Contracanto a Walt  Whitman de Pedro Mir

Contracanto a Walt  Whitman publicado en 1952, es considerada una de las obras cumbres de la poesía hispanoamericana que dialoga y desafía a un célebre poema de Walt Whitman publicado en 1855 con el titulo de «Canto a mí mismo (Song of Myself) que se inicia así:  «Yo, Walt Whitman, un cosmo, un hijo de Manhattan…».

«…El poema de Mir es a la vez una celebración de Whitman y una afirmación de diferencias — una celebración del poeta de la gente común y una denuncia del «destino manifiesto» de la nación que Whitman había ayudado a construir.  Whitman había reunido a todos los norteamericanos en una voz profética y coral, «sonora, extensa y final», y ahora era la oportunidad de la gente que vive fuera de esas fronteras, los marginalizados y anónimos habitantes de Quisqueya, la isla caribeña hoy dividida entre la República Dominicana y Haití.  De esta manera, Mir sigue a Whitman, a la vez que difiere de su opinión.  Mir acompaña a Whitman en un recorrido a través de una prístina América y se identifica con el espíritu de sus fundadores, aún con el Yo whitmaniano — el cual, como una mónada de Leibnitz, es «el girar de todos los espejos / alrededor de una sola imagen».  Es esta auto-afirmación lo que ha dado nacimiento a los Estados Unidos. 

Pero aquí los dos poetas deben diferir.  Algo ha aparecido entre la auto-afirmación y la satisfacción puras, y este ‘algo’ es el dinero, el simulacro que reemplaza la realidad y que aliena a los seres humanos de sí mismos.  Mir se aproxima más aquí a la visión de Ernesto Cardenal de una humanidad caída, encontrando la degeneración del Yo whitmaniano y su resurrección como egoísmo imperial que ha convertido a Latinoamérica en mercancía y privado a las naciones del continente de su autonomía.  El espíritu de Whitman sólo puede ser redimido por un nuevo pronombre, el nosotros de todas esas naciones y pueblos que han sido transformado en «otros». Fuente


Contracanto a Walt  Whitman

Yo,

       un hijo del Caribe, 

precisamente antillano. 

Producto primitivo de una ingenua 

criatura borinqueña

                                 y un obrero cubano, 

nacido justamente, y pobremente, 

en suelo quisqueyano.

Recorrido de voces, 

lleno de pupilas 

que a través de las islas se dilatan, 

vengo a hablarle a Walt Whitman, 

un cosmos,

                     un hijo de Manhattan.

Preguntarán

                     ¿quién eres tú?

                                                Comprendo.

Que nadie me pregunte

quién es Walt Whitman. 

Iría a sollozar sobre su barba blanca. 

Sin embargo, 

voy a decir de nuevo quién es Walt Whitman, 

un cosmos,

                   un hijo de Manhattan.

1

Hubo una vez un territorio puro. 

Árboles y terrones sin rúbricas ni alambres. 

Hubo una vez un territorio sin tacha.

Hace ya muchos años. Más allá de los padres de los padres

las llanuras jugaban a galopes de búfalos.

Las costas infinitas jugaban a las perlas.

Las rocas desceñían su vientre de diamantes.

Y las lomas jugaban a cabras y gacelas…

Por los claros del bosque la brisa regresaba 

cargada de insolencias de ciervos y abedules 

que henchían de simiente los poros de la tarde. 

Y era una tierra pura poblada de sorpresas. 

Donde un terrón tocaba la semilla 

precipitaba un bosque de dulzura fragante. 

Le acometía a veces un frenesí de polen 

que exprimía los álamos, los pinos, los abetos, 

y enfrascaba en racimos la noche y los paisajes. 

Y eran minas y bosques y praderas 

cundidos de arroyuelos y nubes y animales.

2

(¡Oh, Walt Whitman de barba luminosa…!) 

Era el ancho Far-West y el Mississippi y las Montañas

Rocallosas y el Valle de Kentucky

y las selvas de Maine y las colinas de Vermont

y el llano de las costas y más…

                                                   Y solamente

faltaban los delirios del hombre y su cabeza. 

Solamente faltaba que la palabra

                                                     mío

penetrara en las minas y las cuevas

y cayera en el surco y besara la Estrella 

Polar. Y cada hombre

                                    llevara sobre el pecho,

bajo el brazo, en las pupilas y en los hombros, 

su caudaloso yo,

                            su permanencia

en sí mismo,

y lo volcara por aquel desenfrenado territorio.

3

Que nadie me pregunte 

quién es Walt Whitman. 

A través de los siglos 

iría a sollozar sobre su barba blanca. 

He dicho que diré

                             y estoy diciendo

quién era el infinito y luminoso.

                                                    ¡Walt Whitman,

un cosmos

                  un hijo de Manhattan!

4

Hubo una vez un intachable territorio puro. 

Solamente faltaba que la palabra

                                                     mío

penetrara su régimen oscuro.

                                               Sin embargo,

el yo que iba a decirla estaba allí

                                                    pero cogido

como un pez

                      en su red de costillas.

Estaba

            pero interno, pero adusto y confinado 

y amaba y deshojaba sus novias amarillas. 

Afuera estaba el firme sistema de la Ley. 

Estaba la celosa

                           regulación de la conducta.

La Ley del algodón, la Ley del sueño, 

la Ley inglesa, dura y definitiva.

                                                   Y apenas 

un breve yo surgía entre dos párpados, 

se iluminaba d cumplimiento de la Ley. 

Y entonces, 

cada cual derogaba su yo desestimado 

entre el musgo, la sombra, la amapola

y el buey.

5

Y un día

(¡Oh, Walt Whitman de barba insospechada…!) 

al pie de la palabra

                                yo

resplandeció la palabra

                                      Democracia.

Fue un salto.

                      De repente 

el más recóndito yo 

encontró su secreto beneficio.

Libertad de Trabajo.  Libertad de Conciencia. 

Libertad de Palabra.  Libertad de Camino. 

Libertad de aventura, proyecto y fantasía. 

Libertad de fracaso, de amor y de apellido. 

Libertad sin retorno ni vértices ni orugas. 

Libertad de quererme y mirarme en su pupila. 

Libertad de la dulce asamblea que tengo en mi corazón

  contigo y con toda la infinita humanidad que rueda a través

     de todas las edades, los años, las tierras, los países, 

         los credos, los horizontes… y fue 

            la necesaria instalación del júbilo.

Las colinas desataron luceros y luciérnagas. 

Las uvas se embriagaron de vino y de perennidad. 

En todo el territorio

se hizo la gran puerta de la oportunidad 

y todo el mundo tuvo acceso a la palabra

                                                                  mío.

6

¡Oh, Walt Whitman, tu barba sensitiva 

era una red al viento!

Vibraba y se llenaba de encendidas figuras 

de novias y donceles, de bravos y labriegos, 

de ruidos mozalbetes camino del riachuelo, 

de guapos con espuelas y mozas con sonrisa, 

de marchas presurosas de seres infinitos, 

de trenzas o sombreros…

Y tú fuiste escuchando 

camino por camino 

golpeándoles el pecho 

palabra con palabra. 

¡Oh, Walt Whitman de barba candorosa, 

alcanzo por los años tu roja llamarada!

7

Los hombres avanzaron con su suerte 

robusta y masculina,

                                  sudorosa. Pilotearon los barcos

y los días. En la ruta pelearon con los indios

y las indias. En las noches contaron sus historias

y ciudades. En la brisa colgaron sus camisas

y caminos. En los valles pusieron diligencias

y ciudades. En la brisa colgaron sus camisas

y el olor de los pechos procedentes del hacha

y a veces se extraviaron en las sombras

de un vientre de muchacha…

Aquel territorio fue creciendo hacia arriba

y hacia abajo.

                       Rascacielos

                                           y minas

se iban alejando de la tierra,

                                              unidos y distantes.

Los más fuertes, los más iluminados, los más 

capaces de violar un camino, fueron adelante. 

Otros quedaron atrás. Pero la marcha

seguía sin sosiego, sin volver la mirada. 

Era preciso

                   confianza en sí mismo.

Era preciso

                    fe.

Y suavemente se forjó la canción:

yo el cow-boy y yo el aventurero

y yo el pioneer y yo el lavador de oro

y yo Alvin, yo William con mi nombre y mi suerte de barajas,

y yo el predicador con mi voz de barítono

y yo la doncella que tengo mi cara

y yo la meretriz que tengo mi contorno

y yo el comerciante, capitán de mi plata 

y yo

         el ser humano

en pos de la fortuna para mí, sobre mí, 

detrás de mí.

                      Y con el mundo entero

a mis pies, sometido a mi voz, 

recogido en mi espalda

y la estatura de la cordillera yo

y las espigas de la llanura yo

y el resplandor de los arados yo

y las orillas de los arroyos yo

y el corazón de la amatista yo 

y yo

         ¡Walt Whitman,

                                    un cosmos,

un hijo de Manhattan…!

8

¡Secreta maravilla de una historia que nace…! 

Con aquel ancho grito

fue construida una nación gigante. 

Formada de relatos y naciones pequeñas 

que entonces se encontraban como el mundo 

entre dos grandes mares…

Y luego

se ha llenado de golfos, islotes y ballenas, 

esclavos, argonautas y esquimales…

Por los mares bravíos 

empezó a transitar el clíper yanqui, 

en tierra se elevaron estructuras de acero, 

se escribieron poemas y códigos y mármoles 

y aquella nación obtuvo sus ardientes batallas 

y sus fechas gloriosas y sus héroes totales 

que tenían aún entre los labios

                                                  la fragancia

y el zumo

                 de la tierra olorosa con que hacían su pan, 

                 su trayecto y su equipaje…

Y aquella fue una gran nación de rumbos y albedrío. 

Y el yo

            —la rotación de todos los espejos 

sobre una sola imagen— 

halló su prodigioso mensaje primitivo 

en un inmenso, puro, territorio intachable 

que lloraba la ausencia de la palabra

                         mío.

9

Porque

   ¿qué ha sido un gran poeta indeclinable 

       sino un estanque límpido

          donde un pueblo descubre su perfecto semblante?

¿qué ha sido

                 sino un parque sumergido

                    donde todos los hombres se reconocen 

                        por el lenguaje?

¿y qué

            sino una cuerda de infinita guitarra

               donde pulsan los dedos de los pueblos 

                  su sencilla, su propia, su fuerte y

                     verdadera canción innumerable?

Por eso tú, numeroso Walt Whitman, que viste y deliraste

la palabra precisa para cantar tu pueblo, 

que en medio de la noche dijiste

                                                     yo

y el pescador se comprendió en su capa

y el cazador se oyó en mitad de su disparo

y el leñador se conoció en su hacha

y el labriego en su siembra y el lavador

de oro en su semblante amarillo sobre el agua

y la doncella en su ciudad futura

                                                     que crece y que madura

bajo la saya

y la meretriz en su fuente de alegría

y el minero de sombra en sus pasos debajo de la patria…

cuando el alto predicador, bajando la cabeza, 

entre dos largas manos, decía

                                                 yo

y se encontraba unido al fundidor y al vendedor

y al caminante oscuro de suave polvareda

y al soñador y al trepador

y al albañil terrestre parecido a una lápida

y al labrador y al tejedor

y al marinero blanco parecido a un pañuelo…

Y el pueblo entero se miraba a sí mismo

cuando escuchaba la palabra

                                               yo

y el pueblo entero se escuchaba en ti mismo 

cuando escuchaba la palabra

yo, Walt Whitman, un cosmos,

un hijo de Manhattan…

Porque tú eras el pueblo, tú eras yo,

y yo era la Democracia, el apellido del pueblo,

y yo era también Walt Whitman, un cosmos,

un hijo de Manhattan…!

10

Nadie supo qué noche desgreñada, 

un rostro frío, de bajo celentéreo, 

se halló en una moneda. Qué reseco semblante

se pareció de pronto a un círculo metálico y sonoro. 

Qué cara seca vio en circulación de mano en mano. 

Qué seca boca dijo de pronto

                                                yo

y empezó a conjugarse, a cumplirse y a multiplicarse 

en todas las monedas.

En monedas de oro, de cobre, de níquel, 

en monedas de manos, de venas de vírgenes, 

de labradores y pastores, de cabreros y albañiles. 

Nadie supo quién fue el desceñido primero. 

Mas se le vio una mañana adquirir el crepúsculo. 

Mas se le vio otra mañana comprar la conciencia. 

Y del fondo de los ríos, de los barrancos, de la médula 

de los arbustos, del filo de las cordilleras, 

pasando por torrentes de sudor y de sangre, 

surgieron entonces los Bancos, los Trusts, los monopolios,

las Corporaciones… Y, cuando nadie lo supo, 

fueron a dar allí la cara de la niña y el corazón 

del aventurero y las cabriolas del cow-boy y los anhelos

del pioneer… y todo aquel inmenso territorio 

empezó a circular por las cajas de los Bancos, los libros

de las Corporaciones, las oficinas de los rascacielos, 

las máquinas de calcular…

y ya:

se le vio una mañana adquirir la gran puerta de la   

   oportunidad

y ya más nadie tuvo acceso a la palabra mío

y ya más nadie ha comprendido la palabra yo.

11

Preguntadlo a la noche y al vino y a la aurora… 

Por detrás de las colinas de Vermont, los llanos de 

     las costas,

por el ancho Far-West y las Montañas Rocallosas, 

por cl valle de Kentucky y las selvas de Maine. 

Atravesad las fábricas de muebles y automóviles, los     

    muelles,

las minas, las casas de apartamientos, los ascensores 

   celestiales,

los lupanares, los instrumentos de los artistas; 

buscad un piano oscuro, revolved las cuerdas, 

los martillos, el teclado, rompedle el arpa silenciosa 

y tiradla sobre los últimos raíles de la madrugada… 

Inútilmente.

No encontraréis el limpio acento de la palabra

 yo.

Quebrad un teléfono y un disco de baquelita, 

arrancadle los alambres a un altoparlante nocturno, 

sacad al sol el alma de un violín Stradivarius… 

Inútilmente.

No encontraréis el limpio acento de la palabra

yo.

(¡Oh, Walt Whitman, de barba desgarrada!) 

¡Qué de rostros caídos, qué de lenguas atadas, 

qué de vencidos hígados y arterias derrotadas…! 

No encontraréis

más nunca 

                    el acento sin mancha

de la palabra 

                      yo.

12

Ahora,

           escuchadme bien:

si alguien quiere encontrar de nuevo 

la antigua palabra

                             yo

vaya a la calle del oro, vaya a Walt Street.

No preguntéis por Mr. Babbitt. Él os lo dirá.

—Yo, Babbitt, un cosmos, 

un hijo de Manhattan.

Él os lo dirá

—Traedme las Antillas

sobre varios calibres presurosos sobre cintas

de ametralladoras, sobre los caterpillares de los tanques

traedme las Antillas.

   Y en medio de un aroma silencioso 

allá viene la isla de Santo Domingo.

—Traedme la América Central.

   Y en medio de un aroma pavoroso 

allá viene callada Nicaragua.

—Traedme la América del Sur.

   Y en medio de un aroma pesaroso 

allá viene cojeando Venezuela.

   Y en medio de un celeste bogotazo

allá viene cayendo Colombia.

Allá viene cayendo Ecuador.

Allá viene cayendo Brasil.

Allá viene cayendo Puerto Rico.

   En medio de un volumen salino 

allá viene cayendo Chile… 

Vienen todos. Allá vienen cayendo.

Cuba trae su dolor envuelto en un estremecimiento 

   de comparsas.

México trae su rencor envuelto en una sola mirada 

   fronteriza.

Y Haití, y Uruguay y Paraguay, vienen cayendo. 

Y Guatemala, El Salvador y Panamá, vienen cayendo.

Vienen todos. Vienen cayendo. 

No preguntéis por Mr. Babbitt, os lo he dicho.

—Traedme todos esos pueblos en azúcar, en nitrato, 

en estaño, en petróleo, en bananas,

                                                         en almíbar

traedme todos esos pueblos.

No preguntéis por Mr. Babbitt, os lo he dicho. 

Vienen todos, vienen cayendo.

13

Si queréis encontrar el duro acento moderno 

de la palabra

                      yo

                             id a Santo Domingo.

Pasad por Nicaragua. Preguntad en Honduras.

Escuchad al Perú, a Bolivia, a la Argentina.

Dondequiera hallaréis un capitán sonoro

                                                                  un yo.

Un jefe luminoso,

                    un yo, un cosmos,

Un hombre providencial,

      un yo, un cosmos, un hijo de su patria. 

Y en medio de la noche fragorosa de la América 

escucharéis, detrás de madureces y fragancias, 

mezclados con sordos quejidos, con blasfemias y gritos,

con sollozos y puños, con largas lágrimas y largas 

aristas y maldiciones largas

un yo, Walt Whitman, un cosmos,

un hijo de Manhattan.

Una canción antigua convertida en razón de fuerza 

entre los engranajes de las factorías, en las calles 

de las ciudades. Un yo, un cosmos, en las guardarrayas,

y en los vagones y en los molinos de los centrales. 

Una canción antigua convertida en razón de sangre y

   de miseria,

un yo, un Walt Whitman, un cosmos, 

un hijo de Manhattan…!

14

Porque

             ¿qué ha sido la ventura de los pueblos 

   si no un cambio continuo, un movimiento eterno,

                   un fuego infinito que se enciende y que se 

                       apaga?

¿Qué ha sido

         si no un chorro incontenido,

              espejo ayer de oteros y palmares,

                   hoy nube blanca?

¿Y qué

      si no una brega infatigable

          en que hoy manda un puñado de golosos 

             y mañana los puños deliciosos,

                 fragantes y frenéticos del pueblo

                     innumerable?

Por eso tú, innúmero Walt Whitman, 

que en mitad de la noche dijiste

                                                    yo

y el herrero sonoro se descubrió en la llama

y el forjador y el fogonero

y el cuidador del faro, celeste de miradas,

y el fundidor y el leñero

y la niña celeste colando la alborada

y el pionero y el bombero

y el cochero y el aventurero y el arriero…

Tú

      que en medio de la noche dijiste

Yo, Walt Whitman, un cosmos,

un hijo de Manhattan

y un pueblo entero se descubrió en tu lengua

y se lanzó de lleno a construir su casa,

hoy,

         que ha perdido su casa,

hoy,

         que tiene un puñado de golosos sonrientes y 

            engreídos,

hoy,

         que ha cambiado el fuego infinito que se 

             enciende y que se apaga

hoy…

hoy no te reconoce

                                desgarrado Walt Whitman,

porque tu signo está guardado en las cajas de los Bancos,

porque tu voz está en las islas guardadas por arrecifes 

   de bayonetas y puñales,

porque tu voz inunda los decretos y los centros 

   de Beneficencia

y los juegos de lotería,

porque hoy,

                     cuando un magnate sonrosado,

en medio de la noche cósmica,

desenfrenadamente dice

                                          yo

detrás de su garganta se escucha el ruido 

   de la muchedumbre

ensangrentadas explotadas refugiadas 

   que torvamente dicen

                                       tú

y escupen sangre entre los engranajes, 

en las fronteras y las guardarrayas… 

¡Oh, Walt Whitman de barba interminable!

15

Y ahora

ya no es la palabra

                               yo

la palabra cumplida

la palabra de toque para empezar el mundo. 

Y ahora

ahora es la palabra

                               nosotros.

Y ahora,

ahora es llegada la hora del contracanto. 

Nosotros los ferroviarios, 

nosotros los estudiantes, 

nosotros los mineros, 

nosotros los campesinos, 

nosotros los pobres de la tierra, 

los pobladores del mundo, 

los héroes del trabajo cotidiano, 

con nuestro amor y con nuestros puños, 

enamorados de la esperanza. 

Nosotros los blancos, 

los negros, los amarillos, 

los indios, los cobrizos, 

los moros y morenos, 

los rojos y aceitunados, 

los rubios y los platinos, 

unificados por el trabajo, 

por la miseria, por el silencio, 

por el grito de un hombre solitario 

que en medio de la noche, 

con un perfecto látigo,

con un salario oscuro, 

con un puñal de oro 

y un semblante de hierro, 

desenfrenadamente grita

                                                 yo

y siente el eco cristalino 

de una ducha de sangre

que decididamente se alimenta en

nosotros

y en medio de los muelles alejándose

nosotros

y al pie del horizonte de las fábricas

nosotros

y en la flor y en los cuadros y en los túneles 

           nosotros

y en la alta estructura camino de las órbitas 

nosotros

camino de los mármoles

nosotros

camino de las cárceles

nosotros…

16

Y un día, 

en medio del asombro más grande de la historia, 

pasando a través de muros y murallas 

la risa y la victoria, 

encendiendo candiles de júbilo en los ojos 

y en los túneles y en los escombros, 

¡oh, Walt Whitman de barba nuestra y definitiva! 

Nosotros para nosotros, sobre nosotros 

y delante de nosotros… 

Recogeremos puños y semilleros de todos los pueblos 

y en carrera de hombros y brazos reunidos 

los plantaremos repentinamente 

en las calles de Chile, de Ecuador y Colombia, 

de Perú y Paraguay, 

de El Salvador y Brasil, 

en los suburbios de Buenos Aires y de La Habana 

y allá en Macorís del Mar, pueblo pequeño y mío, 

hondo rincón de aguas perdido en el Caribe, 

donde la sangre tiene 

cierto rumor de hélices quebrándose en el río… 

¡Oh, Walt Whitman de estampa proletaria! 

Por las calles de Honduras y el Uruguay. 

Por los campos de Haití y los rumbos de Venezuela. 

En plena Guatemala con su joven espiga. 

En Costa Rica y en Panamá. 

En Bolivia, en Jamaica y dondequiera, 

dondequiera que un hombre de trabajo 

se trague la sonrisa, 

se muerda la mirada,

escupa la garganta silenciosa 

en la faz del fusil y del jornal. 

¡Oh, Walt Whitman!

Blandiendo el corazón de nuestros días delante 

   de nosotros,

nosotros y nosotros y nosotros.

17

¿Por qué queríais escuchar a un poeta? 

Estoy hablando con unos y con otros. 

Con aquellos que vinieron a apartarlo de su pueblo, 

a separarlo de su sangre y de su tierra, 

a inundarle su camino.

Aquellos que lo inscribieron en el ejército.

Los que violaron su barba luminosa y le pusieron un fusil

sobre sus hombros cargados de doncellas y pioneros. 

Los que no quieren a Walt Whitman el demócrata, 

sino a un tal Whitman atómico y salvaje.

Los que quieren ponerle zapatones 

para aplastar la cabeza de los pueblos. 

Moler en sangre las sienes de las niñas. 

Desintegrar en átomos las fibras del abuelo. 

Los que toman la lengua de Walt Whitman 

por signo de metralla, por bandera de fuego. 

¡No, Walt Whitman, aquí están los poetas de hoy 

levantados para justificarte! 

“—¡Poetas venideros, levantaos, porque vosotros debéis

justificarme!”

Aquí estamos, Walt Whitman, para justificarte. 

Aquí estamos

                       por ti

                                 pidiendo paz.

La paz que requerías

para empujar el mundo con tu canto. 

Aquí estamos

                       salvando tus colinas de Vermont,

tus selvas de Maine, el zumo y la fragancia de tu tierra, 

tus guapos con espuelas, tus mozas con sonrisas, 

tus rudos mozalbetes camino del riachuelo. 

Salvándolos, Walt Whitman, de los traficantes 

que toman tu lenguaje por lenguaje de guerra. 

¡No, Walt Whitman, aquí están los poetas de hoy, 

los obreros de hoy, los pioneros de hoy, los campesinos

   de hoy,

           firmes y levantados para justificarte! 

¡Oh, Walt Whitman de barba levantada! 

Aquí estamos sin barba, 

sin brazos, sin oído, 

sin fuerzas en los labios, 

mirados de reojo, 

rojos y perseguidos, 

llenos de pupilas

que a través de las islas se dilatan, 

llenos de coraje, de nudos de soberbia 

que a través de los pueblos se desatan, 

con tu signo y tu idioma de Walt Whitman 

aquí estamos

en pie para justificarte, 

continuo compañero de Manhattan!


Publicaciones de Contracanto a Walt Whitman

Contracanto a Walt Whitman (canto a nosotros mismos) se publicó originalmente como una obra individual en un cuadernillo junto con Seis momentos de esperanza. (en Guatemala, editado por Ediciones Saker-Ti,1952 ).

Segunda Edición Dominicana (1963): Publicada en Santo Domingo por Ediciones Brigadas Dominicanas como parte de la Colección Baluarte (N.º 14). Fue de gran relevancia, ya que significó la llegada y difusión formal del poema en la República Dominicana tras el fin de la dictadura de Trujillo. 

El poema aparece en las diversas recopilaciones de la obra completa de Pedro Mir, a continuación algunos ejemplos:

En 1971 se publicó la antología Viaje a la muchedumbre. Fue publicada en México por la Editorial Siglo XXI. Incluye Contracanto a Walt Whitman como una de sus piezas centrales y cuenta con un prólogo del reconocido poeta mexicano Jaime Labastida.

En 1993: Incluido en la recopilación Poesías (casi) completas, coeditada de nuevo por Siglo XXI Editores y la Universidad de Sinaloa en México.

En 1993 también se publicó Countersong to Walt Whitman and Other Poems. Una importante edición bilingüe (español-inglés) traducida por Jonathan Cohen y Donald D. Walsh, publicada en Estados Unidos (y reeditada en el Reino Unido), que consolidó el alcance internacional del poema.

Pedro Mir — Contracanto a Walt  Whitman de Pedro Mir

En 2007 el poema se publicó en Cuaderno de Poesía Crítica N.º 51, una edición digital e impresa de difusión libre y análisis formal editada en España por Omegalfa.

En 2017 el poema aparece en la recopilación Poesía Completa editada por el sello del historiador y editor Miguel D. Mena.

Pedro Mir — Contracanto a Walt  Whitman de Pedro Mir (2)


Pedro Julio Mir Valentín (San Pedro de Macorís, Rep. Dominicana, 3 de junio de 1913-Santo Domingo, Rep. Dominicana, 11 de julio de 2000). 
 Poeta y escritor, perteneciente a la generación de los Independientes del 40, declarado Poeta Nacional de la República Dominicana por el Congreso Nacional en 1984. Premio Nacional de Literatura 1993. Considerado el primer  poeta de masas en la historia dominicana. Puedes leer sobre Mir y su poesía en el enlace https://poetryalquimia.org/2026/06/03/11-poemas-de-pedro-mir/.


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