora wayuu a Santos”. Redacción vivir. 13 abril de 2012. El espectador. Web. 21 octubre 2015.

Vicenta María Siosi Pino (San Antonio de Pancho, La Guajira, Colombia, 29 de septiembre de 1965), del clan Apshana, nación Wayuu. Poeta, narradora, profesora y documentalista para televisión. Considerada una de las más destacadas escritoras contemporáneas wayuu.

Hija de Nicolasa Pino, perteneciente a la nación  wayuu, quien ejercía de rectora del Colegio San Antonio de Pancho y era una gran narradora y de padre del clan Epieyu, de ascendencia italiana por su rama paterna.

Vicenta Maria estudió hasta segundo de primaria en la ranchería ubicada en el caserío de Pancho, municipio perteneciente a Manaure, y después tuvieron que trasladarse  Riohacha porque no había tercero y tenía que seguir estudiando.

Siosi cursó estudios secundarios en el colegio La Divina Pastora de Riohacha, estudió comunicación social y periodismo en la Universidad de la Sabana en Bogotá e hizo una especialización en planificación del desarrollo regional y municipal en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Ha sido jefe de prensa de la gobernación de La Guajira. Como documentalista ha destacado con proyectos exitosos de investigación fílmica como “Origen y fuerza del matrimonio wayuu” y “Fiesta de los emborrachadores de Riohacha”, con el que ganó la Beca Nacional de Colcultura en 1995.

Vicenta María Siosi es heredera de la riquísima tradición oral wayuu, así como de la tradición literaria escrita más antigua entre los pueblos indígenas de Colombia, tradiciones conectadas entre sí. En la tradición oral destacan los relatos mitológicos que expresan una compleja cosmovisión y los jayeechi, cantos narrativos en wayuunaiki, que casi nunca se escriben. En la tradición literaria la producción wayuu abarca novela, cuento, relato y poesía, en formato bilingüe o en español, nunca exclusivamente en wayuunaiki.

Hasta los noventa, la literatura wayuu había sido un monopolio masculino, que Vicenta Siosi rompió al empezar a publicar sus relatos –el primero fue “Esa horrible costumbre de alejarme de ti”, 1992 seguido de  “El honroso vericueto de mi linaje” (1993)–y posicionarse como una escritora importante en la literatura indígena contemporánea de La Guajira y de Colombia. Posteriormente, obtiene mención de honor en el concurso Enka con “El dulce corazón de los piel cobriza” (1998) y el premio Nacional de Literatura infantil Comfamiliar del Atlántico con la fábula “La Señora Iguana” (1999).

En 2002 salió a la luz una compilación de sus narraciones El dulce corazón de los piel cobriza, editado por el Fondo Mixto de Cultura de la Guajira; en 2004 apareció Shikl omirra tepichi wayuu/ Juegos de los niños wayúu. Luego siguieron “Danza de tortugas en el mar” y en 2017 el libro de relatos, Cerezas en verano publicado por la Universidad del Valle y en 2020 se publicó en Dinamarca por la editorial Aurora Boreal, traducido al danés por Pía Sloth Poulsen y con una portada diseñada por el italiano Paolo Niutta.

En 2019 Siosi publica Pedacito de tierra bonita en edición bilingüe, español-wayuunaiki, con ilustraciones realizadas por niños wayuu de zona rural de Maicao y en 2021 Los agüeros wayuu, editado por Fondo Mixto de Cultura Guajira.

Ha publicado la novela “Invierno en la tierra del pan” con la cual ha conseguido el segundo lugar en el Premio Nacional de Novela Corta Roberto Burgos Cantor 2025.

Ha recibido varios premios y distinciones, y sus relatos han sido publicados en diversas antologías.Ha sido invitada a eventos internacionales como ‘Hay Festival’, en Cartagena y ferias del libro, alrededor del mundo y en Colombia. En el año 2019, proclamado como el de Las Lenguas Nativas, estuvo en la Feria de Guadalajara, donde fue homenajeada al lado de otras dos escritoras. Sus obras forman parte de los talleres de lectura de varias universidades a nivel nacional, y su obra ha sido objeto de estudio de varias tesis y diversos trabajos de investigación en universidades como Buckenell University, Pennsylvania y Portland State Universiy, Oregón, en Estados Unidos; las universidades del Valle, Los Andes y Pontificia Universidad Javeriana.

Como un creciente número de escritores y escritoras indígenas en Latinoamérica, Vicenta Siosi es una intelectual de frontera que se mueve entre distintas culturas y lenguas –su cultura de origen y la de los alijunas (no wayuus), el wayuunaiki y el español, las rancherías wayuu y una gran urbe como Bogotá–. Su obra trata los problemas contemporáneos de su pueblo. Sus personajes, muchos de ellos niños, niñas o adolescentes indígenas, enfrentan con habilidad y astucia los desafíos que les impone el mundo no indio, tal como lo han hecho históricamente los wayuu. La perspectiva de género es bien importante en su obra y le confiere una gran novedad a su producción literaria, gracias a la cual podemos acceder al mundo de las mujeres indígenas y a sus retos problemáticos como el matrimonio por compra, que Vicenta Siosi critica en varias de sus narraciones. Sus relatos aluden también de distintas maneras a la larga historia de resistencia y negociación de los wayuu, a sus costumbres e instituciones y a otros temas sociales como la vergüenza étnica, las relaciones entre los wayuu y los alijuna, el racismo de la sociedad regional y nacional hacia esta sociedad indígena, la asimilación forzada y la avasalladora modernidad impuesta a su pueblo. La preocupación por la degradación ambiental y por los animales y la naturaleza anima también su literatura, así como los dilemas de la crianza, la vida cotidiana y el amor de pareja entre el pueblo wayuu.

Siosi es también una intelectual orgánica que da voz a su pueblo, en particular a las mujeres, cuyo compromiso estético, ético y político signa tanto su obra como sus actuaciones en la vida pública de La Guajira. En defensa de su pueblo, la autora lideró la oposición en contra del proyecto de desviación del río Ranchería, el único de La Guajira.Vicenta Siosi se encargó de redactar una carta para el presidente Juan Manuel Santos con el fin de evitar el desvío del río Ranchería, la misiva fue traducida a varios idiomas y expuesta al público al nivel mundial en defensa del único río para los wayúu.


Enlaces de interés :

https://www.humanas.unal.edu.co/2026/application/files/1216/3219/0955/Clasicos_en_Cordel_3_Relatos_Vicenta_Siosi.pdf

https://letralia.com/212/entrevistas01.htm

https://pdxscholar.library.pdx.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=4017&context=open_access_etds

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