11 Poemas de Enrique Molina

Descenso al olvido

He aquí los muertos sentados,
inmóviles alrededor del Tiempo;
adorando su pálida hoguera,
extrañamente sombríos en su reunión solitaria.

Ahí están, invadidos por marañas azules;
poblados por húmedas músicas, por cigarras.
Sobre ellos el cierzo ha pesado, y sus gestos de antaño, sus cuerpos de vapor
se condensan de súbito en alargadas lluvias.

No; no hables un idioma olvidado.
No pronuncies tu nombre.
Que no giren con letal lentitud la borrada, tormentosa cabeza.
Que no te reconozcan sus huecos corazones comidos por los pájaros.

De: Las cosas y el delirio, 1941.
11 Poemas de Enrique Molina

Dioses de América

Como rayos que parten al destierro
con el viejo alarido de sus víctimas
uno a uno pasaron, rodando de la pétrea corona del altar
que sostuviera su pavor espléndido.
Su nube a solas con sus mitos fríos
gira al relente, como un triste pájaro;
y de la hoguera
solo la llama de la ortiga sube
al pie de unas pirámides truncadas por los tiempos.
Ninguna sombra allí posa la ofrenda,
ni el ojo del humano, bajo las lágrimas, contempla
fulgir en el vacío su cólera emplumada.
Dioses de América. Sólo el caimán azota
con su cola de fango vuestro orgulloso imperio.
Esparcidos collares de dientes y de guerras
donde agoniza el trueno como una bestia herida
y la funesta tierra del silencio devora
el cuchillo del ónix, la vasija cerámica
en cuyos verdes labios de piel seca aún fulgura
el Salmo de la Lluvia,
el Salmo del Huevo,
el Salmo de la Luz y la Serpiente.
Máscaras impregnadas por la resina de la tea,
iluminad el páramo, la nieve,
y la piel de los siglos sobre los escalones
donde como un ligero torbellino de polvo
aún reza el sacerdote de orejas espinadas que descifra el oráculo.
Fabulosos globos de monstruos y plumas, dioses,
cumbres de pánico y grandeza.
¿Quién soy ante vosotros, siervo de un dios más alto en cuya palma herida
sólo se posa la paloma ardiente de la expiación?
Ignoro vuestros cetros,
sólo sé de vosotros la ruina, la humillada ceniza de la hoguera,
la escalera de piedra, el disco derribado,
la momia que farfulla entre las lagartijas sus plegarias solares,
vuestra eterna alabanza,
vuestra ley ¡oh vencidas potestades amargas!
Sin embargo, a menudo, entre la tempestad,
oigo el aullido de esos duros imperios devastados,
el rumor de unas perdidas glorias
que el polvo diviniza.


De: Pasiones terrestres,(1946)

11 Poemas de Enrique Molina (2)

Puertos calientes

Con un olor de luna caliente cuyo vaho
quema con sorda plata desierta las orillas,
en las bandas de América se abren
unos puertos sin sueño, unos oasis de moscas
caldeados por el viento, entre la luz y el trueno,
en los rancios anillos de la arena
donde elevan sus humos de alabanza,
su portal de tullidos como un coro
de perros y profetas,
ardiendo en las terrazas de la lluvia,
en las lajas manchadas por el tiempo.
Es la desolación del océano,
su filtro derramado en unos labios
que susurran infamias tentadoras,
promesas como hiedras;
enmascarado en trapos de colores,
entre mercaderías y tatuajes,
impasible en el fuego de miseria que brota de la tierra.
Es una miel sombría de mulatas
en un país de grillos,
tras las ocres persianas de madera,
comiendo su jaiba tristemente en la lumbre nocturna,
en medio de cortinas voluptuosas
donde los días yacen como una sal dormida:
el que tocó la cresta de las islas,
el que huía de estrellas azules y fatídicas,
el que eligió la playa para lavar sus muertos
cantando roncamente.
Un triste son de negros, un tablón que castiga
en medio de las aguas, comido por la bruma,
en la maniobra pálida del mar.
Y cuando el sueño sopla
-como un aire de antorchas vacilantes-
el ligero velamen de gasa de los lechos,
en silencio y solemnes
como ahogados en viaje,
zarpan entre la niebla los durmientes, hundiendo sus
cabellos en la noche,
seguidos por sus nubes de insectos,
por su copo de aliento como una mariposa.
¡Esa hermosura!
Marismas de prostíbulos y llamas
bajo las alas mórbidas del trópico
que aletean sin fuerzas tal un adiós incierto
en el desdén remoto de las olas. Red colmada
por los frutos brutales. Arrabal del océano
donde vaga la luna con los labios brillantes
como una reina loca, errando entre los médanos
con su pobre campana de ladridos.
Un canto de nostalgia, en la expiación del año,
nacido del fulgor de las adormideras,
como un eco de cosas que ya ardieron
en la sal del espacio.


De: Pasiones terrestres (1946)

11 Poemas de Enrique Molina (3)

La vida natural

Busca con tu lengua de amazona
con tu crueldad con tu olor de mujer que pasa
paladeando en sus lágrimas su sabor de deriva y de franquicia.
Busca lejos lo más próximo mío. Busca a mi lado
lo más lejano mío. Caen las estrellas
orgánicas
y busca ahora el ídolo de labios constelados
cuando con un gemido deposita en el viento
su gran bola de fuego.

Que nos libren sus uñas de estos trapos empapados por la miseria.
Hemos luchado como perros yo y mi temperamento con su desnuda y salvaje
inconsciencia. Una bestia se aferra a mi garganta como un lazo de lluvias.
Y tú busca la sombría brasa de no hacer nada y de perder pie. Busca en
mí tu rostro y tu sombra de guardiana contaminada por la tortura porque
no hay estrella más preciosa que toda esta hierba de las islas convertida
en deseo.
¡Y el ídolo con su roja mirada de fogonero entre el humo mojado de la locomotora
y su negro calor de tribu jadeando en el andén!

¡Que nos entregue su almendra táctil al borde del mundo!
Ese tesoro de decapitaciones
su hocico suave y cálido de asno que hecha su aliento en los sentidos
todo su misterio en el enjambre de violetas y besos desplegado por tu cuerpo
entre las maravillas de la noche.

De Costumbres errantes o la redondez de la Tierra, 1951.
11 Poemas de Enrique Molina (4)

Juego de espejos

Una mujer tan secreta y lenta, pero insisto 
en descubrir el sol que la nutre y el león que olfatea
su nuca 
en la sombra, 
cuando duerme de bruces, 
de modo que escribo con cierta ansiedad 
poemas en busca de la hierba tan fresca que brilla 
en sus besos. 

No es fácil 
alcanzar la palabra, o captar lo que dice su piel 
con su vello dorado, raptada y devuelta por el mar, 
cuando yace al sol sobre un toallón carmesí 
y las palabras 
se hunden en su respiración, o en la frase que explica 
cómo su cuerpo se tiende en una hamaca 
colgada bajo los árboles. 
Y está la gente del mercado, 
señoras que han adquirido un pollo o una merluza 
y marchan hacia el árbol de navidad, en el cielo. 
Juraría 
que es mediodía y hace calor, pero todo es sospechoso 
en este lugar centelleante.

11 Poemas de Enrique Molina (5)

Dama gótica decadente

No importa la ruina, injurias
en la verdosa luz del bar. La vieja dama
acaba siempre de nacer y se aferra a la vida,
…..…..…..…..…..…..…..…..…..y tiene que haber un antro aún
donde abrir su corpiño con roídas castañas de Navidad.
Ignora que una mano invisible la estrangula
junto al mostrador. Y sólo hay allí
un whisky pedregoso y sin alma que el barman
sirve con labios secos y una cuerda al cuello.

La macilenta dama de ojos de lagarta jamás comprenderá
que está llena de espectros desesperados, su historia
ha sido muy larga y muy loca, y ahora se instala
blanca y majestuosa en su trono, y una hilera
de pájaros calvos pasa volando sobre su cabeza,
de modo que se siente inclinada a cantar,
poniendo los ojos en blanco, una partitura de burdel.

Exaltada por glorias difuntas, caballeros que invoca,
viciosos perritos con nombre de bombón,
en el museo de cera, entre las pelucas
el amor la flagela con ortigas.

Vampira de labios de nata, ávida como una semilla,
en pos de una gota de sangre que reviva su corazón,
así, grandiosa con su rojo baby-doll,
lanza su súplica, un trago más hasta el Apocalipsis,
la última brizna de estar viva.

Que semejante señora se retuerza en su sueño,
en el desierto vals de los murciélagos
con el aullido del drama pasional.
Y extrae deformes cartas de amor, reliquias,
fotografías de la juventud, con la serpiente en el Jardín,
con tanta compasión por sus muslos que crujen
…..…..…..…..…..…..…..…..…..…..…..…..¡Dios mío!
nunca demasiado tarde contra la negra promesa
de la muerte.

11 Poemas de Enrique Molina (6)

Alta Marea


Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan
se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo
la errónea maravilla de sus noches de amor
las constelaciones pasionales
los arrebatos de su indómito viaje sus risas a través de las piedras 
                     sus plegarias y cóleras
sus dramas de secretas injurias enterradas
sus maquinaciones perversas las cacerías y disputas
el oscuro relámpago humano que aprisionó un instante el furor 
                     de sus cuerpos con el lazo fulmíneo de las antípodas
los lechos a la deriva en el oleaje de gasa de los sueños
la mirada de pulpo de la memoria
los estremecimientos de una vieja leyenda cubierta de pronto 
                     con la palidez de la tristeza y todos los gestos del abandono
dos o tres libros y una camisa en una maleta
llueve y el tren desliza un espejo frenético por los rieles de
                     la tormenta
el hotel da al mar
tanto sitio ilusorio tanto lugar de no llegar nunca
tanto trajín de gentes circulando con objetos inútiles o 
enfundadas en ropas polvorientas
pasan cementerios de pájaros
cabezas actitudes montañas alcoholes y contrabandos informes
cada noche cuando te desvestías
la sombra de tu cuerpo desnudo crecía sobre los muros hasta el techo
los enormes roperos crujían en las habitaciones inundadas
puertas desconocidas rostros vírgenes
los desastres imprecisos los deslumbramientos de la aventura
siempre a punto de partir
siempre esperando el desenlace
la cabeza sobre el tajo
el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo

Y ese reguero de sangre
un continente sumergido en cuya boca aún hierve la espuma de los
                     días indefensos bajo el soplo del sol
el nudo de los cuerpos constelados por un fulgor de lentejuelas
                     insaciables
esos labios besados en otro país en otra raza en otro planeta en otro
                     cielo en otro infierno
regresaba en un barco
una ciudad se aproximaba a la borda con su peso de sal como un
                     enorme galápago
todavía las alucinaciones del puente y el sufrimiento del trabajo
                     marítimo con el desplomado trono de las olas y el árbol 
                     de la hélice que pasaba justamente bajo mi cucheta
éste es el mundo desmedido el mundo sin reemplazo el mundo
                     desesperado como una fiesta en su huracán de estrellas
pero no hay piedad para mí
ni el sol ni el mar ni la loca pocilga de los puertos
ni la sabiduría de la noche a la que oigo cantar por la boca de las
                     aguas y de los campos con las violencias de este planeta 
                     que nos pertenece y se nos escapa
entonces tú estabas al final
esperando en el muelle mientras el viento me devolvía a tus brazos
                     como un pájaro
en la proa lanzaron el cordel con la bola de plomo en la punta y el
                     cabo de Manila fue recogido
todo termina
los viajes y el amor
nada termina
ni viajes ni amor ni olvido ni avidez
todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia que
                     acecha en el sol de su instinto
todo vuelve a su crimen como un alma encadenada a su dicha y
                     a sus muertos
todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa
unos labios lavados por el diluvio y queda atrás
el halo de la lámpara el dormitorio arrasado por la vehemencia 
                     del verano y el remolino de las hojas sobre las sábanas vacías
y una vez más una zarpa de fuego se apoya en el corazón de su presa
en este Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones
donde la furia y la pasión se mezclan al polen del Paraíso
y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de sed intacta y sin raíces
cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan.

De: Amantes Antípodas (1961)

11 Poemas de Enrique Molina (7)

Circe


Solo contra la tierra
este sudor de instintos ha deshecho mi rostro de pájaro
    confuso
extraviado en los restaurantes de los tejados bajo la mañana 
    sin oficio
convertido de pronto en la bestia inocente que ronca entre 
    las flores
una mano de adiós
un golpe de olas en el alma

Disfrazado de playas y ciudades que pasan
las promesas se olvidan como en sueños
como un reverbero de moscas sobre tales países sin
    escrúpulos ni socorro 
en las eternas fogatas del tiempo 
entre las plagas de la inconstancia 
mientras se coagula al sol un vino de archipiélagos 
—oh carne sobrenatural con tu incomprensible gemido
    celeste torturado y salvajemente vivo en las venas— 
ahora que revisto la piel del cerdo fosforescente 
el olfato del camino
su relámpago de mujeres dormidas exhalando el perfume
   penetrante de la tristeza 
de plumas de sexo barridas por el viento
Pero te recobro
oscuro corazón de prisionero y de desafío 
ciego corazón humano 
con el hechizo de la corriente 
vacilaciones, éxtasis y terrores
y el musgo de abismo que brilla entre dos bocas que se 
    besan
para ser nuevamente sólo un hombre sin más amparo que
    tu furia 
sin otro cielo que tu aliento
como una blasfemia deslumbrante como un lazo demente tendido a los más puros vampiros de la tierra

De: Amantes Antípodas (1961)

11 Poemas de Enrique Molina (8)

Memoria 

Extinguidas aquellas frenéticas caricias 

Pasada la luna del ceremonial de los besos 

Se abre una jaula de demencia 

Los bellos gatos de espasmo que aúllan enterrados vivos 

Y un foco de imágenes extintas se instala en tu médula 

Como una peste real. En la sombra 

La mujer se desviste y penetra a su lecho 

Y emprende su vuelo nupcial hasta las últimas hogueras del cielo 

Y él madura a su lado para la muerte 

En el cálido invernáculo de sus sonrisas junto a su rostro que desaparece 

Jamás despertarán sobre sus besos 

A lo largo de gomosas colinas en ondulantes dormitorios 

Donde brota una hierba indeleble 

Caminos llenos de anzuelos 

Un vestido que late sin nadie 

Un retrato con dientes de fuego 

Sonriendo a través de los muros 

¿Y quién no reverencia esas gracias en pena 

Abrazos vacíos dichas de fracaso y de vértigo 

Que me adulan como el demonio para despellejarme 

Para homenajearme con países quemados sobre el corazón..? 

Entonces 

De esas enormes lunas que fermentan 

En un calor de maleza tropical 

Lleno de piernas de mujer 

La luz de una lengua se expande 

Y de nuevo estamos perdidos 

De nuevo imploramos a ídolos de orgullo y desamparo 

De sexos despiadados

Con irrecuperables sonrisas eternas 

Trozos de paisaje 

Bocas de sacrilegio que no piden socorro 

Que no tienen socorro.  

De: “Las bellas furias”, (1966)

11 Poemas de Enrique Molina (9)

El erotismo y las gaviotas 

Ahora pido evidencias, certidumbres. 

En mi extraño escenario, pasiones y las aves remotas, 

surgen paraderos, lugares troncos, idilios, 

el sol está partido en dos por la avidez, 

mutaciones y la pescadería donde la muerte brilla con escamas, 

al borde de la ruta, después de las represas salineras. 

La mujer del azar se contempla en su espejo, 

con sensuales bucles, en el oscuro bosque de su amor, 

flexible y voraz, su cuerpo regido por la luna 

se alzó sobre el viento y el cielo, 

lejano como estrellas, pero sólo después 

vacilaciones, dudas y reproches 

para una triste crónica donde ríe la mosca 

en la edad triturada. 

Reminiscentes caricias flotantes entre adioses 

hacen temblar las cosas con un ardor irónico. 

¿Pero entonces 

tampoco existió el fuego, 

el mundo relatado por una voz querida? 

Parejos amantes, a ciegas en la ira y el esplendor del tiempo, 

el mozo del hotel recogió las maletas, 

de ciudad en ciudad, de idioma en idioma, en medio de rostros 

movedizos. 

Al despertar aparecía el fantasma; 

sonriente, 

con senos de una melosa consistencia, con dientes brillantes, 

insistente y perfumado en la cálida atmósfera, 

se tendía en la playa con languidez, hablaba de las pequeñas cosas 

del día, 

volando en torno a mi alma con la luz de los mares, 

(con el sabor del whisky, hacia el cuerpo del hombre. 

¿No hay un guijarro entonces, 

una naranja, un puñado de arena 

que reclame la herencia sin destino del sueño y el olvido? 

Has oído el exaltante chasquido del agua 

como una boca que rememora de muy lejos, 

inmensidad y huesos lavados por el sol, 

brillando y ondulando y salpicando las rocas, 

un solo instante, un suspiro y las nubes vacías. 

Y ahora, por Dios, nada de imprecisiones, 

el viento, 

sobre la mesa revientan espumas, los muros no existen, 

el viento, 

las gaviotas exhalan su graznido en el pálido extremo del día, 

ella se esfuma en la terraza con su copa y un lento cigarrillo en los 

labios, 

el viento, 

los rostros son ahora más tensos, desaparecen de golpe, 

nadie responde, hay un orden extraño, fuera de lugar, 

el viento, 

la costa, la noche, zonas espléndidas y asesinas, 

sólo el viento, el viento con sus garras equívocas. 

De: “Los últimos soles” (1980)

11 Poemas de Enrique Molina (10)

Una reunión de amigos

Una reunión de amigos

Para celebrar juntos el estar vivos.

Los muros desaparecen y las olas

Llegan hasta el umbral y cantan.

Es entonces cuando los árboles bailan,

Ciertos lugares resucitan y el mar

Está muy lejos pero siempre presente.

Suelen a veces llamar desde el pasado

Las mujeres amadas que desaparecieron

En extrañas aventuras.

O alguien

Se despide y la vajilla tiembla.

O llega de improviso una dama fantasma

Que a todos hechiza.

Pero el día

Es para siempre bendito, aunque de pronto

Desaparece sin más rastro

Que un reguero de nostalgia

En la frescura de la luz.

De: El Adiós, 1997

11 Poemas de Enrique Molina (11)

Enrique Molina (Buenos Aires, Argentina, 2 de noviembre de 1910 – Ib., 13 de noviembre de 1996). Poeta y pintor. Una de las figuras más destacadas de la Generación del 40.

Su familia se traslada a la provincia, y hasta los doce años vive primero en Corrientes, junto al río Paraná, y luego en Misiones. Realizó los estudios secundarios en Necochea, junto al mar. En la hacienda de su padre, había una pequeña biblioteca con los libros de Espronceda, Zorrilla, Bécquer, Garcilaso, Cervantes y esas fueron sus primeras lecturas.

Estudió derecho en la Universidad de La Plata, pero nunca ejerció como abogado. De hecho, nada más terminar se enroló en un barco y a finales de 1934 tocaba puerto en España. Fue tripulante de barcos mercantes, durante un periodo de unos seis o siete años, realizó viajes al Caribe y a Europa y vivió en diversos países de América Latina. Recuperó en 1952 junto con A. Pellegrini la revista literaria argentina Que, que se llamó en su segunda etapa A Partir de Cero. Enrique Molina, poeta marinero, fue también un guía, una especie de maestro, para muchos de sus contemporáneos. Corregía los manuscritos de Olga Orozco y de Oliverio Girondo -de quien fue secretario al instalarse en Buenos Aires-, se relacionaba con Octavio Paz, Pablo Neruda, Alejandra Pizarnik… y muchos otros.

Desde la publicación de su primer libro, Las cosas y el delirio (1941), que señala la aparición de la llamada generación del cuarenta y por la cual obtiene el Premio Martín Fierro, instituido por la Sociedad Argentina de Escritores para poetas menores de 30 años, su obra es en efecto un recorrido por el surrealismo. Molina se consolida con “Pasiones terrestres”(1946), laureado con un Premio Municipal de la Poesía.

Entre sus títulos posteriores cabe mencionar Amantes Antípodas (1961) que recibió el Primer Premio Municipal; «Fuego libre» (1962) ganador del Fondo Nacional de las Artes (PK); «Las bellas furias» (1966),Segundo Premio Nacional de Poesía ; Hotel Pájaro (1967); «Monzón Napalm» en 1968; Obra poética (1979); «Los últimos soles» (1980)ganador del Primer Premio Nacional de Poesía; El ala de la gaviota(1989), Hacia una isla incierta (1992) por el que recibió el Premio Pérez Bonalde (Venezuela) y El adiós (póstuma, 1997).

Enrique también escribió una novela «Una sombra donde sueña Camila O´Gorman» (1974), en la cual evoca un episodio sangriento del gobierno del dictador Juan Manuel de Rosas. Une la recreación y narración de los hechos sobre el caso de Carmila O’Gorman, una muchacha de familia burguesa que se enamora, a finales de los años cuarenta del siglo XIX, de un joven presbítero, Ladislao Gutiérrez. La pasión de Camila y Ladislao desafía a su tiempo. Ambos escapan, son perseguidos y, finalmente, fusilados en 1848 por una sociedad y un poder tiránicos. La novela recibió el Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires y fue llevada al cine.

Fue traductor junto a Oliverio Girondo de Una Temporada en el infierno de Rimbaud. 

En 1992 fué galardonado con el Gran Premio Fondo Nacional de las Artes por su Trayectoria .

Enrique Molina falleció en Buenos Aires en 1996. A pesar de estar encuadrado en el movimiento surrealista argentino Molina dijo: » Nunca pertenecí a ningún grupo surrealista ni fui surrealista ortodoxo. Hay un libro mío que sigue la totalidad de las pautas del movimiento (Costumbres errantes o la redondez de la tierra), pero a partir de entonces, al menos en el aspecto expresivo de imágenes y asociaciones inusitadas, lo he abandonado y he ido buscando mi lenguaje. No reniego de él pero no pueden ponerme ese letrero».


En Francia, sus poemas fueron traducidos y publicados en “Cahiers du Sud” y “Les nouvelles litteraires”.

Enlaces de interés :

https://www.ulricarevista.com/post/enrique-molina

https://us-mia-1.linodeobjects.com/rum/2564425b-c1e2-4a69-be96-0e8c78540353

https://www.antoniomiranda.com.br/iberoamerica/argentina/enrique_molina2.html



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